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lunes, 6 de mayo de 2019

En buenas manos (2018)




Título original: Pupille
Directora: Jeanne Herry
Francia/Bélgica, 2018, 110 minutos

En buenas manos (2018) de Jeanne Herry


De nuevo una de esas películas que nos llega avalada por cientos de miles de espectadores en Francia y cuantiosas nominaciones a los premios César. Uno de esos productos en los que lo más importante no parece ser el cine, sino el mensaje que se pretende inculcar en el público. Porque, si bien es muy loable dar a conocer la tarea que llevan a cabo los asistentes sociales encargados de gestionar los laboriosos procesos de adopción, ver a Gilles Lellouche haciendo de tierno hombretón que se desvive en atenciones con un bebé de acogida puede llegar a resultar un poco cargante.

Diríase que la realizadora Jeanne Herry (actriz e hija de los también actores Miou-Miou y Julien Clerc) ha pretendido con su segundo largometraje emular a aquellos dramaturgos neoclásicos que, como Moratín, mostraban sobre el escenario modelos de conducta que, más tarde, la concurrencia debería imitar, al salir del teatro, en su vida cotidiana. En ese sentido, Pupille, rebautizada por estos pagos como En buenas manos, ofrece un nuevo arquetipo de masculinidad a través de la figura de Jean (Lellouche). Lo cual es siempre una buena noticia, si lo que vemos en pantalla es, a su vez, creíble...



Sin embargo, la película gana muchos enteros cuando deja de lado el postureo y opta por un didactismo más acorde con la sensibilidad actual. Son, al respecto, enormemente significativas las escenas en las que los profesionales asesoran, dialogan o se sinceran con los candidatos a adoptar. O con la joven que quiere dar a su hijo en adopción. Con muy buen criterio, la música incidental desaparece en tales momentos, haciendo que todo el protagonismo recaiga sobre el discurso.

Aunque de forma tangencial, Pupille también aborda el tema de la generación NoMo (No mother), al que La Vanguardia dedica hoy sus páginas centrales, pese a que, todo hay que decirlo, el filme acaba decantando, indudablemente, su foco de interés hacia mujeres que, al igual que Alice (Élodie Bouchez), experimentan la necesidad imperiosa de ver cumplido su deseo de maternidad para sentirse realizadas.


lunes, 14 de enero de 2019

El gran baño (2018)




Título original: Le grand bain
Director: Gilles Lellouche
Francia/Bélgica, 2018, 122 minutos

El gran baño (2018) de Gilles Lellouche


Con mejor o peor criterio, los carteles que anuncian esta película en el metro de Barcelona se refieren a ella como "un Full Monty a la francesa". En realidad, y al margen de que tales comparaciones vayan más encaminadas a hacer taquilla que no a hacer justicia, lo cierto es que la cinematografía de nuestro país vecino posee una larga tradición de filmes protagonizados por patanes que se marcan objetivos a priori inalcanzables. 

Sin ir más lejos, Le concert (2009) de Radu Mihaileanu planteaba, hace justo una década, la posibilidad de que una orquesta de aficionados triunfase en el mundo entero. Y así podríamos ir tirando hacia atrás hasta llegar a Les bronzés (1978) de Patrice Leconte, Les visiteurs (1993) de Jean-Marie Poiré o hasta las genialidades de Jacques Tati. Títulos, todos ellos, muy dispares entre sí, pero unidos por un mismo denominador común: la heroicidad del torpe.

Ciertamente, el adjetivo torpe se queda más bien corto para referirse a los protagonistas de Le grand bain (última incursión tras las cámaras del actor Gilles Lellouche), pues atreverse a montar un equipo masculino de natación sincronizada cuyos miembros, en su mayoría, sobrepasan ampliamente los cuarenta es una idea tan quijotesca como entrañable. Sobre todo a medida que vayamos conociendo los entresijos de la historia personal de cada uno de sus integrantes, incluidas las dos entrenadoras.



Aun así, y ello es lo peor, le acaba de faltar algo de gancho a una historia que, en principio, lo tenía todo para conectar con el público, comenzando por actores de la talla de Mathieu Amalric. Y aunque en teoría no tenga por qué ser un defecto, pero la verdad es que se le nota un cierto aire de reunión de amigos, algo que ya sucedía en Pequeñas mentiras sin importancia (Les petits mouchoirs, 2010), donde, contrariamente a lo que aquí sucede, el que dirigía era Guillaume Canet, mientras que Lellouche interpretaba un pequeño papel. Además de que, tanto en la una como en la otra, se percibe un exceso de música incidental (lo cual se nos antoja que debe de ser una tentación muy propia de actores que se pasan a la dirección: la de incluir algunas de tus canciones favoritas en la banda sonora).

Con todo, merece la pena defender, pese a sus carencias, un filme que apuesta por la libertad de elección del individuo frente a la indiferencia de los demás; que nos invita a que seamos nosotros mismos, sin complejos, antes que dejarse arrastrar por los sinsabores de una tediosa vida convencional.


viernes, 22 de junio de 2018

Cosas de la edad (2017)




Título original: Rock'n Roll
Director: Guillaume Canet
Francia, 2017, 123 minutos

Cosas de la edad (2017) de Guillaume Canet


La tan cacareada crisis de los cuarenta le ha servido al actor y director Guillaume Canet para autoparodiarse en la última película que dirige y protagoniza, una comedia irreverente que entre nosotros pierde su icónico título originario (Rock'n Roll) en beneficio del más convencional Cosas de la edad. Y, pese a que son él mismo y su mujer Marion Cotillard el centro de interés en torno al cual gira la acción, no resulta, sin embargo, complicado hallar similitudes con modelos semejantes que tal vez podrían haber servido como inspiración. Así, a bote pronto, son tres los que se nos ocurren.

En primer lugar, viendo a Canet con esas gafas de pasta que luce en algunas escenas, es fácil pensar enseguida en el Woody Allen torpe y acuciado por las mismas obsesiones de los filmes que solía coprotagonizar junto a las actrices (Mia Farrow, Diane Keaton...) con las que por aquel entonces formaba pareja artística y sentimental. Así pues, toda la subtrama ligada a sus infructuosos intentos por presentarse ante Camille Rowe como el actor joven y atractivo que ya no es posee un innegable toque de antihéroe a lo Allen.

Guillaume Canet y Camille Rowe


Claro que las escenas de matrimonio, rodadas en el domicilio conyugal, remiten directamente al universo creado por John Cassavetes en compañía de Gena Rowlands, quienes, por ejemplo, en Opening Night (1977) también interpretaban a una pareja de actores. Es en esa línea, entre histriónica y surrealista, que podrían entenderse las secuencias de una Marion Cotillard empecinada en imitar a la perfección el acento quebequés para intervenir en el próximo proyecto de Xavier Dolan o capaz de metamorfosearse en Céline Dion en uno de los momentos más delirantes de la película.

No tan antiguo, y citado expresamente, es el filme Ma femme est une actrice, dirigido por Yvan Attal en 2001, actor-productor, al igual que su hermano Alain, a ambos lados de la cámara en Rock'n Roll, y con la que plantea algunos paralelismos en lo referente a la no siempre fácil convivencia (en aquel caso junto a Charlotte Gainsbourg) entre un hombre y una estrella que le supera en fama: en ese aspecto, es muy sintomática la escena en la que, la misma noche en que su marido ve cómo el César a mejor actor va a parar a Pierre Niney, Marion Cotillard obtiene su cuarto galardón, ideal para ser utilizado como pata de la mesa del salón...

Parece Joaquín Reyes, pero es Guillaume Canet junto a su esposa


Por último, más que un modelo propiamente dicho, en el progresivo cambio físico experimentado por Cantet como consecuencia de las múltiples intervenciones de cirugía estética a las que se somete habría que ver la sátira de personalidades del mundo del espectáculo como Mickey Rourke, Sylvester Stallone o, en clave francesa, el desaparecido Johnny Hallyday, quien se prestó a interpretarse a sí mismo en una escena un tanto onírica que supondría el penúltimo papel de su carrera.

Quizá sea por lo que tiene de comedia generacional, pero lo cierto es que se escucha muchísima música a lo largo de las más de dos horas de metraje de Cosas de la edad, desde las melifluas baladas de Demis Roussos hasta la incombustible "Ça plane pour moi", popularizada en su día por el belga Plastic Bertrand y que en esta ocasión interpreta el propio Guillaume Canet como sarao y fin de fiesta de una comedia más profunda de lo que parece sobre los peligros de no saber envejecer.