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viernes, 31 de julio de 2026

Medea 2 (2006)




Director: Javier Aguirre
España, 2006, 82 minutos

Medea 2 (2006) de Javier Aguirre


Además de ser la última película que hicieron juntos Esperanza Roy y su marido Javier Aguirre (1935-2019), Medea 2 (2006) contiene también una de las últimas apariciones en pantalla de Fernando Fernán Gómez, apenas un año antes de su fallecimiento. Cine experimental, hasta cierto punto, en formato vídeo y basado en un clásico de la literatura latina. Cuyo texto, por otra parte, escrito por Séneca hace dos milenios, luce extraordinariamente en la voz de intérpretes de la talla de los susodichos o de Manuel de Blas (Creonte).

Sobre un fondo con imágenes de restos romanos (e incluso griegos, rodados in situ, con la Roy posando en plan instagrammer), los actores recitan sus monólogos frente a la cámara haciendo gala de muchas tablas y sobrado talento. Porque si hay un género que requiere de una especial habilidad para lograr el tono apropiado ése es, sin ninguna duda, la tragedia. De ahí la vehemencia con la que unos y otros declaman sus respectivas intervenciones a propósito de lo que no deja de ser un caso de infanticidio puro y duro.



Al mismo tiempo, son diversas las escenas de baile que se incluyen a modo de interludio, a veces con un ligero toque flamenco. No en vano, el equipo contó con la colaboración extraordinaria de Lola Greco, en el papel de Creusa, mientras que la película en su conjunto estuvo dedicada a la coreógrafa Pilar López. Como también resulta llamativo el uso que se hace del color, manteniendo a la protagonista en un elocuente blanco y negro que es la prueba palpable (por lo menos en el plano visual) de su delito.

Pero es el paralelismo que se establece, durante un largo prólogo de diez minutos, con el caso de la parricida de Santomera (Murcia), acaecido en enero de 2002, lo que de verdad le aporta otra dimensión a la historia que aquí se narra, recordándonos que las luces y sombras de la condición humana, lejos de restringirse a las páginas de los clásicos, son algo consustancial a nuestra propia naturaleza, siempre susceptible de cometer los crímenes más atroces, aun en el ámbito familiar. Así pues, el mito de Medea, revisitado en clave contemporánea por Javier Aguirre y Esperanza Roy, encarna el triunfo absoluto del furor irrazonable sobre la razón, donde la protagonista destruye conscientemente a sus propios hijos para consumar una venganza total contra Jasón y reafirmar de ese modo su implacable identidad.



sábado, 26 de febrero de 2022

Los chicos con las chicas (1967)




Director: Javier Aguirre
España, 1967, 81 minutos

Los chicos con las chicas (1967) de Javier Aguirre


Poco o nada tiene que envidiar Los chicos con las chicas (1967) a las películas que Richard Lester llevó a cabo con los Beatles (y entiéndase la comparación en el sentido amplio del término: igual de fresca, igual de intrascendente). Pero claro, los Bravos no eran de Liverpool. Y eso, al parecer, se ve que resta caché. Sin embargo, cualquiera que revise la cinta dirigida por Javier Aguirre, sobre todo en su copia restaurada, forzosamente tendrá que rendirse a la evidencia de que se trata de una pequeña joya en su género.

Al margen de la inconsistencia de su argumento (el cantante de la banda se enamora de una linda colegiala y se las ingenia para ingresar como profesor de música en la escuela donde la chica se halla interna), lo cierto es que los decorados de Ramiro Gómez, así como el diseño de vestuario de Miguel Narros, resultan absolutamente deliciosos. Por no hablar de la secuencia de animación, a cargo del siempre genial Francisco Macián, que sirve de acompañamiento para el tema "Sympathy": verdadero portento que anticipa las filigranas realizadas al año siguiente por el mismo artesano en Dame un poco de amooor...! (1968).



La frivolidad del planteamiento no es óbice para encontrar nombres ilustres en un reparto en el que, además del grupo musical que se pretendía promocionar, destaca la presencia de Lola Gaos como severa directora del centro educativo donde transcurre parte de la acción. Y lo mismo podría decirse a propósito de la vis cómica de unas magníficas María Luisa Ponte (Señorita Sarmiento) o Laly Soldevila (la extravagante profe de educación física), ambas estupendas en sus respectivos papeles de maestras puritanas.

En definitiva, un desenfadado estallido de tonalidades pop al servicio del quinteto liderado por Mike Kennedy. Lo cual, en una época previa al desarrollo comercial de la industria del videoclip, deja constancia de su repertorio más célebre, en especial la icónica "Black is Black" con la que se abren y se cierran los títulos de crédito.



jueves, 2 de septiembre de 2021

De profesión, sus labores (1970)




Director: Javier Aguirre
España, 1970, 82 minutos

De profesión, sus labores (1970) de Javier Aguirre


Chico conoce a chica, se enamoran, forman una familia... Y al cabo de varios años de feliz matrimonio, cuando ya tienen dos criaturas (niña y niño), las amigas de ella la convencen para que ponga a prueba la fidelidad de su marido. Pero como las carga el diablo, lo que empieza siendo un juego terminará amenazando muy seriamente con echar a perder la estabilidad de la pareja. Punto de partida, por cierto, bastante similar al que llevaban a cabo aquellos célebres Anselmo y Lotario de El curioso (y cervantino) impertinente.

De profesión, sus labores (1970) giraba en torno a los altibajos conyugales de dos parejas antagónicas. Por una parte, Ana (Laura Valenzuela) y Juan (Alberto de Mendoza) encarnan la aparente felicidad de quienes, en principio, lo tienen todo para sentirse plenamente satisfechos con la vida que les ha tocado en suerte. En cambio, Federico y María José están siempre discutiendo, tal vez porque él (Fernando Fernán-Gómez) es un hombre indeciso que busca el amparo de su amigo Juan, mientras que ella (Mónica Randall) manifiesta un carácter un tanto cáustico que sembrará de suspicacias el hasta entonces apacible horizonte de Ana.



El todoterreno Javier Aguirre dirige un guion, a medio camino entre la comedia de costumbres y el drama familiar, que lleva el sello inconfundible del productor Pedro Masó. Buena muestra de ello, y en consonancia con el habitual tono doméstico que solía imprimirle a sus películas, es la presencia en el reparto de una parejita de hermanos que están continuamente como el perro y el gato. Sobre todo el ocurrente Chapete (Alejandro García), sin duda uno de los reclamos principales del filme de cara a hacer las delicias de los espectadores.

No parece que De profesión, sus labores sea el título más acertado para una historia que, lejos de exponer las vicisitudes de un ama de casa convencional, abordaba temas tan morbosos para la moral de la época como la tentación o el adulterio. Aunque ya se sabe que para lidiar con la censura del régimen se requerían grandes dotes de ingenio y de ahí que se intentara camuflar el verdadero contenido de la cinta bajo la apariencia de un producto mucho más anodino.



domingo, 27 de junio de 2021

Carne apaleada (1978)




Director: Javier Aguirre
España, 1978, 102 minutos

Carne apaleada (1978) de Javier Aguirre


El ser humano es como es. La voluntad y la carne, débiles. Yo, entonces, me encontraba en la cárcel. Triste y sola. Senta, también. El ambiente y las circunstancias encendieron la mecha. No importa el nombre con que el mundo bautice esos sentimientos. No se les puede exigir carné de identidad a las razones del corazón. No importa cómo se llamen, sino lo que nos dan. A mí me han dado muchísimo. Me ayudan a sobrevivir. Lo que siento es algo maravilloso. Acaso se llame amor y me conduzca hacia un continuo INRI de carne crucificada.

Inés Palou
Carne apaleada

El desgarrador testimonio del que dejó constancia Inés Palou (1923-1975) en sus memorias carcelarias daría pie a una adaptación cinematográfica no menos impactante. Por varios motivos, Carne apaleada (1978) merece ser objeto de una revisión a fondo, comenzando por la valentía de su director, Javier Aguirre, quien, dejando momentáneamente de lado las producciones comerciales que le reportaban fama y dinero, optó en esta ocasión por una puesta en escena a medio camino entre aquéllas y su "anticine" de marcado corte experimental. En ese sentido, y sin llegar a ser un típico producto de la época del destape, la película aúna con pericia el morbo y la denuncia social, abordando el lesbianismo de la pareja protagonista desde una óptica insólitamente moderna para lo que se estilaba entonces.

No obstante, aparte de la relación sentimental entre Berta (Esperanza Roy) y Senta (Bárbara Rey), plantea especial interés el análisis que se lleva a cabo a propósito de lo que supone la vida en el presidio, un entorno inhóspito al que van a parar reclusas de todo tipo ("piculinas" o prostitutas, presas políticas, delincuentes comunes...) y donde la violencia más brutal, ejercida por las funcionarias o por las propias internas, convive al mismo tiempo con una camaradería inquebrantable.

Berta Costaleda (Esperanza Roy), trasunto literario de Inés Palou


Pese a tratarse de un drama penitenciario, los títulos de crédito iniciales nos sitúan en una solitaria estación de tren cuyos vagones vacíos se muestran con insistencia mientras suena de fondo una triste melodía de flauta: claro ejemplo de flash-forward, en alusión directa al desenlace que tendrá el filme así como al fatídico suicidio de la propia Inés Palou. Por lo demás, la cinta se mantiene bastante fiel a su fuente literaria, si bien condensa la profusa galería de personajes que desfilan por las páginas del libro, amén de recurrir al manido recurso de la voz en off para dejar que sea Berta quien resuma sus andanzas en primera persona.

La larga lista de secundarias que integran el reparto (Julieta Serrano, Pilar Bardem, las hermanas Terele Pávez y Elisa Montés, Yelena Samarina, Virginia Mataix haciendo de francesa...) nos deja alguna que otra curiosidad reseñable. Como, por ejemplo, el último papel para la gran pantalla de la veterana Tota Alba, aquí María Cinta, una de las dos sifilíticas de la celda (la otra es La Andaluza, interpretada por Carmen de Lirio). O el hecho de que Esperanza Roy y Enriqueta Carballeira (Arantxa, una de las presas políticas), las dos actrices que fueron pareja de Javier Aguirre en la vida real, compartan varias escenas en el patio de la prisión.



viernes, 25 de septiembre de 2020

Pierna creciente, falda menguante (1970)




Director: Javier Aguirre
España, 1970, 95 minutos

Pierna creciente, falda menguante (1970)
de Javier Aguirre


Un título en apariencia tan subido de tono como Pierna creciente, falda menguante (1970) podría hacer pensar, de inmediato, en la época del destape, cuando lo cierto es que se trata de una comedia musical rodada hace justo medio siglo. Una película de época, para más inri, cuya acción arranca en el San Sebastián de 1916, momento en el que el continente se desangraba a causa de una guerra mundial que para España, ironías del destino, iba a suponer el suculento negocio de venderle armas (o "mulas", según se dice en los diálogos...) a las potencias de uno y otro bando.

La nota característica de los personajes, por lo tanto, es una ampulosidad con la que el productor Dibildos y Antonio Mingote, autores del guion, pretenden burlarse del sacrosanto decoro que presidía las relaciones entre hombres y mujeres en aquella sociedad que, paradójicamente, encumbró a las cupletistas a la categoría de mito. En ese sentido, Rosario "La Criollita" (Emma Cohen) representa la personificación de todos los vicios: procaz, sensual y deslenguada, su atrevimiento suscitará el reproche de las señoras como Dios manda y llevará de cabeza a algún que otro caballero de alta alcurnia, como el circunspecto duque de Daroca (Fernando Fernán Gómez).



La segunda parte del filme, por contra, transcurre una década más tarde: estamos en 1926 y los usos y costumbres evolucionan a un ritmo vertiginoso. Ahora lo que se lleva es el charlestón y "La Criollita", que dejó los escenarios para casarse con un magnate del petróleo, ha cedido su corona a Lupe Cardoso (Laura Valenzuela), quien responde a un perfil de mujer mucho más moderna e independiente. Tanto es así que, rompiendo estereotipos, la joven compagina su carrera artística con los estudios universitarios de ingeniería química. De día, aprende formulación, juega al tenis y pinta paisajes; por las noches, en cambio, entona aquello de "Si vas a París, papá, ¡cuidado con los apaches!".

El eslogan con el que se publicitó la película ("Lo que nuestros abuelos no se atrevieron a contarnos: las mujeres decentes ¡también tienen piernas!") incidía en la idea de que la libido no es exclusiva de las demie-mondaines. Algo perfectamente equiparable a la situación que se vivía en aquella España de los primeros setenta en la que las minifaldas causaban furor y más de una protesta airada. Paralelismo sutil, que el público de aquel entonces captaba perfectamente, con el que se daba a entender que la historia es cíclica y que los remilgos pudibundos de hoy caerán mañana en el olvido.



jueves, 24 de septiembre de 2020

Los que tocan el piano (1968)




Director: Javier Aguirre
España, 1968, 88 minutos

Los que tocan el piano (1968)
de Javier Aguirre


He aquí una de esas películas habitualmente merecedoras del calificativo nada halagüeño de españolada. Sin embargo, su director, el donostiarra Javier Aguirre (1935-2019), cultivó a lo largo de su carrera tanto el cine comercial como los experimentos más vanguardistas. De hecho, hace algunos años ya tuvimos ocasión de comentar, en este mismo blog, la magnífica Vida/Perra (1982), monólogo descarnado a cargo de Esperanza Roy, quien fuera la segunda esposa del realizador.

Pero centrémonos en Los que tocan el piano (1968), título de resonancias musicales que, no obstante, tiene por protagonistas a una banda de ladronzuelos de poca monta. Y es que, en el argot policíaco, "tocar el piano" no significa otra cosa sino estar fichado por actos delictivos (la metáfora, un tanto burda, proviene del negro de las huellas dactilares sobre el fondo blanco de la ficha policial).

Sí, es lo que parece: Alfredo Landa con pendientes


Paco 'El Cocosabio' (Tony Leblanc), su novia Cayetana 'La Gandula' (Concha Velasco) y el bruto de Venancio Torralba (Alfredo Landa) se las apañan como pueden hasta que conocen a don Federico 'El Tizona' (Manolo Gómez Bur), "hombre de mundo" que, tras haber viajado por media Europa, se hospeda en la misma pensión que ellos y cuyos métodos innovadores en lo tocante al arte birlesco prometen reportar pingües beneficios para la cuadrilla.

El productor José Luis Dibildos y el dramaturgo Alfonso Paso, autores del guion, se sacaron de la manga este disparate con aires de cartoon en el que los personajes tienen más de dibujos animados que de seres de carne y hueso. Lo cual le viene muy bien al conjunto, caracterizado por escenas delirantes, como las que acontecen en el interior de un hospital (donde los protagonistas pretenden hacerse con un botín de material quirúrgico) y pequeñas genialidades, caso de la secuencia en la que el inspector Dávila (José Bódalo) dialoga en lenguaje de germanía con 'El Cocosabio' mientras la conversación aparece subtitulada para que el respetable pueda chanelar lo que están diciendo.

Tony Leblanc en plan karateca


domingo, 11 de marzo de 2018

Vida/Perra (1982)




Director: Javier Aguirre
España, 1982, 94 minutos

Vida/Perra (1982) de Javier Aguirre


En esencia, el monólogo que Esperanza Roy lleva a cabo en Vida/Perra no dista demasiado del protagonizado por Lola Herrera en Cinco horas con Mario: curiosamente, ambas actrices no sólo nacieron las dos en 1935, sino que sus respectivos papeles, sendas adaptaciones de novelas, se enmarcan en la represión machista que tantas mujeres hubieron de padecer en la España nacionalcatólica del franquismo.

La diferencia, sin embargo, estriba en el hecho de que Juanita Narboni se muestra mucho más desinhibida que Carmen Sotillo tanto en lo contundente del vocabulario como en la intensidad de sus confesiones íntimas. Así pues, el particular ajuste de cuentas con el pasado de esta solterona (natural de la ciudad de Tánger en el relato de Ángel Vázquez, detalle éste obviado por la versión cinematográfica) adquiere una insólita vehemencia, rayana en el paroxismo, en manos del tándem Javier Aguirre/Esperanza Roy (marido y mujer en la vida real), quienes, un poco al estilo de John Cassavetes y Gena Rowlands, no dudaron en utilizar su propio apartamento como escenario de rodaje.



En cuanto a las obsesiones de Juanita, cabe decir que éstas son básicamente dos: su madre y su hermana, figuras que la marcaron de forma muy negativa y destinatarias, por ende, de la mayor parte de dardos envenenados que vaya lanzando a lo largo de su febril soliloquio. De la primera llegará a olvidar el rostro, mientras que de la segunda no puede soportar la idea de que fuese una mujer liberada: ella, que apenas sí tuvo un novio en su juventud, que a la postre resultó ser homosexual. Para abordar tan delicado asunto, la cámara se irá acercando progresivamente al personaje en cada una de las distintas tomas, de modo que Juanita acaba interpelándonos no pocas veces, en un constante diálogo consigo misma y con sus familiares.

Frustración a raudales teñida de amargura que la realizadora marroquí Farida Benlyazid no acertó a repetir en el remake que dirigió en 2005, coproducción con España protagonizada por Mariola Fuentes en la que el "Anticine" de Aguirre dejaba paso a una convencional puesta en escena en la que un cuantioso reparto, internacional y políglota, restaba fuerza al vigor de la interpretación que Esperanza Roy había sido capaz de cargar ella sola sobre sus espaldas dos décadas antes.


miércoles, 6 de enero de 2016

El astronauta (1970)




Director: Javier Aguirre
España, 1970, 86 minutos

El astronauta (1970) de Javier Aguirre


¿De qué no serían capaces cuatro amigotes charlando y tomando cañas en un bareto? De arreglar el mundo como mínimo (deporte nacional, por otra parte) y de incluso llegar a la luna si hiciera falta. A pesar de los pesares y de tratarse de una españolada en toda regla, no se puede negar el entusiasmo que los cómicos del reparto de El astronauta (1970) pusieron en su trabajo. Porque es en su vis cómica donde precisamente reside el encanto principal de una historia sin pies ni cabeza y fruto de la coyuntura: el cine español comercial de aquel entonces rebosaba de parodias basadas en acontecimientos como, por ejemplo en este caso, la reciente llegada de los americanos a nuestro satélite.

Hilario el electricista (Rafael Alonso)

Ávido de conquistar el cosmos, Pepe Fernández (Tony Leblanc) recibe el duro entrenamiento al que le someten don Anselmo (José Luis López Vázquez) y los demás miembros de la SANA (Sociedad Anónima de Naves Aeroespaciales): un electricista llamado Hilario (Rafael Alonso), Saturnino el pintor (Saza), Valeriano el lechero (José Luis Coll), Matías, técnico en fuegos artificiales (Antonio Ozores) y el carpintero Faustino (Paquito Cano). La nave Cibeles Iª se prepara para despegar en los terrenos que don Gregorio (Antonio Ferrandis) posee en la localidad de Minglanilla. Las solícitas Vicenta, "la Quisquilla" (Laly Soldevila) y Lolita (Puri Villa) también contribuyen con su esfuerzo para que el módulo Garrapata finalmente aterrice sobre la superficie lunar. Hasta la rana Manuela participa con el sacrificio de su vida para, emulando a la perrita Laika, asegurar el éxito de la misión.



Que todo acabe en el desierto de Almería no le resta mérito a la empresa sino que, puestos a rizar el rizo del disparate, más bien le añade atractivo al guion que escribieron conjuntamente Antonio Vich y el productor Pedro Masó y que dirigió Javier Aguirre.

The Man on the... Moon?