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domingo, 17 de octubre de 2021

Las bicicletas son para el verano (1984)




Director: Jaime Chávarri
España, 1984, 103 minutos

Las bicicletas son para el verano (1984) de Jaime Chávarri


LUIS: Además… (Habla ahora a su padre) … tú me dijiste que no era por el dinero. Es porque me han suspendido en Física.
DON LUIS: Desde luego. Eso ya estaba hablado. Cuando apruebes, tienes bicicleta. Es el acuerdo a que llegamos, ¿no?
LUIS: Sí, pero yo no me había dado cuenta de lo del verano. Las bicicletas son para el verano.
DON LUIS: Y los aprobados son para la primavera...

Fernando Fernán-Gómez
Las bicicletas son para el verano

La clamorosa acogida de crítica y público que obtuvo la pieza teatral de Fernán-Gómez (merecedora del premio Lope de Vega en 1978 y estrenada por José Carlos Plaza en el 82) acabaría dando pie a la adaptación cinematográfica que ahora nos ocupa. Fueron sus intérpretes principales Agustín González (único superviviente del montaje escénico), Amparo Soler Leal, Gabino Diego y Victoria Abril, aparte de Marisa Paredes o Emilio Gutiérrez Caba en papeles secundarios. La dirección corrió a cargo de Jaime Chávarri a partir de un guion de la escritora Lola Salvador.

Como ya sucediera en el texto original, la mayor virtud de Las bicicletas son para el verano (1984) radica en que el conflicto bélico queda en la retaguardia, siendo las penurias de una modesta familia las que acaparan por completo el foco de atención. Aun así, el día a día de los protagonistas permite seguir, a través de sus diálogos, cuál es el curso de los acontecimientos durante los tres años que dura la contienda civil. Algo por completo secundario, cuando la prioridad para don Luis y los suyos pasa por conseguir víveres o evitar que Luisito se cuele por las noches en el cuarto de la criada.



Ni que decir tiene que fueron muchas las vivencias autobiográficas vertidas por Fernando Fernán-Gómez en el libreto de su obra, por no hablar de una sensibilidad anarquista que se deja entrever en diversos momentos clave. Así pues, el propio padre de familia no dudará en afirmar que "A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible. Y a gozar y a divertirnos lo más que podamos". Mientras que el miliciano Anselmo manifiesta, con estas palabras, sus dudas sobre la estrategia seguida por los comunistas: "Lo que pasa es que están equivocados. Un Estado fuerte, un Estado fuerte... ¿y a mí qué más me da que me haga la puñeta el cacique o que me la haga el Estado? Yo lo que quiero es que no me hagan la puñeta".

La impecable dirección artística de Gil Parrondo puso el énfasis en recrear el Madrid de aquellos días, con sus patios de vecinos y un ambiente eufórico, el de la República, que gradualmente se iría tiñendo de pesimismo conforme arreciara el avance y posterior asedio de las tropas nacionales. Como también está muy logrado el parecido físico de Gabino Diego con aquel zangolotino pelirrojo que fue en su adolescencia Fernán-Gómez. Detalles que contribuyen a engrandecer una puesta en escena soberbia, culminada con la sombría secuencia entre padre e hijo en la que el progenitor, confirmada ya la victoria franquista, zanja cualquier atisbo de esperanza con un lapidario: "Sabe Dios cuándo habrá otro verano".



viernes, 8 de octubre de 2021

Cuentos eróticos (1980)




Directores: Enrique Brasó, Jaime Chávarri, Emma Cohen, Fernando Colomo, Jesús García de Dueñas, Augusto M. Torres, Josefina Molina, Juan Tébar, Alfonso Ungría
España, 1980, 99 minutos

Cuentos eróticos (1980)


Curioso filme, de esos que ya nadie recuerda (o no quiere recordar...), pero que merece un comentario elogioso, aunque sólo sea por la nómina de grandes cineastas que participaron en él. Cierto que, como en toda obra colectiva, se aprecian altibajos en los diferentes episodios que componen estos Cuentos eróticos (1980). Y que, para más inri, ni el título ni la temática favorecen que hoy nadie se atreva a reivindicar lo que a simple vista pudiera parecer un frívolo producto más de la abominable época del destape.

Sin embargo, la sola presencia de Luis García Berlanga ejerciendo de inusual maestro de ceremonias justifica el interés de una cinta que, además de certificar, según su eslogan publicitario (véase, arriba, el cartel), que "los jóvenes directores del cine español también se ponen cachondos (aunque sea diez minutos)", suponía un a modo de relevo generacional entre la vieja guardia, representada por el ya mencionado Berlanga, y quienes en aquel momento estaban llamados a ser sus continuadores.



De las nueve historias, la mayor parte aborda aspectos vinculados con la convivencia o la vida en pareja, si bien desde ópticas tan dispares como la fantasía medievalizante ("El vil metal", de Jesús García de Dueñas) o la despiadada parodia cinéfila, caso de "Köñensonaten", cáustico homenaje de Fernando Colomo y Fernando Trueba al cine de Bergman. Asimismo, Josefina Molina ("La tilita") y Emma Cohen ("Tiempos rotos") aportan un toque femenino y feminista que denota una clara voluntad de ruptura con el patriarcado.

Por lo demás, no deja de tener su gracia el ir viendo cómo todos esos realizadores, metidos en la piel de los más diversos personajes (Chávarri, por ejemplo, hace de exhibicionista y Alfonso Ungría de borracho), suben y bajan de un vagón de metro ante la mirada indiscreta del sexagenario don Luis: original forma de engarzar unos con otros los distintos fragmentos de una película bastante más introspectiva de lo que a priori cabría pensar.



miércoles, 14 de julio de 2021

Matador (1986)




Director: Pedro Almodóvar
España, 1986, 110 minutos

Matador (1986) de Pedro Almodóvar


—He debido estar loco para no haberte visto antes. ¿Desde cuándo coleccionas cosas mías? 
—Desde la primera vez que te vi matar, te he buscado en todos los hombres que he amado. He tratado de imitarte cuando los mataba.
—¿Y por qué no me has buscado antes?
—Porque hasta hoy no he sabido que seguías siendo un matador.
—Al principio traté de evitarlo, pero no lo conseguí. Porque dejar de matar era como dejar de vivir.
—Es que los hombres pensáis que matar es un delito. Las mujeres, sin embargo, no lo consideramos así. Por eso en todo criminal hay algo de femenino.
—Y en toda asesina algo de masculino.

A diferencia de sus anteriores trabajos, más de corte independiente, Matador (1986) fue la primera película de Almodóvar subvencionada por el Ministerio de Cultura. También fue la última sufragada por un productor ajeno al clan familiar (Andrés Vicente Gómez) antes de que los hermanos Pedro y Agustín (a quien va, por cierto, dedicada Matador) se lanzasen a la aventura de crear El Deseo. Por último, es asimismo una cinta insólita por haber sido la primera —y de las pocas, junto con Carne trémula (1997)— coescrita entre el manchego y otra persona, en este caso el novelista Jesús Ferrero.

Situar la acción en el ámbito taurino permite un acercamiento mucho más fácil al binomio Eros y Tánatos, puesto que ambas pulsiones están de alguna forma presentes en el ceremonial que envuelve a la lidia y posterior ejecución del astado. Así pues, pudiera decirse que María (Assumpta Serna) y Diego (Nacho Martínez) protagonizan una especie de corrida cuyo desenlace equipara sacrificio con pasión amorosa. En ese sentido, el antiguo diestro, verdugo dentro y fuera de los ruedos, dará con la horma de su zapato al unirse a una mujer, especie de mantis religiosa, que comparte con él una similar inclinación morbosa hacia el dolor como fuente de placer.



Otro elemento sobre el que vale la pena llamar la atención, y que ya estaba presente en la telequinesia de la niña de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), son las dotes extrasensoriales del personaje de Antonio Banderas, capaz de visualizar lo que está ocurriendo en algún otro espacio, preferiblemente cuando se trata de crímenes. Aprendiz de torero, reprimido sexual, víctima de una madre dominante del Opus Dei (Julieta Serrano), su papel será clave, al autoinculparse de asesinatos que no ha cometido, como tercer elemento de un triángulo fatal.

Estilizada y sutil, la puesta en escena de Matador aparece repleta de símbolos en torno al amor y la muerte. Desde el eclipse lunar (dos astros convergen y se superponen, amortiguando la luz) hasta el aguacero repentino que cae cuando Eva (Eva Cobo) es violada por Ángel (Antonio Banderas). Algunos de esos indicios, como el abrazo final de Duelo al sol (1946), la película que María y Diego van a ver al cine, poseen, incluso, valor premonitorio, en clara alusión a una apoteosis de rosas y capotes, con música de fondo de Mina ("Espérame en el cielo"), que el comisario (Eusebio Poncela) no dudará en calificar como el colmo de la felicidad.



lunes, 12 de julio de 2021

¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)




Director: Pedro Almodóvar
España, 1984, 101 minutos

¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984)


En su imparable afianzamiento como cineasta, el Almodóvar de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) decidía abordar la vida de un ama de casa insatisfecha cuya atribulada existencia transcurre en un sórdido barrio de la periferia madrileña. Gloria (Carmen Maura) acepta su destino con aparente resignación, aunque está tan harta del marido (Ángel de Andrés), la abuela (Chus Lampreave) y los niños que la furia que lleva dentro pudiera explotar el día menos pensado.

Tanto es así que una de las escenas iniciales nos muestra al personaje ejercitándose con el sable de bambú sobre el tatami del mismo gimnasio en el que trabaja como mujer de la limpieza: a pesar de lo grotesco de la imagen, los movimientos de Gloria remedando el arte del kendo preludian, en un claro ejemplo de flashforward, lo que terminará ocurriendo, en las reducidas dimensiones de su propia cocina, cuando, provista con un hueso de jamón, descargue toda su rabia sobre el causante de su servidumbre.

Un lagarto llamado Dinero


Buena prueba de que el director manchego comenzaba a hacerse un hueco entre sus colegas de profesión es que algunos de ellos se prestaron a interpretar pequeños papeles en la película. Caso, por ejemplo, de Gonzalo Suárez, quien encarna en la ficción a un novelista un tanto sui géneris, o del también cineasta Jaime Chávarri, cliente fanfarrón de la vecinita Cristal (Verónica Forqué).

Independientemente de que Almodóvar, que un buen día dejó atrás su pueblo para probar fortuna en la gran ciudad, se haya declarado siempre ferviente defensor de lo urbano, lo cierto es que en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? centró su interés sobre unos seres desarraigados que a duras penas podrían alcanzar la felicidad en el ambiente tan sumamente cutre en el que viven inmersos. Por eso la abuela, que jamás logrará adaptarse al frío de Madrid, añora volver a sus orígenes. Le acompaña el nieto mayor, tal vez huyendo de unas drogas de las que ahora, al quedarse sola en el piso, pudiera ser adicta la madre. Suerte que el regreso, en el último instante, del hijo "pródigo" abre un rayo de esperanza en el horizonte de la afligida Gloria.



domingo, 10 de junio de 2018

El río de oro (1986)




Director: Jaime Chávarri
España, 1986, 111 minutos

El río de oro (1986) de Jaime Chávarri


Considerada por muchos una película deudora, en buena medida, de Los viajes escolares (1976), El río de oro abundaba en similares temas y obsesiones a los ya tratados por Chávarri una década antes. Así pues, la infancia, los períodos de asueto en la residencia familiar o el paso a la edad adulta volvían a estar presentes en esta coproducción hispanosuiza que contó con la presencia del actor Bruno Ganz en el papel de Peter.

El tío Peter es un ser aparentemente divertido, casi excéntrico, que, después de haber viajado por todo el mundo, se presenta de improviso en la casa donde Laura (Ángela Molina) y Juan (Stefan Gubser) están pasando las vacaciones de verano en compañía de sus tres hijos pequeños (el menor de los varones, por cierto, interpretado por un Juan Diego Botto que apenas sí superaba los diez años).



Sin embargo, tanto Peter como su esposa (la británica Francesca Annis) harán gala muy pronto de un comportamiento un tanto sui géneris; sobre todo él, que por algo se llama Peter, como Peter Pan. Efectivamente: hay algún elemento no resuelto en la forma de ser de este hombre, ávido de emociones fuertes y obsesionado tanto por Laura como por sus sobrinos; algo enigmático y terrible que su mujer guarda en formol en el interior de una sombrerera...

En líneas generales, las piezas que integran El río de oro conforman un rompecabezas que gira en torno a la niñez y sus fantasmas: los mismos que, en el caso de Peter, han hecho de él un ser monstruoso, pero que a Jorge (que narra la historia desde el presente y cuya voz de adulto corresponde a Emilio Gutiérrez Caba) le servirán para desenmascarar las verdaderas intenciones de su tío.


domingo, 6 de mayo de 2018

Después de tantos años (1994)




Director: Ricardo Franco
España, 1994, 87 minutos

Después de tantos años (1994)

Hace algunas semanas ya tuvimos ocasión de comentar aquí El desencanto, mítico retrato en blanco y negro que el director Jaime Chávarri dedicara a la familia Panero y, de paso, a toda una sociedad en descomposición: corría el año 1976, por lo que, en plena postrimería del tardofranquismo, la figura grisácea del detestable patriarca y poeta provinciano (de "odas y madrigales", que hubiera dicho Valle-Inclán) era fácilmente equiparable con la del finado general que recién acababa de pasar a mejor vida.

Juan Luis Panero (1942-2013)

Sin embargo, la segunda entrega de aquella decadente estampa familiar llegaba, dos décadas después, a cargo de otro cineasta (el malogrado Ricardo Franco) y en un momento histórico bien distinto: muerta la madre (Felicidad Blanc) en 1990, los vástagos de tan literaria estirpe (apenas igualada, tal vez, y aun de lejos, por la de los Goytisolo) han sobrepasado de largo el declive de sus respectivas existencias, para instalarse en la más estricta decrepitud, arrojando la triste imagen de unos individuos prematuramente avejentados y cuyos rostros demacrados delatan bastante a las claras los excesos del tabaco, el alcohol y la locura.

Leopoldo María Panero (1948-2014)

Basta elegir al azar cualquier línea del testimonio que aportan los tres hermanos para comprobar hasta qué punto han tocado fondo. Así, por ejemplo, dirá Michi en los primeros compases del documental que "la memoria es lo más cruel que hay en el mundo, ¿no?, y te recuerda permanentemente que es que, realmente, cada día eres más viejo y que cada día estás más cerca de la muerte." Crueles palabras, enseguida ratificadas por los desplomados muros de la heredad familiar en Valderrey, cerca de Astorga.

Michi Panero (1951-2004)

La relación entre ellos tres, hoy ya fallecidos, dista mucho de ser ni siquiera cordial: Leopoldo María se lamenta de que sus hermanos no lo vayan a visitar al psiquiátrico de Mondragón en el que lleva varios años interno; Michi no cesa de criticar a Juan Luis, quien, a su vez, vive retirado en el Ampurdà sin querer saber nada de los otros dos. Sólo al final, quizá como compensación tras tanto reproche, se produce el reencuentro entre Michi y Leopoldo Mª. Reunión afable, dentro de lo que cabe, aunque tenga lugar, como no podía ser menos, en un cementerio. Y, a pesar de todo, no puede decirse que Después de tantos años sea una película lúgubre: buena "culpa" de ello la tiene la música elegida para acompañar las imágenes, no sólo la banda sonora original de Eva Gancedo, sino, sobre todo, los temas "Shadow Of Time" de Nightnoise y "Greensleeves" de Loreena McKennitt, dos ejemplos representativos de la entonces tan en boga música celta y que hoy pueden sonar un tanto demodés.


martes, 20 de febrero de 2018

El desencanto (1976)




Director: Jaime Chávarri
España, 1976, 97 minutos

El desencanto (1976) de Jaime Chávarri


Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.

"Epitafio"
Leopoldo Panero (1909-1962)



Pocas películas del cine español han adquirido la categoría de mito por derecho propio. Y El desencanto de Chávarri es, sin duda alguna, una de ellas. Aunque llamar documental a este retrato en primera persona de la familia Panero se quedaría corto: avanzándose en muchos años a planteamientos en los que se parte de la realidad para alumbrar una obra cuya profundidad supera los límites de los géneros establecidos, podría decirse que estamos ante el eslabón perdido entre el cinéma vérité y la obra de cineastas contemporáneos como José Luis Guerín. Si bien se mira, el primero de una serie de títulos en los que determinadas personalidades acceden a airear sus interioridades y a la que también pertenecerían Función de noche (Josefina Molina, 1981) o, más recientemente (y a otro nivel), los docudramas maternofiliales a cargo de los actores Paco León o Gustavo Salmerón.

Se ha dicho también, quizá abusando del término, que la instantánea de un clan familiar venido a menos contenida en este filme puede considerarse una metáfora bastante aproximada de lo que supuso la agonía del franquismo. Sobre todo por la presencia fantasmal de la figura del padre, patriarca de las letras del bando vencedor, fallecido de un infarto una calurosa tarde de agosto de 1962. Odiado y visto por sus herederos como origen de todos los males que les han asolado, la desaparición del "Conejo Blanco" (como lo llama Leopoldo María) fue vivida por su viuda e hijos como un liberarse de antiguas ataduras, la puerta de entrada a una mayor sinceridad entre ellos y, paradójicamente, el inicio de una larga decadencia que los conducirá a la autodestrucción inevitable.



Cultivadores de un divismo un tanto histriónico y de un malditismo de enfant terrible de colegio de pago, los hermanos Panero aparecen en esta película como una especie de locos sublimes, dispuestos a mostrar ante la cámara no tanto su verdadero yo, sino una estudiadísima pose de literato a la antigua usanza. En ese sentido, cada uno de los miembros de la estirpe adoptará un rol distinto: desde la lúcida esquizofrenia de Leopoldo María ("durante la infancia vivimos y de adultos sobrevivimos") hasta la encantadora franqueza de Michi, pasando por el postureo paranoide de Juan Luis (recuérdese, al respecto, la escena en la que este último presenta sus fetiches).

Y entre todos ellos Felicidad Blanc, la madre que se describe a sí misma como una chica bien que en los días de la Guerra Civil leía Madame Bovary en la terraza de su casa mientras caían las balas alrededor; la esposa reprimida que comenta con sorna la presencia perpetua del también poeta Luis Rosales interponiéndose entre ella y su marido; la culpable, según Leopoldo María, de su inacabable periplo por las instituciones psiquiátricas de medio país para purgar sus escarceos políticos y con las drogas; la joven que abandonó la ciudad para instalarse en una provincia donde sus rivales siempre la vieron como una intrusa; en definitiva, el verdadero eje sobre el que pivotan la mayoría de complejos de sus vástagos.


domingo, 11 de febrero de 2018

Las Vampiras (1971)




Título original: Vampyros Lesbos
Director: Jesús Franco
España/Alemania, 1971, 87 minutos

«Cove niete catash…»

Las Vampiras (1971) de Jesús Franco


Cada vez más lejos de la ingeniosidad que solía gastar en los diálogos de sus primeras películas (véase, al respecto, la entrada anterior en este mismo blog, dedicada a Gritos en la noche), para 1971 Jesús Franco andaba ya en otra fase muy distinta de las muchas que atravesó a lo largo de su no menos dilatada trayectoria artística.

Vampyros Lesbos (Las Vampiras, según la censurada versión española) continuaba la línea que inaugurara Necronomicón (1968), en la que el argumento quedaba en un segundo plano en beneficio de un erotismo bastante a flor de piel, pasado por el tamiz de la entonces tan en boga psicodelia. Ni que decir tiene que semejantes engendros jamás se hubiesen llevado a cabo de no haber sido por el régimen de coproducción con los alemanes, si bien es cierto que la impronta del avispado Jess se percibe hasta en el último detalle de la película que nos ocupa (no en vano, participó en el guion, el maquillaje y la música, amén de dirigirla e interpretar un papelito...)

Ewa Strömberg (izquierda) y Soledad Miranda (derecha)


Él se lo guisaba y él se lo comía y a la vista está que se sobraba y se bastaba para sacar adelante cuantos proyectos se le pusiesen por delante. Claro que a cambio de recrearse una y mil veces en los mismos motivos: como esos exteriores filmados en Estambul que, al final, el paciente espectador de Vampyros Lesbos acaba por saberse de memoria...

Y luego está Soledad Miranda (rebautizada Susann Korda en la copia distribuida en Alemania): su protagonismo absoluto en esta película póstuma y en las demás cintas en las que trabajó a las órdenes de Jesús Franco contribuyeron enormemente a forjar la leyenda de una actriz cuyo misterioso encanto se había apagado bruscamente apenas un año antes en un trágico accidente de tráfico. Por lo que puede decirse, con toda justicia, que cuando vemos aparecer en pantalla a la Condesa Nadine Carody en pos de sus devaneos sáficos estamos, verdaderamente, ante un espectro que viene a visitarnos desde el más allá: «Cove niete catash…»


domingo, 28 de mayo de 2017

Dedicatoria (1980)




Director: Jaime Chávarri
España/Francia, 1980, 92 minutos

Dedicatoria (1980) de Jaime Chávarri


"Widmung", op. 25 nº 1, es el título de uno de los lieder de Robert Schumann. Y también el tema central de la película Dedicatoria de Jaime Chávarri. De hecho, el término widmung significa precisamente "dedicatoria" en alemán. Y, casualidades de la vida (o no tanto): si en la entrada anterior hablábamos de Los ojos vendados, se da la circunstancia de que el equipo técnico que trabajó a las órdenes de Saura dos años antes volvió a coincidir en 1980 en el rodaje de Dedicatoria. En ambos casos se trata de coproducciones hispanofrancesas supervisadas por Elías Querejeta y Tony Molière, protagonizadas por José Luis Gómez y con Teo Escamilla en la fotografía y montaje de Pablo G. del Amo.

Pero los dos filmes se parecen en algo más: tanto en el uno como en el otro, los personajes interpretados por Gómez se obsesionan con la preparación de proyectos en torno a temas controvertidos. En la peli de Saura, un montaje teatral basado en las experiencias de una mujer argentina torturada por grupos de extrema derecha; en la de Chávarri, sendos reportajes periodísticos, a cuál más estrambótico: "El hombre de los perros" y "La hija de la bruja". Lo mismo Luis que Juan tienen un corcho en su estudio, repleto de recortes sobre la materia que investigan.

Patricia Adriani (Carmen) y Jose Luis Gómez (Juan)

Porque Juan Oribe, centrándonos ya en Dedicatoria, es un periodista de los de magnetófono siempre a punto. Pretende entrevistar a Luis Falcón (Luis Politti, fallecido ese mismo año), criador de perros de raza y hombre que alberga un terrible secreto que le llevó hasta la cárcel. Pero mientras le conceden o no la ansiada interviú, pasa el tiempo grabando las confesiones de Clara (Amparo Muñoz), esposa de su jefe y amigo Paco (el bigotudo Francisco Casares), a propósito de la condición de hechicera de su madre. En realidad, Juan es un cuarentón en busca de afecto que oscilará, sucesivamente, entre los brazos de Clara y los de Carmen (Patricia Adriani), hija de Falcón.

Nominada a la Palma de Oro en Cannes, Dedicatoria venía a cerrar una etapa en la filmografía de su director, un Jaime Chávarri que a partir de ese momento espaciaría un poco más sus proyectos, cambiando de registro en varias ocasiones.

José Luis Gómez (Juan) y Amparo Muñoz (Clara)

domingo, 11 de diciembre de 2016

Los viajes escolares (1976)




Director: Jaime Chávarri
España, 1973-1976, 94 minutos


"¡Todo es normal!"

Los viajes escolares (1976)


Que la familia es una institución que puede ser terriblemente perversa no lo descubrió Jaime Chávarri: quien más quien menos tiene una opinión formada al respecto. Lo que sí que resulta innegable es que el director madrileño (nacido en 1943) le ha sacado un partido notable a semejante temática. Además de en Los viajes escolares (rodada en el 73, pero no estrenada hasta el 76), le sirvió de inspiración en El desencanto (1976) y El río de oro (1987). Por no hablar de Las bicicletas son para el verano (1984) donde, al margen de adaptar la obra teatral homónima de Fernán-Gómez sobre la guerra civil, la trama tiene también lugar en el seno de una familia.

En lo concerniente a Los viajes escolares (ojo a la banda sonora: es de Luis Eduardo Aute), cabe destacar que se rodó en la casa de los abuelos del director, en Segovia. De lo que se deduce que el guion, igualmente escrito por él, debe de contener elementos autobiográficos. Muy disimulados, obviamente, ya que nos encontramos ante lo que en tiempos solía llamarse una película críptica. Adjetivo que bien podría aplicarse a algunos títulos de la filmografía de Carlos Saura concebidos por las mismas fechas, tales como los que escribió en colaboración con Rafael Azcona: El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos (1973) o Mamá cumple cien años (1979), todas ellas relacionadas, curiosamente, con el entorno familiar.

Maribel Martín interpreta a Oliva

Aunque la similitud con Saura no acaba ahí, puesto que en estas películas la familia es utilizada con un valor claramente alegórico. Se trataría de simbolizar, mediante cada uno de sus miembros, a las distintas clases sociales de la sociedad española durante el franquismo o, más aún, a sus poderes fácticos. Así las cosas, el inadaptado Óscar (interpretado por el actor y futuro director británico Bruce Robinson) debe ser visto, en puridad, como una víctima de la alienación represora impuesta por su contexto doméstico, que vendría a ser el equivalente de la censura y la falta de libertades en la vida real. Lo cual explicaría el interés de los demás en tildarlo de enfermo y anormal, al tiempo que pretenden hacerle creer que jamás ocurrieron algunos sucesos que marcaron su infancia (como los negacionistas que, ayer y hoy, se oponen a la memoria histórica).

De hecho, la madre (Lucía Bosé) esconde un carácter dominante (cuasi castrante) bajo su falsa apariencia de matriarca protectora. Y prácticamente podríamos decir lo mismo del resto de miembros del clan: la hipocondríaca Mónica (Guillermina Motta), la masoquista Encarna (Laly Soldevila), el sumiso tío Augusto (Jorge Rigaud), la desvalida anciana María (María Francés), el inválido abuelo cascarrabias o la sensual Olga (Mirta Miller). Entre los cuales se colarán un par de invitados (en la línea de lo que representaba Geraldine Chaplin en los filmes de Saura que mencionábamos hace un momento). Uno es don Carlos (Ramiro Oliveros) el profesor de matemáticas de Óscar, inicialmente interesado en ayudar a su antiguo alumno, pero que acabará marchándose asustado de las cosas que ha tenido ocasión de presenciar en aquella casa. La otra es Oliva (Maribel Martín), enfermera encargada de cuidar a la abuela y con la que intimará Óscar, dado que es la única que parece comprender al joven. Aun así, la opresión acabará triunfando y las fuerzas reaccionarias de ese microcosmos familiar harán prevalecer el orden establecido.

Se parece a Gael García Bernal, pero es Bruce Robinson (Óscar)

lunes, 27 de junio de 2016

Un, dos, tres... al escondite inglés (1970)




Director: Iván Zulueta

España, 1969-1970, 85 minutos

Un, dos, tres... al escondite inglés (1970) de Iván Zulueta


Una explosión de color. Sólo así puede describirse el torrente de música e imágenes que concibió el visionario Iván Zulueta en su ópera prima a finales de los sesenta. Para quienes no hayan visto nunca Un, dos, tres... al escondite inglés la sorpresa debe ser mayúscula: tanto se ha dicho que la España de aquel entonces era un país en blanco y negro que muy fácilmente se puede caer en el error de pensar que aquí todo el mundo cantaba el "Cara al sol" con el brazo en alto. Y, hombre: pues no... Resulta gratificante comprobar que no todo comenzó con la Movida madrileña, que una década antes ya había grupos de rock que cantaban en inglés y que, al margen de la cultura oficial, también existía (por muy minoritaria que fuese) una creatividad underground desbordante.

Lo triste del caso es que cuarenta y siete años después parezca que haya pasado una apisonadora sobre nuestra conciencia colectiva, hasta el punto de que casi nadie recuerde todo aquel legado. Bueno, a los Fórmula V todavía, pero porque fueron de los más comerciales. Los Ángeles, así, así. Y prácticamente ahí terminan los restos del naufragio y comienza la amnesia general. ¿O acaso queda alguien que se acuerde de Los Mitos, Los Íberos, Los Buenos, Los Beta o Henry y Los Seven?

Suerte que las películas quedan para siempre y que joyas como Un, dos, tres... al escondite inglés nos permiten recuperar un periodo esencial (y desconocido) de nuestra cultura popular. Como la existencia del grupo británico afincado en España The End. Habían debutado en 1968 con el álbum Introspection, producido nada más y nada menos que por Bill Wyman (el bajista de los Rolling Stones). En el filme interpretan el tema "Cardboard Watch", bellas melodías de inspiración psicodélica con los melenudos miembros de la banda mezclándose entre los viandantes de la madrileña Gran Vía.

¿O qué decir de los exóticos Pop-Tops, liderados por el vocalista de Trinidad y Tobago Phil Trim? A ellos corresponde el honor de cerrar la cinta con su interpretación soul de "That Woman". Aunque son Shelly y Nueva Generación quienes tienen el privilegio de cantar "I'm just a fool" en el interior del Santiago Bernabéu. Se conoce que por aquel entonces el no va más del cine vanguardista patrio era rodar en espaciosos recintos deportivos, ya que hay una escena de Fata Morgana (Vicente Aranda, 1966) que transcurre en el Nou camp.

De todas formas, y pese a que hay también alguna actuación que desentona un tanto con el resto, como "La Tarara" de Ismael, composición de corte tradicional que poco o nada tiene que ver con el estilo de la mayor parte de artistas invitados, lo cierto es que Zulueta supo ambientar cada número musical adaptándose a sus respectivas personalidades. En ese sentido, ver a Los Ángeles interpretando "Créeme" en mitad de un bosque en el que se los filma con profusión de ángulos cenitales o en contrapicado es una verdadera gozada.

¿Súper Mario Bros? ¡No: es Íñigo!

¿Y el argumento? Pues se trata de algo tan subversivo como boicotear el Festival de Mundocanal, parodia evidente de Eurovisión. En realidad es este un lugar común de todo musical yeyé: los concursos de jóvenes promesas, la presencia continua de los Beatles o las tiendas de discos son elementos que ya aparecían en Megatón yeyé, la película sobre Micky y Los Tonys que comentábamos hace unos días. Como forman igualmente parte del imaginario pop los cameos de personalidades del momento. En el caso de Un, dos tres... al escondite inglés, además de los mencionados grupos, contamos con la presencia de José María Íñigo interpretándose a sí mismo. Y varios cineastas, como Antonio Drove, Jaime Chávarri (también coguionista) y José Luis Borau (productor/codirector), se hicieron cargo de pequeños papeles.

Así que, sufrido internauta, si has tenido la paciencia de leer hasta el final estas líneas, no te lo pienses dos veces y déjate fascinar por la magia de una de las películas de culto más interesantes del cine español: merece la pena.

P.D.: Tanto el cartel que figura al inicio de esta entrada como los títulos de crédito y los decorados son obra del propio Iván Zulueta, artista total que tuvo ocasión de diseñar los carteles de los primeros filmes de Almodóvar o el de Furtivos de Borau.


viernes, 21 de agosto de 2015

Me enveneno de azules (1969)




Director: Francisco Regueiro
España, 1969, 87 minutos

Me enveneno de azules (1969) de Francisco Regueiro


En su libro A la pintura (1948), Rafael Alberti incluía el poema "Azul", en cuyo verso número 14 el poeta declaraba: "Me enveneno de azules Tintoretto". Dicho verso serviría, años más tarde, a Juan Cesarabea y a Francisco Regueiro, a la sazón guionistas del filme, para dar título a Me enveneno de azules (1969), el cuarto largometraje que firmaba Regueiro.

En líneas generales, se puede decir que estéticamente la película no dista mucho de otras propuestas europeas de aquel entonces, como por ejemplo Domingo, maldito domingo (John Schlesinger, 1971) o que, en menor medida, intenta recrear una atmósfera que lo emparente con el cine francés de la Nouvelle Vague.

Peca, sin embargo, de una excesiva complacencia en la música de Beethoven y Bach con la que se envuelven no pocas escenas, así como del uso indiscriminado del trávelin, cámara en mano, rodeando a los actores mientras deambulan por escenarios madrileños ultramodernos (para la época, se entiende).



Con todo, sabe sacar partido a la presencia del ídolo de masas Junior, quien encarna al desencantado Miguel: tras pasar dos años en París, donde ha vivido el Mayo del 68 (ojo al lema "L'imagination au pouvoir" que se puede leer fugazmente, garabateado en una de sus botas), tiene que enfrentarse ahora a la mortificante figura del padre (Antonio Casas), a punto de casarse con la que fuera novia de su propio hijo, una Charo López de conmovedora belleza que recuerda en sus rasgos a Ava Gardner.

Entre las curiosidades, merece la pena destacar el uso que se hace como hilo conductor en determinados momentos de las imágenes televisivas en las que Jesús Hermida relata la llegada del hombre a la luna, sin duda una forma de subrayar esa modernidad alienante a la que aludíamos más arriba. O también, en otro orden de cosas, la presencia de Jaime Chávarri como ayudante de dirección con cameo incluido interpretándose a sí mismo.

Y si el verso de Alberti inspiró a Francisco Regueiro, el título de la cinta sirvió, a su vez, para bautizar a un dúo de rock independiente formado por dos hermanos de Yecla (Murcia): Jesús y Jose García, que comenzaron a firmar sus canciones bajo este peculiar nombre a finales de 1998.


Charo López interpreta a Marta en Me enveneno de azules (1969)