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viernes, 10 de noviembre de 2017

Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989)




Título original: Sex, Lies, and Videotape
Director: Steven Soderbergh
EE.UU., 1989, 100 minutos

Sexo, mentiras y cintas de vídeo (1989)


Cuentan las crónicas oficiosas (la anécdota tiene tanto de apócrifa como de verosímil) que, al producirse la caída del muro de Berlín, los alemanes del Este se abalanzaron en masa a las salas de cine para ver una película de sugerente título: Sexo, mentiras y cintas de vídeo... Verdad o no, el hecho muestra bien a las claras cómo fue recibido el largometraje de debut de Steven Soderbergh en medio mundo: multipremiada en Cannes contra todo pronóstico, así como candidata al Oscar al mejor guion, su inesperado éxito se debió más a lo que insinuaba que no a lo verdaderamente mostrado en pantalla.

La banda sonora de Cliff Martinez (en cuyo haber se encuentra la reciente The Neon Demon) acababa dándole al producto final su encanto definitivo mediante unas atmósferas obtenidas a base de sintetizador y a todas luces inspiradas en la música electrónica de Brian Eno.



En cualquier caso, los cuatro personajes principales de esta historia, según propia confesión del cineasta americano, pretendían representar otras tantas facetas de su personalidad: desde la frigidez de Ann (Andie MacDowell) o la impotencia de Graham (James Spader), pasando por la voluptuosidad de John (Peter Gallagher) y Cynthia (Laura San Giacomo), todos tienen algo del joven Soderbergh.

Visto a día de hoy, Sex, Lies, and Videotape se nos aparece como un filme quizá menos morboso, lo que tal vez contribuya a que ahora resalten otros aspectos más técnicos de su realización (no así una supuesta profundidad psicológica de sus protagonistas, tan escasa ahora como entonces).


viernes, 4 de agosto de 2017

Lincoln (2012)




Director: Steven Spielberg
EE.UU./India, 2012, 150 minutos

Lincoln (2012) de Spielberg


Por más que Spielberg dedicase doce años a la preparación de Lincoln (con cambio de actor protagonista de por medio: Daniel Day-Lewis acabaría aceptando, en lugar de Liam Neeson, un papel que previamente había rechazado) el resultado fue una película tan aburrida como discutible. Nadie niega el despliegue apabullante de medios ni la pericia de los intérpretes en los roles principales, pero es que cuando a Spielberg le da por ponerse solemne (y, últimamente, eso es lo habitual) no hay quien lo soporte. Sobre todo por esa doble manía tan suya de querer reescribir la historia y de querer hacer historia.

De lo primero ha dado sobradas muestras en filmes como El puente de los espías (2015), Munich (2005), Salvar al soldado Ryan (1998) o La lista de Schindler (1993), a menudo ofreciendo una visión sesgada de los hechos en función de su propia ideología. Lo segundo, tal vez lo haya logrado en números y en premios, pero jamás en parecerse a John Ford: empresa harto difícil para un cineasta cuya mediocridad intelectual difícilmente podría disfrazarse tras los presupuestos millonarios que maneja.

Pese a ser once años mayor que Daniel Day-Lewis,
Sally Oldfield interpreta a la esposa del presidente


Volviendo, sin embargo, a lo de reescribir la historia como si de la distopía imaginada por Orwell en 1984 se tratase, es moralmente reprobable el tono de momento trascendental que se le quiere dar en la película a la aprobación de la decimotercera enmienda, la que supuso que oficialmente se aboliese la esclavitud en Estados Unidos, el mismo país en el que determinadas actuaciones policiales siguen dando pie, a día de hoy, a encendidas protestas por parte de la comunidad afroamericana.

¿Cómo es posible que todavía, en pleno siglo XXI, se siga mitificando sobremanera una medida que lo que perseguía era, fundamentalmente, atraer mano de obra barata a los centros industriales de los estados del Norte? En este sentido, entre las pocas ocasiones en las que en Lincoln aflora algún apunte crítico a propósito de la cuestión racial se encuentra la escena preliminar, cuando uno de los dos soldados negros que dialogan con el presidente se atreve a sacar el tema de si algún día habrá mandos de color en el ejército, ironizando sobre la posibilidad de que al cabo de cien años hubiese un general de su raza.