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miércoles, 17 de abril de 2019

Django (1966)




Director: Sergio Corbucci
Italia/España, 1966, 91 minutos

Django (1966) de Sergio Corbucci


El periodista (y compañero de fatigas cinéfilas) Jordi Picatoste acaba de publicar su segundo libro, El efecto Tarantino (Redbook Ediciones), que ya tenemos entre las manos y que, como su anterior Paraísos perdidos: La infancia en 50 películas (UOC, 2018), no tardaremos en devorar. Con motivo de la salida a la venta, la Filmoteca de Catalunya organizaba esta tarde una sesión doble integrada por dos filmes emblemáticos, ambos analizados por Picatoste en su volumen: Django, título de culto del otrora denostado wéstern all'Italiana, y la correspondiente relectura (que no remake) dirigida por Tarantino en 2012, añadiéndole el adjetivo Unchained.

Como sucede a menudo con tantísimas cintas de género, Django no destaca precisamente por la verosimilitud de su planteamiento. Contiene, eso sí, los clichés habituales, todos de enorme encanto, aunque, por ejemplo, costaría creer que alguien se presentase de improviso en un pueblo de mala muerte, perdido en la frontera con Méjico, llevando a rastras un ataúd a través de un lodazal inmundo, por mucha sed de venganza que moviese sus pasos.

La historia se inspiró vagamente en el Yojimbo de Kurosawa

Interesante recurso narrativo, a la hora de generar suspense, a propósito de qué contiene el cochambroso féretro y, sobre todo, para qué. En ese sentido, la caja mortuoria actúa como potente metáfora o leitmotiv que condensa visualmente las altas dosis de crueldad de una obra que terminaría por crear escuela, estableciendo, según Ángel Sala (y según cita, a su vez, Picatoste en la página 111), "los estándares de violencia y sadismo que a partir de ese momento serán recogidos por otros realizadores del subgénero".

Ahí está, sin ir más lejos, la tan recordada escena en la que el general Hugo Rodríguez (José Bódalo) cercena la oreja de uno de los esbirros del no menos despiadado mayor Jackson (Eduardo Fajardo) y que Tarantino emularía, muchos años después, en Reservoir Dogs (1992), su ya clásica ópera prima.

Como el célebre jazzman que le da nombre (Django Reinhardt),
el protagonista acaba con sus manos seriamente lastimadas

domingo, 9 de septiembre de 2018

Brandy (1964)




Título italiano: Cavalca e uccidi
Directores: José Luis Borau y Mario Caiano
España/Italia, 1964, 80 minutos

Brandy (1964) de José Luis Borau


Bebía whisky, pero le llamaban Brandy... El debut en la dirección de largometrajes de José Luis Borau (1929-2012) fue este modesto wéstern rodado en los estudios Golden City de Hoyo de Manzanares (Madrid) y que protagonizaron el norteamericano Alex Nicols (Brandy), los españoles Maite Blasco (Eva) y Antonio Casas (Sheriff Clymer), el hispanoargentino Jorge Rigaud (Beau) y los italianos Luis Induni (Tunnell) y Claudio Undari (Moody).

Pese a que Borau, cineasta de raza surgido del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, da muestras de su talento en no pocas ocasiones (baste mencionar el trávelin de alejamiento efectuado en el cementerio mediante el que se pone de manifiesto lo peligroso que resulta ejercer de sheriff en Tombstone, habida cuenta de que la mayoría de los allí enterrados murieron ocupando dicho cargo), lo cierto es que la cinta adolece de la habitual factura entre cutre y descuidada de la mayoría de películas del Oeste realizadas por aquel entonces en coproducción con Italia.



No se quiere decir con esto que no valga la pena revisitar los "clásicos" del espagueti wéstern, sobre todo cuando, como en el caso de Brandy, los típicos elementos del modelo americano en el que se basa aparecen castellanizados, dando lugar a soluciones tan imaginativas como ese Losatumba donde, según el cartel de la versión española, transcurre la acción.

Por lo demás, los acostumbrados lugares comunes del género fueron sabiamente combinados por José Mallorquí para confeccionar un guion en el que tienen cabida desde el borrachín simpático al que los forajidos convierten en máximo representante de la ley (con el objetivo de que sea su hombre de paja) o la rubia de buen corazón que intentará redimirlo por todos los medios, hasta los facinerosos que ofrecen "protección" a los comerciantes del lugar previo pago de una "módica" cantidad... Eso y una canción en inglés interpretada por Clymer y los suyos en la oficina del sheriff al más puro estilo Hawks. Lástima que la voz del playback no coincida con la de Antonio Casas o que la guitarra que este último rasguea siga sonando segundos después de haber finalizado la pieza...


viernes, 27 de noviembre de 2015

La espada negra (1976)




Director: Francisco Rovira Beleta
España, 1976, 105 minutos

La espada negra (1976) de F. Rovira Beleta

Tanto monta... Últimamente se han puesto de moda series de televisión de temática histórica centradas en personalidades como Santa Teresa de Jesús, Carlos V o Isabel la Católica. El interés por dichas figuras, sin embargo, viene de lejos, pues ya en 1976 Rovira Beleta dirigió una película que nada tiene que envidiar a las producciones hoy emitidas por La 1 de TVE en horario de máxima audiencia.

Nos estamos refiriendo a La espada negra, recreación de las mocedades de los futuros Reyes Católicos según la novela homónima de Carlos Blanco. Rodada en localizaciones de lo más selecto del patrimonio nacional (murallas de Ávila, catedral de Toledo, toros de Guisando...), contó con la participación de notables actores, algunos de la talla de José María Rodero en el papel de pusilánime rey Enrique IV de Castilla, José Bódalo como ambicioso arzobispo que osa tratar condescendientemente a Isabel de hijita o Terele Pávez encarnando a la enajenada madre de ésta. Otros, como José María Pou, llegarían a lo más alto con los años.

La banda sonora corrió a cargo de un habitual de la época: el malogrado compositor argentino Waldo de los Ríos, cuya música, unida a la dirección artística de Gil Parrondo, los efectos de sonido de Luis Castro (sus relinchos son reconocibles a la legua), alguna pincelada erótica y el habitual e inevitable degradado de color que conlleva el paso del tiempo, hacen que la producción tenga un cierto aire a lo Curro Jiménez, serie de la que, por cierto, Rovira Beleta dirigió tres capítulos en ese mismo periodo.

Isabel (Maribel Martín): de campesina a reina de Castilla

Maribel Martín y Juan Ribó encarnaron a la pareja protagonista, dando pie a una trama en la que se mezclan el idilio amoroso de los aún infantes con las intrigas políticas de quienes se disputaban el codiciado trono de lo que un día llegaría a ser España. No faltan, de hecho, algunas proclamas avant la lettre en favor de la pluralidad de los reinos peninsulares, como las que profiere Isabel para justificar su elección y el futuro esplendor de la nación resultante. Los antagonistas, en cambio, ven con recelo su matrimonio con el príncipe aragonés, considerado un enemigo potencial de los intereses de Castilla, y abogarán por la unión de la joven con los pretendientes inglés o portugués. De ella dependerá, por tanto, demostrarles que Fernando es el candidato ideal, misión en la que juega con ventaja por haberse producido el enamoramiento de la pareja antes de que cada uno conociera la verdadera identidad del otro.

El pérfido Marqués de Villena (Carlos Ballesteros,
el primero por la izquierda) y sus acólitos

En ese sentido, La espada negra destaca por el hiperrealismo de algunos elementos, como los brotes demenciales de Isabel de Portugal (Terele Pávez), la autopsia del hermano menor de Isabel o el mostrar a una futura reina como si de una labradora más se tratase. Todo lo cual pone de manifiesto, una vez más, las inquietudes de Rovira Beleta por forjarse un estilo personal como cineasta.

De no haber muerto envenenado, el pequeño Alfonso habría sido rey