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viernes, 24 de julio de 2020

La piel dura (1976)




Título original: L'argent de poche
Director: François Truffaut
Francia, 1976, 104 minutos

La piel dura (1976) de François Truffaut


« Les enfants se cognent contre tout, ils se cognent contre la vie mais ils ont la grâce et ils ont aussi la peau dure... » Palabras de la mujer del maestro de escuela que, aparte de haber sugerido el título de la versión española, ilustran con claridad meridiana el asunto de un viejo proyecto que Truffaut venía acariciando desde los inicios de su carrera. De hecho, L'argent de poche ("calderilla" o "la paga" de los críos sería la traducción) empezó a gestarse mientras el cineasta rodaba su ópera prima: aquellos quatre cents coups que ya contenían un buen número de escenas filmadas en un aula.

Luego vino L'enfant sauvage (1970), que, con la finalidad de documentarse, obligó al director a pasar bastante tiempo en una institución para sordomudos. De modo que la idea de dedicar un filme por entero a la infancia se fue fraguando en el ánimo del francés hasta cuajar en una cinta coral, rodada en una pequeña localidad de provincias e interpretada, en buena medida, por actores no profesionales. Un carácter colectivo que Truffaut, tal y como él mismo reconocería en numerosas entrevistas, aprendió a manejar durante el rodaje de La nuit américaine (1973), filme en buena medida precursor del que nos ocupa por lo que tiene de estudio de un grupo humano.



Los habitantes de Thiers, municipio del centro de Francia, y, sobre todo, sus niños protagonizan una estampa cuyos momentos de máxima actividad social se limitan al cine de los domingos y poca cosa más. Aunque el relato se irá deteniendo en las vidas de algunos de los componentes que integran el mosaico. Como Patrick, encargado de cuidar de su padre minusválido y platónicamente enamorado de la madre de un compañero de clase. O el pobre Leclou, miembro de una familia desestructurada que lo maltrata y en el que se adivina un trasunto del propio Truffaut.

Relacionado con lo anterior, el emotivo discurso final del profesor Richet (Jean-François Stévenin) aporta algunas claves a propósito del particular punto de vista de François Truffaut en lo concerniente a temas de importancia capital para él como la educación o la infancia. Así pues, el niño que crece sin recibir el afecto necesario se acabará sintiendo culpable. De la misma manera que si los menores tuviesen derecho a voto seguro que serían objeto de mayor atención por parte de unas autoridades que no siempre hacen lo necesario para velar por sus derechos. Sin embargo, acabar el curso (y la película) con semejante arenga sería demasiado solemne, por lo que, con muy buen criterio, el director opta por cerrar el conjunto con el primer beso de Patrick, en lo que supone, simbólicamente, la entrada del muchacho en el mundo de los adultos.


jueves, 23 de julio de 2020

La noche americana (1973)




Título original: La nuit américaine
Director: François Truffaut
Francia/Italia, 1973, 116 minutos

La noche americana (1973) de François Truffaut


La magia del cine desde el interior de un rodaje, con su ritmo frenético repleto de imprevistos, mostrando las costuras de lo que, tras vencer mil y un obstáculos, producirá la ilusión de realidad al ser proyectado sobre una pantalla. El propio título, La nuit américaine, no es sino una referencia a lo aparente: los filtros, efectos y demás engranajes de los que se sirve el director, ese individuo al que los miembros del equipo no paran de atosigar con toda clase de preguntas (y para las que sólo alguna vez tiene respuesta), a la hora de darle forma a los sueños que, poco a poco, ha ido forjando en su mente.

Al margen del juego metafílmico que plantea Truffaut en esta obra maestra, son las reflexiones en voz alta de su alter ego Ferrand las que merece la pena analizar con detenimiento: "Hacer una película es como un viaje en diligencia a través del lejano Oeste. Cuando comienzas, esperas un viaje agradable. A mitad de camino, te conformas con sobrevivir..." O las palabras que dedica a Alphonse (Jean-Pierre Léaud), fiel reflejo de las que debió de decirle cientos de veces a su pupilo: "Las películas son más armoniosas que la vida: no hay atascos en las películas, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes, como trenes en la noche. La gente como tú y como yo está hecha para ser feliz en el trabajo, en nuestro trabajo cinematográfico."



El Gran Coral compuesto por Georges Delerue sobre la base de una sonoridad inconfundiblemente barroca transmite la idea de work in progress, de hormiguero humano en el que unos y otros (actores, script girls, maquilladoras, especialistas de muy diversa índole) aportan su grano de arena para que se produzca el milagro. Una banda sonora que es uno de los rasgos distintivos (y más recordados) del conjunto y cuyas notas, que bien pudieran pasar por un virtuoso capricho de Bach o de Händel, traducen a la perfección el torbellino de alegrías y amarguras, amoríos y desencuentros que tienen lugar en torno a la filmación de una película.

Se dice que el éxito de La nuit américaine, coronado con un Óscar a la mejor cinta de habla no inglesa (más otras tres nominaciones), motivó el desprecio airado de Godard, quien acusó a su antiguo compañero de correrías críticas en los tiempos de Cahiers du Cinéma de haberse sometido a los dictados del convencionalismo mainstream. Real o no, pese a que es del todo cierto que ambos cineastas acabaron distanciándose, la anécdota remite a la asimilación de los postulados de la otrora revolucionaria Nouvelle vague por parte de una industria en crisis perpetua desde hacía más de una década y que, más tarde o más temprano, siempre termina por fagocitar a sus enfants terrible por muy díscolos que éstos sean. Quizá por ello Ferrand, que atesora en su despacho libros a propósito de los más grandes directores de la historia, se ve asaltado, noche tras noche, por una pesadilla recurrente en blanco y negro: la de un niño adulto que regresa a una sala en la que reponen Ciudadano Kane (1941).


miércoles, 21 de agosto de 2019

Una habitación en la ciudad (1982)




Título original: Une chambre en ville
Director: Jacques Demy
Francia, 1982, 90 minutos

Una habitación en la ciudad (1982) de Jacques Demy


Dos son los rasgos que, como mínimo, comparte esta película con Les parapluies de Cherbourg (1964). Por una parte, el hecho de estar enteramente cantada de principio a fin; por otra, el particular (y estridente) tratamiento del color. Al hilo de lo cual, se nos ocurre una tercera y hasta una cuarta concomitancia: ambas explican una historia de amor con un trasfondo político. Porque, si a mediados de los sesenta el referente más inmediato era la guerra de Argelia, en Une chambre en ville la acción se sitúa en el Nantes de 1955, durante la huelga de los metalúrgicos. Ciudad, conviene no olvidarlo, en la que Demy pasó su infancia.

Hay, sin embargo, una diferencia decisiva entre los dos filmes. Y es el ligero toque tragicómico que se deja sentir en este segundo musical, tal vez a causa de haber sido rodado en una época en la que difícilmente habría ya nadie que se tomase en serio el apasionado idilio entre un obrero y una burguesa. Buscada o no, dicha comicidad se hace patente cada vez que la película se proyecta en pantalla grande y, al llegar al final (que no desvelaremos), el público presente en la sala... ¡se parte de risa!



En cualquier caso, la partitura compuesta por Michel Colombier (1939–2004) iguala en calidad e intensidad a la que otro Michel —Legrand, (1932–2019)— compusiera para Les parapluies... Con la salvedad de que Richard Berry (Guilbaud) y Dominique Sanda (Édith) no son ni Catherine Deneuve ni Nino Castelnuovo.

Completaron el reparto una magnífica Danielle Darrieux en el papel de la señora Langlois, propietaria de la habitación alquilada y "suegra" del proletario Guilbaud, y Michel Piccoli interpretando al desesperado (e impotente) marido de la bella Édith.


sábado, 22 de agosto de 2015

Los límites del control (2009)




Título original: The Limits of Control
Director: Jim Jarmusch
EE.UU./Japón, 2009, 116 minutos

"Usted no habla español, ¿verdad?"

El hombre solitario llega a Madrid procedente de París para llevar a cabo una misteriosa misión. Tras admirar en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía algunos lienzos de Juan Gris, Antonio López o Antoni Tàpies, continúa su periplo hasta Sevilla y, más tarde, hasta la provincia de Almería (los exteriores se rodaron en San José, Abla, Senés, Doña María y en las proximidades de Velefique).

En su peregrinación se irá encontrando con los más variopintos personajes y de todos recibirá crípticas consignas sentado en la terraza de cualquier bar ante dos cafés exprés en tazas separadas. Tras intercambiar con cada uno de ellos cajas de cerillas en las que figura la efigie de un boxeador, extraerá de las mismas las coordenadas que, una vez leídas, masticará y tragará con la ayuda del café. También hay una tentadora mujer desnuda, pero al hombre solitario (que es un maestro consumado en el arte del Tai-Chi) ni le gustan los móviles ni se deja seducir por cualquier sirena que se cruce en su camino mientras está trabajando: como todo el mundo sabe, "la vida no vale nada".

Que nadie se asuste. Lo anterior es la sinopsis de Los límites del control, el filme que Jim Jarmusch rodó en nuestro país y que él define como "película de acción sin acción". Entre los actores nacionales destaca la presencia de Óscar Jaenada, Luis Tosar y el recientemente fallecido Héctor Colomé. Del resto del reparto, Isaach De Bankolé, Paz de la Huerta, Gael García Bernal, Tilda Swinton, Bill Murray, la israelí Hiam Abbas y John Hurt.

Son muchos los momentos destacables (y recurrentes) de esta cinta, como la alabanza que hace la rubia Tilda Swinton de las películas antiguas o el misterioso sueño que describe y que parece hacer referencia a una escena de Stalker (1979) de Tarkovsky. Otros adquieren tintes cómicos por la insistencia con la que se utilizan. Tal es el caso de la pregunta que usamos como epígrafe de esta entrada y a la que el hombre solitario responde invariablemente que no. Aunque es la tragedia lo que finalmente parece imponerse con esa copla andaluza que dice: “El que se tenga por grande / que se vaya al cementerio, / allí verá lo que es el mundo: / un palmo de terreno”.

Los límites del control (2009) de Jim Jarmusch
Dos cafés exprés en tazas separadas
En el Reina Sofía frente a un Tàpies
Leyendo las instrucciones
En Sevilla, frente a la Torre del Oro
En Madrid, en compañía de la rubia Tilda Swinton