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viernes, 29 de enero de 2016

El búho (2003)




Título original: Fukurô
Director: Kaneto Shindô
Japón, 2003, 120 minutos

El búho (2003) de Kaneto Shindô


El búho (2003) retoma el argumento de Onibaba (1964), aunque en esta ocasión el nonagenario director Kaneto Shindô situaba la acción en los años ochenta: una madre y su hija se encuentran sumidas en la más profunda miseria, alimentándose únicamente de raíces de pino. Para conseguir salir de la pobreza ejercerán como geishas en su casa, aunque al mismo tiempo irán envenenando a los hombres que vayan desfilando por allí para quedarse con su dinero. El mecanismo utilizado es siempre el mismo: como obsequio a la víctima, le ofrecen una copa de sake que, una vez ingerida, le hace echar espuma por la boca y proferir berridos animales para acabar agonizando entre convulsiones.

Estamos, por lo tanto, ante una comedia negra. Aunque, dadas las circunstancias, lo que hace reír en Japón no necesariamente causa el mismo efecto en otras culturas. Por otra parte, El búho es una producción enormemente teatral, filmada en un único espacio cerrado, lo cual confirma la tendencia en los cineastas veteranos a rehusar el cine de superproducción para centrarse en planteamientos más escénicos y de pequeño formato. En ese sentido, viendo esta película y escuchando la música de cámara que para ella compuso Hikaru Hayashi es fácil que nos vengan a la memoria las últimas cintas que dirigió, por ejemplo, el francés Alain Resnais, como Amar, beber y cantar (Aimer, boire et chanter, 2014).

Este pobre no sabe la que le espera...

sábado, 16 de enero de 2016

Onibaba (1964)




Título alternativo: Demonio feo
Director: Kaneto Shindô
Japón, 1964, 103 minutos

Onibaba (1964) de Kaneto Shindô


En el Japón del siglo XIV, una mujer y su suegra (interpretada, como es habitual en el cine de Kaneto Shindô, por la actriz Nobuko Otowa) se dedican a matar a samuráis solitarios para luego revender sus pertenencias. Viven en una choza miserable situada en las inmediaciones de un cañaveral y cada día, al caer la noche, el viento agita los tallos de un mar de hierba que alberga en su interior una sima en la que las dos mujeres arrojan los cadáveres de sus víctimas.

Pero un día la suegra decide utilizar una horrible máscara de demonio para aterrorizar a su nuera como represalia por haber mantenido relaciones con otro hombre sin haber esperado a que su hijo Kichi regresara de la guerra.



Hasta aquí todo sería muy fácil, pero hay varios factores que deben ser tenidos en cuenta. En primer lugar, ¿de dónde sale la máscara? La anciana logra arrancársela, no sin arduo esfuerzo, a un misterioso guerrero malherido. Pero lo que ve bajo ella resulta descomunalmente espeluznante... Y la historia se repetirá, con idéntico resultado, cuando, tiempo después, sea la nuera quien se la consiga quitar a su suegra. El guion de Shindô no puede ser más eficaz, en ese aspecto, habida cuenda de la maestría que demuestra a la hora de confundir a los personajes (y de paso al espectador) sobre la posible naturaleza paranormal de los acontecimientos.

A tal efecto, la espléndida partitura compuesta por Hikaru Hayashi contribuye enormemente a reforzar la sensación de espanto en una película que participa a partes iguales de la recreación histórica y del terror psicológico.



jueves, 7 de enero de 2016

La isla desnuda (1960)




Título original: Hadaka no shima
Director: Kaneto Shindô
Japón, 1960, 94 minutos

La isla desnuda (1960) de Kaneto Shindô


La más aclamada de las películas de Kaneto Shindô debe buena parte de su fuerza poética a la extraordinaria banda sonora de Hikaru Hayashi. Al carecer totalmente de diálogos, la belleza de las imágenes en blanco y negro es subrayada por el hondo lirismo de la música. Ganadora del Gran Premio en el Festival de Moscú del 61, premiada en Taormina y por el National Board of Review americano un año más tarde, en 1963 La isla desnuda sería también nominada a un BAFTA.

El éxito internacional del filme y de su partitura hizo que en Francia Eddy Marnay llegara incluso a componer una letra para acompañar al tema central. Con el título de "L'île nue", Jacqueline Danno (1962) y, años más tarde, Mathé Altéry (1968), fueron las encargadas de poner la voz. Lo japonés estaba de moda y occidente se rendía ante la sensibilidad demostrada por Shindô para narrar la miserable historia de una familia que habita en una minúscula isla del archipiélago de Setonaikai.

Cual Sísifos modernos, cada vez que vemos a los padres subir a duras penas los cubos de agua para regar su parcela en lo alto del islote sentimos con ellos la extenuación de su esfuerzo sobrehumano. Por no hablar del emotivo funeral del niño, con todos sus compañeros de clase aportando diligentemente los leños que el fuego consumirá en la pira. De poco servirá que la madre (Nobuko Otowa, actriz habitual en la filmografía del realizador nipón) intente rebelarse contra tanta adversidad: la fatalidad se cierne sobre esta familia con la misma naturalidad que las estaciones se suceden las unas a las otras.

No pocas películas han intentado copiar esa especie de resignación zen frente a lo indómito de los elementos. Sin ir más lejos, Corn Island (2014), del georgiano George Ovashvili, planteaba una situación con bastantes paralelismos. Aunque en lo referente a la idea del fluir del tiempo y que, pese a todo, el mundo sigue girando, quizá se le acerque Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera (2003), del coreano Kim Ki-duk.

Resulta difícil sustraerse al encanto de La isla desnuda, con sus panorámicas aéreas y la elocuencia de su puesta en escena. Por eso más vale callar ahora y que dejemos hablar a las imágenes.