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miércoles, 27 de septiembre de 2023

Viaje a la Luna (1902)




Título original: Le voyage dans la lune
Director: Georges Méliès
Francia, 1902, 15 minutos

Viaje a la Luna (1902) de Georges Méliès


El cine apenas mascullaba sus primeros balbuceos de arte incipiente cuando un tal Méliès, ilusionista para más señas, rueda una de las primeras películas de ciencia ficción de la historia. Y lo hace con la inocencia primitiva de quien ignora aún las posibilidades expresivas del lenguaje fílmico, plantando la cámara en un punto fijo para que sean únicamente los intérpretes los que se mueven de aquí para allá ante el objetivo. Es precisamente en dicho candor donde reside el encanto principal de Le voyage dans la lune (1902), obra maestra muda e imagen icónica gracias al simpático rostro de un satélite de queso en cuyo ojo se clava la nave/bala de los primeros hombres que allí ponen el pie.

Por lo demás, la imaginativa recreación de cómo pudiera ser la superficie lunar, recubierta de champiñones colosales e infestada de selenitas saltimbanquis, parece vagamente inspirada en las páginas de Julio Verne o H.G. Wells, si bien es el toque artesanal de Méliès lo que la convierte en una pieza única. En ese sentido, ya desde el cónclave inicial de astrónomos, con sus vistosas túnicas de aspecto medievalizante, la trama adquiere un innegable regusto cómico que irá incrementándose gradualmente conforme se vayan sucediendo los acontecimientos.



Por último, el colorido de sus fotogramas pintados a mano no hace sino reforzar el carácter festivo de una filigrana de orfebrería hoy felizmente restaurada para disfrute de quienes deseen adentrarse en el siempre atractivo universo del verdadero "inventor" del arte cinematográfico, aquel entusiasta (uno de los 35 privilegiados que tuvieron ocasión de asistir a la primera proyección de los Lumière en el parisino Salon Indien) que supo ver el potencial de las imágenes en movimiento. 

Desgraciadamente, las fanfarrias y desfiles laudatorios con los que las autoridades civiles y militares reciben en la ficción a los viajeros astrales tras su regreso precipitado a la Tierra (con paso previo por las profundidades marinas) contrasta vivamente con el triste destino que aguardaba a Méliès en la vida real, donde la codicia de Edison le privaría de la explotación comercial de su película en el mercado americano para, posteriormente, acabar sus días regentando un modesto quiosco en la estación de Montparnasse.



viernes, 4 de enero de 2019

Have you seen my movie? (2016)




Título en español: ¿Has visto mi película?
Director: Paul Anton Smith
Reino Unido/Canadá, 2016, 136 minutos

Have you seen my movie? (2016) de P. A. Smith

centón
Del lat. cento, -ōnis.

1. m. Obra literaria compuesta con fragmentos de otras obras.

Probablemente, Paul Anton Smith no habrá escuchado jamás la palabra centón (o su equivalente inglés: cento), pero Have you seen my movie? lo es. Aparte de un sincero homenaje al mundo del cine, eso por descontado. Porque tomar escenas de aquí y de allá para construir un pastiche que tenga, además, sentido es tarea harto laboriosa, sólo al alcance de alguien enfermizamente cinéfilo.

Más de cien películas de todos los tiempos y estilos han servido de base para extraer el material necesario, desde las primeras filmaciones de los hermanos Lumière hasta los éxitos de taquilla de hoy en día. Y la mayor parte de las veces con un mismo leitmotiv como hilo conductor: escenas en las que se ve a los personajes asistiendo a una proyección cinematográfica o a punto de acceder a la sala.



Claro que, a veces, los fragmentos elegidos no cumplen dicha premisa, si bien es fácil solucionarlo convirtiéndolos, como en el caso del final de Casablanca (1942) o el juicio de La pasión de Juana de Arco (1928) de Dreyer, en el filme supuestamente proyectado ante la audiencia.

Con este montaje tan heterogéneo se logra que las películas dialoguen entre ellas, estableciendo contrastes de lo más insólito que, a su vez, dan como resultado un recital nostálgico pero al mismo tiempo reivindicativo, pues nos recuerda que, antes que una industria, el cine es y será siempre un punto de encuentro, un rito colectivo y/o una fábrica de sueños, destinados a ser consumidos (preferentemente) en la confortable oscuridad del patio de butacas.


jueves, 6 de diciembre de 2018

Apuntes para una película de atracos (2018)




Director: León Siminiani
España, 2018, 90 minutos



Los Appunti per un'Orestiade africana (1970) de Pasolini estaban llamados a ser una insólita tragedia moderna que, sin embargo, nunca llegó a concretarse. Pues bien: es según dicho modelo de películas bosquejadas que el director Elías León Siminiani (San Sebastián, 1971) ensaya el filme de asaltantes de bancos que siempre soñó hacer. Proyecto ambicioso donde los haya, toda vez que las pelis de atracos constituyen un género en sí mismo que hunde sus raíces en los propios orígenes del cinematógrafo y de la narrativa que le es inherente, como lo atestigua la fundacional The Great Train Robbery (1903) del pionero americano Edwin S. Porter.

Precisamente, dos cineastas de esa misma nacionalidad, pero que acabarían afincándose en Europa (Dassin y Kubrick), fueron los responsables, mediada la década de los cincuenta, de fijar el modelo canónico y definitivo con sus respectivas Rififi (1955) y The Killing (1956), si bien Siminiani, por aquello de que hay que hacer patria, se decanta más por el modelo policíaco español que, en aquellos mismos años, se estaba adelantando en algunos de sus planteamientos (rodar en la calle, cámara oculta...) a la mismísima Nouvelle vagueApuntes para una película de atracos se abre, de hecho, con un fragmento de la secuencia inicial de A tiro limpio (1964) de Pérez-Dolz. Y así, sucesivamente, le irán siguiendo escenas de otros títulos que vale igualmente la pena reivindicar (y desempolvar) como Los peces rojos (1955) o El ojo de cristal (1955). De todas ellas hemos hablado ya en este blog y a sus correspondientes entradas nos remitimos para mayor información.



Con todo, el documental que nos ocupa sobrepasa de largo el homenaje cinéfilo (con sus espléndidos títulos de crédito que remedan el glamuroso blanco y negro de aquel entonces) para adentrarse en la no menos atractiva personalidad de Carlos Iglesias, alias El Flako, hijo de atracador y, como él, maestro consumado en la técnica del butrón. Ataviado en todo momento con una máscara que oculta sus facciones —y que recuerda, por cierto, a la que usaba la protagonista de Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960) de Georges Franju—, el Robin Hood de Vallecas demuestra, pese a su juventud, un conocimiento exhaustivo del subsuelo madrileño, cuya red de alcantarillado permite acceder a los sótanos de no pocas sucursales bancarias del casco antiguo.

Elías y El Flako no comparten, a priori, demasiadas cosas: pertenecen a clases sociales distintas y la trayectoria vital de ambos es radicalmente opuesta. Sin embargo, la aventura en la que deciden enfrascarse les acaba llevando a un terreno común: una geografía humana donde la paternidad o las relaciones de pareja actúan a menudo como las únicas coordenadas fiables a la hora de lograr el verdadero y único botín por el que realmente merece arriesgarse en este mundo: la felicidad.