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miércoles, 22 de julio de 2020

Mata-Hari, agente H-21 (1964)




Título original: Mata Hari, agent H21
Director: Jean-Louis Richard
Francia/Italia, 1964, 98 minutos

Mata-Hari, agente H-21 (1964) de Jean-Louis Richard


Arranca la película con Jeanne Moreau sobre el escenario metamorfoseada en Mata-Hari. Bajo su aspecto de apsara exótica se esconde, en realidad, una de las espías más eficaces que hayan visto los siglos. Por lo menos la más mítica: aquella cuyo nombre se acabaría convirtiendo en sinónimo de seducción y glamur (aunque investigaciones recientes tiendan a restarle importancia a su trascendencia histórica, considerándola un mero chivo expiatorio del que se sirvió Francia para justificar algunos de sus reveses durante la Primera Guerra Mundial).

Sea como fuere, Jean-Louis Richard y François Truffaut (director y guionista, respectivamente, de la cinta) quisieron ver en esta femme fatale un tanto sui géneris, que ya fuera inmortalizada por Greta Garbo a principios de los años treinta, al prototipo de mujer moderna, independiente, liberada, experta en utilizar a los hombres para obtener valiosas informaciones que vender al enemigo, pero, al mismo tiempo, capaz de enamorarse perdidamente de una de sus víctimas: el apuesto capitán Lasalle (Jean-Louis Trintignant).



En ese orden de cosas, Truffaut concibe la sensualidad sofisticada del personaje como una oportunidad para poner en práctica algunos de los resortes habituales en el suspense entendido al modo hitchcockiano (véase, al respecto, la escena del cambiazo de un maletín por otro), amén de actualizar su figura legendaria en clave deliberadamente comercial.

Lejos de la experimentación formal de la Nouvelle vague (y pese a un fugaz e innecesario cameo de Jean-Pierre Léaud, actor fetiche de dicho movimiento), las andanzas de la agente H-21 responden a los parámetros del cine clásico (algo a lo que contribuye la fotografía en blanco y negro de Michel Kelber), con momentos de acción al más puro estilo bélico como el acorralamiento de Mata-Hari y su amante en una casa abandonada, desde donde repelen a un escuadrón alemán lanzándole granadas, o el patetismo de la escena final, cuando la protagonista, acusada de alta traición, es fusilada sin miramientos.


viernes, 10 de agosto de 2018

La novia vestía de negro (1968)




Título original: La mariée était en noir
Director: François Truffaut
Francia/Italia, 1968, 107 minutos

La novia vestía de negro (1968)


Puede que Truffaut no quedara muy satisfecho con el resultado, pero, aun así, el innegable toque hitchcockiano de La mariée était en noir resulta de una belleza tan sumamente arrebatadora que se hace difícil no sucumbir de inmediato a su encanto. No hay más que ver a Jeanne Moreau vestida de blanco para saber que sus intenciones son, en realidad, muy negras...

Efectivamente, el cineasta francés emula hasta en eso al mago del suspense: un uso expresionista del color (o de su ausencia, en este caso) que hace que Julie sea incapaz de despojarse del atuendo nupcial, al menos simbólicamente, hasta que no haya visto cumplido su objetivo de vengar la muerte del difunto esposo.

No es el único detalle de ese tipo: también la galería o estudio de Fergus (Charles Denner) se llama muy acertadamente Némesis, siendo éste el nombre de la divinidad griega de la venganza. Aunque las lecturas en clave mitológica van mucho más allá, toda vez que el pintor hará posar a la protagonista ataviada con los atributos de Diana, la diosa virgen de la caza, con lo que el subtexto se ve de inmediato enriquecido con varios matices simultáneos: una mujer cuyo matrimonio no se pudo consumar (por lo que, a efectos prácticos, mantiene su condición virginal) planea y ejecuta un elaborado rito vengativo que no deja de ser una cacería en toda regla.



La partitura de Bernard Herrmann confiere al conjunto una sonoridad muy a lo Vértigo, cinta en la que Eros y Tánatos iban también bastante de la mano. Pero, con todo, no es ésa la única referencia explícita a los filmes de su adorado Hitchcock (el célebre libro-entrevista se había publicado, por cierto, dos años antes): cuando Bliss (Claude Rich) se precipite por el balcón, el plano cenital que se muestra de la calle sobre la que caerá el cuerpo coincide en diseño y gama de tonalidades con el de la huida de Cary Grant de la sede de la ONU en Con la muerte en los talones (1959).

No obstante, si hay un momento de La novia vestía de negro en el que Truffaut pone de manifiesto su genialidad como director ése es, sin ningún género de dudas, el final. Haciendo válida la máxima de Billy Wilder, que decía que las buenas películas son aquellas en las que, en lugar de decirnos que dos y dos son cuatro, simplemente se plantea la suma (el resultado de la operación ya lo deducirá el espectador por su cuenta con los elementos que se le hayan ido proporcionando), mantiene fija la cámara en la última secuencia, de modo que el desenlace tiene lugar fuera de campo. No necesitamos ver nada: nos basta con escuchar para saber lo que está sucediendo. A fin de cuentas, lo que uno imagina siempre es más turbador que lo que se contempla a través de la mirada.


martes, 5 de julio de 2016

Capitán Conan (1996)




Título original: Capitaine Conan
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1996, 129 minutos

Capitán Conan (1996) de Bertrand Tavernier


En la línea de La vie et rien d'autre, Tavernier volvió a elegir la Primera Guerra Mundial como contexto en el que situar la acción de Capitaine Conan. Sólo que esta vez se sirvió parcialmente del modelo antibelicista que le ofrecían filmes clásicos como Las cruces de madera (Raymond Bernard, 1932). Y ello se constata ya desde el plano inicial, una imagen fija del pebetero en el que arde la llama en honor del Soldado desconocido o de todos los caídos por la patria: es exactamente la misma forma de dar inicio a la película que encontramos tanto en la una como en la otra.




Pero no acaban ahí las coincidencias: la espectacularidad de las escenas de batalla, con el sonido de las explosiones inundándolo todo y la cámara corriendo campo a través a la par que los soldados, denotan similar origen.

La diferencia, en cambio, quizá estriba en el hecho de que Tavernier se acaba decantando por la ironía en detrimento de la tragedia. Son varios los ejemplos al respecto, como aquel general que lee un discurso bajo la lluvia mientras una destartalada orquesta desafina al interpretar "La Marsellesa". Es el absurdo de la guerra visto en clave de comedia para denunciar lo que hay en ella de ridículo. Como Norbert (Samuel Le Bihan) haciendo de fiscal cuando él apenas es un licenciado en Filosofía y letras. En definitiva, como esos generales caprichosos a los que, cuando sus hombres se están jugando la vida en pleno combate, lo único que parece preocuparles es si pueden comer este o aquel pescado. Aunque el más zoquete de entre los mandos es el Comandante Bouvier (François Berléand), siempre poniendo de manifiesto su ineptitud cada vez que abre la boca.

Y todo para que la figura del Capitán Conan (el excesivo Philippe Torreton) destaque todavía más, como prototipo del militar aguerrido e inteligente. Y si alguien se pregunta qué pinta un batallón de franceses luchando en Bulgaria o Rumanía que piense que se trata de la adaptación de una novela de Roger Vercel (1894–1957).