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domingo, 31 de mayo de 2020

Inland Empire (2006)




Director: David Lynch
Francia/Polonia/EE.UU., 2006, 180 minutos

Inland Empire (2006) de David Lynch


Los títulos finales de crédito de Inland Empire, un verdadero despiporre al ritmo desenfrenado de "Sinner Man", en la voz de Nina Simone, dejan traslucir, además, un inequívoco aire de despedida que la presencia puntual, a modo de cameo, de Laura Harring o Nastassja Kinski no hace más que confirmar. Un adiós al cine (o, por lo menos, a la dirección de largometrajes) marcadamente festivo, pero que, sin embargo, va precedido de tres horas del acostumbrado relato onírico-críptico marca de la casa.

Los materiales con los que se forja dicho engendro son, poco más o menos, los mismos que habían alumbrado el anterior proyecto de Lynch, Mulholland Drive (2001): una actriz (Laura Dern) que se dispone a participar en el rodaje de una importante superproducción hollywoodense, inmersa en el inevitable desfile de productores, directores (Jeremy Irons), coprotagonistas (Justin Theroux)... con los que debe reunirse para ensayar su papel. Y cuya identidad, como no podía ser menos, se irá gradualmente confundiendo con la de la mujer a la que interpreta.



Fruto del concurso de varios países en la financiación, hay una curiosa subtrama polaca que aporta todavía más misterio al ya de por sí enigmático universo del cineasta. Así pues, se insinúa que la película que están a punto de rodar es, en realidad, un remake de un antiguo filme inconcluso de dicha nacionalidad, por lo que la acción irá alternativamente saltando de California a las calles nevadas de Łódź o Varsovia. Y, en esa misma línea, la banda sonora la integran diversas piezas de Lutoslawski o del recientemente fallecido Krzysztof Penderecki (1933-2020).

Una extraña familia de humanoides con cabeza de conejo, presumiblemente personajes de alguna sitcom televisiva, constituyen, sin duda, el elemento más memorable (y a la vez inquietante) de Inland Empire. Algunas de sus voces, por cierto, corresponden a la ya mencionada Laurra Harring o a Naomi Watts (quien encabezó el reparto de Mulholland Dr.), en lo que supone un vínculo más entre este particular testamento fílmico y el resto de la filmografía de su autor.


viernes, 19 de julio de 2019

Lolita (1997)




Director: Adrian Lyne
EE.UU./Francia, 1997, 137 minutos

Lolita (1997) de Adrian Lyne


Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva. Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seremos parte de la bendita materia y aún podré hablarte desde aquí hacia Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros tipos te toquen. No hables con extraños. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Que tu marido, así lo espero, te trate siempre bien, porque de lo contrario mi espectro irá hacia él, como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio.

Vladimir Nabokov
Lolita
Traducción de Enrique Tejedor

Cuando afrontó el reto de dirigir una nueva versión de la célebre novela de Nabokov, el cineasta británico Adrian Lyne (Peterborough, Inglaterra, 1941) contaba ya en su haber con una larga lista de filmes considerados polémicos por su alto contenido erótico: Zorras (1980), Nueve semanas y media (1986), Atracción fatal (1987), Una proposición indecente (1993)... Parecía, por lo tanto, lógico que fuera él el encargado de poner al día este clásico sobre un otoñal profesor de francés y su tentadora hijastra.

Y lo hizo respetando escrupulosamente el texto original, del que Kubrick, en su aclamada adaptación de comienzos de los sesenta, apenas había aprovechado la carcasa. De modo que, a diferencia de lo que ocurría en su predecesora, aquí se subrayaban aspectos que ayudan a entender mejor la compleja personalidad de Humbert Humbert (Jeremy Irons), como ese frustrado amor de juventud hacia una tal Annabel que el hombre idealiza hasta lo indecible y que marcará el resto de su vida.



Se trata, pues, de una aproximación más psicológica al verdadero conflicto que atenaza el interior de los personajes, sin los rodeos (auto)impuestos en 1962 con el objetivo de salvar el difícil escollo de la censura y demás Ligas de la Decencia. Cierto es que para 1997 el mundo había cambiado, en teoría, lo suficiente como para no escandalizarse tanto, pero, aun así, ello no impidió que la película tuviese dificultades para encontrar distribuidor en Estados Unidos.

Comparada con Sue Lyon, la Lolita a la que da vida Dominique Swain es menos icono y más persona de carne y hueso, aunque tal contraste podría dar pie a una interesante pregunta que afecta de pleno a la esencia del personaje tal y como lo concibió Nabokov: ¿es lo mismo una nínfula que una teenager? Que responda quien entienda del tema. Por de pronto, baste concluir diciendo que el trabajo de Adrian Lyne, pese a ser más que correcto, pasó sin pena ni gloria en el momento de su estreno. Le sobra, quizá, la machacona banda sonora de Ennio Morricone o la voz estridente de Melanie Griffith y le falta, tal vez, el temperamento del que rebosaban Kubrick o Peter Sellers. Cuestión de gustos.