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viernes, 31 de julio de 2026

Medea 2 (2006)




Director: Javier Aguirre
España, 2006, 82 minutos

Medea 2 (2006) de Javier Aguirre


Además de ser la última película que hicieron juntos Esperanza Roy y su marido Javier Aguirre (1935-2019), Medea 2 (2006) contiene también una de las últimas apariciones en pantalla de Fernando Fernán Gómez, apenas un año antes de su fallecimiento. Cine experimental, hasta cierto punto, en formato vídeo y basado en un clásico de la literatura latina. Cuyo texto, por otra parte, escrito por Séneca hace dos milenios, luce extraordinariamente en la voz de intérpretes de la talla de los susodichos o de Manuel de Blas (Creonte).

Sobre un fondo con imágenes de restos romanos (e incluso griegos, rodados in situ, con la Roy posando en plan instagrammer), los actores recitan sus monólogos frente a la cámara haciendo gala de muchas tablas y sobrado talento. Porque si hay un género que requiere de una especial habilidad para lograr el tono apropiado ése es, sin ninguna duda, la tragedia. De ahí la vehemencia con la que unos y otros declaman sus respectivas intervenciones a propósito de lo que no deja de ser un caso de infanticidio puro y duro.



Al mismo tiempo, son diversas las escenas de baile que se incluyen a modo de interludio, a veces con un ligero toque flamenco. No en vano, el equipo contó con la colaboración extraordinaria de Lola Greco, en el papel de Creusa, mientras que la película en su conjunto estuvo dedicada a la coreógrafa Pilar López. Como también resulta llamativo el uso que se hace del color, manteniendo a la protagonista en un elocuente blanco y negro que es la prueba palpable (por lo menos en el plano visual) de su delito.

Pero es el paralelismo que se establece, durante un largo prólogo de diez minutos, con el caso de la parricida de Santomera (Murcia), acaecido en enero de 2002, lo que de verdad le aporta otra dimensión a la historia que aquí se narra, recordándonos que las luces y sombras de la condición humana, lejos de restringirse a las páginas de los clásicos, son algo consustancial a nuestra propia naturaleza, siempre susceptible de cometer los crímenes más atroces, aun en el ámbito familiar. Así pues, el mito de Medea, revisitado en clave contemporánea por Javier Aguirre y Esperanza Roy, encarna el triunfo absoluto del furor irrazonable sobre la razón, donde la protagonista destruye conscientemente a sus propios hijos para consumar una venganza total contra Jasón y reafirmar de ese modo su implacable identidad.



domingo, 22 de junio de 2025

El cronicón (1970)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1970, 94 minutos

El cronicón (1970) de Antonio Giménez Rico


Con un poco de comedia de época y otro poco de opereta, El cronicón (1970) basa buena parte de su comicidad en la inclusión de elementos anacrónicos. Por eso los miembros de la corte medieval bailan a ritmo yeyé o el avispado Aladino (Luis Sánchez Polack, "Tip") lleva gafas de montura metálica. A semejante voluntad paródica obedece también la ambientación yanqui del Nuevo Mundo cuando don Blas Testa de Buey (Cassen) y sus secuaces cruzan el charco para ir en busca de El Dorado.

Ayudado en las labores de guion por su buen amigo José Luis Garci, Antonio Giménez-Rico (1938-2021) pergeña un engendro tan adorable como disparatado que se abre y se cierra con sendas citas literarias: "La moralidad que tiene un punto de satírica es muy gustosa, pero ha de ponderar en común para ir segura" (Baltasar Gracián, Arte y agudeza de ingenio) y "Para sermón de lego ya es bastante sin licencia del prior" (Francisco de Quevedo, La hora de todos y la fortuna con seso).



Música de Carmelo Bernaola, fotografía de José Luis Alcaine y un elenco de secundarios inolvidables, encabezado por Venancio Muro (Alicán), Esperanza Roy (Condesa Genoveva) o Manolo Gómez Bur (Conde Sandro), que aparecen haciendo de estatuas vivientes en los títulos de crédito iniciales. También intervienen, en papeles menores de fieles servidores de la ley, Antonio Casal (el Justicia Mayor) y José Orjas (Comisario).

Que un aristócrata algo crédulo y aquejado de impotencia mande a un navegante insensato al otro confín de la tierra en pos del remedio infalible para sus males y que esa panacea se llame Dilaila (Rosanna Yanni) y luzca tres lunares en lo más recóndito de su escultural cuerpo da una idea de por dónde van los tiros. Que es precisamente como acaba la película: con un tiroteo en medio de un pinar y los varones acosados por una tribu de bellas indias antropófagas que amenazan con echarlos a la marmita. ¡Apoteósico!



domingo, 1 de octubre de 2023

El cálido verano del Sr. Rodríguez (1965)




Director: Pedro Lazaga
España, 1965, 80 minutos

El cálido verano del Sr. Rodríguez (1965)


Aunque estemos ya en otoño, las suaves temperaturas del veranillo de San Miguel se prestan para el comentario de una cinta tan sumamente estival como El cálido verano del señor Rodríguez (1965). Engendro cómico, con su buena dosis de crítica costumbrista, que llevaba décadas fuera de circulación y que ahora, debidamente restaurada por la Filmoteca Española, vuelve a gozar de una nueva vida.

Hecha a medida de la sin par vis histriónica de José Luis López Vázquez, lo cierto es que el guion de la película, aparte de retratar a un tipo muy común de nuestra idiosincrasia hispánica, abunda en referencias socioculturales de aquel entonces que hoy pueden llegar a abrumarnos, en algunos casos, por su incorrección política (como aquello que dice el protagonista a propósito de los gitanos: "Donde habites, no hagas daño"), pero que, dado su valor testimonial, arrojan una impronta certera sobre aquella España en blanco y negro de hace sesenta años.



A juzgar por cómo la expresión está presente en el título e incluso en buena parte de los diálogos, lo de permanecer sólo en la ciudad mientras mujer e hijos se marchan de vacaciones (es decir, quedarse de "Rodríguez") debe venir de antiguo, sin que esté muy claro el origen de semejante modismo. En todo caso, lo que verdaderamente define al personaje no es tanto su afán crápula, sino una proverbial fanfarronería a la hora de exagerar o directamente inventar sus gestas.

De hecho, la estructura del filme se divide en dos partes claramente diferenciadas en torno a cómo diantre ha acabado Pepe Rodríguez con un ojo a la virulé. Así pues, si hasta la mitad de la trama visualizamos las mentiras que el petulante oficinista le cuenta a un antiguo camarada que recoge en su seiscientos descapotable (Agustín González) o, tras llegar a casa, a su propia esposa (Elvira Quintillá), el resto de metraje consiste, en cambio, en mostrarnos "la verdad", si es que esa palabra quiere decir algo fiable. En todo caso, el tal Rodríguez no dudará en consultar sus dudas con el espejo para acabar llegando a una conclusión que el espectador avezado haya tal vez advertido a lo largo del relato. Y es que todas las mujeres de las ensoñaciones del pobre Rodríguez tienen, en realidad, la cara de su señora...



jueves, 17 de febrero de 2022

Las señoritas de mala compañía (1973)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1973, 83 minutos

Las señoritas de mala compañía (1973)


La pequeña localidad segoviana de Aranda de Lerma cuenta en su seno con un burdel que trae de cabeza a las beatas del pueblo, bajo la batuta de doña Íñiga (Milagros Leal), por lo que éstas no cesan de conspirar con la intención de clausurarlo. Sin embargo, las pupilas de doña Sole (Isabel Garcés) son tan populares que hasta los maridos de las puritanas defensoras de la decencia se cuentan entre la nutrida parroquia de clientes que acuden regularmente al local. Una plantilla de lo más solicitado que, además, verá engrosar sus filas con la llegada de Charo (María Luisa San José), joven madre soltera de la que enseguida queda prendado el tímido Luis (Emilio Gutiérrez Caba), opositor y, para más inri, hijo de otra de las remilgadas mojigatas que se oponen a la casa de lenocinio.

El resto de personal lo conforman la risueña Dominga (Concha Velasco), Eloísa (Marisa Medina) y una despampanante moza que responde al nombre de Lola (Esperanza Roy). También Eloy (Manolo Gómez Bur), especie de mayordomo fiel o amanerado "chico" para todo. Como se ve, un entorno menos sórdido que entrañable, por el que irán desfilando buena parte de los vecinos del lugar, hasta que el premio gordo de la lotería de Navidad inunde de júbilo la pensión, trastocándolo todo.



Porque, a lo tonto a lo tonto, el tema de fondo de Las señoritas de mala compañía (1973) no es otro sino el fariseísmo de quienes se rasgan las vestiduras en nombre del recato y la santa moral para, acto seguido, transigir en lo que parecían principios inquebrantables. Y es que no hay remilgos que valgan cuando lo que anda en juego es una suculenta fuente de ingresos procedente de la otrora impúdica madama. Crítica (amable y sin mayores reparos, si se quiere, pero crítica, al fin y al cabo) que muy bien pudiera hacerse extensible al conjunto de la sociedad española bajo el franquismo.

El tono desenfadado del libreto de Juan José Alonso Millán, a partir de una idea de Antonio Fos, unido a la pegadiza banda sonora compuesta por el maestro García Segura, confiere al conjunto un aire muy de la época, vehículo ideal para el lucimiento de secundarios de la talla de José Luis López Vázquez, Saza, José María Caffarel (en un breve papel de viajante catalán) o Juanito Navarro. Ahora, eso sí: es el personaje del sacerdote (Ismael Merlo) el encargado de poner orden y una nota de sentido común en una cinta que abogaba abiertamente por una visión frívola de la prostitución y aun de las propias mujeres.



domingo, 28 de noviembre de 2021

Chechu y familia (1992)




Director: Álvaro Sáenz de Heredia
España, 1992, 81 minutos

Chechu y familia (1992) de Álvaro Sáenz de Heredia


Álvaro, el sobrino de Sáenz de Heredia, dirigió esta insulsa comedia gamberra a propósito de un adolescente que se queda solo en casa con su abuelo, las chicas del servicio, el jardinero y un tío solterón que no piensa más que en comer. Nadie lo diría a juzgar por lo mediocre del resultado final, pero el guion de semejante bodrio corrió a cargo nada menos que de Rafael Azcona, quien adoptó un relato propio titulado "Casete".

Además de mal estudiante, el tal Chechu (César Lucendo) es un pájaro de mucho cuidado que, con apenas catorce años, lo graba todo con su cámara de vídeo para chantajear a propios y extraños y, por si no fuera poco, vive obsesionado con las curvas de Pauli (Neus Asensi), despampanante asistenta doméstica a la que el chaval mete mano siempre que puede (y ella se deja). Apego por las faldas que debe de ser genético, toda vez que don José, el abuelo (Fernando Fernán-Gómez), viudo, antiguo maestro de escuela y aficionado a darle a la botella, bebe los vientos por la gallega Maruxa (Amparo Moreno), la otra sirvienta.



Y claro, cuando los padres se ausentan con motivo de un banquete de boda al que son invitados, se arma la de Dios es Cristo: el tío Teddy (Emilio Mellado) no sólo se dedica a apuntar en una libreta todas las travesuras que comete el abuelo, sino que él mismo se salta el estricto régimen que le ha impuesto su hermana (Esperanza Roy); Pauli y Maruxa se meten en la piscina con el pretexto de que Chechu les enseñe a nadar; Florito (Luis Lorenzo), un amigo de la familia bastante afeminado y aficionado al tenis, se presenta de improviso; lo mismo que Cosme (Antonio Flores), el celoso y violento novio de Pauli...

Rodada en un lujoso chalé de La Moraleja, Chechu y familia (1992) tiene más de sitcom televisiva al estilo de Aquí no hay quien viva que no de película cinematográfica destinada a ser exhibida en salas comerciales. Probablemente porque fue concebida en una época de transición en la que determinados productos, como las astracanadas de Pajares y Esteso, ya no estaban de moda, mientras que las recién creadas cadenas de televisión privada, en plena fiebre de las Mama Chicho, todavía no contemplaban este tipo de humor para sus series de ficción.



miércoles, 13 de octubre de 2021

Bésame, tonta (1982)




Director: Fernando González de Canales
España, 1982, 90 minutos

Bésame, tonta (1982) de F. González de Canales


A juzgar por las desmesuradas dotes teatrales de las que solía hacer gala en sus conciertos, al frente de la Orquesta Mondragón, era inevitable que un tipo tan histriónico como Javier Gurruchaga acabase protagonizando una película. Debut cinematográfico que finalmente tuvo lugar con el inaudito musical Bésame, tonta (1982), título inequívocamente wilderiano, a la par que producto hecho a medida del cantante.

Según rezan los créditos, fue responsable del guion Rafael Azcona, si bien el “argumento” de la película, basado en una idea del propio Gurruchaga y el director Fernando González de Canales, no pasa de ser un simple pretexto para ir engarzando, una tras otra, las divertidas canciones del grupo donostiarra. A este respecto, el resultado final se asemeja más a un entretenido videoclip de hora y media que no a otra cosa, pese a contar con la participación de un excelente reparto en el que sobresalen los nombres de Esperanza Roy, Manolo Gómez Bur o Fernando Fernán-Gómez.



Y, como no podía ser de otra manera, el siempre mudo Popocho Ayestarán pulula por aquí y por allá derrochando simpatía con un papel que oscila entre la sobriedad de un Buster Keaton y el carácter efusivo de Harpo Marx. Por cierto que la imagen del cómico junto a Javier (Gurruchaga) a lomos de una moto con sidecar se anticipa en varios años a una similar estampa de Resines y Luis Ciges en Amanece, que no es poco (1989).

En cualquier caso, la anodina existencia de un insignificante empleado de Bancobank al que sus superiores, temerosos de que el peculiar estilo del joven pudiese ahuyentar a los clientes, trasladan a una sucursal más acorde con su estrafalaria personalidad, dará gradualmente paso a la metamorfosis del protagonista hasta convertirse en el prometedor Tony Volante: estrella en potencia que, liberado del lastre de una madre posesiva, volará a Hollywood en busca del éxito.



viernes, 3 de septiembre de 2021

¿Por qué pecamos a los cuarenta? (1970)




Director: Pedro Lazaga
España, 1970, 87 minutos

¿Por qué pecamos a los cuarenta? (1970)


El título de esta particular comedia de Pedro Lazaga lleva implícita la idea de que la cuarentena marca un límite en la vida de todo hombre: el de la edad a partir de la cual se debería haber sentado definitivamente la cabeza, pero también el momento crítico en el que la juventud, que no queda tan lejos, da sus últimos (y patéticos) coletazos. En ese aspecto, los tres protagonistas de ¿Por qué pecamos a los cuarenta? (1970) responden al perfil de varón libidinoso al que, pese a ser respetable padre de familia, se le van los ojos detrás de toda moza de buen ver que se cruce en su camino. 

Sin embargo, y por más que, en un principio, sus respectivos romances otoñales parezcan haber traído un soplo de aire fresco en medio de tanta monotonía, la triste realidad se acabará imponiendo: no hay bigote ni peluquín que pueda remediar los estragos del paso del tiempo.



De todos ellos, es el eminente doctor Quesada (Fernando Fernán-Gómez) el que goza de mayor reputación tras haber descubierto una hormona femenina que le ha valido el reconocimiento unánime de la comunidad científica a nivel internacional. De ahí los aires de superioridad que adopta frente a Enrique (José Luis López Vázquez) y Federico (Juanjo Menéndez), quienes pondrán en práctica los consejos del amigo sin ni siquiera imaginar que él tampoco está exento de padecer las mismas contrariedades.

El machismo que se desprende de este sainete "moderno", auspiciado por la productora de Pedro Masó, queda patente ya desde los títulos de crédito iniciales, en los que un grupo de actores invitados (Pepe Sacristán, Tip y Coll, Manolo Gómez Bur...) pierden el norte contemplando la belleza de las muchachas que pasean por las calles de Madrid. Comportamiento que denota las obsesiones propias de un tiempo felizmente pasado, pero que quizá ayude a entender el origen de las muchas agresiones misóginas que, a día de hoy, siguen siendo tristemente noticia.



martes, 31 de agosto de 2021

Estudio amueblado 2.P. (1969)




Director: José María Forqué
España, 1969, 94 minutos

Estudio amueblado 2.P. (1969) de Forqué


Tal vez el único aliciente de una comedia como Estudio amueblado 2.P. (1969) consista en que permite hacerse una idea aproximada de las fantasías eróticas que encendían la libido de los hombres de frente estrecha durante el franquismo. La historia que narra es, más o menos, como sigue. Dos oficinistas de una entidad financiera deciden servirse de un ultramoderno cerebro electrónico, que les acaban de instalar en la sucursal, para que les programe sus escarceos amorosos. Así, guiados por las indicaciones de la infalible computadora, Miguel (Fernando Fernán-Gómez) y Ramón (José Luis López Vázquez) alquilan una buhardilla en un barrio discreto adonde irán llevando a las mujeres que, según el ordenador, presentan un perfil más propenso para dejarse seducir.

Ni que decir tiene que ambos elementos, solterones que ya pasan de los cuarenta, comparten el mismo carácter rijoso, propio de individuos reprimidos sexualmente. Ramón es el más echado para adelante y por eso se las da de entendido en la materia, mientras que el tímido y patoso Miguel siempre va un poco a remolque de su compañero. Aunque, a la hora de la verdad, poco importa la diferencia, ya que tanto el uno como el otro resultan igual de patéticos.

Buena parte de los exteriores se rodaron en Gerona


Y, sin embargo, hay un momento en el que parece que la suerte les sonríe, recibiendo efusivas muestras de admiración por parte de sus compañeros de trabajo o, lo que es más sorprendente, convirtiéndose en objeto de deseo de las muchachas de la oficina. Ilusión que se desvanecerá bruscamente cuando los directivos, entre cuyas filas hay un par de eclesiásticos, tengan noticia de la existencia del picadero a consecuencia de un escándalo en el que se han visto involucradas dos supuestas francesas.

Al margen de lo obsoleto que haya podido quedar su contenido, lo cierto es que Estudio amueblado 2.P. responde al patrón de comedia subida de tono que, desde finales de los sesenta, anuncia una relajación de la censura en materia de moral. Se trata, por lo común, de guiones que explotan la morbosidad en torno a prácticas hasta entonces consideradas tabú (adulterio, prostitución, promiscuidad...), pero sobre las que, en lo sucesivo, se tolerará frivolizar un poco como signo de modernidad. Tal será el caso, por ejemplo, de El triangulito (1972), también de Forqué, en la que se plantea una insólita relación sentimental entre una mujer y dos hombres.



domingo, 27 de junio de 2021

Carne apaleada (1978)




Director: Javier Aguirre
España, 1978, 102 minutos

Carne apaleada (1978) de Javier Aguirre


El ser humano es como es. La voluntad y la carne, débiles. Yo, entonces, me encontraba en la cárcel. Triste y sola. Senta, también. El ambiente y las circunstancias encendieron la mecha. No importa el nombre con que el mundo bautice esos sentimientos. No se les puede exigir carné de identidad a las razones del corazón. No importa cómo se llamen, sino lo que nos dan. A mí me han dado muchísimo. Me ayudan a sobrevivir. Lo que siento es algo maravilloso. Acaso se llame amor y me conduzca hacia un continuo INRI de carne crucificada.

Inés Palou
Carne apaleada

El desgarrador testimonio del que dejó constancia Inés Palou (1923-1975) en sus memorias carcelarias daría pie a una adaptación cinematográfica no menos impactante. Por varios motivos, Carne apaleada (1978) merece ser objeto de una revisión a fondo, comenzando por la valentía de su director, Javier Aguirre, quien, dejando momentáneamente de lado las producciones comerciales que le reportaban fama y dinero, optó en esta ocasión por una puesta en escena a medio camino entre aquéllas y su "anticine" de marcado corte experimental. En ese sentido, y sin llegar a ser un típico producto de la época del destape, la película aúna con pericia el morbo y la denuncia social, abordando el lesbianismo de la pareja protagonista desde una óptica insólitamente moderna para lo que se estilaba entonces.

No obstante, aparte de la relación sentimental entre Berta (Esperanza Roy) y Senta (Bárbara Rey), plantea especial interés el análisis que se lleva a cabo a propósito de lo que supone la vida en el presidio, un entorno inhóspito al que van a parar reclusas de todo tipo ("piculinas" o prostitutas, presas políticas, delincuentes comunes...) y donde la violencia más brutal, ejercida por las funcionarias o por las propias internas, convive al mismo tiempo con una camaradería inquebrantable.

Berta Costaleda (Esperanza Roy), trasunto literario de Inés Palou


Pese a tratarse de un drama penitenciario, los títulos de crédito iniciales nos sitúan en una solitaria estación de tren cuyos vagones vacíos se muestran con insistencia mientras suena de fondo una triste melodía de flauta: claro ejemplo de flash-forward, en alusión directa al desenlace que tendrá el filme así como al fatídico suicidio de la propia Inés Palou. Por lo demás, la cinta se mantiene bastante fiel a su fuente literaria, si bien condensa la profusa galería de personajes que desfilan por las páginas del libro, amén de recurrir al manido recurso de la voz en off para dejar que sea Berta quien resuma sus andanzas en primera persona.

La larga lista de secundarias que integran el reparto (Julieta Serrano, Pilar Bardem, las hermanas Terele Pávez y Elisa Montés, Yelena Samarina, Virginia Mataix haciendo de francesa...) nos deja alguna que otra curiosidad reseñable. Como, por ejemplo, el último papel para la gran pantalla de la veterana Tota Alba, aquí María Cinta, una de las dos sifilíticas de la celda (la otra es La Andaluza, interpretada por Carmen de Lirio). O el hecho de que Esperanza Roy y Enriqueta Carballeira (Arantxa, una de las presas políticas), las dos actrices que fueron pareja de Javier Aguirre en la vida real, compartan varias escenas en el patio de la prisión.



lunes, 10 de mayo de 2021

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971)




Director: Pedro Lazaga
España, 1971, 93 minutos

Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) de Pedro Lazaga


La pieza teatral en dos actos de Jardiel Poncela en la que se basa esta película se había estrenado el 16 de febrero de 1943 en el madrileño Teatro de la Comedia. Con varias diferencias respecto a lo que Pedro Lazaga mostrará en pantalla casi tres décadas más tarde. De entrada, porque los accidentes ferroviarios que padecen los personajes en la obra de teatro han sido sustituidos, en su versión cinematográfica, por accidentes automovilísticos. Pero, por otra parte, y ahí es precisamente donde radica el contraste más notorio, los actores de Blanca por fuera y Rosa por dentro (1971) hacen gala de un histrionismo un tanto chabacano que poco o nada tiene que ver con el humor inteligente de Jardiel.

Se incluye, además, una canción ("La Tierra es una bola de colores", con letra de Antonio Gala y música de Antón García Abril, interpretada por Jaime Morey) que sirve de hilo conductor a lo largo de todo el filme y suena de fondo cada vez que la pareja protagonista se tira los trastos a la cabeza: recurso que, a nivel visual, adquiere su máxima comicidad cuando el estribillo recalca aquello de "¡Te quiero, te quiero mucho, vida mía!" mientras vemos a Ramiro (José Luis López Vázquez) y a Blanca (Esperanza Roy) gritarse airadamente.



La tesis de la cinta (si es que de tesis puede hablarse) vendría a ser que, a veces, un matrimonio en apariencia mal avenido tiene más posibilidades de seguir adelante que no uno cuyos cónyuges estén todo el día haciéndose arrumacos. O eso, al menos, es lo que le ocurre al pobre Ramiro Peláez, quien deseará que su señora vuelva a ser tan fiera como solía serlo antaño cuando, tras sufrir un grave percance, ésta adopta el comportamiento tierno y cariñoso de su difunta hermana Rosa. Con el agravante de que dicha transmutación conlleva también, como es lógico, que Blanca (que es Rosa por dentro, de ahí el título) se sienta atraída por su cuñado Héctor (Pepe Rubio).

Típica comedia de enredo en la que los personajes desean a toda costa revertir la situación, se convierte, en manos del prolífico Pedro Lazaga, en un vehículo al servicio del elenco de actores. Además de los ya mencionados, destacan Josele Román en su papel de criada amnésica y Valeriano Andrés como doctor y sabio despistado. También Rafael Alonso, que da vida a un dramaturgo a punto de estrenar su nueva comedia, y Manuel Alexandre, el profesor encargado de reeducar a Blanca.



domingo, 10 de enero de 2021

Divinas palabras (1987)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1987, 107 minutos

Divinas palabras (1987) de J.L. García Sánchez


PEDRO GAILO: ¡He de vengar mi honra! ¡Me cumple procurar por ella! ¡Es la mujer la perdición del hombre! ¡Ave María; si así no fuera, quedaban por cumplir las Escrituras! ¡De la mujer se revira la serpiente! ¡Vaya si se revira! ¡La serpiente de las siete cabezas!

Ramón del Valle-Inclán
Divinas palabras (Tragicomedia de aldea)
Jornada segunda, Escena sexta

Ancestral y atávica, la Galicia que retrata Valle-Inclán en Divinas palabras se asemeja al escenario de los romances de ciego y las consejas de las comadres a la orilla de la lumbre. Mundo mítico poblado por seres harapientos cuya miseria los empuja a la mendicidad, aunque sea utilizando como reclamo a una criatura deforme que pasean en carro por las ferias de las aldeas. Un espacio, en definitiva, abonado a la superstición y la mugre, donde se mata por defender la honra o se practica la alcahuetería con la misma naturalidad que el trasgo cabrío brinca por la techumbre de los campanarios.

Incondicional de la literatura valleinclanesca, como ha demostrado sobradamente al adaptar para el cine y la televisión numerosas obras del autor gallego, José Luis García Sánchez acometió la dirección de Divinas palabras con la voluntad de acercar al gran público el universo de uno de los dramaturgos más notables de todos los tiempos. De ahí que la película contase en el reparto con la presencia de grandes figuras como Ana Belén (Mari-Gaila), Paco Rabal (Pedro Gailo) o Imanol Arias (el donjuanesco Séptimo Miau): intérpretes populares y genialmente secundados por los no menos brillantes Aurora Bautista (Marica del Reino), Esperanza Roy (Rosa la Tatula) y un jovencísimo Juan Echanove que sería recompensado con el Goya al Mejor Actor de Reparto por su papel de Miguelín el Padronés.



En líneas generales, y aun constituyendo una aproximación al texto original más que correcta, la película no logra desprenderse, sin embargo, de un cierto regusto teatral, a pesar de la excelente dirección artística de Gerardo Vera en las mismas localizaciones pontevedresas en las que Valle sitúa la historia. Elemento galaico que la música de Milladoiro contribuye a realzar, si bien Ana Belén canta un par de temas ("Estoy celosa del vuelo" y "Siempre de más, de menos jamás") que no parece que vengan muy a cuento. Como también resulta un tanto misterioso, por lo guadianesco, el acento gallego con el que Paco Rabal adorna (a veces sí y otras no) a su personaje de sacristán.

Admitía el propio García Sánchez que en el cine "los adjetivos se pagan", dando a entender las limitaciones presupuestarias que conlleva la adaptación de una obra tan sumamente compleja. Quizá por ello se vio obligado a renunciar a la escena en la que Mari-Gaila vuela por los aires de la mano del propio diablo. Aunque, y ahí sí que no influye tanto el dinero, sorprende que se atenúe el carácter celestinesco de la Tatula o momentos tan transgresores como cuando el cadáver de Laureaniño es devorado por una piara de cerdos (curiosamente, Valle recurrirá a la misma imagen, años después, en Tirano Banderas). Sabedor de ello, el director optó por un final más impactante que el de la propia tragicomedia al hacer que la adúltera Mari-Gaila (Ana Belén) se desnudase completamente en la puerta de la iglesia para, acto seguido, y como si de la lapidación de una nueva Magdalena se tratara, entrar en cueros en el templo de la mano del cornudo sacristán.



domingo, 11 de marzo de 2018

Vida/Perra (1982)




Director: Javier Aguirre
España, 1982, 94 minutos

Vida/Perra (1982) de Javier Aguirre


En esencia, el monólogo que Esperanza Roy lleva a cabo en Vida/Perra no dista demasiado del protagonizado por Lola Herrera en Cinco horas con Mario: curiosamente, ambas actrices no sólo nacieron las dos en 1935, sino que sus respectivos papeles, sendas adaptaciones de novelas, se enmarcan en la represión machista que tantas mujeres hubieron de padecer en la España nacionalcatólica del franquismo.

La diferencia, sin embargo, estriba en el hecho de que Juanita Narboni se muestra mucho más desinhibida que Carmen Sotillo tanto en lo contundente del vocabulario como en la intensidad de sus confesiones íntimas. Así pues, el particular ajuste de cuentas con el pasado de esta solterona (natural de la ciudad de Tánger en el relato de Ángel Vázquez, detalle éste obviado por la versión cinematográfica) adquiere una insólita vehemencia, rayana en el paroxismo, en manos del tándem Javier Aguirre/Esperanza Roy (marido y mujer en la vida real), quienes, un poco al estilo de John Cassavetes y Gena Rowlands, no dudaron en utilizar su propio apartamento como escenario de rodaje.



En cuanto a las obsesiones de Juanita, cabe decir que éstas son básicamente dos: su madre y su hermana, figuras que la marcaron de forma muy negativa y destinatarias, por ende, de la mayor parte de dardos envenenados que vaya lanzando a lo largo de su febril soliloquio. De la primera llegará a olvidar el rostro, mientras que de la segunda no puede soportar la idea de que fuese una mujer liberada: ella, que apenas sí tuvo un novio en su juventud, que a la postre resultó ser homosexual. Para abordar tan delicado asunto, la cámara se irá acercando progresivamente al personaje en cada una de las distintas tomas, de modo que Juanita acaba interpelándonos no pocas veces, en un constante diálogo consigo misma y con sus familiares.

Frustración a raudales teñida de amargura que la realizadora marroquí Farida Benlyazid no acertó a repetir en el remake que dirigió en 2005, coproducción con España protagonizada por Mariola Fuentes en la que el "Anticine" de Aguirre dejaba paso a una convencional puesta en escena en la que un cuantioso reparto, internacional y políglota, restaba fuerza al vigor de la interpretación que Esperanza Roy había sido capaz de cargar ella sola sobre sus espaldas dos décadas antes.