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jueves, 3 de septiembre de 2020

Una historia verdadera (1999)




Título original: The Straight Story
Director: David Lynch
EE.UU./Francia/Reino Unido, 1999, 112 minutos

Una historia verdadera (1999) de David Lynch


Asociar el universo de un cineasta tan iconoclasta como David Lynch con los productos convencionalmente familiares de la factoría Disney no parece que, a priori, pudiera dar como resultado una película de las proporciones de The Straight Story (1999). Y, sin embargo, el periplo del anciano protagonista a lomos de una destartalada cortadora de césped que lo llevará desde Laurens (Iowa) hasta Mount Zion (Wisconsin) acaba adquiriendo una trascendencia cercana, en su patetismo, a las andanzas de un don Quijote moderno.

Porque las reflexiones del susodicho Alvin (Richard Farnsworth), lento y cachazudo como un veterano cowboy, en nada desmerecen a las de aquel Alonso Quijano que un buen día se echó a los caminos emprendiendo una empresa no menos descabellada que la suya. "¿Qué es lo peor de la vejez, Alvin?", le pregunta un mozalbete imberbe cargado de cinismo. Y el interfecto, que será septuagenario pero no tonto, le suelta sin inmutarse: "Lo peor de ser viejo es que te acuerdas de cuando eras joven…" Memento mori, como dirían los clásicos, que deja sin palabras al curioso impertinente y, de paso, al propio espectador.



Resulta, asimismo, admirable el motivo por el que semejante testarudo se empeña en llevar a cabo tamaña proeza. Una demostración de amor fraternal cuyo mérito es aún mayor si se tiene en cuenta que ambos hermanos llevaban una década sin dirigirse la palabra. De modo que el hecho de que el pobre Lyle (Harry Dean Stanton) haya padecido un infarto será la ocasión propicia para que Alvin se arme de valor y decida ponerse en marcha pese a sus evidentes problemas de movilidad.

Ni que decir tiene que serán cuantiosos los obstáculos que le vayan surgiendo a lo largo del trayecto, aunque no faltarán almas caritativas que lo acojan y ayuden con suma amabilidad y comprensión (caso del matrimonio en cuyo jardín acampa durante varias noches). Otras veces, en cambio, será el propio Alvin quien logre iluminar, gracias a la sabiduría que dan los años, a alguna autoestopista en horas bajas. Y como en todo filme lyncheano no podía faltar lo enigmáticamente inexplicable, como aquella infeliz conductora predestinada a atropellar a todos los ciervos que se le crucen por delante.


domingo, 26 de abril de 2020

En busca del fuego (1981)




Título original: La guerre du feu
Director: Jean-Jacques Annaud
Canadá/Francia, 1981, 100 minutos

En busca del fuego (1981) de Jean-Jacques Annaud


Se ha dicho, y no sin razón, que La guerre du feu vino a ser una especie de prolongación de lo ya expuesto por Kubrick y Arthur C. Clarke en las secuencias iniciales de 2001. No en vano, ambos filmes comparten un mismo rigor en su reconstrucción de los albores de la humanidad, huyendo del efectismo anacrónico de producciones al estilo de Hace un millón de años (1966) de Don Chaffey, en la que una imponente Raquel Welch en biquini convivía con criaturas del jurásico como si ello fuese lo más normal del mundo.

En cambio, el francés Jean-Jacques Annaud prefirió contar con dos genios a la hora de darle forma a esta singular epopeya prehistórica: por una parte, el guionista Gérard Brach (colaborador habitual de cineastas como Roman Polanski) y, en segundo lugar, el escritor Anthony Burgess, célebre por ser el autor de la novela que daría pie a La naranja mecánica (1971) y a cuyo cargo corrió el concebir las lenguas que hablan los cavernícolas protagonistas en su desesperada búsqueda del fuego.



Sin embargo, no todo es completamente verosímil en esta película. Por ejemplo, está el tema del contraste entre los diferentes entornos en los que transcurre la acción. Y es que, pese al minucioso trabajo de localización, con exteriores rodados en Canadá, Escocia y Kenia, se le podría reprochar la excesiva variedad de hábitats por los que atraviesan unos individuos que únicamente se desplazan a pie y que, por lo tanto, es de suponer que recorrerán distancias mucho menores que las que separan la sabana, con sus áridas llanuras, de los frondosos bosques de clima oceánico.

Pasa un poco lo mismo con las distintas especies de homínidos que cohabitan a escasos metros unas de otras. Así pues, si el clan que anda en busca de la preciada lumbre son homo sapiens, ¿a qué especie pertenecen los peludos asaltantes que irrumpen en una de las primeras escenas? Y los caníbales de nariz perforada, ¿son neandertales? ¿Qué son, entonces, los miembros de la tribu de Ika (Rae Dawn Chong), sensiblemente más desarrollados que los otros, puesto que, además de saber hacer fuego y fabricar armas mucho más elaboradas, poseen el don de la risa? En cualquier caso, y a pesar de este tipo de detalles, La guerre du feu continúa siendo, a día de hoy, una de las aproximaciones más certeras a nuestros orígenes, con alguna que otra pincelada (la secuencia de los mamuts, el plano final de la pareja contemplando la luna) que dejaría entrever una religiosidad incipiente.