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domingo, 12 de marzo de 2023

Accidente 703 (1962)




Director: José María Forqué
España/Argentina, 1962, 89 minutos

Accidente 703 (1962) de José María Forqué


El pasado 8 de marzo se cumplían cien años exactos del nacimiento de José María Forqué (1923-1995). Y qué mejor ocasión para recordar una de las muchas películas que dirigió a lo largo de su prolífica carrera. Estrenada apenas unos meses antes que Atraco a las tres, la menos popular Accidente 703 (1962) plantea una compleja estructura en la que distintas tramas simultáneas acabarán convergiendo en el fatídico punto de una carretera secundaria donde va a tener lugar un gravísimo siniestro automovilístico.

A tal efecto, la acción se sitúa en distintos lugares de la geografía española, desde Madrid o Zaragoza, pasando por Barcelona y Guadalajara, todos debidamente indicados en pantalla junto con una hora "del día del accidente". De modo que, poco a poco, irán perfilándose los antecedentes de una tragedia que ya ha sido mostrada en las primeras secuencias del filme. Lo cual no es óbice para que la tensión vaya en aumento hasta ese clímax que no por previsible resulta menos dramático.



Cada una de las historias corresponde a géneros de muy diversa índole. Así, por ejemplo, los recién casados que se fotografían, junto con el resto de invitados, a orillas del balneario de Alhama de Aragón representan la vis cómica (sobre todo José Luis López Vázquez, en su típico papel de españolito pusilánime) de una cinta donde el humor, si bien con ligeras pinceladas, también tiene cabida. Y lo mismo podría decirse del timorato Rogelio (Manolo Gómez Bur) y su cartera repleta de billetes. Otras líneas argumentales, en cambio, como la de Jorge (Carlos Estrada) y Paula (Susana Campos), obedecen a un planteamiento mucho más apasionado: el de la secretaria/amante cansada de que su jefe no se decida nunca a abandonar a su esposa para irse con ella.

La jazzística banda sonora del argentino Adolfo Waitzman aporta un toque fresco y dinámico, como el de esa juventud ociosa que se dedica a perseguirse con sus potentes descapotables y hacer de las suyas por las calles de la Ciudad Condal. Aunque a la hora de la verdad, cuando unos y otros pasen de largo ante el coche accidentado en cuyo interior se debate entre la vida y la muerte Luisa (Nuria Torray), el sentimiento de culpa y los remordimientos de conciencia asaltarán a más de uno, caso de Julio (Carlos Cores), incapaz, pese a su apariencia de rudo camionero, de dejar a la muchacha en la estacada. Sin embargo, no habrá consuelo posible para la esposa del difunto conductor (Julia Gutiérrez Caba), víctima involuntaria de todo un entramado de fatales consecuencias.



lunes, 2 de diciembre de 2019

La hora incógnita (1964)




Director: Mariano Ozores
España, 1964, 100 minutos

La hora incógnita (1964) de Mariano Ozores


Mucho antes de que el apellido Ozores se viese definitivamente impregnado por el ominoso estigma de la españolada chabacana, hubo ocasión para que el cineasta de la estirpe (don Mariano, por más señas) firmase uno de aquellos títulos predestinados a convertirse en película de culto.

Por lo insólito de su estructura narrativa, puesta en escena y temática (una hecatombe nuclear en una ciudad indeterminada de provincias), La hora incógnita (1964) supuso un ensayo más que estimable de fábula distópica cuando lo que aquí se estilaba era, en el mejor de los casos, el realismo social o los dramas rurales. Sin llegar al extremo de Fata Morgana (1966) o de la argentina Invasión (1969), los hechos que en ella se cuentan enlazan con un cierto tipo de literatura fantástica y hasta de series televisivas en la línea de The Twilight zone (1959-1964).

Carlos Estrada (el fugitivo) y Emma Penella


Estaba entonces muy reciente la crisis de los misiles en Cuba, acaecida en octubre del 62, y, tal vez por ello, sumado a otras fobias alimentadas por la subrepticia lucha de bloques inherente a la Guerra Fría, el pánico al aniquilamiento del planeta y aun de la humanidad en su conjunto cobró especial fuerza como argumento de no pocos filmes de aquel período.

Pero ya se sabe que Spain is different y, en semejante tesitura, no podía faltar el sacerdote de turno (interpretado por Fernando Rey) que confortase a las infatigables almas en pena que, por uno u otro motivo, no han abandonado el lugar en desbandada junto con el resto de la población. Se trata, a fin de cuentas, de seres marginales como la prostituta (Emma Penella), el borracho (José Luis Ozores), el ladrón (Antonio Ozores), "un intelectual de esos que padecen angustia vital" (Carlos Estrada) y hasta una pareja de adúlteros (Mabel Karr y Carlos Ballesteros). Y aunque no todos sean inequívocamente unos pecadores (como la cándida dependienta a la que da vida Elisa Montés) sí que se vislumbra en el desenlace, situado, muy sintomáticamente, en el interior de una iglesia, una suerte de ajuste de cuentas que deja traslucir lo que tiene toda la pinta de ser un sacrificio expiatorio con aviso para navegantes, incluido, en forma de rótulo: "Esto puede suceder en cualquier lugar... en cualquier momento... ahora mismo".

Fernando Rey

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Lola, espejo oscuro (1966)




Director: Fernando Merino
España, 1966, 102 minutos

Lola, espejo oscuro (1966) de Fernando Merino


Nunca fui aficionada a escrituras y, de no haber conocido a Juan, jamás hubiera dedicado una tarde a conseguirme unos papeles decentes y una de esas plumas encaperuzadas que vienen de América y que, después de algunos fastidiosos esfuerzos, escriben bien y dan tono.

Sin embargo, siempre me barruntaba yo que mi vida no era la vida de una cualquiera, ni mucho menos. Porque, desde chica, y aun antes de nacer, según creo, parezco destinada a cosas grandes, a que la gente se fije en mí y a que muchos anden de coronilla por satisfacer mis deseos.

Darío Fernández Flórez
Lola, espejo oscuro

"¡A mí se me conquista con dinero, no con novelas!" Quien así de tajante se expresa es Lola (Emma Penella), la protagonista de esta singular historia, y el pobre hombre que recibe tan terrible exabrupto es Rodolfo, alias "El Espichao" (Manolo Gómez Bur). Aunque, a decir verdad, una muchacha de tales características, que ni se anda con rodeos ni tiene pelos en la lengua, bien pudiera contestarle lo mismo a cualquier otro galanteador que se dedicase a importunarla con exigencias amatorias.

Hay, sin embargo, un hombre, médico de profesión, por el que Lola siente debilidad, hasta el punto de estar dispuesta a rehabilitarse si hiciera falta. Porque, a diferencia de los demás, Juan (Carlos Estrada) le canta las verdades a la cara en lugar de adularla, cosa que, tratándose de una descarriada desvergonzada como es ella, provoca el efecto regenerador que busca la película (y no tanto la novela).



Darío Fernández Flórez (1909-1977) dedicó toda una trilogía a glosar la figura de esta prostituta, completada, ya en la década de los setenta, con Nuevos lances y picardías de Lola, espejo oscuro (1971) y Asesinato de Lola, espejo oscuro (1975). Insistencia que no hace más que poner de manifiesto la inmensa fascinación que los integrantes de la corriente tremendista sentían hacia los personajes marginales o, como en este caso, libertinos.

Escrita y producida por José Luis Dibildos para Ágata Films, Lola, espejo oscuro adolece de las típicas carencias propias de un filme condenado a lidiar con la censura desde el mismo momento de ser concebido, si bien deja traslucir, al mismo tiempo, esa morbosidad, tan típica de las sociedades reprimidas, hacia los mismos pecados que luego se critican públicamente. En cualquier caso, lo llamativo de esta versión fílmica, con su guion un tanto disperso y un humor más amable que corrosivo, es que lo yeyé acaba por imponerse a la sordidez.


jueves, 25 de julio de 2019

Siempre es domingo (1961)




Director: Fernando Palacios
España, 1961, 81 minutos

Siempre es domingo (1961) de Fernando Palacios


Fernando Palacios vivió apenas cuarenta y nueve años —pocos, si lo medimos según los parámetros actuales—, pero suficientes para dejar tras de sí una filmografía en la que sobresalen títulos como La gran familia (1962) o El día de los enamorados (1959). Todos ellos con el mismo denominador común: ensalzar una vida color de rosa que coincidiese plenamente con el discurso oficial que, desde las altas instancias del Estado, le interesaba promover al franquismo.

En ese sentido, hacer que una película se titule Siempre es domingo resulta, ya de por sí, un claro reproche hacia la conducta de la pandilla de jóvenes protagonista. Porque eso de enlazar una juerga con otra es propio de holgazanes egoístas y los individuos comme il faut (o "como Dios manda", según la versión nacionalcatólica de la célebre máxima francesa) deben obediencia ciega a sus santos padres. Amén. Por eso el barman Paco (Arturo López), experto conocedor de la fauna nocturna desde su atalaya privilegiada, acaba sentenciando: "Sin alcohol se sienten inseguros; el alcohol los hace superiores. Los agiganta. Después de unas copas se creen más fuertes..."



Sin embargo, no hay ni uno solo de estos mozos y mozas (todos ellos en edad de merecer) que no cojee de un pie o del otro. Materialista sin escrúpulos, Luis (Carlos Larrañaga) vive obsesionado con cazar a alguna rica heredera. David (Pepe Rubio) es un arquitecto ocioso, capaz de agenciarse una sortija que no es suya para jugársela a las cartas. Carlota (María Mahor) intenta por todos los medios seducir a un honesto hombre casado. Clara (Mara Cruz) desprecia a su padre porque, a pesar de ser juez, gana muy poco dinero. Y Doris (María Luisa Merlo) se las da de niña bien entre sus amigos cuando, en realidad, es la sirvienta de un matrimonio norteamericano.

Fingen lo que no son con el objetivo de llevar una existencia vacua. Y, claro: al final acabará imponiéndose la lógica del patriarcado imperante. La dulce Teresa (Susana Campos) hará entrar en razón a David. Clara logrará ver el lado poético de la realidad gracias a su matrimonio con Víctor (José Luis Pellicena). El resto tal vez no tenga remedio. Aunque es el juez Andonelli (Fernando Rey) el encargado de dictaminar el diagnóstico de los males que aquejan a la juventud: "Yo mismo he fracasado como educador. Tenemos los defectos de nuestra sociedad. Y un estado de ánimo colectivo contra el que no luchamos porque somos cobardes. Todos sabemos que la persecución del placer a la que se lanzan los jóvenes es falsa y peligrosa. Y, sin embargo, la toleramos". "Dios nos ha abandonado" puntualiza el padre de  Carlota. "No, le hemos abandonado nosotros... ¿Cómo vamos a pedirle que nos ayude si no estamos dispuestos a obedecer sus mandatos?"


domingo, 29 de abril de 2018

Las crueles (1969)




Título alternativo: El cadáver exquisito
Director: Vicente Aranda
España/EE.UU., 1969, 95 minutos

Las crueles (1969) de Vicente Aranda


Ya lo hemos dicho al comentar otros filmes de Vicente Aranda, pero no nos importa repetir una y mil veces que sus trabajos más destacables no son las erotizantes producciones al servicio de Victoria Abril que dirigiera a partir de los ochenta, sino las películas de la primera fase de su filmografía. Títulos como Fata/Morgana (1966), La novia ensangrentada (1972) o Clara es el precio (1975) y a los que hoy añadimos Las crueles o El cadáver exquisito, que es como el director tenía intención de llamar a esta adaptación del relato de Gonzalo Suárez "Bailando para Parker".

En relación al cine que posteriormente acabaría haciendo, cabe decir que éste es un Aranda muchísimo más sofisticado, con un gusto por lo estetizante que denotaba el influjo de la Escuela de Barcelona. De ahí el protagonismo que adquieren actrices/modelo de belleza cosmopolita como la omnipresente Teresa Gimpera o la francesa Capucine. Un poco en la línea de lo que hará, por las mismas fechas, Jesús Franco con Soledad Miranda, la elección de dicho perfil para los papeles femeninos dotaba a estas películas de un toque elegante que facilitaba su comercialización en el mercado internacional.

La esposa (Teresa Gimpera) saluda al editor (Carlos Estrada)


Atractivo al que a menudo se sumaba una marcada preferencia por temas entre lo terrorífico y lo críptico, en ocasiones sazonados con un punto de sensualidad soterradamente lésbica. El cadáver exquisito, por ejemplo, se centra en la implacable red que tres mujeres irán tejiendo en torno a un gris editor barcelonés (Carlos Estrada), quien no para de recibir en su despacho misteriosos paquetes envueltos en papel amarillo y cuyo siniestro contenido lo arrastrará hacia una espiral que lo deja al borde de la locura.

La actriz inglesa Judy Matheson completaba el "maléfico" triángulo junto a las ya mencionadas Capucine y Gimpera. Su personaje es una joven llamada Esther Casino, curada milagrosamente por el doctor Barrés de la leucemia que padecía y amante despechada del editor. Una pulsión autodestructiva se cierne a partir de ese momento sobre ella, siendo los miembros del cuerpo de la suicida los que las otras dos mujeres envían por correo al personaje interpretado por Carlos Estrada en señal de cruel venganza.

Esther (Judy Matheson) frente al espejo

domingo, 4 de febrero de 2018

Tiempo de amor (1964)




Director: Julio Diamante
España, 1964, 74 minutos

Tiempo de amor (1964) de Julio Diamante


Las tres historias que conforman Tiempo de amor, segundo largometraje dirigido por el gaditano Julio Diamante, poseen el denominador común de mostrar relaciones de pareja, en plena época franquista, en las que siempre es la mujer quien sale peor parada. 

Atardecer se centra en Elvira (Julia Gutiérrez Caba) y Alfonso (Agustín González). Tras más de una década de casto noviazgo, él sigue optando a unas oposiciones que nunca aprueba y ella trabaja como mecanógrafa. Noche, en cambio, plantea la iniciación sentimental de María (Enriqueta Carballeira), dependienta en una perfumería y víctima propiciatoria que a punto está de caer en las garras de un donjuán sudamericano llamado Servando (Julián Mateos). Mañana, por último, es la historia del matrimonio formado por José (Carlos Estrada) y Pilar (Lina Canalejas). A pesar de que el cabeza de familia es médico, su mujer y sus tres hijos padecen estrecheces económicas debido a que José prefiere trabajar en los suburbios socorriendo a los más necesitados.

Atardecer: Elvira (Julia Gutiérrez Caba)

Las paredes desconchadas que vemos en los tres episodios nos dan una idea de la España que pretendía retratar la película: un país en el que, irónicamente, el amor difícilmente se impone a la miseria y en el que la mujer sigue ocupando un puesto de absoluta sumisión respecto al hombre. Así, por ejemplo, en Atardecer, Elvira termina sucumbiendo a las pretensiones carnales de Alfonso, quien, una vez saciada su libido, mira de reojo las piernas de otra mujer en el bar; María, protagonista de Noche, deberá soportar los insultos de Servando al negarse a mantener relaciones con él, mientras que en Mañana todas las tareas del hogar recaen sobre Pilar, pese a que José tiene colgadas en el domicilio conyugal reproducciones de cuadros de Picasso (Miserables ante el mar o La tragedia, 1903), la fotografía de un minero o un póster del homenaje a Antonio Machado, toda una declaración de intenciones para la época, que pone de manifiesto su ideología izquierdista.

La música del argentino Adolfo Waitzman le aporta al conjunto su inconfundible toque jazzístico, mientras que la fotografía en blanco y negro de Juan Julio Baena capta con mirada certera la esencia de lo que fueron los años más descarnados del desarrollismo.

Mañana: José (Carlos Estrada) y Pilar (Lina Canalejas)

lunes, 7 de agosto de 2017

Crimen de doble filo (1965)




Director: José Luis Borau
España, 1965, 87 minutos

Crimen de doble filo (1965)
de José Luis Borau


Claramente inspirado en el suspense hitchcockiano, Crimen de doble filo supuso la segunda incursión en el largometraje de un José Luis Borau que había debutado un año antes con el espagueti wéstern Brandy. Protagonizada por una pareja de argentinos (Susana Campos y Carlos Estrada) debidamente doblados, según costumbre de la época, al neutro castellano peninsular, la película partía de un inteligente guion del productor Juan Miguel Lamet (quien, por cierto, aparece en un fugaz cameo en el último plano).

Cuenta la historia de Andrés Salas (Estrada), un apocado violonchelista que lleva una existencia gris, abrumado por el recuerdo de su padre, quien, en tiempos, había sido un afamado compositor (una foto con dedicatoria del rey Alfonso XIII en el domicilio familiar contribuye a subrayar la importancia del difunto). Pero la tediosa rutina del hombre se va a ver repentinamente alterada con la súbita muerte de un afinador de pianos que vive en los bajos de su edificio, hecho que sitúa a Salas en el centro de una vorágine obsesiva que le irá minando la moral al creerse perseguido por el asesino.



Es Crimen de doble filo una película repleta de pequeños detalles. Así, por ejemplo, al ya mencionado cameo de Lamet o a la foto de Alfonso XIII, cabría añadir los carteles de Nobleza baturra y Morena Clara (ambas de Imperio Argentina y Florián Rey) en el taller del afinador o lo que el Comisario Ruiz (Antonio Casas) encuentra cuando procede a registrar el apartamento de Claus, cuyas paredes aparecen presididas por un póster en homenaje a la memoria del poeta Antonio Machado y una reproducción del Guernica de Picasso. Todo un atrevimiento tratándose de una película estrenada en pleno franquismo. Entre sus libros, figura, además, una monografía dedicada a Hitchcock, en clara alusión al tipo de cine en el que se inspira la trama de Crimen de doble filo.

Argumento que, todo sea dicho, acaba por ser un tanto predecible, lo cual no es óbice para que Borau demuestre una solvencia más que notable en la creación de atmósferas inquietantes. Algo a lo que contribuyen, en gran medida, la excelente fotografía en blanco y negro de Enrique Torán, secundado nada más y nada menos que por Luis Cuadrado y Teo Escamilla, así como la banda sonora de Luis de Pablo.


domingo, 20 de noviembre de 2016

Del amor y otras soledades (1969)




Director: Basilio Martín Patino
España, 1969, 99 minutos


MARÍA: ¿Cómo se explica entonces la superioridad del hombre? 
PSICÓLOGA: Es que, científicamente, no puede explicarse. A no ser que tenga la cabeza más grande y algunos músculos más potentes... 
MARÍA: ¿Quién lo iba a decir? 
PSICÓLOGA: ¿Te sorprende? Sobre la mujer no se escriben más que vulgaridades y cursilerías. Tópicos. Después, somos nosotras mismas las que terminamos aceptando el papel de objetos al servicio del hombre. Lo cual, no quita para que yo, particularmente, en mi consulta, prefiera tratar a los hombres. Son menos tortuosos. Es lógico. Bueno... Ten en cuenta cómo hemos sido educadas desde nuestra infancia. Nuestro papel en la sociedad. Todo eso que nos ha condicionado alrededor. Que nos sigue condicionando.

Tras el éxito de Nueve cartas a Berta, Basilio Martín Patino acometía un filme más ambicioso en cuanto a la producción y el reparto. Coescrita junto a Juan Miguel Lamet, Del amor y otras soledades (que no demonios: la novela de García Márquez es muy posterior) contó con la participación de la italiana Lucía Bosé (María) y del argentino Carlos Estrada (Alejandro), ambos precedidos por sus notables trabajos en filmes hoy míticos como Muerte de un ciclista o La tía Tula, respectivamente.

Anticipándose en cuatro años a los Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap, 1973) de Bergman, Martín Patino radiografía un maduro matrimonio burgués que hace aguas por todas partes, pese a estrenar un lujoso chalé y a que aún experimenten episodios puntuales de pasión. Pero la rutina se impone y cada cual irá detestando al otro de forma inexorable. Sobre todo ella, quien acusa a su marido de estar más pendiente de triunfar como economista que no de mantener vivo el deseo que un día los unió.

Lucía Bosé

Del amor y otras soledades fue muy probablemente un tímido intento desde el interior de España de conectar el Nuevo Cine Español con la Escuela de Barcelona. No en vano, podemos ver en distintos papeles al también cineasta Joaquim Jordà (amigo de la pareja), la escritora Maria Aurèlia Capmany (Psicóloga), el recientemente fallecido Iván Tubau (aunque éste ya intervino en Nueve cartas a Berta) o incluso escuchar de fondo algunas canciones de Quico Pi de la Serra. Pero, por si no fuera poco, intervienen asimismo el compositor Carmelo Bernaola (Fernando), la cantautora Rosa León (universitaria), el cantaor José Menese actuando en un tablao y hasta Marisol en un breve cameo. Así, invitando a participar a destacados miembros de la intelectualidad se pretendía quizá darle una mayor credibilidad a la historia.

Por dicho afán de modernidad, es ésta una película que conecta con otras rodadas en el mismo período, como por ejemplo Un, dos, tres... al escondite inglés de Zulueta o, sobre todo, Me enveneno de azules de Regueiro. Con esta última comparte el gusto por las localizaciones urbanas, especialmente en edificios de diseño vanguardista. Lo cual nos lleva, de nuevo, a suponer que ésa era la imagen que desde el cine español se quería proyectar al exterior, a través de la participación en festivales. En todo caso, de lo que no cabe duda es del atrevimiento de un guion en el que se habla abiertamente de separación o sexualidad, al tiempo que se reclama un papel menos sumiso para la mujer.

Maria Aurèlia Capmany