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sábado, 31 de marzo de 2018

Correo de Indias (1942)




Director: Edgar Neville
España, 1942, 99 minutos

Correo de Indias (1942) de Edgar Neville


Correo de Indias fue el primer largometraje que acometía Neville tras su breve periplo italiano en los años inmediatamente posteriores a la contienda civil. Quizá por ello, y para desmarcarse del acentuado tono bélico de las dos producciones que allí había dirigido (Frente de Madrid y La muchacha de Moscú), optó por una película de corte histórico en la línea de las ensoñaciones románticas y/o de exaltación patriótica a las que tan dado era el cine nacional de aquel entonces.

De lo primero da fe el tópico de los amantes cuyos cadáveres aparecen abrazados y en perfecto estado de conservación tras haber chocado su barco contra un iceberg, elemento al que cabe añadir la morbosidad novelesca del carácter adúltero que posee, en un principio, la relación que mantienen la Virreina (Conchita Montes) y el Capitán (Julio Peña), así como el hecho de que sus cuerpos son hallados a bordo de un buque "fantasma".



Y en cuanto al enardecimiento patrio, conviene señalar que aunque está presente es, sin embargo, menor al que se puede encontrar, por ejemplo, en un filme de similares característicos dirigido cinco años después por Florián Rey: La nao Capitana (1947). Efectivamente, en los diálogos de Correo de Indias se hace apología de los "valores" hispánicos que los pobladores llevaron al continente americano, si bien desde una óptica espiritual que pretende marcar distancias con el pragmatismo del resto de potencias colonizadoras: "Todo aquel que siente alguna inquietud, viene aquí. Pero los otros países, esos que venden aparatos, no piensan más que en esta tierra nuestra. Y esos vendrán por los caminos que hicimos nosotros sin exponer nada. ¿Pero qué quiere? Son dos destinos diferentes. Ellos venden máquinas. Nosotros damos género. Son distintos conceptos de la colonización."

En el plano estrictamente técnico, son dignos de mención los decorados y maquetas de Sigfrido Burmann, quien debió enfrentarse a la nada fácil tarea de ambientar una historia que, en su mayor parte, se desarrolla en el interior de una fragata en alta mar: reto que, ya desde los títulos de crédito, supera con nota al mostrar un prototipo del navío que evoluciona majestuoso surcando las olas sin que se note mayormente que se trata de una réplica a escala.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Corazón solitario (1973)




Director: Francesc Betriu
España/Francia, 1973, 92 minutos

Corazón solitario (1973) de F. Betriu


Referencia 236 B. Madrid. Soy soltero, de buena profesión. Aún no tengo cuarenta años. Las chicas que me conocen me consideran bien parecido y elegante, pero sin afectación. Tengo una sólida formación moral que debo a mi madre, que en gloria esté. Mi profesión es la más bonita del mundo: soy compositor e instrumentista; mi músico preferido es Mozart. Desearía correspondencia con chicas españolas jóvenes, inteligentes y que les guste la buena música. Firmado: “Corazón Solitario”. PD.: No tengo ningún defecto físico.

Partiendo de lo que vendría a ser una parodia más o menos confesa de El último cuplé (1957) de Juan de Orduña, el primer largometraje dirigido por Francesc Betriu supuso una hilarante, a la par que cáustica, comedia negra escrita en colaboración con José Luis García Sánchez y Manuel Gutiérrez Aragón. Aunque también incluye diversos números musicales, la mayoría de corte semifolclórico, y algún que otro cameo: el dramaturgo Francisco Nieva, Benet Rossell (polifacético artista homenajeado ayer y hoy en la Filmoteca de Catalunya), etc.



Narra las vicisitudes del mojigato Antoñito (el francés Jacques Dufilho, en un papel muy similar a los que, por aquellas fechas, solía interpretar José Luis López Vázquez): clarinetista en la orquesta "Los habaneros" de la sala de fiestas El Molino Rojo y solterón empedernido profundamente marcado por la figura materna, tras la previa publicación de un anuncio en la prensa, conocerá a Rocío (La Polaca), despampanante cordobesa guiada por la firme convicción de convertirse algún día en una gran artista, pero a la que un torero de segunda fila (Máximo Valverde) dejó embarazada cinco meses atrás.

Tiene Corazón solitario, como tantos títulos de las postrimerías del franquismo, aquella extraña mezcla, entre burlona y melancólica, sórdida y tierna a la vez, que hace de ella una obra equiparable a No es bueno que el hombre esté solo (1973) de Pedro Olea, La cera virgen (1972) de Forqué o, incluso, Amador (1966) de Regueiro. Así pues, su protagonista es el típico españolito reprimido, un poco el hazmerreír del vecindario, virginalmente bondadoso y, precisamente por ello, candidato a padecer en sus propias carnes las sacudidas del destino.

Betriu comentaba esta tarde en la Filmoteca que si la película se ha conservado fue más por azar que por otra cosa: enviada a concurso al Festival de Venecia, la cinta llegó cuando el certamen ya se había clausurado, por lo que, ante los requerimientos de los organizadores, el director se quedó con la copia (la única que se ha conservado). Porque si bien la distribuyó la Paramount, no puede decirse que la compañía americana pusiera mucho empeño en tal cometido, habida cuenta de que sus verdaderas intenciones no eran otras sino colocar, mediante dicha argucia legal, sus propios productos en Europa.


sábado, 4 de febrero de 2017

Los últimos de Filipinas (1945)














Director: Antonio Román
España, 1945, 89 minutos



Año de 1898. Tierra de Valero, costa oriental de Luzón, donde un puñado de hombres lejos de la patria mantienen en pie sin petulancia su bandera. Aislamiento, sol, fatiga, lucha, soledad y nostalgia. Y el último correo campo adelante. Su meta: un pueblo perdido. Su misión: llegar. Por eso los personajes de esta historia son todos reales. Vivieron y murieron cuando esas dos sencillas actitudes se probaban como virtudes españolas en la tierra delicada y terrible de las islas Filipinas...

¿Cómo es posible que un acto de cazurrería fanática pueda ser tenido por heroicidad encomiable? Aunque, a decir verdad, en casos como éste se impone la necesidad de analizar lo acaecido sin ira y con la mayor objetividad de la que uno sea capaz. Que el franquismo e, incluso antes, el nacionalismo hispánico más rancio tuviesen sus mitos no debería ser obstáculo para revisar el cine de exaltación patriótica que se confeccionó con ellos.



Por de pronto, Los últimos de Filipinas se nos ofrece como una de aquellas películas en las que, al margen del episodio histórico en el que se basa, tienen cabida todo tipo de elementos. Manolo Morán, por ejemplo, ponía el toque humorístico con su papel del recluta Pedro Vila. Nani Fernández (Tala), la nota exótica. Que se convertía en romance al entrar en juego Fernando Rey (Juan Chamizo). Había tiempo también para diversos números musicales, incluido el flamenco. Con lo que se quedaría corto el juzgarla únicamente como drama bélico.

El director Antonio Román, socorrido por la pericia de Enrique Guerner (responsable de la fotografía), dio pruebas de su dominio de la puesta en escena al valerse de continuos movimientos de cámara para filmar el sitio de Baler y hacer olvidar al espectador que dicho asedio tiene lugar en las reducidas dimensiones de una pequeña iglesia de pueblo. Los 337 días que allí pasa atrincherado el destacamento son mostrados en pantalla como un gradual debilitamiento de las condiciones de vida material que contrasta, sin embargo, con la obcecación del Teniente Martín Cerezo (Armando Calvo) a la hora de aceptar que la guerra ha terminado.

¡Cuánta testarudez y cuánto sufrimiento en balde! Sólo en el contexto de una dictadura militar en un país empobrecido (económica y moralmente) podían concebirse semejantes desvaríos, como lo prueba el hecho de que cuatro años más tarde El santuario no se rinde volviese a insistir en el mismo planteamiento para explicar un episodio similar ambientado en la Guerra Civil. Puede que Salvador Calvo haya lanzado algo más de luz y de sentido común en la reciente 1898. Los últimos de Filipinas (2016), pero aun así convendría arrojar toneladas de tierra sobre unos hechos que poco o nada tienen de memorables.


domingo, 5 de junio de 2016

El escándalo (1943)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1943, 107 minutos

El escándalo (1943) de J.L. Sáenz de Heredia

El lunes de Carnestolendas de 1861 -precisamente a la hora en que Madrid era un infierno de más o menos jocosas y decentes mascaradas, de alegres estudiantinas, de pedigüeñas murgas, de comparsas de danzarines, de alegorías empingorotadas en vistosos carretones, de soberbios carruajes particulares con los cocheros vestidos de dominó, de mujerzuelas disfrazadas de hombre y de mancebos de la alta sociedad disfrazados de mujer; es decir, a cosa de las tres y media de la tarde-, un elegante y gallardo joven, que guiaba por sí propio un cochecillo de los llamados cestos, atravesaba la Puerta del Sol, procedente de la calle de Espoz y Mina y con rumbo a la de Preciados, haciendo grandes esfuerzos por no atropellar a nadie en su marcha contra la corriente de aquella apretada muchedumbre, que se encaminaba por su parte hacia la calle de Alcalá o la Carrera de San Jerónimo en demanda del Paseo del Prado, foco de la animación y la alegría en tal momento...

Pedro Antonio de Alarcón
El escándalo

Es, sin duda, El escándalo una de esas novelas que se leen de un tirón, pero no tanto porque nos enganche su calidad literaria sino más bien por la estructura de breves capítulos con que la dotó su autor, el insigne guadijeño Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891). Hablar de ella es hablar de su protagonista, Fabián Conde por más señas, ese "elegante y gallardo joven" al que vemos avanzar a contracorriente en el párrafo inicial y del que poco después se dirá que "En la Atenas de Pericles [...] no hubiera pasado por un Apolo; pero en la Atenas de lord Byron podía muy bien servir de Don Juan".

Heredero, por lo tanto, de la estirpe de los Tenorio, su carácter arrogante y donjuanesco actúa de detonante de las innúmeras vicisitudes que se suceden a lo largo del relato y de la adaptación cinematográfica de la que sería objeto en 1943. La versión de Sáenz de Heredia contó con la participación de los actores Armando Calvo (Fabián), Manuel Luna (Diego) y Guillermo Marín (Lázaro), siendo Mercedes Vecino (Matilde), Trinidad Montero (Gabriela) y Porfiria Sanchíz (Gregoria) las intérpretes femeninas. El rol que desempeña cada uno de ellos obedece a una finalidad muy determinada: si el doctor Diego representa, en un principio, al cómplice admirador de Fabián, al final acabará ejerciendo de víctima propiciatoria que paga el pato de la falta de escrúpulos de su amigo; mientras que el recto (y un tanto papanatas) Lázaro actúa de voz de la conciencia.

Manuel Luna (izquierda) y Armando Calvo (derecha)

En su costosa recreación decimonónica, el filme destaca por el diseño de vestuario de José Caballero y Juan Antonio Morales, así como por los decorados de Luis Santamaría. Menos actual, como es lógico, resulta toda la trama del supuesto "escándalo", junto con los adulterios, duelos de honor y demás mandangas que tanto excitaban a los lectores del XIX y a los censores del periodo franquista. En ese sentido, hay que tener en cuenta que el hecho de adaptar esta novela justo después de haber dirigido Raza muestra bien a las claras la intención moralizante de su director, un Sáenz de Heredia que supo intuir en la redención final de Fabián Conde el oportuno paralelismo con los valores que pretendía imponer el nuevo Régimen.


sábado, 21 de mayo de 2016

Doña Francisquita (1952)









Director: Ladislao Vajda
España, 1952, 79 minutos

¡La juventud triunfa!



Un director húngaro (Ladislao Vajda), una actriz argentina (Mirtha Legrand) y un galán mejicano de origen puertoriqueño (Armando Calvo) al frente de la adaptación cinematográfica de una zarzuela genuinamente española. Filmada en delicioso Cinefotocolor, esta versión de Doña Francisquita destaca por la exquisitez de la fotografía de Antonio L. Ballesteros, que recuerda, por la textura de su plasticidad, a la pintura decimonónica. Igualmente notables son los decorados de Sigfrido Burmann, así como el elegante vestuario diseñado para la ocasión por Emilio Burgos y confeccionado en los talleres de Cornejo. Producida bajo la cuidadosa égida de Benito Perojo, hasta el más mínimo detalle en esta película destaca por su delicadeza. 

Y, sin embargo, la versión que se lleva a cabo a partir del libreto y partitura originales de Amadeu Vives, Fernández-Shaw y Romero Sarachaga (quienes, a su vez, se habían inspirado en La discreta enamorada de Lope de Vega) es del todo libérrima. En realidad, los protagonistas de esta historia son perfectamente conscientes de que sus destinos corren paralelos a los de los personajes de la zarzuela y, de hecho, las alusiones a la misma serán constantes a lo largo del filme. Así las cosas, se acaba dando lugar a un curioso anacronismo, toda vez que la obra musical se estrenó en 1923, con lo cual es absolutamente inverosímil que pudiera ser conocida en pleno siglo XIX...

Aparte de los ya mencionados Legrand (Francisquita) y Calvo (Fernando), vale la pena destacar a los secundarios del elenco: Antonio Casal (el leal Cardona), Manolo Morán (sufrido agente de la irascible Aurora, una Emma Penella más bella que nunca en su papel de diva) o la oronda Julia Lajos como madre de la protagonista y propietaria de la pastelería "El buen gusto", cuyo crédulo empleado en interpretado por Antonio Riquelme. Aunque el más entrañable de todos es, sin lugar a dudas, Pepe Isbert encarnando al maestro de canto Lambertini. Hombre: no es que sea Fortunio Bonanova en Ciudadano Kane, pero aun así cumple su cometido con innegable efectividad.

De todos modos, la impresión de conjunto que queda tras el visionado de Doña Francisquita resulta igualmente impecable, cercana en algunos casos a los musicales americanos de los cincuenta o incluso (en el caso de las escenas carnavalescas) a los de Michael Powell y Emeric Pressburger, como lo atestigua la nominación que recibió la labor de Vajda en la edición del Festival de Cannes de 1953.