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viernes, 27 de febrero de 2026

Días sin huella (1945)




Título original: The Lost Weekend
Director: Billy Wilder
EE.UU., 1945, 101 minutos

Días sin huella (1945) de Billy Wilder


En una época en la que Hollywood solía abordar el tema de las adicciones con ligereza cómica o con un moralismo superficial, Billy Wilder rompió el tabú para filmar la degradación humana mediante una mirada casi documental en una obra maestra del cine negro psicológico. Efectivamente, The Lost Weekend (1945) narra la historia de Don Birnam (interpretado magistralmente por Ray Milland), un escritor frustrado que aprovecha un fin de semana en el que se queda solo en Nueva York para sumergirse en una borrachera épica.

A diferencia de lo que ocurre en otros dramas, la propuesta de Wilder y su guionista Charles Brackett (a partir de la novela homónima de Charles R. Jackson) no busca explicar el alcoholismo del protagonista a consecuencia de algún trauma personal, sino que indaga en la parálisis de su talento. En ese sentido, Don no bebe porque tenga mala conciencia, sino que lo hace porque no puede soportar la distancia entre la genialidad que siente poseer y su mediocridad real. Así pues, el alcohol representa para él el lubricante que le permite seguir creyendo en su propia leyenda sin escribir una sola línea. Incluso más que la fe que en él tiene depositada la sufrida Helen (Jane Wyman), uno de los pocos apoyos con los que cuenta el infeliz.



Al margen de haber filmado buena parte de los exteriores en las calles de Nueva York, lo que le otorga a la puesta en escena una textura cruda y sucia que se aleja del glamur de los sets de rodaje, la banda sonora de Miklós Rózsa destaca por el uso del theremín, instrumento hasta entonces no muy común, para acentuar la sensación de delirio habitualmente asociada a la ebriedad. Un sonido, oscilante y fantasmal, con el que se subraya la inestabilidad mental del protagonista, convirtiendo su ansia de beber en algo físico y audible.

Dejando de lado los clichés del borracho gracioso, Ray Milland realiza una interpretación valiente que le valió el Óscar (además de al mejor actor, la cinta se hizo también con la preciada estatuilla en las categorías de mejor película, mejor director y mejor guion). En ese orden de cosas, la secuencia en la que intenta empeñar su máquina de escribir y descubre que todas las casas de empeño (en su mayoría regentadas por judíos) están cerradas con motivo del Yom Kipur constituye uno de los momentos de mayor desesperación al mostrar a un hombre culto y elegante rebajándose hasta el extremo a cambio de la ansiada dosis.



lunes, 6 de abril de 2020

Viaje al centro de la Tierra (1959)




Título original: Journey to the Center of the Earth
Director: Henry Levin
EE.UU., 1959, 124 minutos

Viaje al centro de la Tierra (1959) de Henry Levin

El domingo 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Lidenbrock, entró rápidamente a su hogar, situado en el número 19 de la König‑Strasse, una de las calles más tradicionales del barrio antiguo de Hamburgo. [...] Era profesor del Johannaeum, donde dictaba la cátedra de mineralogía, enfureciéndose, por regla general, una o dos veces en cada clase. Y no porque le preocupase el deseo de tener discípulos aplicados, ni el grado de atención que éstos prestasen a sus explicaciones, ni el éxito que, como consecuencia de ellas, pudiesen obtener en sus estudios; no, semejantes detalles lo tenían sin cuidado. Enseñaba subjuntivamente, según una expresión de la filosofía alemana; enseñaba para él, y no para los otros. Era un sabio egoísta; un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando de él se quería sacar algo. Era, en una palabra, un avaro del conocimiento.

Julio Verne
Viaje al centro de la tierra
Traducción de Antoni Ribot i Fontseré

Apenas leyendo el primer párrafo de la novela saltan enseguida a la vista unas cuantas diferencias con respecto a su adaptación cinematográfica: ni la acción transcurre en Edimburgo ni los nombres de los protagonistas son exactamente iguales. Sin embargo, el guionista y productor Charles Brackett logró que Journey to the Center of the Earth se mantuviese fiel al espíritu aventurero que, con tanto entusiasmo, acertaba a trasladar el francés Julio Verne a todo cuanto escribía.

Desde luego, especular con la posibilidad de un mundo subterráneo habitado por criaturas antediluvianas o depositario de los restos de la mítica Atlántida escapa a la más mínima verosimilitud. Pero hay que ver con qué gusto devorábamos las peripecias de unos héroes cotidianos, espeleólogos aficionados, capaces de acceder a las profundidades de la tierra a través de un cráter islandés para, tras mil y una hazañas, terminar regresando a la superficie en plena erupción del Estrómboli.



La banda sonora de Bernard Herrmann, cargada de metales y pinceladas organísticas, aportaba al conjunto ese toque de intriga del que tanto se beneficiaron los thrillers de Hitchcock. Todo un envoltorio que, unido a los fantásticos e imaginativos decorados (merecedores de una candidatura a los premios Óscar), sentó las bases de posteriores producciones, a medio camino entre la ciencia ficción y el cine histórico de aventuras, como Jasón y los argonautas (1963) de Don Chaffey.

Ver asomar a una de aquellas iguanas gigantescas por las playas del subsuelo terrestre produce hoy el mismo efecto cómico que los andares atolondrados de la gansa Gertrude: peaje inevitable que debe pagar toda película —sobre todo si, como ésta, basa su eficacia en los efectos especiales— frente al inexorable paso del tiempo y el gradual perfeccionamiento de las técnicas cinematográficas. Aun así, quienes conserven en lo más profundo de su ser un ápice de la ilusión del niño que un día fueron sabrán perdonar este tipo de minucias y seguir disfrutando de la expedición de Lindenbrook (James Mason), Carla (Arlene Dahl, madre del también actor Lorenzo Lamas), Hans (el islandés Peter Ronson) y Alec (el cantante Pat Boone).


sábado, 31 de marzo de 2018

Medianoche (1939)




Título original: Midnight
Director: Mitchell Leisen
EE.UU., 1939, 94 minutos

«Cinderella goes to Paris!»

Medianoche (1939) de Mitchell Leisen


Como en todas las grandes películas de la época dorada de Hollywood, son multitud las anécdotas que se cuentan a propósito de Midnight. Que si Billy Wilder y Charles Brackett fueron los encargados de "retocar" su propio guion (en realidad, lo devolvieron a Paramount sin haber cambiado ni una sola coma, "detalle" en el que los ejecutivos de la productora no repararon), que si John Barrymore estaba tan borracho que apenas si podía retener las líneas de sus propios diálogos, que si el papel de Claudette Colbert estaba destinado en un principio a Barbara Stanwyck, que si el embarazo de Mary Astor causó no pocos contratiempos durante el rodaje, etc., etc.

Lo que sí que parece bastante cierto es que las continuas desavenencias entre los guionistas y el director Mitchell Leisen hicieron que Wilder tomase la determinación de, en lo sucesivo, dirigir siempre que fuese posible las historias por él escritas. En cualquier caso, el toque del vienés (el mismo que heredó de Lubitsch, el mismo que continúa presente, hoy día, en Woody Allen) se percibe en la brillantez de unos diálogos que siguen provocando la carcajada general del público allá donde se proyecte la película. Un sentido del humor inteligente, basado en lo equívoco de las situaciones y plagado de referencias culturales.

Eve Peabody (Colbert) y Georges Flammarion (Barrymore)

Medianoche, lo señalaba bien a las claras el eslogan que precede a estas líneas, era una puesta al día del cuento de la Cenicienta, del mismo modo que Bola de fuego se basará en Blancanieves, dando lugar a una comedia sofisticada cuya acción se sitúa, como en Ninotchka, en un París de lacayos con librea y baronesas húngaras.

Un mundo, el de la ciudad de las luces, cuya suntuosidad de cartón piedra y amoríos de opereta tenían los días contados con la inminente llegada de la contienda mundial, pero que aún era capaz de fascinar al espectador americano medio, para quien la capital europea siempre ha sido y será el marco propicio para los cuentos de hadas; un lugar donde todo es posible, desde que una corista se cuele en los salones de la alta sociedad hasta que un taxista emparente con la nobleza.

Eve (Claudette Colbert) junto al taxista Tibor Czerny (Ameche)