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sábado, 24 de agosto de 2024

La niña de tus ojos (1998)




Director: Fernando Trueba
España, 1998, 121 minutos

La niña de tus ojos (1998) de Fernando Trueba


La abundancia de apellidos checos en los títulos de crédito de La niña de tus ojos (1998) delata el lugar donde se rodó realmente una película que, sin embargo, situaba su acción en la Alemania nazi. Episodio verídico, como todo el mundo sabe, en el que se recrea la producción, auspiciada por el mismísimo Goebbels, de un filme folclórico de temática andaluza, Carmen la de Triana (1938), en los estudios UFA y en doble versión hispanogermana, mientras en España continuaba la contienda civil. Huelga decir que el personaje de Macarena Granada, interpretado por Penélope Cruz, se inspiró en Imperio Argentina, mientras que el director Blas Fontiveros (Antonio Resines) sería el trasunto de Florián Rey.

Con guion de, entre otros, Rafael Azcona y David Trueba, la cinta se desarrolla según los parámetros de una comedia coral cuyos papeles principales recaen sobre una nutrida selección de intérpretes en la que destacan nombres de la talla de Jorge Sanz, dando vida al galán y "herido" de guerra Julián Torralba, Rosa Maria Sardà, Santiago Segura, Loles León, Jesús Bonilla o Neus Asensi. También en papeles secundarios, más esporádicos, intervienen María Barranco, como la fogosa señora del embajador franquista (Juan Luis Galiardo) y hasta la mítica Hanna Schygulla haciendo de esposa del influyente ministro Goebbels (Johannes Silberschneider).



Tanto el tono general como el trasfondo de la trama pudieran recordar en determinados momentos a los de la italiana La vita è bella (1997), de Roberto Benigni, que un año antes había arrasado en la edición de los Óscar y cuya comicidad encubría también acontecimientos tristemente dramáticos. Así, por ejemplo, los extras que participan en el rodaje de la película son, en realidad, famélicos prisioneros judíos procedentes de un campo de exterminio, lo cual dará pie a alguna que otra situación tensa, sobre todo a medida que la temperamental Macarena se sienta atraída por un apuesto recluso de nacionalidad rusa (Karel Dobrý).

Por lo demás, la acción se desarrolla según los parámetros de lo que constituye un sentido homenaje al mundo de la farándula, y en especial a una generación de artistas españoles, pero en el que también tienen cabida guiños al cine clásico, como ese desenlace en la pista de un aeropuerto que tanto recuerda al final de Casablanca (1942). Siete premios Goya, de un total de dieciocho nominaciones, coronaron el éxito de un filme que, años después, sería objeto de su propia secuela con prácticamente el mismo elenco protagonista y bajo el título de La reina de España (2016).



lunes, 7 de agosto de 2023

Vestida de novia (1967)




Directora: Ana Mariscal
España, 1967, 98 minutos

Vestida de novia (1967) de Ana Mariscal


Como si de un espectáculo de varietés se tratara, los números musicales de Vestida de novia (1967) van desfilando uno tras otro, a veces sin que vengan muy a cuento ni tengan excesiva relación con la trama. Lo cual tampoco tiene nada de extraño si se considera que se trata de una fórmula que su directora, la hoy reivindicada Ana Mariscal (1923-1995), puso en práctica en diversas ocasiones. Tal fue el caso, por ejemplo, de Los duendes de Andalucía (1966) e, incluso antes, de Feria en Sevilla (1962), donde el protagonismo ya había recaído sobre un afeminado Pedrito Rico que representaba en sí mismo toda una provocación para la censura franquista.

A este respecto, el colorido estridente de la cinta que nos ocupa (con dirección de fotografía de Valentín Javier y decorados de Augusto Lega) pone de manifiesto el gusto de la realizadora por un tipo de puesta en escena que anticipa en muchos años la estética habitual de tantísimos filmes de Almodóvar. Basta echar un vistazo a los títulos de crédito iniciales, escritos a mano sobre cartulinas de distintas tonalidades, para reconocer un estilo visual que el manchego convertiría varias décadas después en inconfundible marca de fábrica.

Massiel interpretando el tema "Di que no"


Y qué decir de la heteróclita mezcolanza de artistas que aquí se dan cita. Porque, aparte del ya mencionado Pedrito Rico (quien interpreta a la típica promesa que intenta abrirse camino en el mundo de la canción), también actúan Massiel (antes de su victoria eurovisiva) y el conjunto yeyé Los Flecos: curiosa miscelánea, un poco pillada por los pelos si se quiere, pero que permite adentrarse en un terreno más melodramático, sobre todo a través de la relación entre la cantante y el apuesto Carlos (Juan Luis Galiardo), compositor y atormentado prometido de la misma.

En definitiva, y a pesar de que el planteamiento —una empresaria cazatalentos, la propia Ana Mariscal, empeñada en que su protegido Juan de los Reyes (Rico) triunfe en América— pudiera considerarse un calco de su anterior colaboración cinematográfica, la susodicha Feria en Sevilla (1962), lo cierto es que la película no deja de tener un particular encanto como producto kitsch al servicio de una estrella moderadamente transgresora, capaz de entonar "Tatuaje" y otros éxitos de León, Quintero y Quiroga dándoles un inequívoco aire gay.



viernes, 25 de febrero de 2022

El alijo (1976)




Director: Ángel del Pozo
España, 1976, 105 minutos

El alijo (1976) de Ángel del Pozo


El término alijo suele asociarse de inmediato con el tráfico de drogas. Sin embargo, la mercancía que transportan los protagonistas de esta película son seres humanos: emigrantes clandestinos que, procedentes de Portugal, ansían llegar a Francia guiados por la expectativa de mejorar su calidad de vida. A tal efecto, viajan en el interior de un camión que transporta un cargamento de ganado ovino, camuflados entre las ovejas en condiciones verdaderamente infrahumanas. La suya será una odisea plagada de contratiempos cuyas posibles consecuencias constituyen una seria amenaza para la integridad física de los ocupantes del vehículo.

Los incentivos que estimulan a los conductores, en cambio, obedecen a motivaciones de muy diversa índole. Curro (Juan Luis Galiardo) es el típico gañán garañón: apuesto mozo siempre proclive a los escarceos carnales y sin mayor aspiración que ganar dinero fácil para después casarse con Araceli (María Casal), la hija de un tendero de Jerez de la que está enamorado.



Menos impulsivo que su socio, el veterano Paco (Fernando Sancho) es un hombre curtido en mil lides para el que ni la carretera ni el contrabando guardan secretos. Aun así, profesa ocultas creencias religiosas (en una de las escenas iniciales accede disimuladamente al interior de una iglesia para rezarle a San Cristóbal), lo cual le genera algún que otro cargo de conciencia con respecto al contenido que se esconde en la parte trasera del vehículo.

Interesante ejemplo de road movie en clave hispánica, a partir del relato homónimo de Ramón Solís, El alijo (1976) gira en torno a una temática que, por desgracia, mantiene intacta su vigencia más de cuatro décadas después de la realización de la película. Puede que haya variado la nacionalidad de los polizones o el destino final de su periplo, pero la falta de escrúpulos de quienes se lucran con el transporte ilícito de migrantes sigue siendo la misma que encarnan Mirna (Helga Liné) y el Señorito (Manolo Zarzo) en una cinta, dirigida por el también actor Ángel del Pozo bajo los auspicios de Rafael Gil, en la que tal vez no se profundiza lo suficiente en las causas que ocasionan el problema.



viernes, 17 de diciembre de 2021

Todos a la cárcel (1993)




Director: Luis García Berlanga
España, 1993, 99 minutos

Todos a la cárcel (1993) de García Berlanga


No hay más que ver el título que le puso Berlanga a esta película para hacerse una idea de la que estaba cayendo en la España inmediatamente posterior a los fastos del 92, cuando lo habitual era desayunarse cada mañana con la noticia de un nuevo caso de corrupción política. A este respecto, Todos a la cárcel (1993) esboza un microcosmos de arribismos aún más sombrío, si cabe, que el de la mítica La escopeta nacional (1978), pues, tal y como afirmó el cineasta valenciano en su momento: "Los negocios que antes se hacían en las cacerías se hacen ahora en las prisiones".

En esta ocasión "Saza" encarna a don Artemio Bermejo, un modesto empresario que, con la finalidad de que le abonen el importe de una antigua deuda, acude a la cárcel Modelo de Valencia, donde está previsto celebrar los festejos del Día Internacional del Preso de Conciencia. Toda una odisea, repleta de los habituales secundarios del universo berlanguiano, a cuál más esperpéntico, y que acabará, como no podía ser de otra manera, como el rosario de la aurora.



La nota predominante conforme avanza la acción alude a los antiguos opositores al régimen franquista, hoy reconvertidos en altos cargos del Estado, que presumen públicamente de su conciencia social (con lectura de manifiesto incluida) mientras, al mismo tiempo, se hallan implicados en las más oscuras corruptelas. En ese sentido, la prisión en la que transcurren los hechos vendría a ser una especie de metáfora del conjunto de la nación cuyos dirigentes, ya se trate del sagaz Quintanilla (José Sacristán) o el marrullero alcaide al que da vida Agustín González, hacen y deshacen a su antojo rocambolescos tejemanejes.

Galardonada con tres premios Goya (Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Sonido), Todos a la cárcel plasmaba en imágenes el desencanto de su director con respecto a la deriva de la sociedad española tras quince años de democracia y sucesivos gobiernos socialistas. Un desbarajuste colectivo, dilapidando recursos públicos, del que el banquero Tornicelli (Torrebruno), reclamado por la justicia de doce países, sale indemne como si nada, tal vez porque a ningún mandamás le conviene enemistarse con la mano que mueve los hilos.



sábado, 4 de diciembre de 2021

Tranvía a la Malvarrosa (1996)




Director: José Luis García Sánchez
España, 1996, 107 minutos

Tranvía a la Malvarrosa (1996) de J.L. García Sánchez


Cogimos el último tranvía de la Malvarrosa que iba a Valencia. En la jardinera volvía la gente llena de sol, muy cansada. Marisa al final del viaje había reclinado la cabeza en mi hombro y se había quedado dormida con la bolsa y el cartapacio de las acuarelas a los pies. Al día siguiente me examiné de Filosofía del Derecho. Me preguntaron algo sobre Luis Vives. Hablé de la armonía vital que yo había subrayado con lápiz rojo. Saqué un notable y con eso me convertí en un licenciado.

Manuel Vicent
Tranvía a la Malvarrosa

Aparte de adaptación cinematográfica de una conocida novela de Manuel Vicent a propósito de sus recuerdos de juventud, Tranvía a la Malvarrosa (1996) es, sobre todo, uno de esos filmes repletos de colaboraciones estelares con las que se pretende contrarrestar la escasa relevancia del elenco protagonista. En ese sentido, ni Liberto Rabal ni ninguno de los actores que interpretan al grupo de amigos del joven Manuel alcanzaban en aquel entonces el renombre de, pongamos por caso, Fernando Fernán-Gómez (en un breve papel de rancio catedrático de derecho), Juan Luis Galiardo (un fanático ultracatólico llamado Arsenio) o Vicente Parra, quien, poco antes de morir, cerraba su filmografía interpretando a un cura confesor.

Igualmente episódica es la participación de Ariadna Gil dando vida a La China, prostituta obsesionada con el recuerdo de su difunto novio, al que identifica con Manuel, y Antonio Resines como el Semo, reo de muerte acusado de haber asesinado a una niña cuya ejecución en el garrote vil alentará la vocación literaria del futuro escritor.



Película, ya desde su propio título, de inequívoca ambientación levantina, se beneficia de una espléndida dirección de fotografía, a cargo de José Luis Alcaine, en la que se intuye la luminosidad de la pintura de Sorolla, mientras que la banda sonora, obra del francés Antoine Duhamel (1925–2014), fue compuesta, según rezan explícitamente los títulos de crédito iniciales, "en homenaje a Isaac Albéniz".

La Valencia de los años cincuenta, tal y como la recrean Rafael Azcona y José Luis García Sánchez, aparece retratada como una sórdida ciudad de parroquias y prostíbulos en la que los universitarios de primer curso, ávidos de ritos iniciáticos que los liberen del ambiente opresor que se respira por todas partes, sacian sus bajas pasiones al ritmo de las caderas de Silvana Mangano o bien en compañía de peculiares maestros de ceremonias como Pepín El Bola (Jorge Merino), orondo cantamañanas, obsesionado con la comida y el sexo, que lo mismo se hace pasar por el secretario del Gobernador que pasea su rolliza figura a lomos de una frágil vespa.



domingo, 19 de septiembre de 2021

Imposible para una solterona (1976)




Director: Rafael Romero Marchent
España, 1976, 81 minutos

Imposible para una solterona (1976)


Solterona y gorda: dos palabras, a cuál más hiriente, que la protagonista de esta película encaja una y otra vez con resignación. A sus treinta y cinco años de edad, la suya es una existencia marcada por el doble estigma de no haber conocido varón y rozar los ochenta y cinco kilos de peso. Poco importa que su jefe, el señor Torcal (Fernando Fernán-Gómez), la haya nombrado su secretaria particular, ya que lo único que podría hacer feliz a Gina (Lina Morgan) es un poquito del amor que, de momento, nadie parece dispuesto a ofrecerle. 

Ni siquiera cuando un joven y apuesto doctor con pinta de playboy irrumpe de repente en el horizonte de la infeliz parece que las cosas vayan a cambiar demasiado: ladino y maquiavélico, el astuto Luis (Juan Luis Galiardo) alberga en su mente un retorcido plan que consiste en utilizar a Gina como conejillo de indias para ensayar un método revolucionario de adelgazamiento.



Adaptación de la novela homónima de Luisa-María Linares, Imposible para una solterona (1976) plantea, a pesar del casi medio siglo transcurrido desde su estreno, dos de las obsesiones más recurrentes de nuestro tiempo. Por una parte, la preocupación por el sobrepeso; por otra, el miedo a la soledad. Dolencias, en ambos casos, típicas de la sociedad de consumo, aquí encarnadas en un ser tan entrañable como indefenso que, pese a la presión ambiental a que se halla sometido, será capaz, sin embargo, de sobreponerse a cuantos desengaños le depara la fortuna.

"Inteligente, moderna y audaz", Gina representa, no obstante, un prototipo de mujer poco agraciada físicamente, blanco de burlas y comentarios crueles, que, además de obesa se siente vieja. A este respecto, el hecho de que se preste a participar en el experimento televisivo auspiciado por Luis no es más que el primer paso de una meditada venganza que la llevará, sucesivamente, a dejar su trabajo, desquitarse de tantísimos sinsabores y, finalmente, volar a París en busca de una nueva vida.



domingo, 25 de abril de 2021

Después de los nueve meses (1970)




Director: Mariano Ozores
España, 1970, 95 minutos

Después de los nueve meses (1970) de Mariano Ozores


Típico producto de la factoría Ozores en torno a las vicisitudes de cuatro matrimonios que dan a luz a sus respectivas criaturas el mismo día y en el mismo hospital. Entre los padres hay un poco de todo: novatos obsesionados con el bienestar del neonato (caso de Nicolás Bernabé, el personaje interpretado por Antonio Ozores); progenitores, como Antón (Manolo Gómez Bur), con una larga prole a su cargo; un publicista, de nombre Cristóbal (Juanjo Menéndez), más pendiente de su trabajo que del crío, y un guaperas tirando a playboy (Juan Luis Galiardo) que se resiste a asumir su paternidad.

Las mamás, en cambio, responden a perfiles mucho más convencionales: la parturienta temerosa de si, en lo sucesivo, ya no resultará atractiva para su marido (Patty Shepard); la madura y prolífica Valentina (Julita Martínez); la modelo (Teresa Gimpera) deseosa de disfrutar de su recién estrenada condición, pese al pasotismo de su esposo, y hasta una insólita madre soltera (Concha Velasco) que se debate entre los cuidados excesivos de la suya propia (María Luisa Ponte) y el miedo al compromiso del padre de la niña.



La vis cómica recae, la mayor parte de las veces, sobre el carácter histriónico de Antonio Ozores y Manolo Gómez Bur: el primero, por sufrir durante el alumbramiento incluso más que la madre (de hecho es ella quien tiene que cuidarlo, dados sus continuos desmayos); el otro, por la poca fiabilidad de los muchos métodos anticonceptivos, a cuál más estrambótico, que ha ensayado con su señora. También un dibujito animado, representando la efigie de un bebé, aparece de vez en cuando para edulcorar la trama con su relato en primera persona.

Ni que decir tiene que detrás de semejante "portento" se intuye la indisimulada voluntad de incentivar la natalidad por parte de las autoridades del tardofranquismo, ávidas de dar buen ejemplo con películas que, además de entretener al público, hiciesen apología de la familia y el crecimiento demográfico. Hoy en día, su planteamiento ha quedado totalmente obsoleto (y no digamos el machismo subyacente en la obcecación de Nicolás por saciar su abstinencia sexual con otras mujeres mientras dure la cuarentena de la suya), si bien conviene destacar el atrevimiento de haber incluido en el reparto a una chica dispuesta a llevar adelante su embarazo pese a no estar casada.



sábado, 16 de enero de 2021

De tertulia con Valle-Inclán (2011)




Director: José Luis García Sánchez
España, 2011, 46 minutos

De tertulia con Valle-Inclán (2011) de José Luis García Sánchez


Hoy, Valle-Inclán representa para nosotros, aparte de las muchas consecuencias que se sacan de su variada producción, el tipo claro de persona entregada a su vocación de escritor, que se mantiene firme en ella y deshecha solicitaciones varias, sociales, políticas, etc. […] Mezcla extraña y atrayente de gran señor decimonónico y de intelectual de avanzadilla, vivió en libro, literariamente, personaje central de su propia aventura, en la que no faltaron ribetes de llamativa resonancia.

Alonso Zamora Vicente
Vida y obra de Valle-Inclán

Apreciable docudrama con el que el cineasta José Luis García Sánchez, valleinclanista de pro que se hiciera merecedor de dicho apelativo tras llevar a la pantalla Divinas palabras (1987), Tirano Banderas (1993) y Martes de carnaval (2008), ponía el punto y final (quién sabe si definitivo) a una carrera de más de cuarenta años y una treintena larga de títulos a sus espaldas.

Como suele ser habitual en este género, De tertulia con Valle-Inclán resucita al dramaturgo y novelista gallego (interpretado por Xerardo Pardo de Vera) para someterlo a las preguntas de autores gallegos actuales como Suso de Toro o Manuel Rivas y participar en concurridas tertulias literarias, émulas de las que él mismo animara antaño en los cafés madrileños.



Son varios los especialistas que, procedentes de distintas facultades universitarias, aportan la nota docta con su testimonio. Así pues, la filóloga Margarita Santos Zas sostiene que Valle estiliza en un principio el carlismo con el propósito de evadirse de una realidad que le disgusta (la España surgida de la Restauración borbónica), para, a continuación, idealizar el pasado frente a la ausencia de valores de la sociedad burguesa en la que él vive y, por último, ya en sus esperpentos de los años veinte, acabar arremetiendo contra todo lo establecido.

Aunque la particularidad más llamativa en esta recreación a medio camino entre la biografía y el documental histórico sea, tal vez, la presencia en el reparto de los actores Juan Diego y Juan Luis Galiardo (quienes también ayudaron a coproducir la cinta) encarnando a los que, probablemente, fueron los dos personajes más célebres surgidos de la pluma de don Ramón: el Marqués de Bradomín (Diego) y don Juan Manuel Montenegro (Galiardo). Juntos, ya sea paseando por las calles de Santiago de Compostela o en los salones del Ateneo de Madrid, comentan lo más destacable del estilo de su creador.



martes, 6 de octubre de 2020

El disputado voto del señor Cayo (1986)




Director: Antonio Giménez Rico
España, 1986, 94 minutos

El disputado voto del Sr. Cayo (1986)
de Antonio Giménez Rico


Los tres se sobresaltaron. Un hombre viejo, corpulento, con una negra boina encasquetada en la cabeza y pantalones parcheados de pana parda, les miraba taimadamente desde la puerta, bajo el emparrado de la casa. Víctor, al verle, franqueó la lancha que salvaba el arroyo y se dirigió resueltamente hacia él.

Miguel Delibes
El disputado voto del señor Cayo

El próximo sábado 17 de octubre se cumplirán cien años exactos del nacimiento de Miguel Delibes (1920-2010). Ocasión propicia, pues, para comentar otra de las muchas adaptaciones cinematográficas que han merecido las novelas del autor vallisoletano. De hecho, Giménez Rico es, muy probablemente, el director que con mayor asiduidad ha frecuentado su obra narrativa. Aparte de la que ahora nos ocupa, suyas son Retrato de familia (1976),  a partir de Mi idolatrado hijo Sisí, y Las ratas (1997): notable promedio, como queda patente, a razón de una adaptación cada diez años.

Pero entrando ya de pleno en el análisis de El disputado voto del señor Cayo las diferencias más notables entre texto y filme se reducen básicamente a dos. Por un lado, Giménez Rico y su guionista Manolo Matji optaron por añadir una serie de escenas en blanco y negro, frente al colorido de las que relatan la campaña electoral del 77, con el objetivo de remarcar hasta qué punto los protagonistas (antiguos “compañeros de viaje”) han perdido la inocencia al cabo de los años, dejando ideales y amistades por el camino, fagocitados por el mismo sistema que un día pretendieron cambiar. Y, por otra parte, aunque no menos importante, la película muestra abiertamente la pertenencia al PSOE del candidato Víctor Velasco (Juan Luis Galiardo), si bien los diálogos, pese a que en repetidas ocasiones se dejen ver carteles con la efigie de Felipe González, omiten cualquier tipo de alusión directa al partido.



El eje fundamental de la trama reside en el shock que supone para los urbanitas Víctor, Laly (Lydia Bosch) y Rafa (Iñaki Miramón) el encuentro con el señor Cayo (Paco Rabal), personaje cuya apariencia remite al Azarías que el mismo actor interpretara dos años antes, a las órdenes de Mario Camus, en Los santos inocentes (1984), también inspirada en Delibes, pero más refinado en su particular dominio de la gramática parda. Un sentido común, fruto de la sabiduría popular y el contacto directo con la naturaleza, mediante el que el aldeano irá desmontando todos y cada uno de los prejuicios latentes en el paternalismo izquierdista de sus visitantes.

“¿Qué ocurrirá el día en el que ya no quede ningún hombre que sepa para qué sirve la flor del saúco?”, se pregunta VV en un momento del relato. Y es que el bueno de Cayo Fernández, con todas las limitaciones que implica el residir en un remoto caserío burgalés con cuyo único vecino no se habla (eco cainita de las dos Españas), se basta y se sobra para subsistir, por más que el mundo entrase en un hipotético colapso, amparándose únicamente en los recursos que le depara su hábitat rural. Sin embargo, el progreso inmisericorde, causante de la despoblación interior y de que el viejo campesino se vea abocado al desamparo cuando le fallen las fuerzas, hará que la película termine con una nota agridulce, incluso cruel: ¿quién necesita realmente a quién? ¿Es la solidaridad lo que mueve a Rafa, ayer soñador y hoy político profesional, a acudir en auxilio del señor Cayo? ¿O son los remordimientos de conciencia?



sábado, 23 de mayo de 2020

Mañana será otro día (1967)




Director: Jaime Camino
España, 1967, 101 minutos

Mañana será otro día (1967) de Jaime Camino


Es una película un tanto Nouvelle vague: ella podría ser Anna Karina y él Belmondo. Claro que también tiene algo de Dos en la carretera (1967), si no fuese porque ambas son del mismo año y la cinta de Stanley Donen no se estrenó en España hasta octubre, mientras que Mañana será otro día salió a finales de mayo. Pero bueno: aun así, Sonia Bruno se parece un montón a Audrey Hepburn y aquel apuesto Juan Luis Galiardo le daba un cierto aire a Albert Finney.

Argumento laxo: Paco y Lisa llegan a Barcelona, procedentes de Madrid, en un descapotable robado. El muchacho aspira a ser actor, mientras que su pareja trabaja esporádicamente como modelo publicitaria. Pero la vida está muy dura y Paco acabará de escolta de un individuo nada recomendable. Resultado: crisis sentimental y abandono de Lisa de la pensión con vistas al puerto donde conviven, para dedicarse a los desfiles de alta costura e incluso a la prostitución de lujo.

Lisa (Sonia Bruno)

Independientemente de que se reconcilien o no, lo cierto es que el destino que les aguarda no invita a presagiar buenos augurios. Más que nada porque el coche en el que se marchan de la Ciudad Condal, rumbo a Torremolinos, vuelve a ser robado: en esta ocasión al propio Barín (Alberto Berco), antiguo jefe de Paco y, según parece, sacerdote de vida disoluta. "Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón". Con lo cual se cierra el círculo y la película. Mañana será otro día... igual que éste pudiera ser su título completo.

Segundo largometraje del director Jaime Camino, el paso del tiempo le ha otorgado el valor añadido de documento gráfico (cuidadosamente fotografiado en Eastmancolor por Luis Cuadrado) en el que admirar la Barcelona de finales de los sesenta: las Ramblas, Plaza Cataluña, la Plaza Real, la Diagonal, las atracciones del Tibidabo... Si bien la intención del cineasta y de su guionista Romà Gubern era muy otra cuando la escribieron: radiografiar la cara oculta de una urbe en apariencia amable, pero capaz de fagocitar con su doble moral las ilusiones de dos vividores de medio pelo que tendrán que pagar un altísimo precio por intentar hacerse un hueco en ella.

Paco (Juan Luis Galiardo)

martes, 12 de mayo de 2020

Lázaro de Tormes (2000)




Directores: Fernando Fernán Gómez y José Luis García Sánchez
España, 2000, 88 minutos

Lázaro de Tormes (2000)
de Fernán Gómez y García Sánchez

En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor y amigo de Vuestra Merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. Y, visto por mí que de tal persona no podía venir sino bien y favor, acordé de lo hacer. Y, así, me casé con ella, y hasta agora no estoy arrepentido, porque, allende de ser buena hija y diligente servicial, tengo en mi señor el arcipreste todo favor y ayuda.

Anónimo
La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades (1554)

Pese a tratarse de la típica adaptación cinematográfica, a la que tan dado ha sido siempre el cine español, de un clásico de nuestra literatura, este Lázaro de Tormes posee, sin embargo, el aliciente de reunir un elenco de actores en el ocaso de sus respectivas carreras. Magníficos intérpretes, todos ellos, como ese inmenso Paco Rabal haciendo de ciego, dirigidos por otro de los grandes, Fernando Fernán Gómez, quien, debido a problemas de salud, no pudo finalizar un rodaje que acabaría completando García Sánchez y que, al fin y a la postre, terminó siendo su testamento fílmico (al menos como director).

Ganadora de dos Goyas, al mejor diseño de vestuario y al mejor guion adaptado, tal vez su origen teatral (recuérdese que Rafael Álvarez "El Brujo" había arrasado antes en los escenarios con uno de sus habituales monólogos inspirado en este mismo personaje) le pasa factura a una película en la que lo escénico acaba anteponiéndose a la acción con demasiada frecuencia.

"¡Blancooo, garnacha y albillooo!"

Con todo y con eso, lo que en la novela es una larga carta en primera persona aquí se resuelve, con muy buen criterio, en forma de declaraciones del Lázaro adulto ante distintos tribunales que juzgan su "caso". Lo cual dará lugar a una estructura un tanto cervantina, en la que se superponen distintos planos temporales. Veamos un ejemplo: el imputado narra, ante la audiencia que escucha su testimonio, cómo solía ejercer de pregonero de vinos por las calles de Toledo; y ese Lázaro de hace algunos años es el que, a su vez, se retrotrae hasta su infancia para contarle a la nutrida muchedumbre, que se ha dado cita a su alrededor en una plaza pública, los episodios más relevantes (los toros de Guisando, la longaniza, el poste de Escalona...) de su entrada en el mundo como mozo de ciego.

Aunque lo más original de esta recreación es que intenta rellenar las lagunas del relato de Lázaro proponiendo personajes y situaciones que, sin estar en el texto original, apenas desentonan con la lógica interna del mismo. Así pues, tanto Pedro Machuca (Agustín González) como el alcalde (Juan Luis Galiardo) no son sino creaciones espurias del propio Fernán Gómez, hombre de letras que supo prescindir de algunos de los caracteres más célebres de la obra anónima (caso del hidalgo empobrecido) para explorar nuevas posibilidades de un texto imperecedero.


jueves, 23 de abril de 2020

Stress-es tres-tres (1968)




Director: Carlos Saura
España, 1968, 94 minutos

Stress-es tres-tres (1968) de Carlos Saura


Siempre me ha parecido que, de haberse llamado de otra forma, quizá simplemente Estrés, esta película habría gozado de una mayor popularidad. A fin de cuentas, su planteamiento apenas difiere del de La caza (1966), uno de los títulos emblemáticos de la primera etapa de Saura. A lo mejor hasta le sobra también ese prólogo en el que la voz en off de Rafael Taibo nos bombardea con estadísticas apocalípticas cuyo único objetivo parece ser recalcar lo que de por sí ya se desprende del propio desarrollo argumental.

Sea como fuere, es éste un filme de actores en el que el trío protagonista, interpretado por Geraldine Chaplin (Teresa), Juan Luis Galiardo (Antonio) y Fernando Cebrián (Fernando), se debate entre la tensión sexual no resuelta de los dos primeros y los crecientes celos del último ante lo que él considera una infidelidad de su mujer con su mejor amigo.



Y así, la tirantez irá en aumento desde el viaje en coche camino de la costa hasta que todo se precipite en las playas del Cabo de Gata. Sin embargo, se trata de un final que deja el desenlace en el aire, con una ironía muy en la línea de lo que Buñuel hiciera, algunos años antes, al término de Viridiana (1961).

De hecho, son el cinismo y la hipocresía los causantes del estrés que atenaza las vidas de unos seres que, teniéndolo todo, experimentan un tremendo vacío existencial. Fernando, que tiene una hija en común con Teresa, considera que Antonio vería el mundo de otra manera si, como ellos, formase algún día una familia: "Si tuvieras un hijo, no serías tan cínico. Cambiaría tu concepto de la vida, te lo aseguro." A lo que el otro, entre bromas y veras, le responde: "¡Claro que sí! Y si tuviera una casa más grande, un coche mejor y unos cuantos millones en el banco, también cambiaría mi vida..." En cualquier caso, lo que está claro es que ninguno de los tres parece sentirse plenamente a gusto con la existencia que le ha tocado vivir.


domingo, 2 de junio de 2019

El caballero Don Quijote (2002)




Director: Manuel Gutiérrez Aragón
España, 2002, 122 minutos


El caballero Don Quijote (2002) 
de Manuel Gutiérrez Aragón


—Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.

Miguel de Cervantes Saavedra
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615)
Capítulo LXXIV

Acaso porque el proyecto tenía que haber sido inicialmente dirigido por Mario Camus, lo cierto es que El caballero Don Quijote, a diferencia de su primera entrega televisiva, deja traslucir una cierta apatía en la puesta en escena. Y es que, ya fallecido Fernando Rey y habiendo cambiado a Alfredo Landa por el más histriónico Carlos Iglesias, en el momento de su estreno dio un poco la impresión de que esta segunda parte llegaba a destiempo.

Juan Luis Galiardo encarnó un hidalgo más bien taciturno, sin que sea posible discernir en qué medida ello es inherente al personaje o hasta qué punto fue el actor quien terminó inoculando su propio carácter al caballero andante. En cualquier caso, hay que decir en favor de Galiardo que al Quijote de 1615 le sienta bien ese toque desencantado, quizá como consecuencia de los muchos palos recibidos en "recompensa" por su afán altruista de desfacer entuertos y liberar princesas cautivas. Tal vez por ello, José Luis Alcaine consideró necesario darle a la dirección de fotografía (por la que acabaría obteniendo el Goya) esa pátina color miel que todo lo impregna, como de puesta de sol, en clara referencia al ocaso, real y metafórico, del protagonista.



De ahí que este Don Quijote, al que derrotarán en las playas de Barcelona y que recobrará la cordura justo antes de fallecer, ya no proyecte con tanta frecuencia sus delirios en el mundo que lo rodea, sino que son sus vecinos —el barbero (Víctor Clavijo), el cura (José Luis Torrijo) y, sobre todo, Sansón Carrasco (Santiago Ramos)— quienes transforman la realidad para él, así como los duques (Joaquín Hinojosa y Emma Suárez), responsables, a su vez, del notable embrollo de la ínsula de Sancho.

Tal y como acontece en el texto original de Cervantes, donde las muchas y variadas aventuras de 1605 contrastan con la pausada reflexión de diez años después, Gutiérrez Aragón (con el auxilio de Félix Murcia en la dirección artística) nos muestra a la singular pareja por caminos polvorientos, con la armadura abollada el uno y cada vez más contagiado el otro de la sinrazón de su amo.


viernes, 10 de agosto de 2018

El oro de Moscú (2003)
















Director: Jesús Bonilla
España, 2003, 100 minutos

El oro de Moscú (2003) de Jesús Bonilla

Hay proyectos que, por más que partan de un guion medianamente aceptable y un reparto repleto de viejas glorias, difícilmente podrán dar como resultado una película relevante. Y todo por la sencilla razón de que han nacido fuera de tiempo (del tiempo que les correspondería dada su naturaleza, se entiende).

He ahí el caso de El oro de Moscú, comedia coral a la antigua usanza concebida y dirigida por el actor Jesús Bonilla. De haberse estrenado en la época de Atraco a las tres (1962) habría sido, tal vez, un filme como mínimo estimable (pese a que la censura no hubiese permitido ni la mitad de cosas que en él se cuentan, pero bueno...) y hoy sería considerado, por mor del valor añadido que otorga el paso de los años, un documento de primer orden para saber cómo era la sociedad española de aquel entonces.



Rodarla, en cambio, en 2003 ni tiene perdón ni sentido, más allá de una cierta nostalgia que no justifica nada. Ver a López Vázquez, Pajares o Sancho Gracia en sus últimos papeles da más pena que gusto, por no hablar de Alfredo Landa que, aunque está muy creíble como redomado franquista, carece ya de la vis cómica que antaño caracterizara sus actuaciones.

Con su humor chabacano y la presencia de Santiago Segura, lo que debía ser una trama con una base pretendidamente histórica se acaba convirtiendo en un producto en la estela de la saga Torrente, iniciada en 1998, o de series televisivas tipo Aquí no hay quien viva o La que se avecina. En cualquier caso, como parece ser que todo lo expuesto no impidió que la película fuese más o menos bien en taquilla, El oro de Moscú tuvo, años después, su correspondiente secuela, titulada La daga de Rasputín (2011).


domingo, 10 de junio de 2018

El camino (1963)




Directora: Ana Mariscal
España, 1963, 91 minutos

El camino (1963) de Ana Mariscal


Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así. Daniel, el Mochuelo, desde el fondo de sus once años, lamentaba el curso de los acontecimientos, aunque lo acatara como una realidad inevitable y fatal. Después de todo, que su padre aspirara a hacer de él algo más que un quesero era un hecho que honraba a su padre. Pero por lo que a él afectaba…

Miguel Delibes
El camino

Aunque menos conocida que La tía Tula (1964) de Miguel Picazo, El camino refleja con certera sagacidad la vida en una pequeña aldea castellana durante el franquismo. Su directora, Ana Mariscal, se las vio y se las deseó para sacarla adelante, pero la censura y un contexto social eminentemente masculino en el que aún se fruncía el ceño ante la nada frecuente situación de que fuese una mujer quien se situara tras las cámaras se confabularon para que el filme apenas tuviese carrera comercial.

Luego está también el hecho de que el docto Unamuno siempre gozó de mejor prensa entre algunos sectores de la crítica que no un Miguel Delibes salido, a fin de cuentas, de las filas del Régimen. En cualquier caso, la homónima adaptación cinematográfica de su novela atenúa el hecho de que el protagonista rememora sus recuerdos de infancia la noche antes de marcharse a estudiar a la ciudad: según el guion coescrito por José Zamit y la propia Mariscal, son las travesuras de Daniel y sus inseparables Moñiga y Tiñoso el centro de interés.



Quizá por ello, por tratarse de una película con niños, se opta con demasiada frecuencia por el uso del primer plano para captar la expresión de sus rostros, con especial predilección, como es natural, por José Antonio Mejías (Daniel el Mochuelo), aunque seguido de cerca por la entonces rapaza Maribel Martín (La Uca), futura actriz, productora y esposa de Julián Mateos.

Lo más interesante, sin embargo, de El camino son esas callejas de Candeleda y Arenas de San Pedro, municipios ambos del Valle del Tiétar (Ávila), así como la instantánea de beatas perpetuamente enlutadas (caso de La Guinduilla: Julia Caba Alba), maestros comidos por las moscas (impecable el enjuto don Moisés que compone el siempre efectivo José Orjas), chismorreos tras los visillos (especialidad de La Leporida: María Isbert), brutales apodos, falsos milagros, escenas censuradas en el cine recreativo del pueblo y un párroco (Joaquín Roa) armado de sotana y flemática paciencia. Y, por encima de todo, la magistral escena (minuto 54) en la que las fuerzas vivas de la aldea le pegan fuego al proyector, formando un cuadro alrededor de la hoguera de innegable inspiración cervantina y que recuerda al de los antiquijotes quemando los libros del hidalgo manchego.


viernes, 13 de octubre de 2017

Así en el Cielo como en la tierra (1995)




Director: José Luis Cuerda
España, 1995, 91 minutos



España, en su concepción religiosa, es una tribu del centro de África [...] La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes; el Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones; el Cielo, una kermés sin obscenidades, adonde, con permiso del párroco, pueden asistir las Hijas de María. Este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere.

Ramón María del Valle-Inclán
Luces de bohemia
Escena segunda

Quizá no tan conocida como Amanece, que no es poco (1989), pero igualmente surrealista y ligada a nuestra idiosincrasia popular, Así en el Cielo como en la tierra situaba su acción en un particular edén. Concretamente, el situado sobre territorio español en 1962. Por lo que su aspecto no difiere gran cosa del de cualquier vetusta aldea castellana, con su plaza mayor, su alcalde, su cabo de la Guardia Civil y demás fuerzas "vivas".

Es, por así decirlo, un paraíso en horas bajas, puesto que sus "envejecidas" autoridades (si es que, valga la paradoja, la eterna jerarquía celestial puede hacerse mayor...) van a ver cómo se les inunda el pueblo con las almas del tan anunciado Apocalipsis, que, según parece, por fin ha llegado. De ahí que el Dios edil (Fernando Fernán Gómez) decida tener otro hijo que, de alguna forma, enmiende lo que no acabó de solventarse en su día con el advenimiento de Jesús sobre el mundo terrenal.

Comedia coral en la más pura tradición del cine español, de entre su nutrida galería de secundarios cabe destacar a Luis Ciges como el foráneo Matacanes, natural de Peñascosa (Albacete) y primer enviado de la hornada apocalíptica, que gozará de un singular cicerone en su descubrimiento del glorioso villorrio: un San Pedro ataviado con el uniforme de la Benemérita, magistralmente interpretado por Paco Rabal.



Claro que, fruto de dicho encuentro, quienes más van a ver trastocados sus esquemas no son las ánimas de los finados, sino precisamente el Padre y el Hijo (Jesús Bonilla), de improviso conscientes de que el mundo (su mundo) está cambiando. Lo cual dará lugar a portentosos diálogos como el que a continuación reproducimos:

JESUCRISTO: Padre, ¿qué hace usted aquí a estas horas? 
DIOS PADRE: Leyendo. 
JESUCRISTO: Venga, lo acompaño a su casa. Ya lo leerá mañana. 
DIOS PADRE: ¡No, mañana no puede ser! Son libros prestados. Me los ha dejado uno del Apocalipsis. Son libros de ateos, de Nietzsche, de Sartre. Dicen que he muerto, que no existo. Bueno, que no existo yo, ni tú, ni nada que huela a divino. ¡Son interesantísimos! No tienes ni idea la de vueltas que le dieron a la cabeza para escribir esto. Tiene mucho mérito, no creas.
JESUCRISTO: Padre, no lea eso, no vaya a ser el diablo que termine gustándole. 
DIOS PADRE: ¿Y me haga ateo? Si no fuera una idea tan retorcida, me lo pensaría, fíjate. A lo mejor era una solución. 
JESUCRISTO: Venga, padre, vámonos, que no son horas de estar aquí de charleta y, menos, leyendo. Que se va a pillar cualquier mal.
DIOS PADRE: ¡No hay Dios que pueda conmigo! Sartre es más lioso, pero éste, Nietzsche, es divertidísimo. Parece que escribe a gritos, lanza las ideas como trompetazos, con gran elocuencia y no carece de profundidad.


lunes, 7 de agosto de 2017

Crimen de doble filo (1965)




Director: José Luis Borau
España, 1965, 87 minutos

Crimen de doble filo (1965)
de José Luis Borau


Claramente inspirado en el suspense hitchcockiano, Crimen de doble filo supuso la segunda incursión en el largometraje de un José Luis Borau que había debutado un año antes con el espagueti wéstern Brandy. Protagonizada por una pareja de argentinos (Susana Campos y Carlos Estrada) debidamente doblados, según costumbre de la época, al neutro castellano peninsular, la película partía de un inteligente guion del productor Juan Miguel Lamet (quien, por cierto, aparece en un fugaz cameo en el último plano).

Cuenta la historia de Andrés Salas (Estrada), un apocado violonchelista que lleva una existencia gris, abrumado por el recuerdo de su padre, quien, en tiempos, había sido un afamado compositor (una foto con dedicatoria del rey Alfonso XIII en el domicilio familiar contribuye a subrayar la importancia del difunto). Pero la tediosa rutina del hombre se va a ver repentinamente alterada con la súbita muerte de un afinador de pianos que vive en los bajos de su edificio, hecho que sitúa a Salas en el centro de una vorágine obsesiva que le irá minando la moral al creerse perseguido por el asesino.



Es Crimen de doble filo una película repleta de pequeños detalles. Así, por ejemplo, al ya mencionado cameo de Lamet o a la foto de Alfonso XIII, cabría añadir los carteles de Nobleza baturra y Morena Clara (ambas de Imperio Argentina y Florián Rey) en el taller del afinador o lo que el Comisario Ruiz (Antonio Casas) encuentra cuando procede a registrar el apartamento de Claus, cuyas paredes aparecen presididas por un póster en homenaje a la memoria del poeta Antonio Machado y una reproducción del Guernica de Picasso. Todo un atrevimiento tratándose de una película estrenada en pleno franquismo. Entre sus libros, figura, además, una monografía dedicada a Hitchcock, en clara alusión al tipo de cine en el que se inspira la trama de Crimen de doble filo.

Argumento que, todo sea dicho, acaba por ser un tanto predecible, lo cual no es óbice para que Borau demuestre una solvencia más que notable en la creación de atmósferas inquietantes. Algo a lo que contribuyen, en gran medida, la excelente fotografía en blanco y negro de Enrique Torán, secundado nada más y nada menos que por Luis Cuadrado y Teo Escamilla, así como la banda sonora de Luis de Pablo.