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domingo, 5 de noviembre de 2017

Carta de amor de un asesino (1973)




Director: Francisco Regueiro
España, 1973, 83 minutos

Carta de amor de un asesino (1973)
de Paco Regueiro


Hemos visto tantas veces a José Luis López Vázquez haciendo de españolito reprimido que uno ya no sabe muy bien si tal escena pertenece a ésta o a aquélla película: Peppermint FrappéLa cera virgen, No es bueno que el hombre esté solo, Mi querida señorita, Habla, mudita... Y como, además, la mayoría son de hacia 1972 o 73 se nos antoja todavía más complicado el distinguirlas.

Sea como fuere, en Carta de amor de un asesino la participación del actor resulta un tanto fantasmagórica, ya que en sus escasas apariciones carece de diálogo y sólo escucharemos su voz en off leyendo la dichosa misiva que le ha enviado a la bibliotecaria objeto de su secreta pasión. Es, por así decirlo, fruto de la imaginación de Blanca (Serena Vergano), verdadera protagonista del filme y cuya monótona vida transcurre en el mismo tedio que todo lo invade en la aburrida ciudad de provincias donde se sitúan los hechos.

Blanca (Serena Vergano)

Francisco Regueiro volvía, con este trabajo, a ahondar en la mente de un criminal, como ya hiciera seis años atrás en Amador (1966). Y recreaba de nuevo el claustrofóbico ambiente provinciano que le sirvió de marco en El buen amor (1963). Aunque su repercusión sería, sin embargo, nula esta vez. De hecho, la película ni siquiera llegó a estrenarse comercialmente, pese a haber sido producida por Elías Querejeta.

Puede que ello se debiese, entre otros motivos, a las desagradables ensoñaciones que asaltan la imaginación de la archivera, en las que ve sanguinolenta carne de reses colgando de los lugares más insospechados de su ya de por sí poco acogedor apartamento. Secuencias que, en el caso del pececillo naranja que lo mismo aletea en una pecera que en la bañera de su dueña, pretenden transmitirnos la soledad que atenaza a esta mujer. En cualquier caso, la película posee el aliciente de mostrar cómo, mucho antes de convertirse en célebre presentadora al frente del Telediario o de Informe Semanal, Rosa María Mateo tuvo una breve carrera como actriz.

Charo (Rosa María Mateo)

sábado, 27 de mayo de 2017

El buen amor (1963)




Director: Francisco Regueiro
España, 1963, 82 minutos

El buen amor (1963) de Francisco Regueiro


... é ayuda á mí, tu arcipreste,
Que pueda fazer "Libro de Buen Amor" aqueste,
Que los cuerpos alegre é á las almas preste.

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

El buen amor fue el primer largometraje dirigido por el vallisoletano Francisco Regueiro. También fue la primera de sus películas que tuve ocasión de ver, allá por marzo de 2009 (si ma memoire est bonne…), con motivo de su visita a la Filmoteca de Catalunya, cuando ésta aún tenía su sede en la sala Aquitània de Sarrià. Y conviene señalarlo, ya que el realizador destilaba por aquel entonces en sus comentarios un sentido del humor rayano en la ironía que tal vez ayude a contextualizar filmes como éste.



De entrada, no deja de ser sarcástico que se titule precisamente El buen amor, teniendo en cuenta lo anodino de la relación que mantienen Jose (Simón Andreu) y Mari Carmen (la francesa Marta del Val). Así pues, y pese a aparentar que son una pareja dispuesta a pasar un domingo de "libertad" en Toledo, a la mínima desavenencia, él se buscará a otra para que lo acompañe al cine. De hecho, ya en la estación, al encontrarse con un antiguo compañero de estudios, Jose parece reaccionar con evasivas:

-Te he visto con una chica en el tren. ¿Tienes novia?
-Ah, no. ¡Qué va! Es una chica de aquí de Toledo. Oye: tampoco tengo yo novia, eh.

En realidad, llevan un año saliendo juntos, pero el muchacho se ha visto obligado a mentirle al otro, numerario del Opus Dei, porque Mari Carmen y él van de incógnito. ¿Cómo puede ser bueno un amor furtivo, condicionado por imposiciones de orden social, moral o familiar? En la inconsciencia de sus veinte años, los universitarios Jose y Mari Carmen creen que se quieren, cuando, en realidad, son apenas víctimas de la opresión del ambiente.



En ese sentido, su historia enlaza con la de otras parejas del Nuevo cine español: Nueve cartas a Berta, Nunca pasa nada, Llegar a más... Jóvenes que no vivieron la guerra, pero que se asfixian en la irrespirable atmósfera provinciana de un país donde aún son visibles las secuelas de aquel conflicto. De hecho, los diálogos de El buen amor están repletos de referencias a la contienda, sobre todo durante el largo trayecto en tren (más de veinte minutos de metraje) con el que se abre la cinta.

Tiene algo de cine polaco ese viaje en ferrocarril, donde los protagonistas comparten vagón de tercera con una pareja de guardiaciviles, monjas, vendedores de "auténticas" plumas Parker falsas y demás especímenes de la España carpetovetónica. Y aunque puede que el joven Regueiro aún no conociese la cinematografía de aquel país, lo que está claro es que tanto la Polonia comunista como la España de Franco eran regímenes militares y opresivos, por lo que un cineasta, sensible a lo que sucede a su alrededor, lo mismo aquí que allá debía forzosamente captar lo que se respiraba en el ambiente. Como en la Italia neorrealista de Antonioni, otro de los referentes que destilan esos travelines a través del Toledo monumental e histórico, teñido por la mortecina quietud en blanco y negro de una tediosa tarde dominical.


domingo, 14 de mayo de 2017

Amador (1966)




Director: Francisco Regueiro
España/Francia, 1966, 94 minutos

Amador (1966) de Francisco Regueiro


Tengo que decirle la verdad. Si tuviera más dinero... Además, ya no puedo soportarla. En Torremolinos tiene que haber una mujer para mí. Las suecas, al día siguiente, te dan las gracias... y te pagan el desayuno.

Explicar la vida de un asesino en serie adoptando el punto de vista del mismo no debió de ser tarea fácil en la España mortecina y mortuoria de mediados de los sesenta. Un país de portales oscuros y paredes desconchadas, pueblerino y tedioso; de viudas mojigatas y turistas desinhibidas; de misa diaria y fiestas de guardar.



Por diversas razones, el Amador de Regueiro estaría emparentado con otras producciones del Nuevo cine español rodadas en los años inmediatamente anteriores o posteriores. Con Nueve cartas a Berta de Patino comparte una similar puesta en escena: un protagonista hastiado por el asfixiante entorno gris de la provincia, atormentado por la relación incómoda o enfermiza que mantiene con su propia familia y del que continuamente escuchamos los pensamientos en off. Hasta la banda sonora del francés Daniel White recuerda a la de Carmelo Bernaola, dado el protagonismo que ambas confieren al clavicordio. Con La piel quemada de Forn comparte el retraimiento del españolito voyeur que se deja deslumbrar por las playas de Torremolinos o la Costa Brava en busca de un poco de calor humano en los brazos de alguna rubia extranjera. Con La tía Tula de Picazo, por último, le une un similar tono de monotonía provinciana, de la que los protagonistas son víctimas por más que se aferren a una mínima esperanza que les permitiría huir.

Y así podríamos ir citando películas que, de un modo o de otro, nos recuerdan a Amador: Nunca pasa nada de Bardem, El extraño viaje de Fernán Gómez y un largo etcétera. Aunque lo que la hace única es la patológica relación de su protagonista con las mujeres, algo en lo que se profundiza con suma perspicacia merced a los peculiares diálogos/reflexiones escritos por Angelino Fons. Una penetración psicológica cuya consecuencia más inmediata y, a la par, perturbadora es que el espectador llegue a comprender a Amador (Maurice Ronet): ¿y quién no se liaría a navajazos en su situación?


sábado, 27 de agosto de 2016

Las bodas de Blanca (1975)




Director: Francisco Regueiro
España, 1975, 85 minutos

Las bodas de Blanca (1975) de F. Regueiro


Comparando algunos planos de Las bodas de Blanca con Me enveneno de azules se hace evidente que Francisco Regueiro es un autor, con un estilo depuradísimo basado en el uso del travelín para resaltar la magnificencia de los espacios que filma. Una monumentalidad que, si en el ya mencionado filme de 1969 se acentuaba mediante vistas aéreas de Madrid o situando la acción en el Parque del Buen Retiro, seis años después va a estar vinculada a la majestuosidad catedralicia de Burgos y de León.

La música es otro elemento de vital importancia en la concepción cinematográfica de Regueiro. Me enveneno de azules debía buena parte de su atmósfera etérea al Allegretto de la Séptima Sinfonía de Beethoven. En Las bodas de Blanca, en cambio, la carga dramática queda subrayada por diversos fragmentos instrumentales extraídos de la ópera Tosca de Giacomo Puccini, en especial la célebre aria del tercer acto "E lucevan le stelle" ("Y las estrellas brillaban").

Es ésta una historia muy sui géneris (todas las de Regueiro lo son, por otra parte). Blanca (Concha Velasco) desea ardientemente tener un hijo, aspiración que se vio frustrada al ser su primer matrimonio declarado nulo a causa de la impotencia de José (Javier Escrivá). De ahí que pretenda casarse de nuevo con el "mudo" y elemental Antonio (Paco Rabal), quien llega dispuesto a todo revólver en mano y escoltado por su hermana (Charo Soriano, una habitual del cine patrio de los setenta), su cuñado (José Calvo) y su sobrina (la niña Yolanda).

Aunque la familia de Blanca también se las trae: Isabel Garcés, en el último papel de su carrera, encarna a la candorosa tía/monja, perpetuamente ataviada con su hábito blanco. Y Javier de Rivera es el misántropo padre de la protagonista, recluido en su piso para evitar el contacto con un mundo que le asquea. Se diría que los dos hermanos han intercambiado sus roles, habida cuenta de que es él quien observa la clausura que no acata la monja al asistir al convite de los futuros esposos en el restaurante.

¡Y qué convite! Unos bailan sin música, otros increpan a los sufridos camareros. La monjita se niega a ver la televisión y una joven compañera mulata acabará saltándose el voto de silencio. Y aún habrá más extravagancias, bajo un quiosco en ruinas donde se reúnen los amantes a escondidas o en el jardín desde el que Blanca increpa a Julia por las noches (Claudia Gravy).

Representación improvisada del Tenorio en un psiquiátrico

Estrenada tres días antes de la muerte de Franco, Las bodas de Blanca posee el sello inequívoco de películas como El anacoreta (Juan Estelrich, 1976) o Las truchas (José Luis García Sánchez, 1978), tan estrafalarias todas ellas como excepcional fue el momento histórico durante el que se rodaron.

viernes, 8 de julio de 2016

Padre nuestro (1985)




Director: Francisco Regueiro

España, 1985, 99 minutos

Padre nuestro (1985) de Francisco Regueiro


Escrita conjuntamente por Francisco Regueiro y el crítico de cine Ángel Fernández Santos, Padre nuestro (1985) abordaba el tema de las rencillas familiares, pero desde la óptica de la sociedad española y de su historia reciente. De ahí que los personajes tengan su correlación con determinados estamentos, como la Iglesia (Fernando, Fernando Rey), la progresía (Abel, Paco Rabal), las clases populares (María, Emma Penella)…

Y, además, se vale Regueiro de determinadas alegorías (unas más evidentes que otras). En ese sentido, el que uno de los dos hermanos se llame Abel remite directamente al mito de la lucha cainita entre las dos Españas, lo cual se ve subrayado, por otra parte, por el hecho de que el otro hermano es un Cardenal que viene del Vaticano para poner en orden sus asuntos antes de morir.

Es, precisamente, este último quien desentierra en el campo una bola de cristal con nieve dentro que había ocultado en su infancia y que sujetará en su mano derecha ya en el lecho de muerte. Alusión directa a la célebre escena de Ciudadano Kane con la que se pretende equiparar al Cardenal con una especie de magnate todopoderoso. Sólo que su particular rosebud no es un trineo, sino la moraga con mondongo...

Hay también algo, tal vez en menor medida, de Buñuel, en especial de Viridiana, no en vano ambas producciones fueron protagonizadas por el tándem Rey-Rabal.

En todo caso, en Padre nuestro, como en algunas películas de Luis García Berlanga (sobre todo desde La escopeta nacional en adelante) o en las novelas de Camilo José Cela, se respira esa atmósfera malsana y pestilente que sólo se concibe como fruto de la represión padecida durante los cuarenta años de régimen franquista: la continua obsesión por el sexo, el mezclar sotanas con casas de tolerancia y guardiaciviles, cierto toque escatológico y una persistente sensación de ajuste de cuentas con el pasado así lo denotan.

Fernando (Fernando Rey) y María (Emma Penella)


Completaron el reparto de Padre nuestro Victoria Abril (la tentadora Cardenala), Amelia de la Torre (la beata y desquiciada matriarca del clan familiar) y la siempre entrañable Rafaela Aparicio (Jerónima).

viernes, 21 de agosto de 2015

Me enveneno de azules (1969)




Director: Francisco Regueiro
España, 1969, 87 minutos

Me enveneno de azules (1969) de Francisco Regueiro


En su libro A la pintura (1948), Rafael Alberti incluía el poema "Azul", en cuyo verso número 14 el poeta declaraba: "Me enveneno de azules Tintoretto". Dicho verso serviría, años más tarde, a Juan Cesarabea y a Francisco Regueiro, a la sazón guionistas del filme, para dar título a Me enveneno de azules (1969), el cuarto largometraje que firmaba Regueiro.

En líneas generales, se puede decir que estéticamente la película no dista mucho de otras propuestas europeas de aquel entonces, como por ejemplo Domingo, maldito domingo (John Schlesinger, 1971) o que, en menor medida, intenta recrear una atmósfera que lo emparente con el cine francés de la Nouvelle Vague.

Peca, sin embargo, de una excesiva complacencia en la música de Beethoven y Bach con la que se envuelven no pocas escenas, así como del uso indiscriminado del trávelin, cámara en mano, rodeando a los actores mientras deambulan por escenarios madrileños ultramodernos (para la época, se entiende).



Con todo, sabe sacar partido a la presencia del ídolo de masas Junior, quien encarna al desencantado Miguel: tras pasar dos años en París, donde ha vivido el Mayo del 68 (ojo al lema "L'imagination au pouvoir" que se puede leer fugazmente, garabateado en una de sus botas), tiene que enfrentarse ahora a la mortificante figura del padre (Antonio Casas), a punto de casarse con la que fuera novia de su propio hijo, una Charo López de conmovedora belleza que recuerda en sus rasgos a Ava Gardner.

Entre las curiosidades, merece la pena destacar el uso que se hace como hilo conductor en determinados momentos de las imágenes televisivas en las que Jesús Hermida relata la llegada del hombre a la luna, sin duda una forma de subrayar esa modernidad alienante a la que aludíamos más arriba. O también, en otro orden de cosas, la presencia de Jaime Chávarri como ayudante de dirección con cameo incluido interpretándose a sí mismo.

Y si el verso de Alberti inspiró a Francisco Regueiro, el título de la cinta sirvió, a su vez, para bautizar a un dúo de rock independiente formado por dos hermanos de Yecla (Murcia): Jesús y Jose García, que comenzaron a firmar sus canciones bajo este peculiar nombre a finales de 1998.


Charo López interpreta a Marta en Me enveneno de azules (1969)

viernes, 24 de julio de 2015

Madregilda (1993)




Director: Francisco Regueiro
España/Alemania/Francia, 1993, 113 minutos

Madregilda (1993) de Francisco Regueiro


Ángel Fernández Santos y el propio Francisco Regueiro escribieron conjuntamente el guion de esta original película que parece emparentada con el mundo de las aventis que tan bien ha sabido retratar el escritor Juan Marsé en muchas de sus novelas.

Partiendo de elementos aparentemente realistas procedentes de la posguerra más sombría (como el famoso escándalo que supuso el estreno de Gilda), pergeñaron una historia que adquiere por momentos ribetes de ensoñación. Buena prueba de ello es toda la trama en la que Manolito imagina que su madre es Rita Hayworth o las jeremiadas del padre ante el altar que se ha fabricado con una réplica exacta de la supuestamente fallecida esposa.

Por otra parte, en un par de ocasiones se cita una célebre escena de Los olvidados de Luis Buñuel: cuando Longinos (José Sacristán) vacía el contenido de su carro en el vertedero. Quienes hayan visto la película de Buñuel ya saben a qué escena nos referimos y por qué. En ese mismo muladar tendremos ocasión de ver cómo una horda de zarrapastrosos se afana en hurgar entre las inmundicias para acabar rescatando (imagen curiosa) una enorme lámpara de las llamadas araña. Aunque la pirueta se completará en la escena siguiente, ya que se salta directamente del mencionado basurero al interior de la chatarrería de Longinos, presidida por una gigantesca araña: nombre popular con el que era conocido el emblema del yugo y las flechas.

Interior de la chatarrería de Longinos con la araña al fondo

En cuanto a la encarnación que lleva a cabo Juan Echanove del general Franco como hombre pueril que se reúne el primer viernes de cada mes con sus antiguos correligionarios para jugar su partidita de mus, es de las mejores que se han hecho del dictador hasta la fecha. No en vano, su nombre en clave es 'El Niño' y como a tal lo tratará su difunto padre cuando se le aparezca (soberbio, como de costumbre, Fernando Rey, en el antepenúltimo trabajo de su carrera para la gran pantalla).

Por último, no menos espeluznante es la caracterización de Juan Luis Galiardo como legionario rebosante de cicatrices a lo Millán-Astray y compañero de timba de Franco y Longinos.

Juan Echanove (en el centro) como Franco
y José Sacristán (Longinos) a la derecha