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lunes, 23 de junio de 2025

Del amor y de la muerte (1977)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1977, 82 minutos

Del amor y de la muerte (1977) de Giménez Rico


Se hace difícil no interpretar en clave alegórica una película sobre un señor feudal estrenada en la España de la Transición. En ese sentido, Del amor y de la muerte (1977) contiene los elementos necesarios para leer entre líneas lo que Miguel Madrid y José Luis García Sánchez, autores del guion, se propusieron tal vez al idear la historia del viejo don Diego (Antonio Ferrandis) y su no menos abusivo heredero Gonzalo (Simón Andreu). Vamos: que el paralelismo con el ya difunto caudillo y las fuerzas reaccionarias de su entorno debió resultar diáfano para algunos espectadores de aquel entonces.

En ese mismo orden de cosas, el joven Rodrigo (Pedro Mari Sánchez), vilipendiado por los gerifaltes del lugar, pudiera verse como un trasunto de la joven democracia española, amenazada por múltiples peligros, o incluso del flamante monarca que llevaba un par de años ocupando la jefatura del Estado. De ahí que su metódica e inflexible venganza final, en la que el pastor liquida mediante espada, hacha o flechas a quienes le ofendieron en el pasado, tenga mucho de ajuste de cuentas como el que habría supuesto en el 77 la ruptura democrática contra los excesos de la dictadura franquista.



La presencia en el reparto de la siempre tentadora Amparo Muñoz, una de las actrices fetiche del cine de la Transición y que se hallaba en el momento álgido de su carrera, aporta al conjunto un toque sensual, inevitable, por otra parte, en una cinematografía inmersa en pleno proceso de liberación tras cuatro décadas de censura recalcitrante. Erotismo que, en el caso de La Polaca, cuyo papel de molinera presenta bastantes aristas, adquiere una dimensión mucho más perversa.

Ecos de tragedia griega, en la que se mezclan lo incestuoso y el afán de revancha, en el marco de una historia propia del romancero viejo rodada en localizaciones de Guadalajara y Albacete. Por eso la acción arranca y acaba con el mismo plano general de una era donde se trilla el grano y las palabras de un juglar que por allí cruza recitando sus versos: "De ella nació un rosal blanco, / de él nació un espino albar. / Crece el uno, crece el otro: / los dos se van a juntar / y las ramas que se alcanzan / fuertes abrazos se dan. / Y las que no se alcanzaban / no dejan de suspirar. / El amo, lleno de envidia, / ambos los mandó cortar. / El galán que los cortaba / no cesaba de llorar. /  De ella naciera una garza, / de él un fuerte gavilán: / juntos vuelan por el cielo, / juntos vuelan par a par".



domingo, 18 de agosto de 2024

El mujeriego (1963)




Director: Francisco Pérez-Dolz
España, 1963, 105 minutos

El mujeriego (1963) de Pérez-Dolz


Aparte de haber dirigido el célebre filme policíaco A tiro limpio (1963), la que para muchos es considerada como su obra cumbre, Paco Pérez-Dolz firmaba aquel mismo año la comedia El mujeriego (1963), teóricamente uno de esos vehículos al servicio del humorista de turno, en este caso el histriónico Casto Sendra, más conocido por su nombre artístico: Cassen (1928-1991).

En un primer momento, según relata Ferran Alberich en su interesantísima monografía sobre el cineasta catalán (Paco Pérez-Dolz: El camí de l'ofici, 2007), habría sido el propio Cassen quien sugirió a la productora Este Films un guion de su cosecha, al parecer tan de brocha gorda que Pérez-Dolz se vio obligado a reescribirlo por completo de arriba a abajo, dándole un enfoque mucho más realista.

Con Carmen de Lirio, la viuda de al lado


A grandes rasgos, el protagonista de la cinta, Juan Domínguez Choto, representa al típico españolito de la época del desarrollismo, feo, canijo y, por encima de todo, obsesionado con el sexo. Así que sólo le faltaba acertar los catorce resultados de una quiniela para dejar plantada a su novia (Paloma Valdés) y liarse la manta a la cabeza... Sin embargo, y contrariamente a lo que en principio cabría esperar, lo más reseñable de una película de tales características no reside tanto en la comicidad de las situaciones, que también, sino en pequeños detalles que permiten entrever la inteligencia de su director. 

Así, por ejemplo, el hecho de que un quiosquero confiese que el Romancero gitano de Lorca se vende "como el agua" o que el tal Domínguez, pese a no ser ninguna lumbrera, lea y cite el ensayo del doctor Marañón sobre la figura de Don Juan apunta un trasfondo menos frívolo de lo que a priori pudiera creerse. Quizá por ello, porque los diálogos contienen réplicas intencionadas, se hace que uno de los personajes, el señorito andaluz, aluda a la Nouvelle Vague para, acto seguido, sentenciar: "A mí me gusta el cine español, cine agradable, sencillo, donde te sale un niño que canta, ¡ole!, y es un niño que canta".



viernes, 23 de febrero de 2024

Los días del pasado (1977)




Director: Mario Camus
España, 1977, 109 minutos

Los días del pasado (1977) de Mario Camus


La parsimonia con la que Mario Camus filma Los días del pasado (1977) pone de manifiesto una serie de constantes, habituales en el cine realizado en las postrimerías del franquismo e incluso ya en plena Transición, como, por ejemplo, la llegada de una maestra forastera a un humilde pueblecito de montaña en el que el fantasma de la guerra civil permanece aún muy vivo. Elementos que conectarían de pleno con el ambiente descrito anteriormente por Jaime de Armiñán en El amor del capitán Brando (1974) o Erice en El espíritu de la colmena (1973). Por otra parte, la banda sonora de Antón García Abril y el sonido directo de los diálogos remiten a un período muy característico de nuestra cinematografía.

Asimismo, la presencia de Marisol y Antonio Gades al frente del reparto le otorgaba a la producción un cierto glamur en abierto contraste con la orientación ideológica de una película que aborda sin tapujos el papel de los maquis durante los primeros años de la dictadura. A este respecto, ambos intérpretes se metían en la piel de unos personajes por completo alejados de la imagen folclórica con la que hasta aquel entonces se les había asociado, demostrando unas inquietudes políticas más acordes con los nuevos tiempos.



La frialdad del entorno al que se incorpora Juana (Marisol) queda sobradamente plasmada sobre la pantalla gracias a la fotografía un tanto tenebrosa de Hans Burmann, aunque no todo lo que encuentre la profesora a su paso van a ser contrariedades. Así pues, la atención con la que sus alumnos la escuchan al referirles las gestas de los antiguos cántabros o el esmero con el que recitan la lección, como si cada uno de ellos fuese un río distinto de la geografía española, demuestran la validez de unos métodos educativos que hasta reciben el beneplácito del afable inspector de zona (Manuel Alexandre).

Pero la derrota de los "huidos", guerrilleros antifascistas que tras sobrevivir a los rigores de la Segunda Guerra Mundial caen finalmente abatidos por la Guardia Civil, dará al traste con cualquier esperanza de cambio, de modo que Juana regresa a Málaga, adonde el clima resulta al menos más benigno. Sin embargo, el doloroso recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue permanecerá intacto para siempre en la memoria de la maestra.



martes, 25 de abril de 2023

Las secretas intenciones (1970)




Director: Antonio Eceiza
España, 1970, 83 minutos

Las secretas intenciones (1970)


Haciendo honor a su título, Las secretas intenciones (1970) vendría a ser una extraña aproximación al tema del suicidio o, mejor aún, a lo que pudiera calificarse de relación autodestructiva. Porque, si bien es cierto que tanto Blanca (Haydée Politoff) como Miguel (Jean-Louis Trintignant) se influyen mutuamente en sus continuos arrebatos de amor-odio, al final será este último quien terminará llevando al extremo dicha obsesión por la muerte.

El guion de Rafael Azcona, lo mismo que la fotografía de Luis Cuadrado o la vanguardista música de Luis de Pablo, se enmarcan en el estilo aséptico que el productor Elías Querejeta solía transmitir por aquel entonces a todas sus películas: una forma de hacer cine que aspiraba a ser moderna (moderna para la España caduca del tardofranquismo, se entiende), pero que, en realidad, denota una cierta vacuidad no exenta de diletantismo.



Como no falta tampoco la habitual dosis de devaneos amatorios, todo un atrevimiento tratándose de una cinta española de finales de los sesenta. De modo que Miguel, un individuo casado y padre de familia numerosa, bebe los vientos por la susodicha Blanca, a la que sigue y persigue con su descapotable a lo largo y ancho de Madrid, pese a que ya es amante de Pepa (Teresa del Río), la mujer de su amigo Ernesto (Julio Núñez).

Sea como fuere, la presencia al frente del reparto de dos intérpretes franceses (él, consagrado tras el éxito internacional de Un homme et une femme; ella, musa de Rohmer) aporta la dosis necesaria de sofisticación para que la trama parezca más profunda de lo que realmente es. En ese aspecto, y sin llegar a ser tan críptico como, por ejemplo, un Carlos Saura, el siempre fascinante Antxon Eceiza (1935-2011) se recrea, sin embargo, en mostrar a gente sangrando, tal vez con la esperanza de incomodar al espectador.



domingo, 23 de abril de 2023

La chica del autostop (1965)




Director: Miguel Lluch
España, 1965, 83 minutos

La chica del autostop (1965) de Miguel Lluch


Típico producto surgido de la factoría IFI (marca comercial auspiciada por el prolífico Ignaci Ferrés Iquino), La chica del autostop (1965) sitúa su acción en una Barcelona de azoteas y clubs nocturnos que vendrían a ser como la cara y la cruz de dos mundos antagónicos. Por una parte, las inmediaciones del mercado del Born, con la silueta de la basílica de Santa María del Mar al fondo, muestran una ciudad en pleno bullicio cotidiano, lo cual podría hacerse extensible a otros espacios igualmente concurridos por los que se mueven los personajes. En cambio, cuando cae la noche los jóvenes frecuentan las salas de baile próximas al puerto: garitos donde tanto las clases humildes como los universitarios de buena familia, más alguna que otra turista extranjera e incluso algún marine norteamericano borracho, alternan al ritmo estridente del último conjunto yeyé.

Semejante caldo de cultivo será propicio para que el ocioso trío protagonista, integrado por la bella Angélica (Olga Omar), su hermano Pedro (Fernando León) y el posesivo Manolo (Antonio Iranzo), tienda sus redes a la hora de obtener el dinero que les permita ir tirando sin necesidad de un trabajo estable. El particular modus operandi que suelen poner en práctica consiste en utilizar los encantos de Angélica como señuelo que atraiga a los conductores para después, una vez éstos han mordido el anzuelo, desvalijarlos sin contemplaciones con la excusa de que los otros dos darán parte a la policía de unos supuestos abusos.



En principio las cosas parecen ir bien y no les faltan billetes con los que acallar las protestas de la madre de Angélica y Pedro, siempre deseosa de que sus vástagos lleven el sustento a casa. Hasta la joven se permite flirtear con un muchacho un tanto sosaina de la alta burguesía al que toma el pelo sin dejarle que vaya más allá en sus intenciones de llevársela a la cama. No obstante, tras uno de esos golpes, Angélica va a conocer a un camionero llamado Juan (Víctor Valverde) y por primera vez en su vida creerá haber encontrado a la persona capaz de redimirla.

A pesar de que la película tenía que haber servido para lanzar la carrera de su actriz protagonista, así como consagrar al quinteto encargado de la machacona banda sonora, lo cierto es que ni Los Atilas ni Olga Omar vieron cumplidas las expectativas que el bueno de Iquino había depositado en ellos. Tampoco puede decirse que las habilidades de Miguel Lluch como director brillen especialmente en una puesta en escena correcta y hoy día de alto valor documental, aunque supeditada en exceso a la intencionalidad moralizante del desenlace.



sábado, 4 de marzo de 2023

La busca (1966)




Director: Angelino Fons
España, 1966, 92 minutos

La busca (1966) de Angelino Fons


Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.

Pío Baroja
La busca

El primer largometraje dirigido por Angelino Fons (1936-2011) adaptaba libremente la novela homónima de Baroja. Tan libremente que en ella no queda ni rastro de muchas situaciones y personajes, algo, por otra parte, bastante lógico, considerando la propensión del escritor vasco a describir tipos y más tipos pintorescos. A este respecto, el principal mérito de aquel joven cineasta, que apenas tres años antes se había diplomado en la mítica Escuela Oficial de Cine, consiste en darle continuidad a la trama mediante transiciones perfectamente calculadas. Destellos de la vida de Manuel (Jacques Perrin) en su azaroso periplo por un Madrid decrépito.

Hay, por cierto, algo pasoliniano en esos exteriores en ruinas en los que transcurre buena parte de la acción: escenario idóneo para situar al espectador en un punto equidistante entre la crisis finisecular, consecuencia directa del desastre del 98, y la propia miseria del régimen franquista. Porque conviene recalcar que, además de película de época, La busca (1966) pretendía sobre todo establecer una correspondencia entre aquel regeneracionismo noventayochista y la necesidad de sacar a España del letargo en el que aún seguía sumida tras treinta años de dictadura militar.

Manuel (Jacques Perrin) y Rosa (Emma Penella)


En ese afán por poner al día el mensaje revolucionario que encierran las páginas de la novela, la música de Luis de Pablo aporta una cierta dosis de modernidad, en la misma medida en que el prólogo incendiario con el que se abre la cinta pone el dedo en la llaga a propósito de los males que tanto a finales del XIX como ya superado el ecuador del siglo XX determinaron el atraso de la nación: "Parecía que el mundo avanzaba y nosotros estábamos parados".

La cuestión social, pues, juega un papel importantísimo como trasfondo en el que se desarrolla la lucha por la supervivencia de un adolescente cuya vida en la capital estará marcada por una continua sensación de desamparo. "Para él, como para su patria", sentencia la voz en off, "el futuro era una mezcla de amenaza, incertidumbre y confusión".

Manuel (Jacques Perrin) y Justa (Sara Lezana)


viernes, 4 de marzo de 2022

Los pájaros de Baden-Baden (1975)




Director: Mario Camus
España/Suiza, 1975, 103 minutos

Los pájaros de Baden-Baden (1975) de Mario Camus


Era la hora del ocaso y estaba sentada en la terraza de aquel bar del paseo de Rosales como si estuviera en un mirador que al mismo tiempo fuese un muelle. De vez en cuando contemplaba la estrecha caleta del vallecito, a su izquierda, perdiéndose en colores, calígine y humos hasta hacerse alta mar dorada en las brumosas montañas de la sierra. Luego todo se tornaba rojo, como el vinoso Mediterráneo de los crepúsculos, y emergía en amenazantes escolleras oscuras del Parque del Oeste, de los Viveros de la Villa y del apretado bosque de la Casa de Campo. Se oían pitidos de locomotoras portuarias y un rumor metálico de peces asaltados por peces mayores, que transforman sus ordenados y precisos desfiles en vorágine caótica y hacen sonar la hora encarnada de la matanza, y crujía suavemente, caricioso al oído, el apresto de las despedidas más largas. El Manzanares, paralizado y submarino, asomaba el lomo plateado.

Ignacio Aldecoa
Los pájaros de Baden-Baden

Los insertos de muchachas atractivas que, a modo de prólogo, encabezan los primeros instantes de Los pájaros de Baden-Baden (1975) pudieran hacer pensar en una típica españolada en torno a las andanzas de algún rodríguez en busca de plan durante las tórridas vacaciones estivales. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Entre otras cosas porque, independientemente de que la cinta narre un amor de verano, el relato homónimo de Ignacio Aldecoa del que surge el guion son palabras mayores: literatura de altos vuelos procedente de la misma pluma que inspirara Young Sánchez (1963), uno de los primeros trabajos de Mario Camus.

Lo cierto es que la película que nos ocupa marcó un punto de inflexión en la carrera del cineasta santanderino, quien, tras varias incursiones en el cine comercial (y después de que la productora Impala le hubiese rechazado un guion coescrito junto con Antonio Drove), lograba sacar adelante un proyecto que le permitía mayor libertad creativa. Tal vez por ello, son diversas las escenas que se rodaron en el propio domicilio del director: el estudio de Pablo (Frédéric de Pasquale), sus estantes repletos de libros, son, de hecho, los del propio Mario Camus.



En un principio, la actriz protagonista tenía que haber sido Lea Massari. Pero, ante la imposibilidad de contar con ella, el papel de Elisa recayó en la francesa Catherine Spaak, lo cual, unido a la presencia del ya mencionado de Pasquale y al carácter de coproducción con Suiza del filme, le otorgaba a éste un toque mucho más internacional, acorde con la alusión del título al municipio balneario de la Selva Negra. Aun así, las calles desiertas de Madrid en pleno mes de agosto nos recuerdan que la acción transcurre en España: un país todavía marcado por severas diferencias de clase, las mismas que acabarán malogrando la relación entre Pablo (fotógrafo ocioso, "especialista en lo que no sirve para nada") y Elisa (díscola soltera perteneciente a una familia de alta alcurnia).

Las continuas alusiones literarias —con referencias a Baroja, los poetas cuyos versos recitan Pablo y su amigo Vicente (Antonio Iranzo) y la cita postrera de Hemingway encabezando los títulos de crédito finales— unidas a algún que otro guiño cinéfilo —se incluye una larga secuencia de El demonio del mar (Down to the Sea in Ships, 1949) de Henry Hathaway, que la pareja y el hijo de Pablo ven en el cine— constituyen uno de los rasgos más reconocibles de una puesta en escena marcada por su languidez (acentuada por la partitura de Antón García Abril) con la que Camus filma la crónica de un amor imposible.



martes, 19 de octubre de 2021

Réquiem por un campesino español (1985)




Director: Francesc Betriu
España, 1985, 95 minutos

Réquiem por un campesino español (1985)


Paco se agarraba a la sotana de Mosén Millán, y repetía: «No han hecho nada, y van a matarlos. No han hecho nada». Mosén Millán, conmovido hasta las lágrimas, decía:
-A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.
Paco, al oír estas palabras, se quedó paralizado y mudo. El cura tampoco hablaba. Lejos, en el pueblo, se oían ladrar perros y sonaba una campana. Desde hacía dos semanas no se oía sino aquella campana día y noche.

Ramón J. Sender
Réquiem por un campesino español

La celebridad alcanzada por la novela homónima de Sender, lectura obligatoria de bachillerato durante años, explica el que tarde o temprano se acabase llevando a la pantalla una adaptación cinematográfica de Réquiem por un campesino español. Historia despiadada, con el telón de fondo de nuestra guerra civil, que el director Paco Betriu supo plasmar en imágenes manteniéndose fiel a la esencia del texto, si bien la banda sonora de Antón García Abril, con su tema para bandurria que quiere sonar aragonés (aunque sin lograr conseguirlo del todo), desentona por lo que tiene de risueño en el contexto de un asunto tan trágico.

Con su habitual solvencia, Antonio Ferrandis encarna al indeciso Mosén Millán, un sacerdote rural al que atormentan los remordimientos por no haber sabido amparar a Paco el del Molino (Antonio Banderas) frente a la barbarie fascista de los caciques del pueblo. Pesadumbre que, a efectos narrativos, se traduce en continuos flashback, desde que Paco era apenas un monaguillo a las órdenes del cura hasta la posterior toma de conciencia del muchacho con respecto a las injusticias de un medio social profundamente marcado por la miseria.



Las comadres que departen alegremente en el Carasol o el lavadero, y entre las que destaca Jerónima (Terele Pávez) por su desparpajo, aportan al conjunto un cierto toque documental que se intensifica, aún más, si cabe, en la escena de la procesión o durante las fiestas que tienen lugar en la plaza del pueblo, cuando los mozos trepan por el poste para hacerse con los capones que penden desde lo alto.

Apoltronado en su sacristía, el viejo y pesaroso párroco se dispone a oficiar la misa de réquiem en memoria de Paco que, en un alarde de hipocresía, pretenden ahora sufragar los mismos que acabaron con su vida. De hecho, don Valeriano (Fernando Fernán-Gómez), don Gumersindo (Eduardo Calvo) y don Cástulo (Simón Andreu) van a ser los únicos asistentes a semejante farsa, si no fuera porque el potro blanco del difunto, símbolo de la libertad ultrajada, se cuela de improviso en el templo.



sábado, 12 de junio de 2021

Sexperiencias (1969)




Director: José María Nunes
España, 1969, 92 minutos

Sexperiencias (1969) de José María Nunes


A juzgar por el título de esta película pudiera pensarse que se trata de algún engendro semipornográfico o altamente erótico. Nada más lejos de la realidad: su autor, el portugués afincado en Barcelona José María Nunes (1930-2010), se limitó a colocar una ese delante y otra detrás de la palabra experiencia. Resultado: uno de los filmes más revolucionarios de cuantos rodó el cineasta a lo largo de su ya de por sí inclasificable carrera. Y así, la voz en off del propio Nunes va leyendo una infinidad de titulares de prensa de la época, a cuál más sobrecogedor. Tremenda retahíla de guerras y víctimas en la que una serie de nombres se repite con insistencia: Vietnam, Biafra, Méjico, Checoslovaquia...

1968 había sido declarado "Año internacional de los Derechos Humanos", distintivo que contrasta irónicamente con la enorme cantidad de conflictos armados que asolaban la faz de la Tierra en aquel preciso instante. De ahí la voluntad de denuncia de una obra que, dado su alto contenido político, nació predestinada a la clandestinidad más absoluta. Fiel a su sensibilidad anarquista, Nunes decidió rodarla sin permisos ni ayuda de ningún tipo, situándose al margen de un sistema de producción que difícilmente habría tolerado las proclamas incendiarias en ella contenidas. De hecho, la cinta ni siquiera posee depósito legal, por lo que, oficialmente, es como si no existiera.



Austeridad con la que el director hubo también de lidiar a nivel técnico, toda vez que reutilizó negativos sobrantes de otras producciones, a menudo caducados. Ni siquiera la sonorización respeta la más mínima sincronía, dando lugar a una curiosa independencia entre imágenes y banda de sonido que entronca directamente con el cine más underground que se estaba haciendo en Europa. A decir verdad, Sexperiencias (1969) nació a raíz de la invitación recibida por Nunes para participar en el Festival de Moscú después de que sus responsables hubiesen visto Biotaxia (1968) el año anterior en Karlovy-Vary.

Un hombre maduro (Carlos Otero) y una joven (Marta Mejías) reaccionan ante las noticias que ocupan las portadas de los periódicos. A orillas del mar, en el interior de las tabernas o incluso en el poblado del Oeste que existía en Esplugues de Llobregat (gentilmente cedido para la ocasión por los Estudios Balcázar), Carlos y María deambulan sin rumbo fijo, "culpables de indiferencia", con la única esperanza de gritar socorro, aunque no se sepa muy bien a quién.



jueves, 26 de marzo de 2020

La leyenda del alcalde de Zalamea (1973)




Director: Mario Camus
España/Italia, 1973, 116 minutos

La leyenda del alcalde de Zalamea (1973)
de Mario Camus

Toda la justicia vuestra
es sólo un cuerpo no más;
si éste tiene muchas manos,
decid, ¿qué más se me da
matar con aquésta un hombre
que estotra había de matar?
Y ¿qué importa errar en lo menos
quien acertó lo demás?

Pedro Calderón de la Barca
El alcalde de Zalamea
Jornada III
vv. 917-924

Aunque la versión más célebre y representada sea la de Calderón de la Barca, también Lope de Vega dedicó un drama a ensalzar la figura del labrador pobre pero honrado, dispuesto a enfrentarse al mismísimo rey, si hiciere falta, con tal de defender su honor. Palabra que hoy ha quedado en nada y que, sin embargo, hizo correr mucha sangre hasta épocas no demasiado lejanas de nuestra historia.

Con un guion que bebía de ambas fuentes, a cargo del también cineasta Antonio Drove, el no menos relevante Mario Camus se ponía tras las cámaras, en el verano de 1972, para filmar una de aquellas producciones históricas, tan en boga por aquel entonces, en las que las localizaciones y el reparto constituían el principal atractivo de la película.



No era, ni mucho menos, la primera vez que la osadía del íntegro Pedro Crespo se llevaba a la pantalla (ya tuvimos ocasión de comentar aquí, hace algunos años, la adaptación de El alcalde de Zalamea dirigida por José Gutiérrez Maesso en 1954) y, quizá por ello, para así diferenciar una de otra, se le añadió al título el innecesario epíteto La leyenda de... En cualquier caso, tanto Paco Rabal como Fernando Fernán Gómez bordan sus respectivos papeles de villano (stricto sensu) y general de la armada de Felipe II. Comparten con ellos protagonismo magníficos secundarios: Julio Núnez (don Álvaro de Ataide), Antonio Iranzo o Charo López, así como Teresa Rabal, hija de su padre en la ficción y en la vida real...

Quienes debieron de disfrutar de lo lindo durante el rodaje fueron los vecinos de Garrovillas de Alconétar, en la provincia de Cáceres, enclave privilegiado por su patrimonio arquitectónico y donde, casi medio siglo después, aún recuerdan con cariño aquel acontecimiento (para más información, véase el siguiente enlace, con abundante material fotográfico). Banda sonora del siempre efectivo Antón García Abril. Gregorio Paniagua, en su doble faceta de actor y compositor, interpreta al ciego que va contando la historia, en forma de romance, mientras se acompaña de su zanfoña.


miércoles, 10 de julio de 2019

Los placeres ocultos (1977)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1977, 94 minutos

Los placeres ocultos (1977) de Eloy de la Iglesia


RAÚL: Cuando quiero acostarme con algún chico, me limito simplemente a proponérselo. 
MIGUEL: ¡Joder! ¡No tiene usted pelos en la lengua! Confiesa tan tranquilo que es marica. 
RAÚL: No es ninguna confesión. Sólo se confiesan los pecados o los delitos y yo no me considero ni un delincuente ni un pecador. 
MIGUEL: ¿Y qué se considera usted? 
RAÚL: Un hombre como tú, sólo que con diferentes gustos a la hora de ir a la cama. 
MIGUEL: Pues ¿sabe lo que le digo? Que eso es lo que más me revienta. Que tanto usted como Eduardo parecen dos tíos normales. Sin que nadie pueda decir que son como son. 
RAÚL: Supongo que te hacen mucha más gracia los que van por ahí soltando plumas. 
MIGUEL: A esos, al menos, se les ve venir. 
RAÚL: Esto me recuerda a las campanillas que les ponían a los leprosos. Lo hacían para poder distinguirlos desde lejos, para poder apartarse a tiempo. Les daba mucho miedo el contagio. ¿Y a ti? ¿También te da miedo?
MIGUEL: Le aseguro que de eso no podría contagiarme nunca. 
RAÚL: El contagio es imposible. Es mucho más fácil la corrupción. 
MIGUEL: Pero yo no soy de los que se van con un marica para sacar la pasta, ¿comprende? Y eso que las he pasado muy putas. 
RAÚL: Me parece muy bien. Muchos que empiezan cobrando, luego terminan pagando por hacer lo mismo. 
MIGUEL: Por eso, pero la culpa la tienen los maricas. ¡Ellos son los que...!
RAÚL: ¡Un momento! Que no sólo corrompen los maricas. 
MIGUEL: ¡Pero yo no estoy dispuesto a que nadie se aproveche de mí! 
RAÚL: Pues entonces prepárate a luchar. Pero no sólo contra un marica que te ofrezca quinientas pesetas por acostarte con él. Piensa que, a lo mejor, todos los días estás vendiendo cosas más importantes que eso y ni siquiera te has dado cuenta. Por eso te digo: "Prepárate a luchar". 

Diálogo extraído de Los placeres ocultos
Guion de Rafael Sánchez Campoy, Eloy de la Iglesia y Gonzalo Goicoechea

Cine quinqui o de destape son sólo algunas de las etiquetas, a cuál más frívola, de las que con frecuencia se ha abusado a la hora de encasillar una buena parte de la producción fílmica española de finales de los setenta. Lo cual no deja de suponer un estigma engorroso para que las nuevas generaciones de cinéfilos valoren, en su justa medida, la obra de cineastas como Eloy de la Iglesia.

En ese sentido, Los placeres ocultos es, ya de por sí, un título que invita a pensar en una morbosidad indisimulada. Probablemente porque el propio productor, Óscar Guarido, esperaba que, dada la coyuntura social que estaba atravesando el país, sirviese como reclamo para atraer a más público. Sin embargo, sorprende la valentía y la honradez con las que se aborda el tema de la homosexualidad en una película estrenada apenas dos años después de la muerte de Franco.



El protagonista (interpretado por Simón Andreu, uno de los actores habituales de la época, que también trabajaría, un año más tarde, a las órdenes de de la Iglesia en El sacerdote) lo tiene todo para ser considerado un triunfador: un buen sueldo como ejecutivo de una entidad bancaria y la cultura y posición social holgada de quien pertenece a una familia ilustre. No obstante, carece de lo más importante: poder vivir su sexualidad en libertad.

No faltará quien lo acuse de invertido, hasta el punto de convertirse en víctima de la maledicencia, aunque la relación de amistad que entabla con Miguel (Tony Fuentes) y Carmen (Beatriz Rossat) contribuye a que el espectador se forje una imagen positiva de él, a pesar de su predilección por los jovencitos (presumiblemente menores de edad). En todo caso, el final abierto de esta historia nos deja con un sabor de boca un tanto agridulce: ¿quién estará llamando a la puerta de Eduardo?


lunes, 4 de marzo de 2019

María Rosa (1965)




Director: Armando Moreno
España, 1965, 89 minutos

María Rosa (1965) de Armando Moreno


Jo vull ser tota de l'Andreu fins que em mori. Doncs, per més que faig, el record d'aquest pobret s'esborra, s'esborra, i ve a posar-s'hi un altre home!... Sóc de l'Andreu, jo em dic; sóc de l'Andreu; i sento com si una boca em digués aquí, ben endintre: No; tu ets d'en Marçal, d'en Marçal!... Ves si pateixo!

Àngel Guimerà
Maria Rosa (1894)
Acto II - Escena II

El matrimonio Espert-Moreno debutaba en la producción cinematográfica con este largometraje —el primero, tal y como rezan los títulos de crédito, auspiciado por su compañía Memsa (Moreno-Espert-Moreno S.A.)— que adaptaba libremente el drama homónimo de Guimerà. No debieron, sin embargo, de salir muy bien parados de semejante aventura, habida cuenta del exiguo bagaje de la empresa (además de María Rosa, apenas producirían un título más: el filme de episodios taurinos Yo he visto a la muerte, dirigido por Forqué en 1967 y que ya tuvimos ocasión de comentar hace algunos meses). Armando Moreno, por cierto, nunca más volvió a ponerse detrás de las cámaras...

Con todo (y por si no hubieran quedado suficientemente escarmentados), en 1972 repetirían la hazaña, ya sin las siglas Memsa, adaptando otro clásico de la literatura catalana (en este caso Laia, de Salvador Espriu). Sólo que ahora la dirección corrió a cargo de Vicente Lluch, quien había ejercido de ayudante de Moreno en María Rosa. La pareja protagonista, una vez más, fueron Núria Espert y Paco Rabal.



Por su ambientación marinera (pese a que buena parte de las localizaciones se rodaron en pueblos de Madrid y de Toledo) y por la intensidad dramática de las pasiones aquí descritas, María Rosa conecta a la perfección con otro filme de similares características: la Fedra que, una década antes, dirigiera Manuel Mur Oti con Emma Penella y Vicente Parra en los papeles principales.

La acción de María Rosa arranca en mitad de un secarral en el que dos hombres luchan a muerte. La inquietante partitura de Ángel Arteaga, con predominio de cuerdas y percusión, acentúa la vehemencia de un combate que tiene bastante de goyesco. He ahí donde radica la principal diferencia respecto al texto original (y, tal vez, la explicación del escaso éxito de público que tuvo la película): situando la acción en aldeas del interior peninsular, por más que se incluya alguna escena a orillas del mar, se pierde el realismo original de la pieza. Un encanto que se intenta restituir mediante tímidas pinceladas locales (la canción en catalán que entonan los personajes mientras pisan la uva, un cartel en la taberna que frecuentan los parroquianos y en el que puede leerse, escrito con tiza: "Pá [sic] amb tomata i pernil"...) 

Pero todo es en vano: a esta María Rosa le sobra la rigidez de una puesta en escena en la que los actores, filmados en primer plano, miran con demasiada frecuencia a cámara. Y aunque intervinieron personalidades notables en su gestación (José María Nunes en el guion, Cecilio Paniagua en la fotografía, Enrique Alarcón en los decorados...) se echa en falta una cierta dosis de naturalidad que aleje el origen teatral del argumento.


martes, 26 de abril de 2016

La piel quemada (1967)




Director: Josep Maria Forn
España, 1967, 110 minutos

La piel quemada (1967) de Josep Maria Forn


Unos se tuestan al sol en la playa de Lloret de Mar y otros lo hacen encaramados sobre el andamio de una de las cuantiosas edificaciones levantadas a lo largo y ancho de nuestro litoral mediterráneo durante los años del desarrollismo. Ése es básicamente el planteamiento de La piel quemada, la película con la que el cineasta catalán Josep Maria Forn analizaba (y conectaba) el éxodo de campesinos andaluces hacia Cataluña, así como la eclosión del turismo de masas, justo en el mismo momento en el que ambos fenómenos se hallaban en pleno proceso de expansión.

Para quienes somos hijos de la inmigración es éste un filme de lo más entrañable, dado lo fácil que resulta identificarse con alguna de las situaciones que plantea, ya que la historia de José (Antonio Iranzo) y Juana (Marta May) sigue un curso paralelo al de tantas familias que un día emprendieron el mismo camino desde su aldea para buscar en Barcelona una vida nueva (y no siempre mejor).



La estructura se caracteriza por un continuo ir y venir mediante flashbacks a lo largo de los principales hitos de la trayectoria del clan familiar: el noviazgo y primer embarazo, la vuelta de José del servicio militar, la vida en un pequeño pueblo de Granada donde el caciquismo está a la orden del día...

De todas formas, sería de justicia señalar que la visión que se ofrece en La piel quemada sobre dicho fenómeno peca un tanto de maniquea, dado que concentra en unos pocos personajes la mayoría de tópicos que circulaban sobre el asunto: el choque cultural entre el ámbito rural y la gran ciudad, el rechazo inicial de la población autóctona hacia los charnegos, los obreros rijosos que perdían la razón en pos de las turistas nórdicas...  En ese sentido, se podría achacar al guion del propio Forn una cierta tendencia a la generalización que, sin embargo, ni llega a ser excesiva ni tampoco perjudica desmesuradamente el acabado final de una producción más que digna.



miércoles, 29 de julio de 2015

¿Quién puede matar a un niño? (1976)




Director: Narciso Ibáñez Serrador
España, 1976, 107 minutos

¿Quién puede matar a un niño? de Ibáñez Serrador


Para muchos el nombre de Narciso Ibáñez Serrador ("Chicho") quizá se asocie únicamente con el director del celebérrimo concurso televisivo Un, dos, tres... responda otra vez, que durante tantos años se mantuvo en antena. Sin embargo, en su faceta de entusiasta adepto al género del horror dirigió un par de largometrajes para la gran pantalla hoy considerados de culto: La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976). Ambos comparten un inquietante nexo: utilizar a la infancia, supuestamente depositaria de la más tierna inocencia, como ingrediente principal de una historia de terror.

Para la segunda de ellas, Ibáñez Serrador partió de una idea original de Juan José Plans (y que más tarde el propio Plans convertiría en novela): de manera totalmente incomprensible, los niños de la pequeña isla de Almanzora se acaban rebelando contra los adultos, a los que irán exterminando de forma progresiva. Así que cuando una pareja de turistas ingleses llegue a la isla procedente de Benavís, se encontrará con las calles desiertas y un perturbador peligro acechando tras las puertas de las casas.

Cualquiera les dice nada a éstos...


La película arranca con un innecesario prólogo tremendista confeccionado a base de imágenes de archivo que muestran cómo es la infancia la primera en padecer las consecuencias de cualquier conflicto en el mundo. Ibáñez Serrador ha admitido en alguna ocasión que quizá habría sido mejor relegar esa parte al final, como aclaración de por qué se han comportado tan violentamente los menores durante el film.

Contrariamente a lo que cabría esperar de una película de terror convencional, la acción sucede a plena luz del sol y, en lugar de monstruitos deformes, los que siembran el pánico son chicos y chicas sonrientes. Los referentes indiscutibles en los que se inspira ¿Quién puede matar a un niño? son, por una parte, Los pájaros (1963) de Hitchcock y, por otra, la pareja de La semilla del diablo (1968) de Polanski (tanto Rosemary como Evelyn están embarazadas).

Entre los muchos alicientes que posee la película, uno que no se suele tener en cuenta pero que a buen seguro tiene su peso es que en ella podemos ver una España que ya no existe: esos pueblos de tapias enjalbegadas, ventanas con rejas negras y calles sin asfaltar... Quizá por eso mismo sigan teniendo su audiencia las sucesivas reposiciones de Verano azul, serie también terrorífica aunque por otros motivos y en otra acepción del término...

En cuanto a Juego de niños (Come Out and Play, 2012), el intrascendente remake mejicano de ¿Quién puede matar a un niño?, casi mejor no decir nada.

La película se rodó en Sitges, Granada, Toledo y Menorca