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martes, 28 de abril de 2026

Noche en la Tierra (1991)




Título original: Night on Earth
Director: Jim Jarmusch
EE.UU./Reino Unido/Francia/Alemania/Japón, 1991, 129 minutos

Noche en la Tierra (1991) de Jim Jarmusch


Aficionado como es Jarmusch a los filmes episódicos y a las historias que suceden simultáneamente en varios lugares, con Night on Earth (1991) volvía a plantear algo que ya estaba presente en su anterior largometraje, Mystery Train (1989), llevándolo incluso más allá. Así pues, el cineasta asume el reto de ubicar la acción en cinco ciudades distintas del planeta (Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki), situando la cámara en el interior de otros tantos taxis. Un curioso ejercicio de soledades conectadas, al fin y al cabo, con el que se evidencia que mientras un conductor inicia una carrera en California otro está terminando su turno bajo el frío invierno finlandés.

La premisa de la sincronía global, por cierto, se constata mediante varios relojes de pared que marcan la hora oficial en las respectivas metrópolis y cuya imagen precede a cada uno de los episodios. El primero de ellos, a propósito de una joven desaliñada (Winona Ryder) que prefiere ser mecánica antes que aceptar la oportunidad de convertirse en estrella que le ofrece una ejecutiva de casting (Gena Rowlands), posee el atractivo de contar con la viuda de John Cassavetes en lo que supuso el regreso de la actriz a los platós tras un largo período de inactividad. El segundo, en cambio, resulta mucho más tierno, ya que un inmigrante de Alemania del Este, antiguo payaso y que apenas sabe conducir (Armin Mueller-Stahl), termina cediéndole el volante a su pasajero (Giancarlo Esposito).



Ya en Europa, el episodio parisino se centra en un conductor marfileño (Isaach De Bankolé) que, harto del racismo de sus clientes anteriores, recoge a una mujer ciega (Béatrice Dalle), la cual demuestra, pese a su discapacidad, que puede "ver" más allá con los ojos de la razón. Llegados a Roma, el cuarto episodio supone un alarde de histrionismo a cargo del siempre intenso Roberto Benigni, quien interpreta a un taxista que decide confesar a un supuesto obispo con problemas cardíacos sus lúbricos escarceos sexuales. Por último, la historia que transcurre en Helsinki, aparte de homenaje explícito a los hermanos Kaurismäki (pues dos de los personajes se llaman Aki y Mika, respectivamente), gira en torno a tres borrachos cuya triste situación resulta ampliamente superada por la del propio taxista.

En resumen, para Jarmusch la noche no sería tanto peligrosa, sino más bien confidencial, ya que el taxi funciona como un confesionario móvil donde las barreras sociales se diluyen por la brevedad del encuentro. Asimismo, la banda sonora de Tom Waits, con sus letras ásperas y melancólicas, subraya la sensación de fin del mundo que acostumbra a sentirse de madrugada. Se dice que Jarmusch escribió el guion en apenas ocho días. Y lo cierto es que esa espontaneidad se traduce en diálogos que fluyen de manera natural, evitando los grandes discursos existenciales en favor de pequeñas verdades cotidianas. A fin de cuentas, nos viene a decir, cada persona con la que nos cruzamos es el protagonista de su propia película, con una carga de penas y alegrías tan densa y respetable como la nuestra.



sábado, 7 de marzo de 2020

Promesas del este (2007)




Título original: Eastern Promises
Director: David Cronenberg
Reino Unido/Canadá/EE.UU., 2007, 100 minutos

Promesas del este (2007) de David Cronenberg


Avezado conocedor del género fantástico en sus múltiples facetas, el canadiense David Cronenberg se propuso, con la llegada del siglo XXI, explorar nuevas regiones que ampliaran el espectro de su ya de por sí dilatada filmografía. Una historia de violencia (2005) supuso, a este respecto, la primera de una serie de colaboraciones con el actor Viggo Mortensen, que tendría continuación, en años sucesivos, a través de Promesas del este (2007) y Un método peligroso (2011).

La película que nos ocupa se desarrolla, de principio a fin, por los cauces expresivos que en su día marcaran El Padrino (1972) y sus secuelas. Es decir: parsimonia en los modales y visceralidad en los ajustes de cuentas. Una sangre fría que parece congénita en los miembros de cualquier organización mafiosa, ya sean italianos o londinenses de ascendencia eslava, y que Mortensen supo interiorizar a base de ver muchísimas horas de televisión en ruso, viajando de incógnito por los Urales y hasta inspirándose en los ademanes autoritarios de Vladímir Putin.



Pero si por algo será recordada Eastern Promises es gracias a los tatuajes que los personajes lucen sobre sus cuerpos: semblanza personal que cada Vory v Zakone lleva grabada sobre la piel y que, en la ya célebre escena de la lucha en los baños públicos, el propio Mortensen tiene ocasión de lucir en todo su esplendor.

Por lo demás, es éste un filme hasta cierto punto "previsible", en el sentido de que responde a los tópicos habituales del género: el patriarca venerable que no es tan honorable como aparenta (Armin Mueller-Stahl), el arribista que aspira a destronarlo faltando a la obediencia que le debe, el hijo tontaina y camorrista que es carne de cañón sin él saberlo (Vincent Cassel), la rubia bienintencionada ajena a ese mundo (Naomi Watts) que se mete en la boca del lobo un poco por afán justiciero y un poco porque le atraen los malotes... En fin, al cinéfilo minucioso le gustará saber que quien interpreta al tío cascarrabias de la protagonista no es otro sino el afamado director polaco Jerzy Skolimowski.