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jueves, 18 de enero de 2018

Les jours où je n'existe pas (2002)




Título original completo: Le Château de Hasard : Aura été : Les jours où je n'existe pas
Título en castellano: El Castillo del Azar: Habrá sido: Los días que no existo
Director: Jean-Charles Fitoussi
Francia, 2002, 114 minutos



Como a los personajes de Italo Calvino, al protagonista de Les jours où je n'existe pas le sobreviene una particularidad que lo convierte en el símbolo central de una parábola sobre las carencias del hombre contemporáneo. Así, por ejemplo, si en El caballero inexistente el guerrero Agilulfo, dentro de cuya armadura no hay nada, representa la vacuidad del individuo moderno, el Antoine de la ópera prima de Fitoussi, que sólo existe uno de cada dos días, plantea toda una serie de implicaciones metafísicas alrededor de la propia existencia y del azar que marcarán el resto de la producción fílmica del cineasta, hasta el punto de darle a toda ella el título genérico de Le Château de Hasard.

También hay algo de Julio Cortázar en el hecho de que los personajes de la historia que el tío (Luís Miguel Cintra) le explica a su sobrino salten de la ficción para irrumpir en la realidad del relato, un poco en la línea de cuentos como Continuidad de los parques. Con todo, parece ser que la verdadera fuente de inspiración de Fitoussi no partió ni de la obra del argentino ni de la del italiano al que aludíamos en el primer párrafo, sino de una novela corta de Marcel Aymé (1902-1967).



En realidad, si Les jours où je n'existe pas recuerda a algo es a las películas de Eugène Green, con cuyo estilo comparte no pocas similitudes: esa cadencia sosegada, repleta de tiempos muertos y silencios cotidianos; el uso puntual de la música clásica; la rigidez de los actores (la mayoría de ellos, por cierto, no profesionales) a la hora de decir el texto, con la mirada perdida en el vacío y pasando bruscamente del plano al contraplano… En fin, esos rincones del París más monumental, con sus cementerios y sus abundantes referencias literarias (en el buen sentido de la palabra) hacen pensar indefectiblemente en el mundo del realizador francés de origen americano.

También es fácil acordarse de Paulo Branco o de Manoel de Oliveira viendo el ritmo acompasado con el que Fitoussi capta el día a día de los personajes (si bien esa sensación de tiempo detenido está asimismo presente en el cine del ya mencionado Green). Lo cual, por otra parte, no es de extrañar, ya que, de hecho, tanto Sintra como Antoine Chappey trabajaron a las órdenes del centenario realizador portugués. Por último, cuando el protagonista visita su propia tumba y decide enterrarse él mismo parece cumplirse uno de los sueños de Buñuel, quien en el último párrafo de Mi último suspiro llega a decir: “Una confesión: a pesar de mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, acercarme hasta un quiosco de periódicos y comprar unos cuantos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, pegándome a las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, al abrigo tranquilizador de la muerte”.


domingo, 29 de enero de 2017

La religiosa portuguesa (2009)




Título original: A religiosa portuguesa
Director: Eugène Green
Portugal/Francia, 2009, 127 minutos

La religiosa portuguesa (2009)


Eugène Green es un artista que cuenta con una lista recurrente de temas muy de su agrado: la música y el teatro renacentista y del Barroco, el País Vasco, lo espiritual, la Edad Media, la cultura francesa y también Portugal y el fado. Debido a esto último, se trasladó en 2009 hasta Lisboa para rodar, en portugués y con alguna ráfaga en francés, A religiosa portuguesa, filme en el que vuelve a desplegar la consabida retahíla de recursos que conforman su estilo: desde los diálogos filmados en plano contra plano mirando a cámara hasta una marcada tendencia a fijarse en los pies de los actores.



En todo caso, es inevitable ver esta película y no pensar en En la ciudad de Sylvia (2007) de José Luis Guerín: la forma en la que el personaje de Julie de Hauranne (Leonor Baldaque) pasea por las calles desiertas y su manera de vestir son ciertamente muy similares a las de Pilar López de Ayala. La diferencia, en cambio, estriba en el sentido del humor de Green, otra de sus constantes marca de la casa. Como cuando el recepcionista del hotel le dice a Julie que no le gustan las películas francesas porque son para intelectuales.

Tiene también algo de Kaurismäki (otro cineasta amante de la socarronería), quizá por la forma de medir las palabras o tal vez por el interés que suscita el niño Vasco en la joven actriz, hasta el punto de querer adoptarlo. Y mucho de Manoel de Oliveira, genio y decano de la cinematografía lusa. Porque ésta, a pesar de haber sido dirigida por un francés de origen americano, es una película muy portuguesa: de ahí la presencia de un personaje que pasa por ser la reencarnación del rey Sebastián I, el "monarca durmiente" que, según reza la leyenda, ha de retornar para socorrer a Portugal en sus horas más difíciles.

Por último, y ligado a lo anterior, a la ya conocida espiritualidad de Green, presente en el título y en afirmaciones de la novicia como que sólo existe un único amor, se suma esta vez la atracción que el realizador siente hacia una ciudad retratada mediante profusión de panorámicas desde los distintos miradores lisboetas (como la que abre el filme, probablemente rodada desde la cima del elevador de Santa Justa). Y lo mismo podría decirse de su música, cuyas canciones populares, tristes y fatalistas, son interpretadas por Camané y Aldina Duarte con el acompañamiento de José Manuel Neto a la guitarra portuguesa.


miércoles, 25 de enero de 2017

Faire la parole (2015)




Título en vasco: Hitza egin
Director: Eugène Green
Francia, 2015, 116 minutos



Una vez más, Eugène Green (el Green-go renegado) se adentra en las profundidades del País Vasco francés para captar la esencia de la idiosincrasia euskera. Y de nuevo lo veremos, en uno de sus habituales cameos, mezclado con la concurrencia en una taberna. La novedad es que, en esta ocasión, ha optado directamente por el documental y la lengua vasca para filmar una película sobre personas, muy en la línea del cine de Éric Rohmer y su gusto por la cotidianidad.

Así pues, los jóvenes euskaldunes de Hitza egin descubren, al mismo tiempo que nos descubren, el verdadero significado de lo que representa actualmente vivir en Euskal Herria, nación sin estado en la que usar la lengua propia del territorio es ya en sí mismo un acto de resistencia. Ugaitz, Ana, Ortzi, Aitor... Con su optimismo y curiosidad, demostrarán el vigor de una cultura en la que la canción, en especial a través de los vertzolaris y los grupos a capela, goza de enorme protagonismo (lo cual, dicho sea de paso, nos hace pensar en los cantores sardos que Guerín filma en La academia de las musas). De hecho, en una de las escenas, dos de los chicos improvisarán, para matar el tiempo, unos vertzos durante un viaje en coche a partir de lo que un lobo le diría a otro. Vamos: como las 'peleas de gallos' de los adolescentes aficionados al rap o las trovas tradicionales en muchas regiones de habla hispana.

A nivel visual, lo cierto es que impacta ver la frondosidad de esos valles tan verdes como escarpados: hay algo primigenio en un paisaje que Green ha sabido filmar como si él fuese un vasco más. Pero que nadie se llame a engaño al respecto, ya que su puesta en escena no contiene ni un ápice de nacionalismo radical. En absoluto: Eugène Green, que es en esencia un hombre del Barroco, está muy por encima de todo eso. A él lo que le ha interesado en Faire la parole ha sido aprehender el alma de un pueblo, más allá de las proclamas políticas, adentrándose en sus raíces y captando los aromas de su acervo folclórico.

Eugène Green

domingo, 22 de enero de 2017

Correspondances (2009)













Título en español: Correspondencias
Director: Eugène Green
Francia, 2009, 39 minutos



Virgile es un joven que se lanza a enviar correos electrónicos a Blanche. Mensajes que, con el tiempo, irán ganando en profundidad y estrechando la relación entre ambos. Modernidad y clasicismo, Eugène Green hace que el muchacho escriba en un ordenador portátil alumbrado por una vela. A lo que cabe añadir su habitual nota humorística: en lugar de Google, el buscador de Virgile se llama Barbare... Y la dirección de Blanche no es de Hotmail, sino de Courrier chaud (y no acaba en punto com, sino en .con: 'gilipollas' en francés).

Con todo, y a pesar de que este tipo de excentricidades tengan algunos detractores, Correspondances logra condensar en apenas cuarenta minutos la esencia de lo que es el cine de su realizador: un Eugène Green que aportaba este episodio al filme colectivo Memories, codirigido por el portugués Pedro Costa y el alemán de ascendencia hindú Harun Farocki.

Les signes (2006)




Título en español: Las señales
Director: Eugène Green
Francia, 2006, 31 minutos



Mini-filme de Eugène Green ambientado en el País Vasco francés. Un poco como en Le tempestaire (1947) de Jean Epstein, el mar es esa criatura tan bella como desapacible que un buen día se tragó al padre de la familia protagonista. Tras cinco años de angustiosa espera, aún siguen aguardando señales, sobre todo la madre. Quizá el misterioso forastero (Mathieu Amalric) que interroga al hijo mayor a orillas de la costa, frente a las aguas encrespadas, sea portador de alguna novedad. O ese extraño rompecabezas en forma de tríptico que contemplan absortos la madre y sus dos hijos, únicamente alumbrados por velas.

Con una contención mayor que en sus largometrajes, Green mantiene las constantes de su cinematografía: música barroca, actores que nos miran directamente a los ojos e interés por la cultura euskera (los más observadores notarán que Samuel, el hijo menor, lee los álbumes de Tintín en vasco). No será ésta, por cierto, la única referencia al personaje de Hergé. De hecho, tanto el realizador como Maitetxu Etchevarria, la escritora en cuyo relato se basa la película, son los dos parroquianos que hojean sus aventuras en la taberna. Y, más adelante, veremos un primer plano de un estante con libros donde las obras de Pascal reposan junto a las historietas del reportero belga: curiosa combinación que revela, una vez más, el peculiar sentido del humor de Eugène Green (capaz de incluir, en los créditos finales, un agradecimiento especial para los perros que no ladraron en ninguna de las tomas de Les signes).

viernes, 20 de enero de 2017

El puente de las Artes (2004)




Título original: Le pont des Arts
Director: Eugène Green
Francia, 2004, 126 minutos

El puente de las Artes (2004) de Eugène Green


¡Más Green! La entrega de hoy nos traslada a un París a orillas del Sena en el que los personajes (puro intelecto) disfrutan con la música de Monteverdi y se extasían con los sonetos de Miguel Ángel. Y, sin embargo, se trata de un filme muy Nouvelle vague, con ese amor más poderoso que la muerte entre Pascal (Adrien Michaux) y la cantante Sarah (Natacha Régnier) que tanto recuerda a las películas de Truffaut. De hecho es él quien le da un aire a Jean-Pierre Léaud.



Aun así, el realizador francobárbaro no puede evitar las continuas referencias culturalistas, que generalmente remiten a la Edad Media o al Barroco: algunas, las de tipo musical, son fácilmente reconocibles. Otras, en cambio, son muchos más sutiles. Como el personaje interpretado por Denis Podalydès: Guigui, alias el Innombrable. A primera vista se diría que nos hallamos ante la versión erudita del profesor de jazz que, una década más tarde, le tocará padecer al baterista de Whiplash (2014). Pero no: se trata de algo mucho más profundo. La clave nos la aporta esa extraña onomatopeya que profiere continuamente: "¡Eu!, ¡Eu!" La misma que Santa Hildegarda (Hildegard von Bingen) atribuía al diablo a mediados del siglo XII en su Ordo Virtutum, drama litúrgico sobre la lucha del alma entre las virtudes y el maligno.



Plano contra plano; actores que miran fijamente a cámara... El estilo de Eugène Green es el propio de alguien que llegó tardíamente al cine procedente del mundo del teatro y la literatura: tenía 54 años cuando debutó en la dirección en 2001. Sus referentes son, por tanto, muy distintos de los habituales en el cine contemporáneo (tan poco dado, por otra parte, a los arrebatos espirituales), pero, por ello mismo, deberían hacer las delicias de cualquier alma sensible que se atreva a asomarse a su filmografía.


jueves, 19 de enero de 2017

Le monde vivant (2003)




Título en español: El mundo vivo
Director: Eugène Green
Francia/Bélgica, 2003, 75 minutos

Le monde vivant (2003) de Eugène Green


De nuevo Eugène Green y de nuevo producido por los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. En la presentación y posterior coloquio de esta tarde en la Filmoteca de Catalunya, el cineasta ha vuelto a insistir en algunas de las premisas que ya apuntara ayer, como esa obsesión, rayana en lo enfermizo, de declararse oriundo de Barbaria y no de Estados Unidos. Hasta tal punto llega su fijación que prefiere hablar de noche bárbara en lugar de usar el término noche americana (técnica utilizada para simular una ambientación nocturna en una escena rodada a la luz del día). Quizá llevado por la misma tirria, al preguntarle una espectadora a propósito de cuáles son los cineastas vivos que más le interesan, se enfrasca en una lista interminable que incluye a directores de todo el mundo (entre ellos los españoles José Luis Guerín y Oliver Laxe), pero a ningún estadounidense. ¿Significa tal omisión que Jim Jarmusch, por citar un ejemplo incontournable, es para Green otro bárbaro? Bueno... Sentido del humor no le falta al hombre, como ya quedó patente en nuestra anterior entrada.

En el terreno estrictamente cinematográfico, Le monde vivant ya mostraba algunos de los procedimientos habituales en la posterior filmografía de Green (recitado del texto mirando a cámara, largos silencios, predominio de lo espiritual por encima de la material y, por ende, de la parole por encima de los mots...), sólo que en esta ocasión sus referentes son más medievales que barrocos. Así pues, la acción, aunque actual, se sitúa en los dominios de un ogro vociferante que ha secuestrado a un par de niños, los cuales deberán ser rescatados por dos caballeros andantes en tejanos que cuentan con la complicidad de la esposa vegetariana del inhumano monstruo.



Tras la proyección, Esteve Riambau ha sondeado al realizador a propósito del ascendiente que la obra de Bertolt Brecht haya podido ejercer sobre su modo de filmar. Algo a lo que Green se muestra aquiescente, concediendo que su película se beneficia de una cierta teatralidad que tiene por objeto hacer creíble el argumento sin recurrir a mayores artificios. Y pone varios ejemplos: al ogro no lo vemos nunca íntegramente sino que apenas se muestran partes de su cuerpo (los pies, la espalda...), puesto que enseñándolo al completo se restaría verosimilitud y se caería en el ridículo. Otro tanto ocurre con el león que acompaña a uno de los caballeros: por más que en pantalla veamos un perro, basta con llamarlo león para que automáticamente se obre el milagro en nuestra imaginación a través del poder evocador de la palabra.

Le monde vivant se rodó en el departamento de Pyrénées-Atlantiques (nombre que, en palabras de Green, "la Sacrosanta República Francesa da al País Vasco francés"), ya que sus bosques y zonas montañosas, además de ofrecerle las localizaciones idóneas para la historia que quería contar, representaban una buena oportunidad para rendir homenaje a una región que admira: en ella transcurre la trama de dos de sus novelas e incluso proyecta rodar un filme en euskera. Y Riambau, a quien le ha llegado el rumor de que tal vez el realizador haga lo propio en catalán, le pide a Green que, de ser así, el estreno tenga lugar en la Filmoteca.


miércoles, 18 de enero de 2017

El hijo de José (2016)




Título original: Le fils de Joseph
Director: Eugène Green
Francia/Bélgica, 2016, 115 minutos

El hijo de José (2016)


Dice Eugène Green que él no nació en Estados Unidos sino en Barbaria, al tiempo que anuncia una oleada de barbarización a escala planetaria. Lo ha dicho esta tarde/noche en la Filmoteca de Catalunya durante la presentación del ciclo Eugène Green: el cineasta barroco. Y, acompañándolo, la actriz Maria de Medeiros, de quien Esteve Riambau ha señalado medio en broma que han adoptado estos últimos días, dado lo mucho que se prodiga últimamente por allí (y todavía tiene que volver otra vez para presentar Airbag).

Justo antes de comenzar la proyección de la recién estrenada Le fils de Joseph, Green se dirige a la concurrencia haciendo gala de su sentido del humor: "Mi cine es muy peculiar, por eso no me molestaré si en mitad de la película se levantan ustedes y se marchan: ya estoy acostumbrado." Esto último, por suerte, no llega a suceder (el público de la Filmo sabe lo que se hace...), pero sí que es bastante palpable la primera parte de su afirmación: mirando directamente a cámara, valiéndose del plano contra plano en muchos diálogos, Green obliga a los actores a recitar el texto como lo hubieran hecho los personajes de Corneille o de Racine. Dicha frontalidad ha llevado a Esteve Riambau a decir que el suyo es un cine de la parole, lo que en francés vendría a ser el uso concreto de la lengua.

Texto del que los intérpretes, por cierto, no tienen permitido cambiar ni una coma. Maria de Medeiros bromea al respecto: "Sólo me atreví a sugerirle una pequeña adición una vez... ¡y se lo comenté con tres semanas de antelación!" La frase, todo sea dicho, se mantuvo en el montaje final: es aquella, pronunciada en plena embriaguez durante una fiesta, en la que Violette Tréfouille, la extravagante crítica literaria interpretada por Medeiros, habla de Marcel Proust como si aún viviese y afirma "que últimamente ya no es el que solía".



Viendo El hijo de José es fácil que nos vengan al pensamiento los nombres de Manoel de Oliveira o de Robert Bresson. A requerimiento de un espectador, Green admite la influencia del cineasta francés, si bien en Bresson no hay sentido del humor. Es curioso, al respecto, cómo Green pone en boca del personaje de Vincent (Victor Ezenfis) determinados chistes lingüísticos que bien podrían pasar por enigmàrius de los que Màrius Serra propone a sus oyentes de Catalunya Ràdio. De hecho, nos regala otro, en vivo y en directo, a los presentes en la Sala Chomón, al traducir cocktail por "cola de gallo".

De todos modos, si algo transmite Le fils de Joseph es espiritualidad (que no misticismo). Más aún: Maria de Medeiros ha hablado de étonnement ('asombro', 'estupefacción'). Esos silencios, junto con lo cuidado del sonido ambiente, son el mejor aliado para tratar una historia de resonancias bíblicas que Eugène Green ha querido relacionar con los nuevos modelos de familia. En ese sentido, el filme vendría a demostrar que la verdadera paternidad tiene poco que ver con la genética y mucho con el afecto. Por eso Vincent decide vengarse de su padre biológico, el editor Oscar Pormenor (Mathieu Amalric), y enseguida se siente atraído por Joseph (el belga Fabrizio Rongione), sin saber que, en realidad, este último es su tío. Claro que, si Vincent, hijo de Joseph y de Marie (Natacha Régnier), el mismo que mortifica a la rata Gargantúa, el mismo que sufre de manía persecutoria hacia Pormenor, el mismo que en determinados momentos parece un personaje de Haneke, debe ser equiparado con Jesús... Entonces se abren un montón de inquietantes posibilidades que nos llevan a pensar cuánto tardarán las fuerzas reaccionarias (la barbarie que tanto detesta Green) en acusarlo de blasfemo. El tiempo lo dirá.