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sábado, 31 de diciembre de 2022

Eugénie Grandet (1994)




Director: Jean-Daniel Verhaeghe
Francia, 1994, 90 minutos

Eugénie Grandet (1994) de Jean-Daniel Verhaeghe


Todo poder humano es una composición de paciencia y de tiempo. Los poderosos quieren y velan. La vida del avaro es un constante ejercicio del poder humano puesto al servicio de la personalidad. Sólo se apoya en dos sentimientos: el amor propio y el interés. Pero siendo el interés, en cierto modo, el amor propio sólido y bien entendido, el atestado continuo de una superioridad real, resulta que amor propio e interés son dos partes de un mismo todo: el egoísmo. De ahí procede quizá la prodigiosa curiosidad que provocan los avaros hábilmente llevados a la escena.

Honoré de Balzac
Eugénie Grandet (1834)
Traducción de Luis Romero

Sólida recreación de lo que debió de ser una ciudad de provincias en la Francia decimonónica: el vestuario, los decorados, los exteriores... Hasta el crepitar de la lumbre en la chimenea nos transporta de inmediato a una época que vio cómo la burguesía imponía definitivamente su concepción materialista del mundo. También la iluminación, a base de velas en algunas escenas de interior, un poco en la línea del Kubrick de Barry Lyndon (1975), contribuye a insuflar vida en el texto de Balzac como pocas veces se ha logrado en las muchas adaptaciones que ha conocido este clásico de la literatura universal.

Queda clara, pues, la pericia del realizador Jean-Daniel Verhaeghe a la hora de plasmar en imágenes los avatares de la familia Grandet, cuyo patriarca (interpretado en esta ocasión por Jean Carmet, quien fallecería apenas un par de meses después de la emisión del telefilme) encarna la avaricia propia de todos aquellos que anteponen el oro a los sentimientos. En cambio, su hija Eugénie (Alexandra London) se dejará llevar por lo que le dicte el corazón y de ahí el fracaso personal de un ser, todo bondad, que acabaría inspirando el romanticismo quijotesco del que serán víctima otros célebres personajes novelescos, como por ejemplo la Ana Ozores de La Regenta.



Por eso, cuando el apuesto primo Charles (Jean-Claude Adelin) aparezca por Saumur, la joven quedará de inmediato prendada ante los encantos que el efebo parisino trae consigo de la capital. Aunque, si bien se mira, Eugénie no se enamora tanto de la persona, a la que apenas conoce, sino de la idealización que de ella lleva a cabo, lo cual la acabará convirtiendo en una Penélope moderna mientras dure la prolongada estancia en las Indias de su amado, de donde regresará al cabo de muchos años por completo transformado.

Fruto de la colaboración entre la cadena pública France 3 y el también estatal Institut national de l'audiovisuel, Eugénie Grandet (1994) contó en su reparto con la presencia, entre otros, de las actrices Dominique Labourier (madre Grandet) y Claude Jade (señora des Grassins), ambas musas, en su tiempo, de algunos de los directores más afamados de la Nouvelle vague. Por último, la voz en off que cierra el relato, "historia de una mujer carente de agudeza para comprender la corrupción del mundo", es la de Jean-Claude Carrière.



viernes, 5 de mayo de 2017

Céline y Julie van en barco (1974)




Título original: Céline et Julie vont en bateau: Phantom Ladies Over Paris
Director: Jacques Rivette
Francia, 1974, 193 minutes

Céline y Julie van en barco (1974)


Tres horas y cuarto de metraje no son aptas para todos los paladares. Sobre todo si la película es de Jacques Rivette. De modo que, al final (y es, ciertamente, una lástima), cada proyección de Céline et Julie vont en bateau se puede acabar convirtiendo en una prueba de resistencia para ver quién es el que aguanta más. Efectivamente: esta tarde en la Filmoteca se ha vuelto a repetir el típico goteo de usuarios que, impacientes o aburridos, van desfilando antes de tiempo. Bueno, ¿y qué? Los que se han quedado hasta el final han aplaudido, que la peli bien lo merece.

Singular entre los singulares, Rivette ideaba en esta ocasión una trama protagonizada por dos excéntricas mujeres (Dominique Labourier y Juliet Berto), capaces de volar con la imaginación y gracias a unos caramelos alucinógenos. He ahí el "barco" al que alude el título y que no es más que el viaje hacia una realidad paralela en la que tiene lugar la trágica historia de unos burgueses que acabarán sacrificando a la niña Madlyn. Así que Céline y Julie prolongan la ingesta de los caramelos de colores para visualizar distintos momentos de dicha trama.

Dominique Labourier (izquierda) y Juliet Berto


Aunque llegado el punto álgido de la historia, que siguen como quien se sienta frente al televisor, ambas deciden meterse dentro para rescatar a la pobre criatura de una muerte cruel. Para lo cual echarán mano del libro de magia que Julie siempre lleva con ella.

Fresca, jovial y espontánea, Celine y Julie van en barco (1974) reúne los mejores ingredientes del cine de Rivette. Los mismos que hicieron de él un cineasta peculiar dentro de la Nouvelle vague. Tanto, que no dudaba en incluir a sus actores como coguionistas de sus filmes, toda vez que muchas escenas se basan precisamente en la improvisación.

De izquierda a derecha:
Marie-France Pisier, Barbet Schroeder y Bulle Ogier