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domingo, 11 de agosto de 2024

El hijo de María (1971)




Título original: Le fils de Marie
Director: Jacinto Esteva
Luxemburgo/España, 1971, 82 minutos

El hijo de María (1971) de Jacinto Esteva Grewe


El particular contexto sociopolítico de la España tardofranquista suponía un obstáculo insalvable, ya desde su propia génesis, para un proyecto tan abiertamente transgresor como Le fils de Marie (1971). Quizá por ello, el cineasta Jacinto Esteva Grewe (1936-1985) optó por ubicar la producción del filme en Luxemburgo, pese a que la cinta jamás llegaría a gozar de estreno comercial.

Desde la primera escena —un ensordecedor cónclave de sesudos congresistas—, sorprende comprobar que los intérpretes son ilustres miembros de la denominada Escuela de Barcelona (o de la Gauche Divine, que para el caso es lo mismo). Ahí están, debatiendo entre ellos acaloradamente, José María Nunes, Gonzalo Suárez, Leopoldo Pomés y hasta Sergi Schaaff, futuro creador del célebre concurso televisivo Saber y ganar.



Queda claro, por lo tanto, que el rodaje se llevó a cabo entre amigos, probablemente en régimen de cooperativa y sin cobrar ni un céntimo a cambio. Aun así, y pese a lo violento de algunas secuencias de maltrato animal, hoy inasumibles, como la matanza del cerdo o el sacrificio de un inocente conejito, la atmósfera resultante destaca por lo solemne de una puesta en escena repleta de alusiones religiosas en clave intencionadamente blasfema (o por lo menos inconoclasta).

La presencia siempre etérea de Núria Espert, metida en el papel de María, le otorga al conjunto una dimensión cuasi mística. En especial a partir del momento en el que su personaje, aquejado de un embarazo falso, padece el acoso de un padre intransigente (Ramón Eugenio de Goicoechea) y de los siete pecados capitales y demás encarnaciones del mal, a los que ponen rostro, entre otras actrices, Serena Vergano (La Pereza) o la recientemente desaparecida Teresa Gimpera (La Muerte).



viernes, 14 de diciembre de 2018

Liberxina 90 (1970)




Director: Carlos Durán
España, 1970, 85 minutos

Liberxina 90 (1970) de Carlos Durán


Pues, como no podían hacer Victor Hugo, los miembros de la Escuela de Barcelona se dedicaron sistemáticamente a hacer Mallarmé... Tal y como sucede con la práctica mayoría de filmes surgidos al calor de aquel movimiento, Liberxina 90 responde, punto por punto, a unos parámetros experimentales de los que hoy muchos abominan. En cualquier caso, la exposición LIBERXINA, Pop y nuevos comportamientos artísticos, 1966-1971, que podrá verse en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) hasta el 22 de abril del año que viene, toma su nombre de esta película del malogrado Carlos Durán.

Por desgracia, el malditismo que habitualmente rodea el legado de quienes, a finales de la década de los sesenta y primeros setenta, se atrevieron a imaginar un cine innovador desde el seno de la barcelonesa Gauche divine termina por traducirse, con demasiada frecuencia, en la invisibilidad de un buen puñado de títulos que hoy merecerían ser reivindicados como capítulo esencial de nuestro patrimonio fílmico.

William Pirie junto a Romy en un chiringuito de la Barceloneta

Porque imaginar una droga en forma de gas con la propiedad de hacer que las masas piensen por sí mismas era (y, en buena medida, sigue siendo) un planteamiento tan inaudito como revolucionario. En ese sentido, el guion coescrito por el propio Carlos Durán y Joaquim Jordà planteaba un escenario entre futurista y distópico que apenas difiere del de Fata/Morgana (1966), filme mítico del mismo período que dirigiera Vicente Aranda a partir de un relato de Gonzalo Suárez.

Las localizaciones iniciales de Liberxina 90 pueden hacernos pensar en el Antonioni de Il deserto rosso (1964) y, sobre todo, de L'eclisse (1962) cuando, posteriormente, la acción se traslade a una fría barriada de bloques de pisos. También hay algo del Godard de La Chinoise (1967) en la escena en la que los protagonistas lanzan proclamas subversivas desde el salón de su apartamento mientras de fondo suena una canción de Pau Riba. En fin, huelga decir que la censura franquista, tras un kafkiano y tortuoso procedimiento, impuso que se cortase la copia que se proyectó en el Festival de Venecia para, por último, acabar condenando la cinta a un ominoso ostracismo del que ya nunca se recuperaría.