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viernes, 23 de marzo de 2018

Ultraje (1950)




Título original: Outrage
Directora: Ida Lupino
EE.UU., 1950, 75 minutos

Ultraje (1950) de Ida Lupino


Lo que en apariencia no pasaría de ser una película más de serie B surgida de la factoría RKO encierra, sin embargo, muchos más atractivos de los que a priori pudiera imaginarse. Como el hecho de que fuese dirigida por la actriz Ida Lupino, una de las pocas mujeres que, en el Hollywood de los años cincuenta, logró hacerse un hueco (aunque modesto) en un medio hasta entonces predominantemente masculino.



Por otra parte, Outrage era, además, un título lo suficientemente explícito como para que su temática no pasase desapercibida: si ya hoy en día puede decirse que la violencia sexista recién ha comenzado a saltar a la primera línea de la actualidad informativa, en aquel entonces no sólo resultaba espinoso abordar dicha problemática sino que, en la práctica, era directamente un asunto tabú. De hecho, junto con Belinda (1948) de Jean Negulesco, Ultraje comparte el "honor" de haber sido uno de los primeros filmes que se atrevieron a abordar la violación de una mujer como eje principal de la trama, si bien la palabra es debidamente eludida, usando en su lugar el eufemismo "ataque o asalto criminal".




Son apenas setenta y cinco minutos de metraje, pero de una intensidad dramática tal que hacen de este thriller psicológico un portento en el arte de la dosificación: pocas veces se ha dicho tanto con tan pocos recursos. En realidad, se trata de la misma técnica que la RKO, de la mano del productor Val Lewton, había puesto en práctica una década antes en películas de terror como Cat People de Tourneur, sólo que ahora iba a ser utilizada para trasladar a la pantalla el trauma de la protagonista.



Hay varias escenas que, en relación con lo anterior, son dignas de ser mencionadas. El momento en el que se consuma el abuso, por ejemplo, es de una tensión expresionista memorable: el claxon de un camión inunda con su estruendo la desierta vecindad en plena madrugada, mientras víctima y victimario desaparecen tras el mismo edificio en el que un hombre se asoma a la ventana para... cerrarla. Previamente, una indefensa Ann (Mala Powers) había aporreado en vano los cristales de los bajos en un callejón sin que nadie acudiese en su auxilio, intentando parar después un taxi, aunque con idéntico resultado: en casos como éste, parece decirnos Lupino, la sociedad prefiere mirar hacia otro lado...


viernes, 16 de febrero de 2018

El bígamo (1953)




Título original: The Bigamist
Directora: Ida Lupino
EE.UU., 1953, 80 minutos

El bígamo (1953) de Ida Lupino


Película acertijo a partir de un dilema moral, El bígamo (1953) parte del presente para, a través de un largo flashback, ponernos en antecedentes de por qué Harry Graham (interpretado por Edmond O'Brien) ha terminado llevando una doble vida. En realidad, dicho planteamiento sitúa al espectador en la tesitura de tener que juzgar la conducta de un hombre que, en realidad, actúa movido por la enorme soledad que preside su vida de viajante comercial. 

Y, aunque a priori enjuiciar a un bígamo parecería muy fácil, el veredicto final acaba conduciéndonos a una disyuntiva de muy difícil solución, que Mister Jordan (Edmund Gwenn) no dudará en expresar en voz alta: "No puedo entender mis sentimientos hacia usted: le desprecio y, al mismo tiempo, le compadezco. Ni siquiera quiero estrechar su mano, y sin embargo, casi le deseo suerte."



La estructura narrativa de The Bigamist plantea algunas similitudes con otra película protagonizada por Edmond O'Brien algunos años antes: D.O.A., dirigida por Rudolph Maté en 1949 y que aquí se tituló Con las horas contadas. Exponía la historia de un hombre que llega moribundo a un hospital diciendo que lo han envenenado ('Death On Arrival' o 'Ingresar cadáver' sería la traducción de las siglas del título original). El resto de la película consistía en reconstruir sus pasos hasta ese preciso instante, con la incógnita de si finalmente se salvaría o no.

Ya desde el título, en El bígamo se nos hace saber que Graham está casado con dos mujeres a la vez, por lo que el factor sorpresa al estilo de la muy posterior Up in the Air (Jason Reitman, 2009) desaparece. No es eso lo que aquí se busca, sino todo lo contrario: más que el morbo folletinesco, lo que se está sacando a la palestra es un caso de conciencia que nos interpela ante la necesidad de comprender la frustración que generan las sociedades modernas en el individuo.


sábado, 8 de abril de 2017

Junior Bonner (El rey del rodeo) (1972)




Título original: Junior Bonner
Director: Sam Peckinpah
EE.UU., 1972, 100 minutos

Junior Bonner (El rey del rodeo) (1972) de Sam Peckinpah


Wéstern y crepuscular son dos términos que bien podrían considerarse sinónimos de Sam y de Peckinpah. Títulos como Duelo en la alta sierra (1962), Grupo salvaje (1969) o Pat Garrett y Billy the Kid (1973) son sólo una muestra de la contribución del director a dicho género.

Escrita por Jeb Rosebrook, Junior Bonner traducía en imágenes las andanzas de una vieja gloria del rodeo, encarnada por el actor Steve McQueen, mediante la habitual retahíla de insertos, zoom y abuso de la cámara lenta que caracteriza el estilo de Peckinpah. Aunque, extrañamente, la ultraviolencia quedaba esta vez fuera del repertorio.

La acción se sitúa a principios de julio del 71, coincidiendo con los festejos del Independence Day en Prescott (Arizona). JR Bonner, jinete curtido en el arte de montar a pelo potros salvajes y reses vacunas bravas, regresa al hogar para reencontrarse con un padre de lo más díscolo (Robert Preston), una madre (Ida Lupino) resignada a que su marido se entienda con una enfermera y un hermano menor (Joe Don Baker) dispuesto a enriquecerse con la venta de las tierras familiares.

Pese a lo recurrente del tema, ya presente en clásicos como The Misfits (1961) de Huston, éste volvía a ser, una vez más, cómo el progreso capitalista está devorando el estilo de vida tradicional del oeste americano. De ahí que el personaje principal se identifique con el disparatado proyecto de su padre, quien pese a hallarse hospitalizado sueña con irse a Australia en busca de oro y de ganado, en lugar de apoyar los prósperos negocios del hermano.

Y como metáfora del apego por las viejas formas de vida, de la irracional oposición a los avances del liberalismo mercantilista, el reto de mantenerse durante al menos ocho segundos sobre Sunshine, la indómita res que, como el auge del capitalismo salvaje, parece imparable.