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martes, 25 de abril de 2023

Las secretas intenciones (1970)




Director: Antonio Eceiza
España, 1970, 83 minutos

Las secretas intenciones (1970)


Haciendo honor a su título, Las secretas intenciones (1970) vendría a ser una extraña aproximación al tema del suicidio o, mejor aún, a lo que pudiera calificarse de relación autodestructiva. Porque, si bien es cierto que tanto Blanca (Haydée Politoff) como Miguel (Jean-Louis Trintignant) se influyen mutuamente en sus continuos arrebatos de amor-odio, al final será este último quien terminará llevando al extremo dicha obsesión por la muerte.

El guion de Rafael Azcona, lo mismo que la fotografía de Luis Cuadrado o la vanguardista música de Luis de Pablo, se enmarcan en el estilo aséptico que el productor Elías Querejeta solía transmitir por aquel entonces a todas sus películas: una forma de hacer cine que aspiraba a ser moderna (moderna para la España caduca del tardofranquismo, se entiende), pero que, en realidad, denota una cierta vacuidad no exenta de diletantismo.



Como no falta tampoco la habitual dosis de devaneos amatorios, todo un atrevimiento tratándose de una cinta española de finales de los sesenta. De modo que Miguel, un individuo casado y padre de familia numerosa, bebe los vientos por la susodicha Blanca, a la que sigue y persigue con su descapotable a lo largo y ancho de Madrid, pese a que ya es amante de Pepa (Teresa del Río), la mujer de su amigo Ernesto (Julio Núñez).

Sea como fuere, la presencia al frente del reparto de dos intérpretes franceses (él, consagrado tras el éxito internacional de Un homme et une femme; ella, musa de Rohmer) aporta la dosis necesaria de sofisticación para que la trama parezca más profunda de lo que realmente es. En ese aspecto, y sin llegar a ser tan críptico como, por ejemplo, un Carlos Saura, el siempre fascinante Antxon Eceiza (1935-2011) se recrea, sin embargo, en mostrar a gente sangrando, tal vez con la esperanza de incomodar al espectador.



sábado, 12 de diciembre de 2020

Los inocentes (1963)




Director: Juan Antonio Bardem
España/Argentina, 1963, 105 minutos

Los inocentes (1963) de J.A. Bardem


Grandes espacios abiertos, playas desiertas en elegante Cinemascope: la acción de Los inocentes (1963) se desarrolla en una Argentina en blanco y negro hasta la que Juan Antonio Bardem se desplazó con el objetivo de darle proyección internacional a su carrera. A fin de cuentas, rodar en el Cono Sur era lo más parecido a trabajar en Hollywood para cualquier cineasta español de aquel entonces, aparte de que poner el Atlántico de por medio siempre supuso un gran pretexto para evitar la mojigata censura del régimen franquista.

Los donostiarras Antxon Eceiza y Elías Querejeta aparecen acreditados como coguionistas, mientras que la banda sonora, una lánguida partitura de sonoridades jazzísticas, corrió a cargo de Isidro Maiztegui. Grandes nombres, por tanto, para elaborar un sólido drama que tiene como telón de fondo la lucha de clases. Arranca la acción con un accidente de tráfico cuyas víctimas son un insigne miembro de la familia Errazquin y la esposa de un oscuro empleado de banca. La fatalidad ha querido que se destape un adulterio y es ese mismo azar el que hará que allí, al pie de un acantilado y ante los cuerpos sin vida de los difuntos, se conozcan Bruno (Alfredo Alcón) y Elena (Paloma Valdés). En otras palabras: el viudo y la huérfana de los amantes.

Bruno Sartori (Alfredo Alcón)


Él es un tipo atormentado; ella es menor de edad. Y la relación que nace entre ambos parece condenada al fracaso por culpa de los prejuicios de quienes los rodean: para los compañeros de oficina de Bruno en Mar del Plata éste no es más que un cornudo o, ya en su nuevo destino en la sucursal de Buenos Aires, un protegido de los todopoderosos Errazquin; en cambio, los familiares y amigos de la joven tratan con desdén a Sartori por considerarlo inferior a ellos. Peor aún: un arribista sin escrúpulos que pretende aprovecharse de su dinero.

Como suele ocurrir con bastante frecuencia en la filmografía de Bardem, el esbozo que se lleva a cabo de los dos grupos sociales en lid adolece de un cierto maniqueísmo. En ese sentido, los miembros del clan Errazquin y sus allegados se caracterizan por su porte aristocrático, arrogante y excéntrico (la abuela obsesionada por la astrología, los amigos de Elena que recitan versos de Rimbaud y tratan a Bruno con la misma condescendencia que a un chófer...). Sin embargo, la idea que se desprende a medida que se vayan precipitando los hechos aquí descritos es que todo el mundo tiene un precio. Y que la tentación de sucumbir a la oferta de quien promete una vida exenta de estrecheces económicas, una vez que Bruno comprende que nunca podrá formar parte del mundo de Elena, resulta incluso más poderosa que el amor inocente de la joven heredera.

Elena Errazquin (Paloma Valdés)


viernes, 28 de agosto de 2020

El próximo otoño (1963)




Director: Antonio Eceiza
España, 1963, 85 minutos

Un verano con Monique...

El próximo otoño (1963) de Antxon Eceiza


El mito erótico de la francesita adorable que subyace en el argumento de El próximo otoño (1963) acabaría degenerando, ya en la década de los setenta y en color, en las suecas despampanantes de las comedias del landismo. Sin embargo, Antxon Eceiza y su equipo de guionistas (entre los que figuraba Víctor Erice) optaron por relatar una historia mucho más profunda que coincide, hasta cierto punto, con lo que ese mismo año expondría Bardem en Nunca pasa nada (1963). Sólo que trasladando la acción al litoral granadino, cuando la localidad de Almuñécar era aún una aldea de pescadores con tapias enjalbegadas y callejas sin asfaltar.

Vecino del pueblo, Juan (Manuel Manzaneque) es un antiguo seminarista que tuvo que dejar los estudios para ayudar económicamente a su madre (María Luisa Ponte) y su abuelo. Por eso trabaja al servicio de una acomodada familia de veraneantes cuyos hijos no cesan de tratarlo con la habitual displicencia de los señoritos. Monique, en cambio, una joven francesa que pasa con ellos las vacaciones, se sentirá atraída por la timidez de Juan, con quien vive un idilio tan intenso como efímero.



A este respecto, la siempre grácil Sonia Bruno interpreta con solvencia el papel de turista ávida de jarana en compañía de los lugareños antes de instalarse en París, después del verano, para iniciar sus estudios universitarios. De ahí que, pertrechada con su cámara Rolleiflex, se dedique a inmortalizar los rincones más pintorescos de la geografía local, desde las procesiones religiosas hasta el viejo cementerio de nichos medio derruidos.

Sin llegar a plantear abiertamente un conflicto de clases como el mostrado algo después, en el terreno novelístico, por un compañero de viaje y generación como el Juan Marsé de Últimas tarde con Teresa (1966), El próximo otoño fue la primera película producida por Elías Querejeta. Lo cual queda patente en una factura visual marcada por la fotografía en blanco y negro de Luis Enrique Torán en la que Luis Cuadrado ya ejercía labores de ayudante. Y, sobre todo, en ese afán tan característico por captar la esencia de una España profunda frente a la que estos nuevos realizadores adoptan una mirada que intentaba ser crítica.


sábado, 14 de septiembre de 2019

De cuerpo presente (1967)




Director: Antonio Eceiza
España, 1965, 80 minutos

De cuerpo presente (1967) de Antonio Eceiza


Cada nueva película de Antxon Eceiza que uno tiene ocasión de ver hace que se vaya afianzando, con mayor certeza, la absoluta evidencia del enorme talento que atesoraba uno de los mejores directores de su generación. Y si ya Último encuentro (1967), concebida a mayor gloria del bailarín Antonio Gades, fue una auténtica genialidad, De cuerpo presente (rodada en el 65, aunque no se estrenara hasta dos años después) alcanza la categoría de obra maestra.

Por eso sorprende que el cartel promocional de la misma (véase arriba, al frente de estas líneas) la definiese como "una película de humor, loca y disparatada", cuando la realidad es que se trata de una producción de Elías Querejeta que pretendía ir mucho más allá de las comedias al uso. De entrada, porque adapta una novela del también cineasta Gonzalo Suárez, pero, sobre todo, por ese aire entre onírico y absurdo que acaba desembocando en una persecución policíaca que, en determinados momentos, intenta emular la estética de Jean-Luc Godard.

Enna (Françoise Brion)

Moribundo o cataléptico, Nelson Braine (Carlos Larrañaga) recorre en pijama su frenética odisea, la pesadilla de un sátiro irresistible para las mujeres que se verá acosado por unos y por otros hasta dar con sus huesos en el interior de un bidón lleno de un líquido rojo que bien pudiera ser sangre. Así de increíble y así de ilógico: la acción arranca dentro de un ataúd, en la penumbra de un velatorio, para, ochenta minutos más tarde, culminar en un estudio cuya colorida decoración pop contrasta vivamente con el blanco y negro del resto del metraje.

Tal vez sea tarea inútil buscarle algún significado al guion de Eceiza, Querejeta y Francisco Regueiro. O puede que, por contra, su mensaje sea de una claridad meridiana. Quizá baste con analizar la primera frase pronunciada por el protagonista para darse cuenta de cuál es el tema en De cuerpo presente: "Estoy perfectamente muerto. No puedo mover ni la lengua, ni un dedo. Debo de estar muerto. Sin embargo, no me resigno. En realidad, si me muevo, es que estoy vivo. ¡Tengo que moverme!" Una quietud forzosa, como la impuesta por el régimen franquista, bajo la apariencia críptica —subrayada por la vanguardista partitura de Luis de Pablo que sirve de banda sonora— de un filme de arte y ensayo. Curiosa lectura, incendiariamente subversiva, según la cual el pijama de rayas de Nelson podría simbolizar un traje de presidiario.


viernes, 7 de diciembre de 2018

Último encuentro (1967)




Director: Antonio Eceiza
España, 1967, 78 minutos

Último encuentro (1967) de Antonio Eceiza


Puede que a las nuevas hornadas de cinéfilos el nombre de Antxon Eceiza no les diga gran cosa: un poco/bastante porque la tendencia generalizada es propensa a denostar el cine español y otro tanto, quizá, porque el malogrado director donostiarra (que fallecería el 15 de noviembre de 2011 a la relativamente temprana edad de 76 años) dirigió su última película —Felicidades, Tovarich— en 1995. Sin embargo, hubo una época en la que, de la mano de su paisano Elías Querejeta, Eceiza debutó por la puerta grande optando a la Palma de Oro en Cannes.

Último encuentro, que así se titulaba la cinta en cuestión, no pasaba de ser una producción al servicio del bailaor Antonio Gades, por aquellos tiempos en plena efervescencia cinematográfica si se tiene en cuenta que participó, en apenas cuatro años, en hasta seis películas: aparte de Los Tarantos (1963) y El amor brujo (1967), ambas de Rovira-Beleta, formaría parte también, entre otros, del reparto de Con el viento solano (1966) de Mario Camus.



En el primero de la anterior lista de títulos, Gades ya había coincidido con el actor Daniel Martín, quien interpreta aquí al abatido Juan, antiguo guitarrista flamenco al que la traición del que fuera su mejor amigo sumió en una melancolía perpetua. Pero el destino ha querido que el uno y el otro coincidan en el plató de un programa de televisión (La llave del recuerdo, conducido por el mítico José Luis Uribarri, que hace de sí mismo). Aunque dicho espacio, que, en principio, tenía como única misión ensalzar la trayectoria de Antonio Esteve (nombre real de Gades), abre la caja de Pandora de un pasado incómodo que enfrenta al artista con sus orígenes humildes y el insulso presente que le toca vivir junto a una esposa burguesa (María Cuadra) a la que no presta excesiva atención y un representante tan sibilino como pragmático (José María Prada) obsesionado con hacerlo triunfar a cualquier precio.

Lo más llamativo de Último encuentro, amén de la destreza taconeante de Gades sobre los tablaos, es una estructura a base de continuas elipsis y saltos temporales que culmina, como no podía ser de otra manera, con un desenlace de lo más trágico. Claro que no todo es tan tremendo en un filme concebido por dos vascos para poner al día (y vender, de paso, en el extranjero) una imagen más moderna de la España de pandereta. En ese aspecto es muy revelador el número en el que Antonio baila por bulerías la música yeyé de Los Shakers (el conjunto integrado por los hijos de José Luis Sáenz de Heredia) con unos carteles de promoción turística estratégicamente situados detrás de la banda.