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miércoles, 7 de agosto de 2024

Fuera de temporada (2023)




Título original: Hors-saison
Director: Stéphane Brizé
Francia, 2023, 116 minutos

Fuera de temporada (2023) de Stéphane Brizé


El protagonista de Hors-saison (2023) es un actor de moda que, a pesar de su creciente popularidad, se ha visto sobrepasado por el agotamiento que comporta la fama. De ahí que Mathieu (Guillaume Canet) decida hospedarse durante unos días en uno de esos sofisticados hoteles/balneario en los que el diseño y la asepsia prometen una experiencia rejuvenecedora a base de masajes y mascarillas de arcilla.

Sin embargo, incluso allí los trabajadores de las instalaciones le piden selfis, por lo que las continuas muestras de afecto de sus admiradores impiden que el hombre pueda liberarse verdaderamente del estrés que le atosiga. Y es que Mathieu, vencido por el pánico escénico, no hace mucho que dejó plantados al director y a la compañía con los que tenía previsto llevar a cabo su debut teatral. Pero el reencuentro con Alice (Alba Rohrwacher), un antiguo amor, le va a dar un giro inesperado a su estancia en el hotel y, de paso, a su propia existencia...



La puesta en escena del francés Stéphane Brizé (Rennes, 1966) insiste en captar la soledad en la que viven inmersos los personajes mediante planos fijos de espacios vacíos (en el hotel, en la playa), así como a través de tomas aéreas en ángulo cenital que subrayan el carácter melancólico de sus respectivos destinos. Sentimiento que también destilan, por cierto, la delicada banda sonora de Vincent Delerm o la fotografía, con predominio de tonalidades gélidas, de Antoine Héberlé.

En definitiva, la película plantea cómo hay veces en las que resulta más cómodo permanecer dentro de los límites de nuestra zona de confort, pese a la insatisfacción vital que de ello se deriva, antes que arriesgarse a tomar decisiones drásticas. Aunque, al mismo tiempo, también puede entenderse como una historia sobre el arte de madurar y aprender a cerrar heridas del pasado pidiendo perdón, aun cuando sea demasiado tarde.



lunes, 7 de enero de 2019

Lazzaro feliz (2018)




Título original: Lazzaro felice
Directora: Alice Rohrwacher
Italia/Suiza/Francia/Alemania, 2018, 125 minutos

Lazzaro feliz (2018) de Alice Rohrwacher


La que pasa por ser una de las mejores películas estrenadas en 2018 nos sitúa en un marco espaciotemporal absolutamente equívoco: ¿estamos en la Italia de la inmediata posguerra? ¿Son los años cincuenta, sesenta, setenta...? De repente, ya avanzada la acción, uno de los personajes saca un teléfono móvil, de los antediluvianos, con antena desplegable. Y así, poco a poco, indicio tras indicio, el espectador va más o menos ubicándose. Aunque las fronteras entre pasado y presente se desdibujan en Lazzaro felice hasta tal punto que poco o nada importa dónde y cuándo se desarrolla la historia.

Porque lo que se propone la joven realizadora Alice Rohrwacher (Fiesole, Toscana, 1982) es precisamente adoptar un aire de fábula atemporal, heredero en espíritu y forma del cine de los grandes autores surgidos de la corriente neorrealista, que ahonde en lo más profundo de la idiosincrasia italiana hasta averiguar, si es que ello es posible, cuáles han sido las causas de que el país se aventurase, una tras otra, en continuas derivas de consecuencias impredecibles.



El protagonista, un joven campesino, cándido y servicial, cuyo nombre lleva implícita la idea de resurrección, desaparece en un momento dado para irrumpir, al cabo de los años y sin que su apariencia haya variado lo más mínimo, en un mundo que ya no es el mismo. ¿Realismo mágico? ¿Algún mensaje críptico en la línea del Pasolini de Teorema (1968)? ¿Espiritualidad campestre heredada de L'albero degli zoccoli (1978) de Ermanno Olmi? Más aún, ¿rebelión de los lugareños como la ensayada por Berolucci en Novecento (1976)? En realidad, este tipo de quiebros inesperados los hemos visto muchas veces en las obras de madurez del mejor Fellini —el de  (1963) o Giulietta degli spiriti (1965)—, si bien, tirando aún más atrás, se percibe el eco literario del "Rip van Winkle" de Washington Irving (1783–1859).

Tan accidentado periplo, trufado de numerosas notas de crítica social, no queda exento, sin embargo, de cierta comicidad que aflora, aquí y allá, merced a personajes secundarios como el capataz de la marquesa o el granuja de medio pelo al que da vida Sergi López. Y ello es debido, casi con toda probabilidad, a que Lazzaro felice participa de la misma fórmula tragicómica que se haya presente en lo quijotesco y en lo esperpéntico; en los falsos milagros; en los desdentados aparceros de la heredad La Inviolata (sutil parábola del fascismo), condenados a la esclavitud feudal por una decadente aristócrata que cultiva tabaco; en la inverosimilitud de que amo y criado sean medio hermanos; en la utopía, en definitiva, de que un viejo lobo solitario avance a contracorriente por las procelosas carreteras del progreso.


sábado, 8 de diciembre de 2018

Los fantasmas de Ismaël (2017)




Título original: Les fantômes d'Ismaël
Director: Arnaud Desplechin
Francia, 2017, 135 minutos

Los fantasmas de Ismaël (2017) de Arnaud Desplechin


¿Cómo definir una película que es de todo menos convencional? Baste decir que se trata de un filme de Arnaud Desplechin (Roubaix, 1960) y ya no hará falta añadir nada más. Hay, eso sí, en Les fantômes d'Ismaël diversos estratos sobre los que se irá saltando de un modo tan caprichoso como inesperado. Así, por ejemplo, la acción arranca en un cónclave de espías que se preguntan por el paradero del misterioso Ivan Dédalus (Louis Garrel), su agente más avispado, aunque luego resulta que ello no era más que la visualización de los diálogos que Ismaël, cineasta profesional, está escribiendo para su próximo proyecto.

Este Dédalus es, según parece, el hermano de un personaje que lleva años transitando a lo largo de la filmografía de Desplechin y cuyo nombre aparece, además de aquí, en Comment je me suis disputé... (ma vie sexuelle) (1996), Un conte de Noël (2008) y la más reciente Trois souvenirs de ma jeunesse (2015). Casi siempre interpretado por Mathieu Amalric, si bien el actor se mete, en esta ocasión, en la piel del ya mencionado Ismaël Vuillard (y Vuillard era, por cierto, el apellido de la familia que se tiraba los trastos a la cabeza en Un cuento de Navidad).

Carlotta (Marion Cotillard) e Ismaël (Mathieu Amalric)


Todo conectado, pues, aunque no por ello más claro... Aun así, el propio Desplechin nos aporta algunas claves, en forma de referencia cinematográfica, para arrojar algo de "luz" sobre la verdadera naturaleza del relato que estamos viendo. En ese sentido, el hecho de que Ismaël toque al piano el tema central de la banda sonora que Bernard Herrmann compusiera para Marnie (1964) no deja de ser un tanto equívoco, ya que es, sobre todo, de Vértigo (1958) de donde más bebe el director francés. Como sucedía en la mítica cinta de Hitchcock, Carlotta (Marion Cotillard) regresa "de entre los muertos" veintiún años después de que se la diese por desaparecida. Rasgo de tono fantasmagórico que la emparenta con la mujer que interpretaba Kim Novak hace ahora seis décadas y que —como curiosamente sucedía, asimismo, en 8 mujeres (2002) de François Ozon— nos mira fijamente desde el interior de un inquietante retrato al óleo que cuelga de la pared en casa del protagonista.

Sylvia (Charlotte Gainsbourg) es, por último, el eslabón que faltaba para completar un puzle de compleja resolución en el que no todas las piezas encajan con la misma facilidad. En cualquier caso, ella es la esposa resignada que ocupó el vacío dejado por Carlotta y que ahora deberá enfrentarse, con flemático estoicismo, a la repentina e inesperada irrupción de su predecesora (que es, por cierto, la hija de un neurótico director de cine judío con el que Ismaël tiene también sus más y sus menos y al que éste acompañará hasta Tel Aviv con motivo de una retrospectiva que allí le dedican).

Sylvia (Charlotte Gainsbourg) junto a Ismaël en el cementerio


En fin, ¿alguien da más? Y eso no es todo: quien tenga la paciencia de aguantar hasta el final las más de dos horas del montaje del director también podrá ver a la Cotillard bailando al son de Bob Dylan, así como identificar (o al menos intentarlo) las citas textuales extraídas de las obras de Lacan o Philip Roth que contienen los diálogos... No es, pues, de extrañar la frialdad con la que Los fantasmas de Ismaël fue acogida en su presentación en el Festival de Cannes del año pasado: es prácticamente la misma que le ha dispensado la cartelera barcelonesa, donde el filme sólo puede verse en un par de salas...


El director Arnaud Desplechin en pleno rodaje

lunes, 19 de junio de 2017

Testigo (2016)




Título original: La mécanique de l'ombre
Director: Thomas Kruithof
Francia/Bélgica, 2016, 88 minutos

Testigo (2016) de Thomas Kruithof


Bastante tiene que gustarle la música de Philip Glass al debutante Thomas Kruithof a juzgar por la compacta partitura con la que ha arropado su ópera prima: de no ser porque en los créditos figura el nombre de Grégoire Auger, se diría que la banda sonora ha sido creada por el prestigioso compositor americano. Y es que, pese a su ambientación francófona (con Président de la République imaginario incluido), los referentes más reconocibles en La mécanique de l'ombre proceden del cine de Hollywood.

De entrada tenemos a ese ciudadano "anónimo" (un François Cluzet que oscila, a ratos, entre el Cary Grant de Con la muerte en los talones y el Dustin Hoffman de Marathon Man), gris hombre maduro, burócrata eficaz y asistente habitual a las reuniones de alcohólicos rehabilitados que, de la noche a la mañana, se ve envuelto en una trama levemente kafkiana. Y todo ello sin que se llegue a igualar el modelo que pretendía emularse...



Si, además, el poético título original es sustituido en nuestras carteleras por el anodino Testigo, se comprenderá que la intriga se acabe diluyendo como pólvora mojada. "Propone mucho y no concluye nada", que diría Cervantes.

Con todo (y a pesar de los pesares), se logra crear una atmósfera reconcentrada gracias a la fotografía de Alex Lamarque que tiene su mejor expresión en ese sombrío apartamento en el que Duval debe enfrentarse a la soledad de quien transcribe cintas de casete frente a una destartalada máquina de escribir. Y aunque los insertos en detalle del interior del aparato sean un poco gratuitos, lo cierto es que el reparto de La mécanique de l'ombre no está nada mal: Denis Podalydès (Clément), Sami Bouajila (Labharte), Simon Abkarian (Gerfaut), la italiana Alba Rohrwacher (Sara)...