Mostrando entradas con la etiqueta Wenceslao Fernández Flórez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Wenceslao Fernández Flórez. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de febrero de 2022

Volvoreta (1976)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1976, 87 minutos

Volvoreta (1976) de José Antonio Nieves Conde


—¿Cómo te llamas?
—Federica.
—¿Federica?... Ese no es un nombre de criada.
    Y se volvió para mirar recelosamente el aspecto poco rústico de la moza, en la que la sencilla blusa blanca y la negra saya y los cabellos rizados junto a las sienes delataban un leve refinamiento ciudadano. Doña Rosa observó con cierto disgusto que los zapatos de la muchacha tenían alto el tacón y que llevaba al aire la rubia cabeza, sin el habitual abrigo del pañuelo de seda atado bajo el mentón, con el que doña Rosa había visto, sin excepción alguna, a toda cuanta criada llamó a sus puertas en busca de jornal.

Wenceslao Fernández Flórez
Volvoreta

Además del año de la Revolución rusa, 1917 fue también el de la publicación de Volvoreta, novela que seis décadas más tarde sería llevada a la gran pantalla por José Antonio Nieves Conde. En esencia, el pintoresquismo galaico que rezuman sus páginas, unido a la efervescencia social del contexto histórico, conforman el marco por el que discurre una trama de señores y lacayos en la que un joven opositor al cuerpo de oficiales de Correos se siente irresistiblemente atraído por una sensual criada apodada "Mariposa" ("Volvoreta", en lengua gallega).

Lo cierto es que el erotismo de muchas de las escenas de la versión cinematográfica ya estaba presente en el texto de Fernández Flórez, si bien la presencia de Amparo Muñoz, mito erótico donde los haya, contribuye en buena medida a acentuar dicha sensualidad. Lo cual da como resultado una cinta a medio camino entre lo que vendría a ser una mera producción de época y, al mismo tiempo, un producto comercial cuyo atractivo más visible reside en los encantos de su protagonista femenina.



Según parece, la película tenía que haber sido dirigida por Rafael Moreno Alba (1942–2000), quien finalmente se cayó del proyecto pese a haber escrito un magnífico libreto con el elocuente subtítulo de "guion-manifiesto para tiempos nuevos". En ese sentido, ni la realización de Nieves Conde ni, mucho menos, su propio guion alcanzan la trascendencia de lo que en origen estaba previsto que fuese una especie de relectura con alusiones a la incipiente transición política que se estaba gestando en aquella España del 76.

En definitiva, el resultado final, bastante más atenuado en sus premisas y ambiciones, quedó un poco en tierra de nadie. No deja de ser, eso sí, la historia de un desclasado (Antonio Mayans) que deberá hacer frente a los numerosos impedimentos de orden social que se interponen entre él y su adorada Volvoreta. De ahí el recorrido del personaje a través de distintos ambientes, que van desde el lujoso pazo de los Abelenda hasta la redacción de El Avance, diario de ideología republicana.



martes, 10 de agosto de 2021

El destino se disculpa (1945)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1945, 86 minutos

El destino se disculpa (1945) de Sáenz de Heredia


La singular estructura con la que está dotada El destino se disculpa (1945) la convierte en algo parecido a un filme de episodios cuyo hilo conductor vendrían a ser las vicisitudes a que deben hacer frente dos buenos amigos: Teófilo (Fernando Fernán Gómez) y Ramiro (Rafael Durán). En realidad, ambos personajes, un poetastro y un cómico que un buen día, a fin de probar fortuna en la vida teatral madrileña, abandonaron su Replanillos natal (localidad imaginaria de Soria, "con sus 16000 habitantes, su cabeza de partido, y su estación de ferrocarril de cuatro andenes, con transbordo para la línea de Calatayud"), no son más que una excusa de la que se vale El Destino (Nicolás Perchicot) en el afán por justificar ante el espectador su inocencia con respecto a "todas las tonterías que los hombres cometen por su libre voluntad".

No puede negarse que dicho planteamiento resulta cuando menos ingenioso, sobre todo teniendo en cuenta que tanto la historia como los diálogos de la película son obra del insigne Wenceslao Fernández Flórez (1884–1964), quien a la sazón adaptaba su propio relato "El fantasma". Así pues, ni las andanzas de Ramiro como locutor de radio ni su infortunada relación con la bella Elena (Mary Lamar) son culpa de ese entrañable ancianito que cuelga pasquines por las esquinas. Como tampoco tiene nada que ver en el accidente que manda a Teófilo al otro barrio o en las estafas millonarias de las que será víctima Ramiro.



La moraleja que se desprende de tan original parábola (o "fantasía occidental", como la calificó su autor) conecta de pleno con el concepto de libre albedrío en la plena acepción del término: "Potestad de obrar por reflexión y elección". Es decir, que de nada sirve arremeter contra nuestra buena o mala estrella cuando lo cierto es que, muy a menudo, es el propio individuo quien se complica absurdamente la existencia por su extrema ligereza.

Además de todo lo expuesto, la película que nos ocupa destaca, asimismo, por ese toque entre sobrenatural y humorístico tan propio de una determinada literatura de los años cuarenta. Una particular forma de burlarse de tantísimas solemnidades contra cuyo poder inexorable poco puede hacer el ser humano, pero que al concretarse en espíritu materializado en pisapapeles quijotesco, palo de golf o queso gruyer nos mueve a risa en lugar de provocar terror. De ahí que al final, tras las prolijas alegaciones de El Destino y las sabias advertencias del etéreo Teófilo, Ramiro acabe asumiendo su mediocridad al tiempo que sucumbe al amor (el verdadero) de la siempre incondicional Valentina (María Esperanza Navarro).



sábado, 31 de octubre de 2020

El bosque animado (1987)




Director: José Luis Cuerda
España, 1987, 107 minutos

El bosque animado (1987) de J.L. Cuerda


La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto. ¡Señor, si no veis más que vida en torno! Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos, con la prisa de todas sus patitas entorpecidas por los obstáculos de aquella selva virgen que para ellos representan los musgos, las zarzas, los brezos, los helechos. El corazón de la tierra siente sobre sí este hervor y este abrigo, y se regocija.

Wenceslao Fernández Flórez
El bosque animado

Pocos libros hay tan deliciosos como esa joya cuasi panteísta que Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), amparándose en modelos ligeramente telúricos como El libro de las tierras vírgenes (1894) de Kipling, ambientó en las profundidades de su Galicia natal. Un cuadro abigarrado, rezumante de vida, por cuyas dieciséis estancias desfilan los más diversos seres que conforman ese microcosmos. A priori, y habida cuenta de que los pinos dialogan con el eucalipto, el ratón con el topo y que las moscas pronuncian encendidas arengas, podría parecer que se trata de una obra inadaptable. Pero la pericia de Rafael Azcona alumbró un guion que, además de ser un portento en lo tocante a conferirle cohesión al carácter episódico de la novela, permitiría el lucimiento de actores de la talla de Alfredo Landa, cuya recreación del bandido Fendetestas ("¡Me caso en Soria!") le valió un merecidísimo Goya a la mejor interpretación masculina.



Enmarcada en la fotografía un tanto tenebrista de Aguirresarobe, la lectura que de El bosque animado propone José Luis Cuerda bebe de ese surrealismo tan sui géneris (surruralismo lo llamaba él, con su habitual sorna albaceteña) que estará también presente en Amanece que no es poco (1989) y otros títulos emblemáticos de la filmografía del director manchego. Una particular visión del mundo en la que lo primordial, amén de un inclasificable sentido del humor, pasa por congraciarse con quienes no poseen más que la humilde ambición de ver realizados sus sueños a pesar de la miseria en la que viven inmersos.

Y es que, aparte del ya mencionado Malvís (alias Fendetestas), que se desvive por aparentar una fiereza que está lejos de poseer (por eso le devuelve a Pilara el duro que la niña había perdido y que él tuvo la suerte de encontrar), el resto de personajes va asimismo tras de un ideal prácticamente inalcanzable. Es el caso del alma en pena de Fiz Cotovelo (genial Miguel Rellán) o de Geraldo el cojo (Tito Valverde), a quien la pierna que perdió en un barco ballenero no le impide ser un consumado zahorí pero sí que la bella Hermelinda (Alejandra Grepi) repare en él.

Un reparto coral en el que intervienen muchos otros secundarios, como el mítico Fernando Rey en el papel del señor D'Abondo, Encarna Paso en el de la mísera Juanita Arruallo, María Isbert encarnando a la moribunda meiga Moucha o Luis Ciges en la piel del dadivoso loco de Vos. "Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres...", sentenciará Fernández Flórez en el ultílogo que cierra la obra. Sin embargo, Azcona y Cuerda se muestran un poco más benévolos con sus criaturas, de modo que el modesto pocero gozará en vida de los encantos de su idolatrada Hermelinda y no a través de la extraña fantasía en el umbral de la muerte con la que finaliza la novela.



lunes, 11 de mayo de 2020

El malvado Carabel (1956)




Director: Fernando Fernán Gómez
España, 1956, 81 minutos

El malvado Carabel (1956)
de Fernando Fernán Gómez


Apuesto cualquier suma a que es ésta la vez primera que alguien os habla de Amaro Carabel. Sin embargo, hizo en el mundo algo más importante que aquella rana que sugirió a Galvani la sospecha de la electricidad; y esa rana es célebre y la amable oportunidad con que movió sus ancas sobre el cinc de un balcón es referida con encomio por todos los profesores de primera enseñanza. 

Estoy asimismo seguro de que nunca ha llegado a vosotros el nombre de Alodia, la animosa y amable tía de Carabel; pero me negaré obstinadamente a creer que hay en la tierra una sola persona culta que desconozca a la madre de este hombre cuya historia escribimos.

Wenceslao Fernández Flórez
El malvado Carabel

Título irónico donde los haya, El malvado Carabel no es sino la historia de un buenazo. Que, harto de su mala estrella, decide un buen día probar fortuna como malo malísimo, a ver si así las cosas le van un poco mejor. Pero nada, ni por ésas: que el sujeto en cuestión está hecho de una pasta especial y no sabe ser ruin ni aun proponiéndoselo...

En ésta, como en tantas otras de sus películas, Fernando Fernán Gómez encarna a ese ser enclenque y anónimo, cómico sin pretenderlo y patético en su insignificancia, que termina resultando entrañable más por lástima que por méritos propios. Y claro: al final uno no tiene más remedio que reírse de ver lo torpe que llega a ser el tal Amaro de marras.



Siempre hay, por eso, una joven dispuesta a renunciar a un acomodado estomatólogo (un sacamuelas, para entendernos) con tal de darle una oportunidad al pobre oficinista que perdió su empleo. Y eso que la madre de la susodicha es una suegra en potencia que no ve con buenos ojos que su hija acompañe al altar a semejante inútil. A este respecto, Silvia (María Luz Galicia) es a Carabel lo que la savia al árbol, de ahí que la voz en off que apostilla las desventuras del protagonista remate su relato intentando consolarlo: "Bah, ¿qué importa? ¡Sonríe, Carabel! Te han vaciado el bolsillo, pero te han llenado de un golpe el corazón, ¿no? Y tú, a pesar de ser un hombre como otro cualquiera, sabes cuál es más importante de los dos".

Tercer largometraje dirigido por el actor, tras Manicomio y El mensaje, ambas de 1954, El malvado Carabel (1956) conserva el peculiar sentido del humor del que hace gala Wenceslao Fernández Flórez en la novela homónima. Por ejemplo, la terrible lucha que mantiene el protagonista con una caja de caudales; o, en clave picaresca, la disparatada ocurrencia de robar un niño para enseñarle a pedir limosna como a mozo de ciego. Otras agudezas, en cambio, (caso de un par de alusiones a la lengua catalana: requisito para optar a un empleo según reza un anuncio del periódico y breve conversación, en ese idioma, de un par de huéspedes en un hotel de lujo) parecen más bien una osadía, cosecha del propio Fernán Gómez, que a saber cómo pasaron la censura de aquel entonces.


martes, 22 de enero de 2019

La casa de la lluvia (1943)




Director: Antonio Román
España, 1943, 88 minutos

La casa de la lluvia (1943) de Antonio Román


Pese a estar basada en una novela de Wenceslao Fernández Flórez, tiene La casa de la lluvia ese ligero toque de misterio tan propio de algunas obras teatrales de Jardiel Poncela. Aunque, a decir verdad, carece casi por completo de la vertiente humorística del autor de Eloísa está debajo de un almendro o Usted tiene ojos de mujer fatal. Y es que aquí los tiros iban por otros derroteros.

Ensalzado por unos, vilipendiado por otros, el director Antonio Román (1911–1989) se hallaba en los inicios de su fructífera carrera cuando dirigió esta rocambolesca intriga en torno al deseo que suscita la joven Lina (Blanca de Silos) entre los hombres que la rodean. Uno de ellos es su tío y tutor legal (Nicolás Perchicot); el otro, el propietario del pazo al que van a parar el tal señor Morell y su sobrina. Este último (Luis Hurtado) es un individuo maduro que responde al nombre de Fernando y está casado con la sumisa Teresa (Carmen Viance).

Antonio Román (de pie tras la butaca) con el equipo de rodaje

Sin ser consciente de ello, Román está planteando una puesta en escena que guarda no pocas similitudes con el particular (y posterior) universo de Luis Buñuel. Es más: no sólo accedemos a la intimidad de los personajes a través del ojo de la cerradura, sino que la lluvia posee un evidente valor simbólico de carácter sexual.

Pero si hay algo que realmente convierte en insólito a este viejo filme de la inmediata posguerra es el hecho de que se atreve a abordar temas considerados tabú por la estricta moral de la época, como por ejemplo toda la estratagema de la que se sirve Lina para huir de las garras incestuosas del inquietante Morell y su gusto por la hipnosis y demás ciencias ocultas: mujer fuerte a la que toman por loca y, hasta cierto punto, femme fatale, no dudará en aprovecharse del ingenuo Fernando para escapar con él del pazo y, ante el estupor de éste, marcharse, una vez libre, con un novio de cuya existencia el adúltero (y luego suicida) no tenía noticia.


sábado, 22 de septiembre de 2018

Los que no fuimos a la guerra (1962)




Título alternativo: Ha estallado la paz
Director: Julio Diamante
España, 1962, 95 minutos

Los que no fuimos a la guerra (1962) de Julio Diamante


Pese a estar basada en una novela de Wenceslao Fernández Flórez que se publicara en 1930 (curiosamente, el mismo año de nacimiento de Julio Diamante), a la censura franquista no le pasó por alto el hecho de que la ópera prima del director gaditano contenía alusiones veladas a la guerra civil española, motivo que propició no sólo cuantiosos cortes, sino incluso un cambio de título —Ha estallado la paz— eufónicamente vinculado con la entonces próxima celebración, por parte del régimen, de los veinticinco años del final de la contienda.

En ese aspecto, conviene no perder de vista que, pese a que la conflagración a la que alude el título es la Primera Guerra Mundial, la inclusión de un prólogo y un epílogo ambientados en el presente daba a entender que el anciano Javier (Agustín González) también se estaba refiriendo a nuestra Guerra Civil cuando, tras confesar que consume "grandes dosis de cine, esa barata morfina de nuestro tiempo", dice aquello de: "Hoy he tenido mala suerte. La película era de guerra y he pasado un mal rato pues me ha hecho recordar viejos y desdichados instantes..." Y a fe que fueron desdichados, teniendo en cuenta que al pobre infeliz le costaron, entre otras fatigas, su relación con la bella Aurora (Laura Valenzuela).

Javier (Agustín González) y Aurora (Laura Valenzuela)

Película de época dotada de un innegable tono melancólico, Los que no fuimos a la guerra es, al mismo tiempo, una comedia de costumbres en la que se satiriza la bipolarización de la en teoría neutral sociedad española entre germanófilos y francófilos. Otro guiño del comprometido Diamante, a la sazón miembro del Partido Comunista desde 1955 y encarcelado y expulsado, por dicho motivo, del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, a aquellas dos Españas de las que hablase Machado en un célebre poema para advertir a los incautos españolitos que una de las dos habría de helarles el corazón. No en vano, la imaginaria ciudad de provincias en la que transcurre la acción se llama sintomáticamente Iberina...

Surgidos de la pluma de Fernández Flórez o del no menos brillante talento del director y guionista del filme (que por algo se apellida Diamante), los diálogos contienen verdaderas humoradas. Como cuando, recién llegado de Hendaya, el literato Medinilla es recibido por sus contertulios del casino local al grito entusiasta de Liberté!, Egalité!, Fraternité! A lo que el ocurrente diletante responde, siguiendo la rima y dirigiéndose al camarero: "¡Café!" Por no hablar de don Arístides (Pepe Isbert) y don Amalio (Félix Fernández), ridículamente serios en el desempeño de su labor como líderes de las respectivas facciones locales y acérrimos enemigos por mor del conflicto europeo, pese a que con anterioridad compartían azotea y compadrazgo.

Aunque no son los únicos personajes destacables de un reparto coral: el "iluminado" Aguilera (Juanjo Menéndez), inventor de la naranjina, combustible a base de cáscaras de naranja, y perdedor nato como su amigo Javier, es uno de los secundarios más memorables. O ¿qué decir de Pons (Ismael Merlo), consumado maestro en el castizo arte de dar el sablazo? O de Fandiño (Xan das Bolas), propietario del bar donde se instala el primer cinematógrafo de la villa. Todos ellos entrañablemente tronados, dignos representantes de una causa perdida de antemano y a los que, dado el escaso protagonismo del que gozan en la película los integrantes del sector germanófilo (a priori más fácilmente identificable, si se tiene en cuenta el origen geográfico de su ideario, con el bando franquista), cabría considerar trasunto de una generación posterior (la del propio Julio Diamante) que, sin haber participado en la Guerra Civil (y de ahí el título de la cinta, oportunamente rescatado para la ocasión), vio, sin embargo, condicionada su vida por las consecuencias derivadas de la derrota republicana.

"¡Viva Francia!" - Don Amalio (Félix Fernández) despidiendo a Pons

lunes, 20 de agosto de 2018

El sistema Pelegrín (1952)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1952, 86 minutos

El sistema Pelegrín (1952) de Iquino


El inefable Iquino, aquel prolífico director y productor capaz de levantar un imperio cuando el cine español era poco menos que un erial, fue el responsable de llevar a la pantalla El método Pelegrín, adaptación de la novela homónima que Wenceslao Fernández Flórez había publicado en 1949 con el peculiar subtítulo de Memorias de un profesor de cultura física. De hecho, sería el propio escritor gallego quien se encargase de escribir el guion y los diálogos, lo cual salta enseguida a la vista. No hay más que ver escenas como la que a continuación reproducimos para reconocer en el acto su estilo inconfundible:

(Héctor Pelegrín, al que no le gustan nada los "bichos" del bosque, huye despavorido porque lo persigue lo que él considera una alimaña inmunda)

MARTÍNEZ: ¿Qué hace usted aquí?
HÉCTOR: ¡Me siguen!
MARTÍNEZ: ¿Quién? 
HÉCTOR: ¡Un conejo bravo!



Aunque, en realidad, el tal Pelegrín (Fernán Gómez), ser timorato en la frondosidad de la floresta (amén de lamentable agente de seguros), se revelará más tarde como un consumado "pedagogo" merced a unas disparatadas teorías, a cuál más estrambótica (desde el binomio de Windsor hasta el tenis "cristiano"), pero que, sin embargo, lograrán convencer al director del Gran Colegio Ferran para que lo contrate (pese a que la oferta inicial era para dar unas lecciones de álgebra) como monitor de gimnasia y entrenador del equipo de fútbol que el joven enseguida le propone fundar. 

Queda claro que labia no le falta, para los deportes pero también para ligarse a la profesora de música (interpretada por Isabel de Castro, una actriz portuguesa que por aquel entonces trabajó bastante en España), asegurar la viabilidad económica del centro y, ya puestos, tener contentos a los padres de los alumnos.

PELEGRÍN: Oiga, usted: el señor Martínez ha vuelto a insistir en que quiere que su hijo sea el guardameta de nuestro equipo.
DIRECTOR: (indignado) ¡Y usted me lo dice! ¡Usted cree que puede ser!
PELEGRÍN: Lo que yo creo es que cuando un hombre acaba de darnos un cheque, un robusto cheque para pagar todo esto, no debemos detenernos a examinar la fortaleza o debilidad de su hijo: cheques tiene muchos; hijos, nada más que éste: aceptemos los unos y el otro. ¡Querido director, déjeme que le guíe!



Porque lo cierto es que les ha salido un duro competidor: la Academia Enciclopédica, que fundó el engreído y bigotudo señor Moscoso (Manuel Monroy) tras escindirse del Gran Colegio Ferran. La rivalidad entre ambas instituciones quedará escenificada con el memorable partido en el que se enfrentan sus respectivos equipos. Pero el encuentro acaba como el rosario de la aurora, demostrándose que los métodos de Héctor son un peligro tanto para su integridad física como para mantener el orden en el pueblo. Tendrá que ser entonces Luisa, la profesora de música, quien ponga sentido común con una decisión salomónica que satisfaga a los dos bandos.

Rodada en los estudios que Iquino tenía en el Paralelo, así como en localizaciones de Esplugues de Llobregat y Barcelona (me pregunto a qué colegio debe pertenecer el patio donde el protagonista entrena con sus alumnos), El método Pelegrín, pese a tocar tangencialmente el tema de la educación, se enmarca en las denominadas comedias deportivas, generalmente de trasfondo futbolístico, que por aquellos años gozaban de enorme popularidad. Otros títulos en la misma línea serían El fenómeno (1956, de nuevo con Fernán Gómez) y El hincha (1958), ambas de José María Elorrieta, o, ya en los setenta, Las ibéricas F.C. (1971) de Pedro Masó o La liga no es cosa de hombres (1972) del propio Iquino y protagonizada por Cassen.


sábado, 28 de abril de 2018

El Capitán Veneno (1951)




Director: Luis Marquina
España, 1950, 85 minutos



- I -

Un poco de historia política

La tarde del 26 de marzo de 1848 hubo tiros y cuchilladas en Madrid entre un puñado de paisanos que, al expirar, lanzaban el hasta entonces extranjero grito de ¡Viva la República!, y el Ejército de la Monarquía española (traído o creado por Ataúlfo, reconstituido por Don Pelayo y reformado por Trastamara), de que a la sazón era jefe visible, en nombre de doña Isabel II, el Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, don Ramón María Narváez...

Y basta con esto de historia y de política, y pasemos a hablar de cosas menos sabidas y más amenas, a que dieron origen o coyuntura aquellos lamentables acontecimientos.

Pedro Antonio de Alarcón
El Capitán Veneno

El repaso pormenorizado de los títulos de crédito de El Capitán Veneno nos deja alguna que otra sorpresa: diálogos de Wenceslao Fernández Flórez, música de Cristóbal Halffter... Nombres ilustres de los que cabe inferir la importancia de una película que hoy podría pasar, erróneamente, por una de tantas producciones históricas del cine español de finales de los cuarenta y primeros cincuenta.

Cantando una jota

El carácter cómico de la misma ya estaba presente en el texto de Pedro Antonio de Alarcón en el que se basa, si bien con un estilo muy diferente. Compárese, si no, la alambicada prosa alarconiana con el chiste que, en boca del colérico Jorge de Córdoba, abre la acción en la película:

¿El rey? ¿A qué viene el rey? Qué terrible imprudencia, el rey en la mesa, cuando no tenemos más que dos copas. ¿No comprende usted que me obliga a soltar el tres, en beneficio de Suárez, que tiene el as?

Juego de palabras que contrasta vivamente con la prolija descripción que hallamos al frente del original decimonónico:

- II -

Nuestra heroína

En el piso bajo de la izquierda de una humilde pero graciosa y limpia casa de la calle de Preciados, calle muy estrecha y retorcida en aquel entonces, y teatro de la refriega en tal momento, vivían solas, esto es, sin la compañía de hombre ninguno, tres buenas y piadosas mujeres, que mucho se diferenciaban entre sí en cuanto al ser físico y estado social, puesto que éranse que se eran una señora mayor, viuda, guipuzcoana, de aspecto grave y distinguido; una hija suya, joven, soltera, natural de Madrid y bastante guapa, aunque de tipo diferente al de la madre (lo cual daba a entender que había salido en todo a su padre); y una doméstica, imposible de filiar o describir, sin edad, figura ni casi sexo determinables, bautizada, hasta cierto punto, en Mondoñedo, y a la cual ya hemos hecho demasiado favor (como también se lo hizo aquel señor Cura) con reconocer que pertenecía a la especie humana...

Queda clara, pues, la pericia del director Luis Marquina a la hora de traducir en imágenes un material tan, a priori, alejado de la gramática cinematográfica. Y que, interpretado por un elenco de actores encabezado por Fernando Fernán Gómez y Sara Montiel (y en el que no faltaron los habituales secundarios: Pepe Isbert como el perogrullesco doctor Sánchez, Manolo Morán haciendo de relamido primo del protagonista o Julia Lajos en el papel de Marquesa de Villadiego), conforma un delicioso cuadro en torno a la disparatada figura de un atrabiliario oficial, herido de guerra y soltero irredento.

Rasgos, estos últimos, que encajaban a la perfección en la escala de valores franquista, al tratarse de un héroe que pone en peligro su integridad física intentando sofocar una sublevación republicana (palabra que aún conservaba temibles connotaciones apenas transcurrida una década tras la contienda civil) y que finalmente sucumbe a los encantos de la vida familiar.


sábado, 16 de julio de 2016

Camarote de lujo (1959)




Director: Rafael Gil
España, 1959, 88 minutos

Camarote de lujo (1959) de Rafael Gil


Luz de luna es una novela que Wenceslao Fernández Flórez publicó en 1915, en los inicios de su carrera literaria, y que varios decenios después llevaría a la gran pantalla Rafael Gil bajo el título de Camarote de lujo. La acción se centra en el joven Aurelio, un muchacho que abandona la aldea gallega en la que vivía con sus padres para ir a trabajar a La Coruña, concretamente en las oficinas de una compañía encargada de fletar los barcos repletos de emigrantes que parten rumbo a América.

El conflicto viene dado por el hecho de que Aurelio (Antonio Casal) es tan noble que no puede sufrir el trato que don Fabián (José Marco Davó) y Ernesto (Fernando Sancho) dispensan a las pobres familias que se ven en la obligación de tener que abandonar su tierra en busca de un futuro mejor. Y no son sólo las formas sino que además les cobran unos precios abusivos mediante sobresueldos y demás componendas.

No tardará, pues, Aurelio en verse de patas en la calle por intentar ayudar a un tal Juan Cadaval a obtener el pasaje que legítimamente le correspondía, con lo que darán comienzo sus quebraderos de cabeza.

Hay, al mismo tiempo, dos subtramas: la que tiene lugar en la triste pensión donde se hospeda Aurelio y en la que habitan tipos tan singulares como don Armando (Manolo Morán) o la hija de la propietaria, Elvira (Nelly Morelli), siempre enferma y, por otra parte, la relación amorosa que entablan Aurelio y su vecina Guadalupe (María Mahor). Mención aparte merece la escena del sueño, en el que Aurelio ve colmados sus deseos, en especial el de saciar su apetito de mermelada...

En definitiva, y pese a las apariencias de crítica social que pueda sugerir Camarote de lujo en una primera lectura, lo cierto es que si se examina con más detenimiento será fácil darse cuenta de que la película no plantea ninguna solución real ni para erradicar la pobreza que empuja a los gallegos a emigrar ni, mucho menos, para castigar a quienes especulan con la desesperación de los emigrantes. Por contra, todo se resuelve con una simple ensoñación en la que el lujo parece ser el remedio fácil que alivie sus penurias.

lunes, 12 de octubre de 2015

El hombre que se quiso matar (1942)




Director: Rafael Gil
España, 1942, 80 minutos

El hombre que se quiso matar (1942)


El primer largometraje dirigido por Rafael Gil fue esta adaptación de un disparatado relato de Wenceslao Fernández Flórez sobre un joven apocado que, no ocurriéndosele nada mejor para llamar la atención de sus semejantes, decide anunciar públicamente que tiene la intención de quitarse la vida.

Tanto la elección de Fernández Flórez como el elenco de actores que intervienen (Antonio Casal, Camino Garrigó, Xan das Bolas...) se repetirían en años venideros, confirmando el éxito de una de las carreras más prolíficas del cine español, con setenta filmes a sus espaldas.

En el caso que nos ocupa, la comicidad se consigue por aquello de que a los locos conviene darles la razón y, claro, al pobre Federico Solá se le abren todas las puertas con la tontería. Normal: para el tiempo que le queda... Así se van sucediendo los disparates uno tras otro, primero por lo patoso de sus intentonas suicidas y, más tarde, por lo descarado e incluso temerario de las opiniones que el arquitecto irá vertiendo por aquí y por allá.

En todo caso, se comprenderá que, conforme va teniendo éxito en su estrategia, Federico se envalentone y acabe por conseguir, a base de su desparpajo y pico de oro, no sólo el amor de Irene (Rosita Yarza) y un puesto en la empresa del padre de esta, el señor Argüelles (Manuel Arbó), sino una inmensa popularidad en toda la ciudad.