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sábado, 9 de julio de 2022

Copla (2015)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 2015, 77 minutos

Copla (2015) de Gonzalo García Pelayo


Algo tienen las dos tonadilleras protagonistas de esta película, cantando coplas medio desnudas sobre imágenes típicas de Sevilla, que remite directamente al papel que interpretaba Ángela Molina en Ese oscuro objeto del deseo (1977). No en vano, hay quien ha dicho que Gonzalo García Pelayo podría considerarse el eslabón perdido entre Buñuel y Almodóvar. Sea como fuere, el caso es que Copla (2015) aspira a romper con la imagen tradicional de género ramplón y chapado a la antigua que a menudo se adjudica a un estilo musical más bien denostado por las nuevas generaciones.

Aparte de la desgarradora sensualidad que desprenden Trini (Rocío Durán) y Lola (Mayka Romero), la voz en off del hermanísimo Javier García Pelayo sacude machaconamente los tímpanos de la concurrencia a base de soflamas que a veces resultan incluso acertadas: "La copla es raíz y es tierra que la envuelve; es menos puente que abismo; es la seña de identidad de la pasión rasgada y tocada sobre el deseo".



Asimismo, otro rasgo presente en la cinta (habitual, por más señas, en toda la filmografía del cineasta) es esa actitud libérrima ante la vida y las relaciones humanas que aquí se manifiesta a través de una embrollada historia sentimental a varias bandas culminada con los arrebatos transformistas de Nacha la Macha.

Incombustible, inclasificable, el cine de Gonzalo García Pelayo mantiene intacta su osadía más allá del tiempo y de cualquier otra consideración que no sea la firme voluntad de seguir haciendo películas capaces de interpelar al espectador. En ese sentido, Copla no es un simple musical transgresor, sino un intento de redimensionar la canción española en clave rupturista. Que lo consiga plenamente, o no, ya es otro cantar...



miércoles, 6 de julio de 2022

Rocío y José (1983)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 1983, 85 minutos

Rocío y José (1983) de Gonzalo García Pelayo


Siempre dispuesto a ser original, Gonzalo García Pelayo decidió que su Rocío y José (1983) comenzase por el final. Así pues, y nada más arrancar la acción, es la propia voz en off del cineasta la que nos pone en antecedentes: "Una vez más la romería del Rocío tocaba a su fin, pero para Rocío y para José aquel año sería inolvidable. Todos aquellos días sintieron una fuerza misteriosa y arrolladora que iba más allá de la inspiración, más allá incluso del amor. Esta película cuenta cómo sus vidas fueron arrebatadas por la gracia". Palabras rotundas que ponen de manifiesto una firme voluntad de predisponer al espectador antes incluso de que empiecen a discurrir las imágenes.

Duende y misterio de una peregrinación que cada año congrega a miles de devotos de la Virgen del Rocío procedentes de diversos puntos de la geografía andaluza. Como la Hermandad de Triana, que prepara sus carretas a finales de mayo y a la que pertenece la pareja protagonista. De hecho, tanto él como ella despiertan a la vida y al amor coincidiendo con ese estallido de luz que supone la expedición rumbo a la ermita almonteña donde la "Blanca Paloma" es custodiada.



A lo largo del camino habrá momentos para la risa y también para el desconsuelo. De lo primero serían ejemplo los hermanos menores de Rocío y de José, que también parecen entablar su particular coqueteo, o las chuflas que la madre de Rocío le lanza continuamente a su marido. Muestra de lo segundo, en cambio, es la emotiva historia de Charo y Arturo que relata uno de los cofrades.

No deja de ser sorprendente que un director de cine al que a menudo se le colocó la etiqueta de underground decidiese filmar un evento religioso a priori tan tradicional como el Rocío. Aunque, si bien se mira, el carácter popular de una vivencia sumamente arraigada entre los lugareños encaja a la perfección con el imaginario de las bandas de rock que en su día apadrinara el propio García Pelayo. Sin embargo, la música (elemento de suma importancia en todos sus filmes) consistió en esta ocasión en una banda sonora compuesta íntegramente por sevillanas a cargo de conjuntos como Amigos de Gines o Los Romeros de la Puebla.



martes, 5 de julio de 2022

Corridas de alegría (1982)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 1982, 86 minutos

Corridas de alegría (1982) de García Pelayo


Miguel (Miguel Ángel Iglesias) se ha escapado hace poco de la cárcel. Deambulando por las concurridas calles de la capital andaluza conoce a un trilero (Javier García Pelayo) y juntos emprenden un rocambolesco viaje sin retorno que los llevará hasta Rota, pasando por Chipiona y Jerez de la Frontera, en busca de una misteriosa mujer llamada Diana...

El cine de Gonzalo García Pelayo destaca por una frescura que probablemente flotaba en el ambiente en aquellos momentos de principios de los ochenta en los que se rodó Corridas de alegría (1982), road movie un tanto atípica, como todo lo que hace su director, que lo mismo puede considerarse una comedia gamberra que un filme libertario.



Sus personajes son seres que viven al límite, por encima de las normas y convenciones sociales de un mundo en el que no encajan. Por eso gozan del sexo y las sustancias estupefacientes con la naturalidad de quien no espera un mañana porque le urge apurar los placeres del presente.

No obstante, la realidad terminará por imponerse bajo la apariencia de comisario corrupto y redadas policiales contra el narcotráfico. Se acabaron, pues, las alegrías y lo que se daba. "Porque la vida es así", canta de fondo Ricardo Yunque, poniendo una nota flamenca a través de las numerosas melodías que García Pelayo, ahora en su faceta de productor musical, apadrinó en los días gloriosos del rock andaluz.



lunes, 4 de julio de 2022

Todo es de color (2016)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 2016, 96 minutos

Todo es de color (2016) de G. García Pelayo


Nadie mejor que Gonzalo García Pelayo, productor de la legendaria banda Triana, para rendir homenaje al conjunto andaluz y a su vocalista Jesús de la Rosa Luque (1948-1983), muerto prematuramente en accidente de tráfico cuando regresaba de un concierto benéfico que habían dado en San Sebastián. 

Ya desde el primer plano de la película (un trávelin que avanza a través del cementerio de Villaviciosa de Odón, donde descansan los restos del cantante, así como los del batería Juan José Palacios, el "Tele") queda meridianamente claro por qué cauces va a discurrir Todo es de color (2016), una cinta inclasificable que no es ni un documental ni una comedia ni una road movie ni un musical aunque beba de cada uno de esos géneros.



Habrá quien considere, no sin razón, que la puesta en escena ideada por García Pelayo resulta poco ortodoxa, lo cual es el mejor cumplido que se le puede hacer a un cineasta imaginativo que cultivó con suma maestría el cine más underground en títulos hoy ya míticos como Vivir en Sevilla (1978) o Corridas de alegría (1982).

Sin embargo, y contra lo que en primera instancia cabría suponer, la añoranza por el tiempo pasado no es, ni mucho menos, el elemento esencial de un filme cuyo objetivo reside en mostrar la pervivencia de un legado musical único, fusión de flamenco y rock progresivo. De ahí esa sensación de reencuentro entre diferentes generaciones, jóvenes y mayores a los que une la pasión por canciones como "Abre la puerta" o "Hasta volver". Una gran familia, integrada, entre otras caras conocidas, por Raimundo Amador y Jorge Cadaval de los Morancos, que peregrinará hasta Los Caños de Meca (Cádiz) para reunirse con Eduardo Rodríguez Rodway, único miembro vivo del grupo.



martes, 11 de septiembre de 2018

Carmina o revienta (2012)




Director: Paco León
España, 2012, 71 minutos

Carmina o revienta (2012) de Paco León


Tomando la inmediatez de su entorno familiar más cercano como punto de partida, el actor y director Paco León alcanzó las mieles del éxito con su primera película tras las cámaras: Carmina o revienta (2012), un proyecto insólito en el, por desgracia, aburrido panorama del cine español contemporáneo y que tiene algo de documental y mucho de comedia, nacida de ese gracejo andaluz tan chistoso que el clan protagonista conoce de primera mano.

Salta a la vista, y Paco León lo ha contado en repetidas ocasiones, que el guion de la que fue su ópera prima tuvo su origen en la inagotable fuente de anécdotas atesorada por Carmina Barrios, madre del cineasta y mujer de una personalidad desbordante que traspasa la pantalla (suena a tópico, pero es radicalmente cierto).



La presencia igualmente pletórica de la hija de la susodicha, María León, acabará de perfilar uno de los dúos más ocurrentes que se recuerdan, poseedor —aunque pueda parecer exagerado y salvando las distancias— de una autenticidad sólo al alcance de los grandes maestros del neorrealismo italiano: ¿o acaso no tiene el físico de la tal Carmina, fornida y vitalista, fumadora empedernida desde los siete años, algo de felliniano?

Lo cierto es que Paco León no partía de la nada: voluntaria o involuntariamente, esta película, así como su secuela Carmina o amén (2014) —aún mejor, si cabe, que la anterior— son herederas de la frescura iconoclasta y underground del cine de Gonzalo García Pelayo, ilustre cineasta sevillano, además de consagrado productor musical, que ya demostrara a finales de la década de los setenta hasta qué punto la sencillez de una puesta en escena aparentemente costumbrista puede arrojar como resultado filmes de una inusitada profundidad.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Vivir en Sevilla (1978)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 1978, 109 minutos

Vivir en Sevilla (1978)de García Pelayo


Si Madrid tuvo su célebre Movida, Sevilla tuvo el Rollo. Hoy muchos no se acordarán (otros ni siquiera lo habrán llegado a saber nunca), pero la capital andaluza fue el caldo de cultivo de un fecundo movimiento contracultural y artístico desde mediados de los setenta que precedió y, sobre todo, aventajó con mucho a posteriores tendencias que, amparándose en la visibilidad conferida por tener lugar en la sacrosanta corte del reino, a menudo gozaron de una excesiva sobrevaloración.

Y, sin embargo, lo importante se coció a orillas del Guadalquivir. De lo que supuso aquel momento de efervescencia dio cumplida cuenta el largometraje Vivir en Sevilla, dirigido por el también productor musical y pánico de los casinos de medio mundo Gonzalo García Pelayo. Concebida como obra abierta (o work in progress, que dirían en Chiclana), la película alterna una tenue trama de ficción con apariciones de personalidades destacadas de la escena underground sevillana, siendo la más memorable la que protagoniza el músico Silvio Fernández Melgarejo.

Miguel Ángel Iglesias recitando directamente del guion


En realidad, el collage pergeñado por García Pelayo (con su caleidoscópica mezcla de textos, pintura, voz en off, canciones y hasta un zapateado de Farruco en su tablao flamenco) no dista demasiado de otras propuestas fílmicas concebidas en los primeros años de la Transición a lo largo y ancho de la geografía española. Títulos como Ocaña, retrat intermitent (1978) de Ventura Pons o Manderley (1981) de Jesús Garay comparten con Vivir en Sevilla una misma frescura: la de la juventud entusiasta que daba rienda suelta a su creatividad tras el ocaso de la represión franquista.

Circunstancia esta última que convertía a este tipo de cine (en el que muy bien podría encuadrarse, asimismo, el primer Almodóvar) en testimonio involuntario de una época irrepetible. La liberación sexual, el coqueteo con las drogas, un tanto de denuncia social (a través de la historia de Quique, un muchacho injustamente asesinado por la policía) e incluso reivindicaciones políticas a raíz de la ocupación de la Giralda por parte de los trabajadores de los astilleros: todo ello y mucho más tenía cabida en Vivir en Sevilla, cuyo espíritu alternativo y libertario lo convierte en un filme enormemente moderno. De hecho, ya quisieran algunos de esos millennials que presumen de saberlo todo, pero que no han inventado nada, tener ni aunque fuese un tercio de la profundidad demostrada por su director en una cinta que debiera figurar, por méritos propios, entre lo más granado del cine español.

Ana Bernal durante la entrevista a que es sometida en el Prólogo

miércoles, 16 de marzo de 2016

Manuela (1976)




Director: Gonzalo García Pelayo
España, 105 minutos, 1976

Manuela (1976) de G. García Pelayo


Una joven ataviada con un vistoso vestido rojo baila un intenso zapateado sobre la tumba de un poderoso cacique local, de cuerpo presente, ante la atónita mirada de su cortejo fúnebre. Quien haya visto Manuela recordará forzosamente una escena que, como esta, es un apasionado derroche de arrebato y éxtasis. Y si, además, se tiene en cuenta el año de filmación de la película (en otoño de 1975, "en Lebrija, Carmona y Sevilla", tal y como se indica en los títulos de crédito iniciales), será fácil darse cuenta del paralelismo evidente con la muerte del dictador por aquellas mismas fechas: don Angosto Cortés de la Fuente (el nombrecito se las trae...) equivale, pues, a Francisco Franco Bahamonde.

Adaptada libremente a partir de la novela homónima de Manuel Halcón (1902-1989), Manuela supuso en los albores de la Transición un intento de cine andaluz que fuera más allá de los tan manidos tópicos de raigambre folclórica, amén de la ópera prima del afamado productor musical (y, más tarde, jugador profesional de póquer) Gonzalo García Pelayo.

El toque personal del director se percibe, entre otros elementos, en el tratamiento de la banda sonora, integrada por canciones de grupos que fueron producidos por él mismo, principalmente Triana, Lole y Manuel, Goma, Gualberto García o Hilario Camacho. Poco importa si temas como "Sé de un lugar", "Abre la puerta", "En el lago" o "Todo es de color" pegan mucho, poco o más bien nada con la historia que cuenta el filme: lo realmente destacable es el efecto rompedor que producen. De hecho, todos ellos pertenecen a un álbum mítico también publicado en el 75: El patio, LP de debut de Triana, el trío sevillano capitaneado por Jesús de la Rosa.

En cuanto al elenco de actores, está encabezado por el siempre convincente Fernando Rey en el papel de señorito andaluz secretamente enamorado de la protagonista, Charo López como la sensual Manuela y Máximo Valverde interpretando a Antonio. Les secundan algunos de los habituales del cine patrio de aquel entonces: Fernando Sánchez Polack (El Moreno), Víctor Israel (Aguacharco) o Luis Barboo (El Jarapo, inquietante cazador furtivo padre de Manuela).

En años sucesivos, y a pesar de que abandonaría la dirección en 1983 por un periodo de tres décadas, el cine de Gonzalo García Pelayo se iría volviendo paulatinamente más underground y menos racial, aunque siempre marcado por la honda impronta de su temperamento.