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sábado, 18 de agosto de 2018

De la vida de las marionetas (1980)




Título original: Aus dem Leben der Marionetten
Director: Ingmar Bergman
Alemania/Suecia, 1980, 104 minutos

De la vida de las marionetas (1980)


De entre la irregular producción llevada a cabo por Bergman durante su autoexilio alemán, destaca este telefilme con estructura de rompecabezas. Se trata de una recreación que prolonga la tormentosa historia de los Egermann, la pareja que aparecía en uno de los episodios de Secretos de un matrimonio (1973).

De la vida de las marionetas comienza y acaba con escenas rodadas en color, mientras que el cuerpo de la película lo forma un cúmulo de flashbacks, en riguroso blanco y negro, que habrían tenido lugar antes y después de cometerse un violento crimen pasional.



Con el objetivo de esclarecer los hechos, el comisario encargado del caso interrogará a diversos amigos y colaboradores de Peter y Katarina, entre ellos el psiquiatra Mogens Jensen (Martin Benrath), quien, al parecer, ya estaba al corriente de los impulsos homicidas del marido.

Clínicamente fría, con ese aire de teatro de cámara que era tan de su agrado, la cinta evidencia la proverbial obsesión del cineasta sueco por el uso de primeros planos que capten el alma de sus personajes. Lo cual propicia, además, ya en la última secuencia, una particular autocita, al hacer que la enfermera que le está refiriendo a Katarina los pormenores de la vida que lleva Peter en su reclusión adopte exactamente la misma postura, detrás de ella, susurrándole al oído, que Bibi Andersson y Liv Ullmann hicieron célebre en Persona (1966).


jueves, 16 de agosto de 2018

El huevo de la serpiente (1977)




Título original: The Serpent's Egg/Das Schlangenei/Ormens ägg
Director: Ingmar Bergman
EE.UU./Alemania, 1977, 119 minutos

El huevo de la serpiente (1977) de Ingmar Bergman


Tras haber sido acusado de evadir impuestos en su propio país, Bergman tomó la decisión de autoexiliarse durante un tiempo en señal de protesta. Su primera intención era establecerse en París, aunque, no acabándose de encontrar del todo cómodo en la capital francesa, finalmente fijaría su residencia en la entonces República Federal Alemana. Es allí donde el cineasta sueco, una vez asociado con el productor Dino De Laurentiis, sacará adelante uno de sus proyectos más controvertidos.

Por diversas razones, El huevo de la serpiente terminaría siendo una película bastante alejada del habitual estilo intimista bergmaniano, cuya abundancia de primeros planos era aquí sustituida por una forma de filmar en apariencia más aséptica e impersonal. De hecho, de su otrora equipo de asiduos colaboradores, en esta ocasión únicamente estuvieron en nómina la actriz Liv Ullmann y el director de fotografía Sven Nykvist.



Tampoco David Carradine parecía la elección más apropiada para el papel principal, un trapecista norteamericano de origen judío en el Berlín de 1923. Dustin Hoffman, Richard Harris, Peter Falk, Robert Redford o incluso David Bowie fueron, sucesivamente, descartados hasta decidirse por quien, en la ficción televisiva, había encarnado al monje shaolín de Kung Fu entre 1972 y 1975. Pero su afición a dormirse en pleno rodaje, así como un carácter y sensibilidad abiertamente distintos a los del cineasta sueco dieron como resultado un filme no exento de interés, con dos o tres momentos relevantes, aunque desprovisto, en líneas generales, de la fascinación que la filmografía anterior de Bergman es capaz de suscitar.

Aun así, hay quien, con acierto, ha sabido ver en El huevo de la serpiente un innegable influjo expresionista deudor de M (1931) de Lang o El ángel azul (1930) de von Sternberg, lo cual enlaza a la perfección con una cinta que, ya desde el título, pretendía analizar las causas del ascenso del nazismo retrotrayéndose al fallido intento de golpe de Estado del Putsch de Múnich durante la República de Weimar.


martes, 14 de febrero de 2017

La posesión (1981)




Título original: Possession
Director: Andrzej Zulawski
Francia, Alemania, 124 minutos

La posesión (1981) de Andrzej Zulawski


Arrebatada y violenta, excesiva y escatológica: ¿a quién puede dejar indiferente una película como La posesión? Porque otros cineastas han explorado terrenos similares, ciertamente. Estamos pensando en títulos como Saló o los 120 días de Sodoma (1975) de Pasolini o El séptimo continente (1989) de Michael Haneke o incluso Crash (1996) de Cronenberg, Cabeza borradora (1977) de Lynch o Fascinación (1976) de Brian de Palma. Pero ninguno ha llegado tan lejos como el polaco Zulawski. Y, si no, que se lo pregunten a Isabelle Adjani, quien necesitó varios años para recuperarse de las secuelas (físicas y mentales) que le acarreó el rodaje.

Pero, ¿qué hay detrás de semejante barroquismo gore? Pues, de entrada, una ruptura sentimental similar a la que padece el protagonista masculino (Sam Neill) y que dejó al director al borde del colapso. Y, en segundo lugar, una clara actitud de desquite con respecto a las limitaciones que Andrzej Zulawski debió padecer bajo la dictadura comunista antes de instalarse definitivamente en Francia. De lo uno y de lo otro resulta este engendro fílmico, encarnado en la película por ese monstruoso ser tentacular que lo mismo fagocita a las víctimas inmoladas por Anna que copula salvajemente con ella.

¿Qué habrá dentro del frigorífico?

De modo que dos vendrían a ser los temas principales en Possession: por una parte los atropellos del poder político (la elección de Berlín para situar la historia no es baladí, como lo atestigua la omnipresencia del muro) y, por otra, la figura del doble, entendido como presencia inquietante y alienante dispuesta a suplantar a toda costa nuestra verdadera identidad.

En todo caso, y sin que ello sirva de justificación, cabría tener en cuenta que, casi con total certeza, el realizador concibió su película como ajuste de cuentas, tal vez contra el mundo, quizá contra su propio destino. Por lo que cada espectador que se incomoda en su butaca, cada persona que desvía los ojos de la pantalla, todos y cada uno de los que abandonan la sala asqueados a mitad de proyección no están sino corroborando que el engranaje ideado por Zulawski funciona según lo previsto.