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jueves, 25 de diciembre de 2025

El huésped de las tinieblas (1948)




Director: Antonio del Amo
España, 1948, 109 minutos

El huésped de las tinieblas (1948) de Antonio del Amo


Un cartel tras los créditos iniciales de El huésped de las tinieblas (1948) nos advierte que "Esta película no es una biografía de Gustavo Adolfo Bécquer, sino una interpretación fantástica de los sueños atormentados y sublimes del gran poeta sevillano". Lo cual queda sobradamente demostrado conforme avanza la trama, según guion de Manuel Mur Oti, y nos encontramos con un drama histórico que apenas toma como pretexto la figura del escritor. En ese sentido, los hechos recreados obedecen a una pura ficción, si bien el tono novelesco que se respira de principio a fin de la cinta conecta de pleno con la imagen idealizada que habitualmente se tiene del autor de las Rimas.

No faltan, a este respecto, elementos típicamente románticos, como ese duelo del principio que dará pie, acto seguido, a que el protagonista conozca y caiga perdidamente enamorado de la bella Dora (Pastora Peña). Por descontado, se trata de un amor imposible, ya que él está casado con Casta Esteban (María Carrizo) y ella es la prometida del lord inglés Arthur Arlen (Tomás Blanco), de modo que el poeta se retira al monasterio de Veruela donde, además de respirar los aires del Moncayo y hacerse amigo del padre Diego (Nicolás Perchicot), termina sucumbiendo a ardientes delirios en los que llega a ver su propio entierro.



En esa misma línea, son varios los versos y lugares comunes que se citan a lo largo de la película, como por ejemplo la célebre rima LII ("Olas gigantes que os rompéis bramando / […] ¡llevadme con vosotras!"), mientras en pantalla (recurso manido donde los haya) aparecen sobreimpresionadas imágenes de archivo de un mar embravecido y palmeras abatidas por el vendaval, o aquello tan típico de "¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas...?", perteneciente a la rima XXI.

La dirección de Antonio del Amo, elegantemente adornada con la fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer y la banda sonora, con coros y gran orquesta, de Jesús García Leoz, responde a los parámetros habituales de lo que era una producción cinematográfica de estas características en la España de finales de los cuarenta. De ahí ese tono grandilocuente de exaltación continua que convierte a Bécquer (interpretado por Carlos Muñoz) en prácticamente un mártir elevado a los altares.



sábado, 15 de junio de 2024

Nosotros dos (1955)




Director: Emilio Fernández
España/Méjico, 1955, 76 minutos

Nosotros dos (1955) de Emilio Fernández


Romeo y Julieta en la España profunda, pero con acento mejicano. Esa sería, a grandes rasgos, la síntesis de Nosotros dos (1955), añadiendo, además, unas gotas de cainismo o lucha fratricida. Porque si bien la rivalidad principal se da entre los Pedrosa y los Avilés, son dos hermanos de esta última familia, Beto (Marco Vicario) y Lupo (Tito Junco), los que se enzarzarán en una agria disputa a raíz de la relación del primero con la bella María (Rossana Podestà), miembro del bando enemigo. El caso es que, volviendo a esa variopinta mezcolanza a la que antes aludíamos, se da la circunstancia de que la pareja de italianos que protagoniza la película fueron también marido y mujer en la vida real.

Fiel a su estilo impetuoso, la puesta en escena del "Indio" Fernández se traduce en encuadres de una audacia técnica remarcable, con movimientos de cámara poco frecuentes en el cine español de aquel entonces. Tan intensos como las rencillas irreconciliables entre dos clanes que se odian a muerte desde tiempo inmemorial, pero que la osadía de los más jóvenes se encarga de desmentir. Una voz en off expone la situación durante los primeros instantes del filme: "Ésta es una historia de amor y de odio. De odios ancestrales, vengativos, estériles. Y de amor joven, fecundo y redentor. La eterna lucha del bien contra el mal, del odio contra el amor. Nuestra historia comienza en un atardecer de verano, cuando una carreta desvencijada se aproxima a un pueblo, cualquier pueblo, conduciendo a dos mujeres..."



Resultaría relativamente fácil, por consiguiente, intuir un trasfondo ideológico en un planteamiento en el que la pasión de las nuevas generaciones se opone a la inquina de sus mayores (interpretados, respectivamente, por la adusta Irene Caba Alba y José María Lado). Sobre todo tratándose de un país que apenas veinte años atrás, como Beto y Lupo en la ficción, se había enzarzado en una guerra civil de fatales consecuencias. Efectivamente, basta echar un vistazo a los títulos de crédito para toparse con el nombre de María Luisa Algarra (1916-1957), dramaturga barcelonesa (y, dato curioso, primera mujer que ejerció como juez en España) que, tras la contienda, se había exiliado en tierras mejicanas. El caso es que dos años antes de su prematura muerte escribió el guion de esta película, en el que también intervinieron Enrique Llovet y el propio Emilio Fernández.

Sentimientos a flor de piel que la banda sonora del argentino Isidro B. Maiztegui refuerza con la habitual vigorosidad de la sección de cuerda de sus composiciones orquestales. Lo cual, unido a la sobriedad del paisaje (los exteriores se rodaron en localizaciones de Manzanares el Real y Colmenar Viejo), ofrece un fresco singularmente atractivo pese a la depauperada calidad de las copias que suelen circular de la cinta.



sábado, 11 de noviembre de 2023

La lupa (1955)




Título completo: La lupa (agencia de investigaciones privadas)
Director: Luis Lucia
España, 1955, 87 minutos

La lupa (1955) de Luis Lucia


Amable filme de episodios cuyo hilo conductor son las andanzas de una pareja de detectives un tanto atípica. Porque ni don Paco (Valeriano León) ni el espigado Felipe (Antonio Riquelme) destacan precisamente por su agudeza a la hora de resolver los pocos casos que les caen entre manos. Aunque tratándose de una comedia, será de esa misma ineptitud de donde procedan la mayor parte de equívocos descritos en La lupa (1955).

Comienza la película con un disparatado prólogo en el que se repasa "la sucinta historia del utilísimo instrumento" que le da título, desde la época de las cavernas hasta que un borracho coetáneo de Juana la Loca descubre el efecto de agrandamiento que produce el culo de un vaso. Preámbulo en el que, en papeles secundarios, intervienen fugazmente Tip y Top haciendo de sabios en la antigua Grecia y Antonio Ozores como diseñador de armaduras en un pase de modelitos del Medievo.



Y así, amparándose en el lema "A la prosperidad por la pesquisa", ambos sabuesos se lanzan a investigar, sucesivamente, la desaparición del Niño Jesús que una imagen de San Antonio de Padua sostenía sobre sus brazos (al párroco de la iglesia, por cierto, lo interpreta un jovencísimo José Luis López Vázquez), los tejemanejes de un marido (Manuel Luna) que todos los sábados se va de montería al Escorial y, por último, una intriga familiar en la que intervienen un supuesto cazador de dotes, un padre celoso de preservar la integridad de su hija y una cuadrilla de marcianos ávidos de manganeso que hablan en vasco.

Tanto los diálogos como las situaciones resultan de una teatralidad que hoy día parece excesivamente artificiosa, si bien no exenta de la chispa que supo imprimirle el mítico José Luis Colina (1922-1997), uno de los coguionistas de la cinta. Por lo demás, la dirección de Luis Lucia, tosca (como solía ser habitual en él), oscila entre el dramatismo de la primera historia (a propósito de una madre, esposa de un escultor, que no logra sobreponerse al fallecimiento de su único hijo) o la moralina teñida de comicidad de la segunda y, en cambio, el hilarante planteamiento, con platillo volante incluido, del tercer y último segmento.



viernes, 10 de febrero de 2023

Las inquietudes de Shanti Andía (1947)




Director: Arturo Ruiz-Castillo
España, 1947, 96 minutos

Las inquietudes de Shanti Andía (1947)


He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y apático. Basta poseer una reputación cualquiera, buena o mala, para que las personas conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de cobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.

Pío Baroja
Las inquietudes de Shanti Andía

El hieratismo de las interpretaciones y la teatralidad de la puesta en escena no fueron óbice para que un debutante Arturo Ruiz-Castillo, en colaboración con el mismísimo Pío Baroja, llevasen a cabo esta más que aceptable versión cinematográfica de Las inquietudes de Shanti Andía (1947). Sobre todo si se tiene en cuenta la dificultad que entrañaba adaptar una novela, como suele ser habitual en la producción narrativa del escritor vasco, repleta de personajes secundarios, subtramas intercaladas y continuos saltos temporales.

A consecuencia de todo ello, se tiene un poco la sensación de que se han querido condensar demasiadas cosas en apenas hora y media de metraje, por lo que la película, en comparación con el texto, parece más bien un resumen precipitado de unos hechos que se esbozan más que se cuentan. Circunstancia que se acentúa en la secuencia final, cuando es el protagonista quien sintetiza de viva voz el resto del relato ante el propio Baroja (en realidad un actor y no el auténtico, como erróneamente citan algunas fuentes) por si a éste le apetece algún día escribir esa historia.



Por otra parte, la soberbia banda sonora para coro y orquesta del maestro García Leoz (en la que, dato insólito en pleno franquismo, se incluyen algunas canciones en eusquera, aparte del "Zorongo gitano" de García Lorca, junto al que Ruiz-Castillo había cofundado La Barraca) también contribuye en buena medida a ambientar las aventuras que el viejo marino, encarnado por Jorge Mistral, rememora con la nostalgia propia de quien dio la vuelta al mundo para luego retirarse a un rincón a orillas del Cantábrico.

De la larga nómina de intérpretes que conformaron el reparto destacan los nombres del mítico Manuel Luna en el papel de Juan de Aguirre, Fernando Sancho como Tristán de Ugarte, José María Lado (Zaldumbide, traficante de esclavos y capitán de El Dragón) o un jovencísimo José María Rodero haciendo de Juan Machín, el antagonista de Shanti. Asimismo, Milagros Leal (su madre) o Irene Caba Alba (la criada Iñure) defienden sus respectivos roles femeninos de mujeres fuertes con la maestría que las caracterizaba, en abierta oposición a la más angelical Mary, en cuya piel se mete la actriz (y poeta, tras abandonar el cine en 1948) Josita Hernán.



miércoles, 15 de diciembre de 2021

Novio a la vista (1954)




Director: Luis García Berlanga
España, 1954, 83 minutos

Novio a la vista (1954) de Luis García Berlanga


El universo de un autor consagrado, Edgar Neville, se daba la mano con el de otro en ciernes, Luis García Berlanga, en Novio a la vista (1953), comedia coral en torno a los viejos usos y costumbres de un mundo cuyos valores entrarían en franca decadencia tras finalizar la Primera Guerra Mundial. Producida por Benito Perojo, la película arranca en una imprecisa Europa de 1918 en la que las mujeres toman las aguas a orillas del Mediterráneo, enfundadas en decorosos trajes de baño de cuerpo entero, mientras los hombres juegan a ser heroicos generales en la reserva.

Asimismo, la inveterada costumbre berlanguiana de incluir siempre en sus filmes alguna referencia al Imperio Austrohúngaro da pie a uno de los momentos memorables de la cinta, aquél en el que el joven Enrique (Jorge Vico) se las ve y se las desea para responder al arduo interrogatorio al que es sometido por un tribunal de carcamales a propósito de la geografía centroeuropea (al Infante borbónico, por cierto, se lo ventilan un poco antes pidiéndole que enumere de carrerilla a los monarcas de su ilustre estirpe).



No obstante, y al margen de su innegable sabor finisecular, parodia de la mojigatería característica de la Belle Époque, Novio a la vista es, sobre todo, un homenaje al candor de los quince años, encarnado por Enriquito y Loli (Josette Arno), así como a aquellos veraneos en familia en los que los adolescentes jugaban a ser mayores y los adultos se comportaban como niños. A este respecto, la escena de la batalla campestre entre jóvenes y viejos nos sitúa en un contexto de tradición militarista tan caduco como la propia moral hipócrita que pretende ridiculizar la película.

Pero el final de las vacaciones marca también el final de la inocencia: Loli ya no es una niña y las correrías, junto a los chicos de su edad, que poco antes la entusiasmaban ahora forman parte del mismo pasado que las fronteras anteriores al estallido de la Gran Guerra. Enrique, en cambio, sigue prendado de un amor que, como los exámenes de septiembre, tiene pinta de convertirse en una asignatura pendiente que en lo sucesivo le proporcionará, sin duda, más calabazas que satisfacciones.



viernes, 23 de julio de 2021

¿Crimen imposible? (1954)




Director: César Fernández Ardavín y Ruiz
España, 1954, 98 minutos

¿Crimen imposible? (1954) de César Ardavín


Una música a lo Rajmáninov (en realidad es del británico Charles Williams) ilustra los títulos de crédito iniciales de ¿Crimen imposible? (1954), sobrio ejercicio de intriga policíaca, escrito y dirigido por César Ardavín, que partía de una premisa muy similar a la de la novela Le Mystère de la chambre jaune (1907) del francés Gaston Leroux: el exitoso escritor Eugenio Certal (Gérard Tichy) aparece muerto en el interior de su vivienda a consecuencia de un disparo por la espalda. Circunstancia del todo inexplicable, ya que la puerta se hallaba cerrada por dentro, el arma homicida aparece muy lejos del cuerpo de la víctima y un único casquillo de bala se encuentra en el rellano.

Hasta el lugar de los hechos se desplaza el inspector Basante (José Suárez), célebre por poner en práctica unos métodos un tanto sui géneris que no merecen la aprobación de sus superiores. Pero, aun así, éste se hará cargo del caso con el firme propósito de descubrir al asesino, lo cual le lleva a iniciar una serie de interrogatorios que, a nivel narrativo, se traducen en los consabidos flashback que ayudan a reconstruir las horas previas al crimen.



Llama la atención, asimismo, la particular sangre fría de la que hacen gala los dos agentes que velan el cadáver del novelista mientras no llega el juez al apartamento, uno echándose una siesta en el sofá y el otro, más glotón, asaltando la nevera del finado y dando buena cuenta de los víveres que allí encuentra. Nota humorística, tirando a corrosiva, que alcanza su punto álgido cuando se presenta de improviso la empleada doméstica (Irene Caba Alba) y el agente le comenta, con la boca llena y untando paté en el pan: "Prepare el serrín: la sangre mancha de una manera especial, ¿sabe? Se lo digo por experiencia. Sé mucho de estas cosas".

Al margen de las convenciones habituales del género, lo más destacable de la trama es el juego a dos niveles entre ficción y realidad. Hasta el extremo de que las distintas versiones aportadas por los declarantes se acabarán confundiendo con el argumento de las novelas del difunto Certal e incluso con la vida privada del propio inspector Basante. Curioso rompecabezas, muy en la línea de los cuentos de Cortázar, en el que lo de menos es dar con el culpable.



sábado, 8 de mayo de 2021

La laguna negra (1952)




Director: Arturo Ruiz Castillo
España, 1952, 92 minutos

La laguna negra (1952) de Arturo Ruiz Castillo


Tiene el padre entre las cejas
un ceño que le aborrasca
el rostro, un tachón sombrío
como la huella de un hacha.
Soñando está con sus hijos,
que sus hijos lo apuñalan;
y cuando despierta mira
que es cierto lo que soñaba.

Hasta la Laguna Negra,
bajo las fuentes del Duero,
llevan el muerto, dejando
detrás un rastro sangriento,
y en la laguna sin fondo,
que guarda bien los secretos,
con una piedra amarrada
a los pies, tumba le dieron.

Antonio Machado
La tierra de Alvargonzález (1912)

Tras los títulos de crédito, una breve nota explicativa nos recuerda que "La Laguna Negra está en Castilla, pero esta historia pudo suceder en cualquier época y en cualquier lugar del mundo. Es la eterna tragedia de la codicia." Y a fe que la fuerza de los hechos narrados mantiene su interés intacto lo mismo hoy que ayer y que siempre. Porque el tema del parricidio, ya desde la antigua Grecia, es uno de los más recurrentes de cuantos concitan las pasiones humanas. Don Antonio Machado lo abordó, en prosa y en verso, como ejemplo de las miserias que tradicionalmente han solido acuciar a los habitantes de la España profunda. Ruralismo, el suyo, muy de corte noventayochista, en el que, junto con un regusto ancestral, se intuye el aliento de un cierto toque moderno, incluso freudiano.



La puesta en escena que propone Ruiz Castillo en la versión fílmica por él dirigida parte del hecho consumado, con la voz en off del difunto augurando calamitosas consecuencias a sus descendientes, y los dos hermanos —Juan (Tomás Blanco) y Martín (José María Lado)— con la mirada absorta sobre las aguas turbias en las que acaba de zambullirse el cuerpo sin vida de su padre. Mundo arcaico de costumbres atávicas en el que la violencia acecha ya desde el propio seno familiar.



Las abruptas cumbres de los Picos de Urbión, magníficamente fotografiadas por Aguayo, adquieren un aire todavía más sobrecogedor con el fondo orquestal que el maestro García Leoz compuso para acompañar las imágenes. Mientras tanto, lejos en la aldea, las mujeres se afanan ultimando las tareas del hogar, donde la silla vacía del finado se convierte en testigo mudo de las disensiones que, a partir de ese momento, van a sembrar la discordia entre los miembros de la familia.



Un vago expresionismo palpita en los ojos desorbitados de la intrigante Candela (Maruchi Fresno), así como en la culpa que aflora en el rostro de Juan. De hecho, a este último le atormenta el eco de los lamentos paternos que aún retumba en su conciencia y que Martín, mucho más despiadado, es incapaz de oír. Por contra, y en claro contraste con los tres urdidores del ominoso crimen, el alma cándida de los otros hermanos contribuirá a desagraviar la afrenta: Ángela (María Jesús Valdés), dando la voz de alarma desde el primer instante, y Miguel (Fernando Rey), que vino de Buenos Aires para poner una nota civilizada entre tantas rencillas. Y así, sentencia el juez local, "la justicia de Dios llegó más pronto que la de los hombres. Y ésa no se equivoca nunca".



sábado, 11 de enero de 2020

Un día perdido (1955)




Director: José María Forqué
España, 1955, 82 minutos

Un día perdido (1955) de José María Forqué

Tres monjas se hacen cargo de un neonato abandonado, con la intención de encontrar a su madre o, en su defecto, de llevarlo a la inclusa. Típico argumento folletinesco sin mayor aliciente que las celebridades que trabajaron en la película, desde las actrices Ana Mariscal o Elvira Quintillá, el irrepetible Pepe Isbert, la dirección de Forqué y hasta una aparición fugaz de José Luis López Vázquez, por aquel entonces un simple figurinista que hacía sus pinitos en el mundo de la interpretación.

Hay, quizá, a tenor de la relativa novedad que suponía filmar en exteriores, un segundo elemento de interés en las escenas rodadas en ese Madrid popular del Rastro, con sus calles atestadas de gente en los aledaños de la Plaza de Cascorro. A este respecto, la odisea de las religiosas a bordo del taxi del afable don Paco (Isbert) permite, de paso, ofrecer una panorámica de la ciudad con parada en los almacenes Galerías Preciados o el local de varietés donde actúa una jovencísima Lina Canalejas.



El objetivo de la cinta, sin embargo, no era ni convertirse en documento de época ni coquetear con el musical (aunque se incluya un par de canciones), sino dorarle la píldora a un espectador al que debían quedarle muy claras las bondades de la paternidad y de la vida en familia: "Cásate, échate obligaciones encima. Verás cómo te las arreglas para ganar más. El mejor camino, el matrimonio. Un hombre solo, por mucho que gane, es dinero perdido. Y no os asusten los hijos. Que es bien cierto que todos nacen con un pan bajo el brazo". Se lo dice el señor Roca (Félix Dafauce) al díscolo Andrés (Virgilio Teixeira), pero en realidad es el respetable el que debe tomar buena nota para cuando salga del cine y se reincorpore a la vida cotidiana.

Aunque Noel Clarasó, el autor del guion, no da puntada sin hilo, de modo que el trío de hermanitas de la caridad, a cuál más compasiva y bondadosa, cumple la indisimulada misión de hacernos creer que los miembros de la Iglesia católica viven entregados al socorro del prójimo las veinticuatro horas del día. Propaganda sin ambages con la que no sólo se reprendía a la madre descarriada (Elena Barrios) capaz de abandonar a su vástago, sino que, sobre todo, el nacionalcatolicismo extendía sus tentáculos ávido de captar adeptos para la causa.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

La vida en un bloc (1956)




Director: Luis Lucia
España, 1956, 88 minutos

La vida en un bloc (1956) de Luis Lucia


La monótona existencia de un señor muy tiquismiquis y ordenado puede dar mucho de sí puestos a escribir una comedia (no hay más que recordar el caso célebre de aquel maniático tan puntilloso que interpretaba Jack Nicholson en As Good as It Gets, 1997). Eso mismo debió de pensar el dramaturgo Carlos Llopis (1913-1970) cuando concibió la idea de contar la vida del doctor Nicomedes Gutiérrez, médico rural en la imaginaria aldea zamorana de Villavieja la Nueva.

Años después, Luis Lucia decidiría llevar esta "humorada" (así se la llama en los títulos de crédito iniciales) a la gran pantalla, para lo que contó con la participación de Alberto Closas en el papel principal y Elisa Montés encarnando a la mojigata Gerarda, maestra de escuela y empalagosa esposa del interfecto. Tanto por el tono empleado como por la voluntad manifiesta de ridiculizar determinados comportamientos masculinos, La vida en un bloc se adelantaba en un año a otra película de factura similar: El batallón de las sombras de Manuel Mur Oti.

El doctor don Nicomedes Gutiérrez (Alberto Closas) y su bloc


Hacer, además, que la historia la narre un bloc de notas en primera persona (mediante la voz, nada más y nada menos, que de Fernando Rey) es un recurso original, aunque un tanto pueril al mismo tiempo, casi de redacción de colegial. Pero es que en esta película todo es intencionadamente candoroso, en consonancia con la estricta moral imperante de la que, en cierto modo, pretende ser la crítica amable. Porque hacer que este don Perfecto llegue a la conclusión de que su falta de experiencia en materia de mujeres pueda redundar en perjuicio de la futura felicidad matrimonial no deja se ser una ironía en toda regla. Y ello amparándose en un par de refranes a cuál más retrógrado: "Quien de joven no trotea, de viejo... galopea. O lo que es lo mismo: quien no la corre de soltero, la corre de casado..." 

Analizar en profundidad la doctrina que se esconde detrás de semejante planteamiento nos llevaría a deliberar largo y tendido sobre la pervivencia en la sociedad española de aquel entonces de usos y costumbres más propios del medievo que no de una moderna nación europea. Dejémoslo en que a dicha modernidad aún le quedaba un rato para irrumpir por estos parajes y que los historiadores de hoy en día disponen, gracias a La vida en un bloc, de un interesante documento para el estudio de los respectivos roles y obsesiones de hombres y mujeres en aquel mundo tan patriarcal, como, por ejemplo, la fijación del marido por echar una canita al aire antes de casarse.

El Mago Roberto (José Luis López Vázquez) amonesta al doctor

domingo, 24 de diciembre de 2017

La ironía del dinero (1957)




Directores: Edgar Neville y Guy Lefranc
España/Francia, 1957, 82 minutos

La ironía del dinero (1957)


Ya en la recta final de su carrera, dirigía Edgar Neville este filme de episodios, presentados por el actor Pedro Porcel y unidos por el nexo común de mostrar cómo algún pobre de solemnidad tiene la fortuna (o la desgracia, según se mire) de encontrarse por la calle la cartera repleta de billetes que otro había perdido previamente.

En el primero de ellos, cuya acción transcurre en Sevilla, el protagonista es un limpiabotas (Fernando Fernán Gómez) de nombre Frasquito y tremendamente holgazán. El segundo, ambientado en una estación de tren, es el único de los episodios dirigido por el francés Guy Lefranc y cuenta la historia de la quiosquera Margot (Jacqueline Plessis), quien, cortejada por varios clientes, acabará "sucumbiendo" a los encantos del candoroso Feliciano (Jean Carmet). El tercero se sitúa en Salamanca y lo protagoniza un tal Sebastián (Antonio Vico), hombre pusilánime y dominado por su esposa, una harpía llamada Estefaldina (Irene Caba Alba). Por cierto que esta última comparte escena con su propia hija, una joven Irene Gutiérrez Caba a la que, pese a no constar en los títulos de crédito, es fácil reconocer haciendo de criada sumisa. El cuarto episodio gira en torno a "El Hambrientito de Cuenca", humilde campesino aspirante a torero interpretado por Antonio Casal.

"El Hambrientito de Cuenca" (Antonio Casal)

En La ironía del dinero nos encontramos, de lejos, ante el mejor Neville: aquél que supo asimilar la influencia del neorrealismo italiano aplicándola al ámbito cultural hispánico. Aunque quizá lo que más llame la atención de esta película no sean tanto los temas tratados, sino la moraleja que se desprende de las cuatro historias que la conforman. Efectivamente, hay una mala leche en todas ellas que entronca, en lo esencial, con la mirada de un Buñuel o del propio Berlanga. En ese sentido, Neville no deja lugar a dudas sobre las consecuencias que puede acarrear el dinero que se obtiene casualmente y sin esfuerzo (sobre todo a quien no está acostumbrado a tenerlo) y, de un modo mucho más contundente, lo nocivo de dejarnos llevar por nuestra buena fe cuando se trata de cuestiones pecuniarias. De ahí que a quienes se afanan en devolverle la cartera a su legítimo dueño les salga el tiro por la culata.

En alguno de los capítulos resulta fácil encontrar semejanzas con el cine español de la época (y aun posterior). El último, por ejemplo, parece recoger el testigo de Mi tío Jacinto o hasta de Tarde de toros, dirigidas ambas por Ladislao Vajda justo un año antes, y, al cabo de dos décadas, se lo pasará a El monosabio (1978) de Ray Rivas. Y en todos ellos (quizá con la excepción del segundo, rodado en Francia) se respira el mismo desencanto, la misma miseria aferrada obstinadamente al destino de sus personajes que contiene otra peli española de episodios estrenada en 1957: la mítica Mañana... de José María Nunes.

La temible Estefaldina (Irene Caba Alba)

sábado, 3 de junio de 2017

Jeromín (1953)




Director: Luis Lucia
España, 1953, 91 minutos

Jeromín (1953) de Luis Lucia


1554: España domina el orbe. Sus invencibles banderas se despliegan agitadas por un viento de victoria. Son las banderas del emperador Carlos I. Con el fuego de nuestras bombardas y culebrinas y el filo resplandeciente de las picas de nuestros tercios, la historia de España llevó a sus páginas una interminable letanía de nombres gloriosos: Flandes, Nápoles, Túnez, Sajonia, Provenza, Argel. Las victorias se sucedían al son de los clarines y al redoble de los tambores. Y sus ecos atravesaban el mundo, estremecido bajo aquel trueno de gloria. Todo cedía ante el arrojo de los infantes, la bravura de sus capitanes y el ímpetu de la caballería española. Carlos I fue el brazo armado de la cristiandad. Sus hazañas convirtieron en imperio la unidad lograda por los Reyes Católicos. Y bien pudo decirse de él que podía cruzar Europa de confín a confín pisando tierras de su soberanía. Y para dominar aquel imperio, el más grande que conocieron los siglos, las mocedades de España habían salido a la gran aventura del mundo. Los hombres hacían la guerra. Los niños jugaban a la guerra.

¡Madre del amor hermoso! Dime de qué presumes y te diré de qué careces... Sólo en un país tan abismalmente depauperado y hundido en las penurias de la dictadura militar más ignominiosa se podía practicar semejante ejercicio de retórica enfática y huera. Las glorias que nunca fueron al servicio del espíritu nazi-anal...

Pero lo que más miedo da es pensar que dicho discurso iba especialmente dirigido al público juvenil, encarnado en la película por ese niño que responde al nombre de Jeromín y que habla como un adulto, destila el ardor guerrero de sus mayores y que representa el prototipo de paladín fervoroso fanáticamente identificado con la causa que tanto le interesaba difundir al régimen.



Del contenido del filme poco más se puede añadir: apenas una sucesión de estampas, a cuál más pintoresca, machaconamente punteadas por el sonsonete ampuloso y solemne de la mayor parte de personajes. Sí que convendría, quizá, llamar la atención sobre el hecho de que en al menos un par de ocasiones se deja escuchar un cierto eco quijotesco. Ya en la primera escena, la chiquillería comandada por el futuro Juan de Austria (Jaime Blanch) hace el amago de conquistar una ciudadela imaginaria (en realidad, un grupo de molinos manchegos). Más tarde, el protagonista, habiéndose encomendado ya a la buena fortuna de los caminos, irá a topar con el Retablo de la Farsa de Maese Rodrigo, compañía de cómicos de la legua que lo ordenarán caballero para, acto seguido, mantearlo como a un pelele. De modo que Goya, Sancho y el hidalgo de la triste figura acaban confluyendo en un Jeromín que, en ese momento preciso de la trama, tiene también algo de Lazarillo. Aunque para Quijote, nadie mejor que Diego Ruiz (Antonio Riquelme), escuálido soldado fanfarrón y mentor del hijo bastardo de Carlos V.



Y, sí: los decorados de Luis Pérez Espinosa y Gil Parrondo, así como la ambientación histórica de Manuel Comba y Eduardo Torre de la Fuente (en especial el vestuario, diseñado por Peris Hermanos) son dignos de mención.

sábado, 14 de enero de 2017

Torbellino (1941)




Director: Luis Marquina
España, 1941, 96 minutos

Torbellino (1941) de Luis Marquina


Aunque se rodó en los Estudios Trilla-Orphea de Barcelona, la historia narrada en Torbellino (1941) se sitúa en Sevilla y en Madrid. Estamos en los primeros cuarenta, época en la que los receptores de radio eran aparatosos armatostes en el interior de un mueble de caoba, alrededor del que se agolpaba toda la familia. Fuente principal de entretenimiento, la música, las retransmisiones deportivas o los noticieros centraban la atención de los oyentes en los oscuros años de la autarquía.

Son varias las películas españolas que reflejan la importancia de la que gozaba el medio radiofónico en aquel entonces, siendo la más conocida Historias de la radio (José Luis Sáenz de Heredia, 1955). Menos célebre, pero igualmente interesante, es este Torbellino que protagonizó Estrellita Castro en 1941 bajo las órdenes de Luis Marquina.



El pedante director de Radio Iberia, don Segundo Izquierdo (Manuel Luna) pretende ofrecer una programación integrada única y exclusivamente por ópera, recitales poéticos y contenidos culturales de buen tono. Eternamente parapetado tras un ridículo monóculo, hace caso omiso de los consejos del prometido de su prima Luz, Juan (Manolo Morán), quien le recomienda que también introduzca música popular que satisfaga los gustos del público. En realidad, Segundo, un vasco de lo más terco, siente una honda aversión hacia todo lo folclórico, en especial si viene de Sevilla.

De modo que Juan ideará, junto con la aspirante a estrella de la copla Carmen Moreno, un plan que permita lanzar su carrera y salvar a Radio Iberia de la quiebra. En el camino se destapará, asimismo, el complot de un empleado que conspira a favor de la competencia y, cuestión inevitable, Segundo Izquierdo (que vive en el 2º izquierda: ¡qué "chispa"!) caerá rendido a los pies de la joven, al tiempo que aprende a ser menos serio y más flamenco.



Si vamos al fondo de lo que se muestra en Torbellino, no queda más remedio que admitir lo simplista y un tanto perverso de los presupuestos a partir de los cuales se construye su guion: la cultura como sinónimo de aburrimiento, el vasco como personaje rarito, estirado e intolerante al que hay que reeducar, lo andaluz como fuente de alegría... En definitiva, la imagen conformista y carente de todo espíritu crítico que desde el régimen interesaba inocular en los espectadores a través de sus retinas.

lunes, 29 de agosto de 2016

¡A mí no me mire usted! (1941)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1941, 75 minutos



Lo mínimo que se puede decir de ¡A mí no me mire usted! (1941) es que se trata de una película cuando menos estrambótica: que un maestro de escuela rural hipnotice a sus alumnos en su afán por hacerles aprender la lección para, más tarde, dar el salto a Estados Unidos e intentar rentabilizar allí, previo cobro de una herencia, su extraña habilidad, no es, digamos, un argumento usual en el cine español de los años cuarenta. Sin embargo, vale la pena destacar el influjo que tendría dicho título en producciones nacionales posteriores.

Por una parte, ¿qué decir del recibimiento que le dispensan al bueno de don Anselmo Carranque sus antiguos vecinos de la villa castellana de Luján a su regreso de América? Pues que se hace inevitable pensar en Bienvenido Mister Marshall (Luis García Berlanga, 1953). ¿Y ese sonsonete con el que los colegiales recitan los temas de geografía, aritmética o historia que el profesor acierta a poner en sus bocas con tan sólo aguzar la vista? Por el tono general disparatado y casi surrealista a uno se le viene enseguida a las mientes el pueblo en el que, décadas más tarde, se situaría la acción de Amanece que no es poco (José Luis Cuerda, 1989).

Claro que también es fácil rastrear en qué debería estar pensando Sáenz de Heredia al escribir el guion: ¿tal vez en parodiar cintas clásicas del expresionismo alemán como El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920) o la serie sobre el doctor Mabuse de Fritz Lang (1922-1933)? Porque no cabe duda de que los ojos saltones de Valeriano León bien podrían considerarse el reverso bufo de dicha tradición.



En algún momento puede incluso parecer que hay lugar para la crítica social. Baste ver, si no, las palabras de la joven maestra Matilde Castro (Rosita Yarza): "En vez de preocuparse de reformar el casino, [el alcalde] debiera preocuparse de esto. Da pena ver que a estas criaturas les falta todo lo indispensable para aprender de verdad. El sueño de mi vida es tener algún día el dinero suficiente para coger todo esto, quemarlo, y decirle a mis pequeños: ¿Qué queréis, qué necesitáis? ¿Clases calientes y acogedoras? ¿Jardines y césped repletos de juegos? ¿Piscinas, gimnasios? Pues ahí lo tenéis. Porque yo lo tengo, y yo me gozo en daros lo que es vuestro".

En todo caso, de lo que no cabe la menor duda es de que el dúo que forman Anselmo y Viriato (interpretado por Fernando Freyre de Andrade, indispensable actor de reparto del cine cómico de los cuarenta) demuestra poseer en ¡A mí no me mire usted! una considerable vis histriónica, ligada en ambos casos a un físico bastante peculiar.


lunes, 4 de enero de 2016

La duquesa de Benamejí (1949)




Título alternativo: La reina de Sierra Morena, Duquesa de Benamejí
Director: Luis Lucia
España, 1949, 85 minutos

La duquesa de Benamejí (1949)


Mucho antes de que la serie televisiva Curro Jiménez pusiera de moda los bandoleros, La duquesa de Benamejí (1949) ya intentó sacar partido de una temática que bien pudiera calificarse de wéstern castizo. Basada en la pieza teatral homónima de los hermanos Machado y con diálogos adicionales de José María Pemán, estuvo protagonizada por Jorge Mistral (Lorenzo Gallardo) y Amparo Rivelles (la cual, como ya hiciera Imperio Argentina en Goyescas, interpretaba dos papeles simultáneamente: Reyes de la Vega, duquesa de Benamejí, y Rocío, la pasional gitana que vive con los bandidos en la sierra).

Jorge Mistral y Amparo Rivelles


Se trata de la típica superproducción Cifesa, ampliamente dotada de un notable surtido de extras, decorados y trajes de época, y en la que no faltan los números musicales de ambientación folclórica andaluza. De hecho, sorprende un tanto el acento andaluz de Jorge Mistral, pero poco importa eso en una película rodada precisamente en aras de sacar tajada comercial del topicazo en la más pura tradición de la Carmen de Mérimée.

A pesar de ser forajidos, los bandoleros son bastante íntegros


Quizá por imperativo de la censura o tal vez porque se esperaba que en una historia de estas características la imagen dada de los bandoleros respondiese a la manida visión romántica de los mismos (no en vano el protagonista se apellida Gallardo), el caso es que los hombres de Lorenzo acatan un estricto orden jerárquico y son de todo menos pícaros. De hecho, llaman a su líder capitán y demuestran una entereza moral superior a la del antagonista, el presuntuoso marqués de Peñaflores (Eduardo Fajardo).



En otro orden de cosas, son especialmente interesantes las escenas rodadas en exteriores, así como la mezcla de géneros que se produce conforme avanza el metraje: comienza como musical, deriva hacia la comedia costumbrista (con asalto a la diligencia y rapto incluido) y acaba con un trágico final de melodrama.


lunes, 9 de noviembre de 2015

El bailarín y el trabajador (1936)




Director: Luis Marquina
España, 1936, 83 minutos

El bailarín y el trabajador (1936) de Luis Marquina 


Poco o nada tiene que envidiar El bailarín y el trabajador (1936) al cine que se estaba haciendo en aquel entonces en Hollywood: banda sonora, argumento, vestuario, complejos movimientos de cámara en amplios estudios repletos de extras, coreografías, canciones... Todo en el segundo film dirigido por Luis Marquina parece remitir a los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.

La diferencia, eso sí, estriba en el hecho de que la situación política que atravesaba España, en plena efervescencia social y a las puertas de una guerra civil, dejó en la película algunas alusiones significativamente conectadas con dicha realidad. Ahí quedan, no sin cierto ápice de ironía, las continuas referencias a la clase obrera: "¡El trabajar es un placer!", cantan al unísono los alegres empleados de la fábrica de galletas Romagosa. O sirva de ejemplo aquella joven trabajadora de la misma factoría que pregunta ingenuamente: "¿Qué es el proletariado?"

Como si de una Metrópolis o un Tiempos modernos se tratase, la película arranca con escenas de operarios entrando a trabajar a la factoría y manipulando allí la maquinaria que rinde tenazmente en régimen de cadena de montaje.

En esa misma línea, el guion, inspirado en la comedia Nadie sabe lo que quiere del Premio Nobel Jacinto Benavente, incide también en el hecho de que el protagonista Carlos Montero (interpretado por Roberto Rey) no tenga ningún inconveniente en remangarse y acabar poniéndose el mono de trabajo para ayudar en el taller. Y todo para demostrarle a don Carmelo (Pepe Isbert, todavía sin la característica carraspera que lo haría célebre años después) que el amor por su hija Luisa (Ana María Custodio) es totalmente desinteresado.

Conseguirá su objetivo con creces, toda vez que logrará escalar posiciones en la compañía hasta convertirse en el hombre de confianza de don Carmelo, capaz de patentar un nuevo y exitoso prototipo de galleta hecha con mermelada. Sin embargo, su mayor dedicación al trabajo irá acompañada de un progresivo distanciamiento de su prometida, que se sentirá abandonada...

Claro que Carlos también hará muy buenas migas con Patricio (Antonio Riquelme), el humilde operario junto al que comienza su tarea en la empresa y que experimentará el proceso inverso al del bailarín: ataviado con su correspondiente esmoquin, acabará acompañando a Carlos al selecto Royal Club.

Resulta curioso, por último, reconocer en el reparto la presencia de otros actores pertenecientes a destacadas sagas llamadas a descollar en años venideros: Irene Caba Alba, Mariano Ozores... son algunos de esos apellidos ilustres.

Luego vendría la contienda y las calamidades a ella inherentes, lo cual incluye varios lustros de circunspecta censura encargada de hacer inviable este tipo de cine.