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viernes, 7 de agosto de 2026

La respuesta (1969)




Director: Josep Maria Forn
España, 1969, 82 minutos

La respuesta (1969) de Josep Maria Forn


Lo primero que llama la atención de La respuesta (1969) es que está rodada con sonido directo, práctica que no se convertiría en habitual en el cine español hasta principios de los ochenta, lo cual nos da ya una pista de que estamos ante una película inusualmente avanzada para la época. Entre otras cosas porque, dado el atrevimiento de su temática, la censura franquista no permitió que se estrenase comercialmente hasta después de la muerte del dictador, ya en el año 76.

En el momento de su concepción, después del éxito de La piel quemada (1967), Josep Maria Forn era ya un cineasta hasta cierto punto consagrado, con la suficiente independencia como para emanciparse de Iquino, uno de sus primeros mentores, y capaz de tirar adelante sus propios proyectos, más críticos y arriesgados, a través de la productora Teide P.C. Se daba, asimismo, una especial coyuntura política y social, con el Mayo francés aún muy reciente y las primeras manifestaciones estudiantiles en las calles de nuestro país, para que el director catalán se liase la manta a la cabeza aun sabiendo que llevaba las de perder.



Basada en la novela M'enterro en els fonaments, de Manuel de Pedrolo, su reparto estaba encabezado por Francisco Viader en el papel de Aleix, un universitario de izquierdas, surgido de la burguesía barcelonesa, cuyas ideas revolucionarias chocan continuamente con la moral hipócrita de su familia, en especial con el doctor Farràs, su padre (interpretado por Jordi Torras), hombre de ideas tradicionales que no ve con buenos ojos la deriva ideológica del muchacho. A su vez, este último mantiene una relación sentimental con Renata (Marta May, en aquel entonces esposa de Forn), chica de alterne en un club de copas y menos politizada que Aleix, pero dispuesta a colaborar con él para darle un escarmiento al alto cargo que le tira los tejos a la joven...

Aparte de excesivamente panfletaria y un tanto inverosímil en su planteamiento, el hecho de trabajar con sonido ambiente provoca que los actores se expresen con un marcado acento catalán, circunstancia que el director intentaría subsanar años más tarde, ya en plena democracia, doblando los diálogos a esa lengua en un nuevo montaje. Por lo demás, las canciones de Raimon que conforman la banda sonora aportan una nota contestataria muy de aquel entonces, tal vez rozando el cliché, pero que indican el camino que iba a seguir el cine de Josep Maria Forn en años sucesivos.



jueves, 6 de agosto de 2026

La barca sin pescador (1964)




Director: Josep Maria Forn
España, 1964, 80 minutos

La barca sin pescador (1964) de Josep Maria Forn


La inconfundible voz en off de Manolo Cano (luego sabremos que se trata de la voz del mismísimo Diablo) plantea el siguiente dilema al principio de La barca sin pescador (1964): "En el más remoto confín de la China vive un mandarín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del que ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerlo morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiera, ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?". Y ésa es precisamente la disyuntiva a la que deberá hacer frente Ricardo Morton (Gérard Landry), opulento hombre de negocios cuyas acciones en la bolsa se desploman de un día para otro, pero a quien se le aparece el Demonio (Julián Ugarte) para hacerle una suculenta oferta que podría salvarlo de la bancarrota...

A partir de la pieza teatral homónima de Alejandro Casona, el guion de Josep Maria Forn y José Luis Alcofar pone el acento en el carácter atildado de Lucifer, al que se muestra como un individuo de maneras exquisitas, luciendo perilla y bastón de plata, con un cierto aire de melifluo dandi inglés que contrasta enormemente con sus maléficas intenciones. En ese sentido, también el papel protagonista recae en un actor, el francés Gérard Landry, de rasgos lo suficientemente severos como para encarnar al individuo capaz de sacrificar la vida de un inocente a cambio de mantener intacta su fortuna.



Los exteriores de la película se rodaron en la localidad ampurdanesa de El Port de la Selva, cuyo paisaje costero reproduce la pequeña aldea de pescadores del Mediterráneo en la que vive la víctima junto a Estela, su esposa (interpretada por Amparo Soler Leal). Espacio humilde y a expensas de las inclemencias meteorológicas, en abierta oposición con el confortable ambiente urbano de las finanzas, al que se traslada Morton acuciado por los remordimientos que afligen su conciencia. Aunque será precisamente dicha pesadumbre la que le permita, como si de un detective se tratase, ir esclareciendo la compleja red de relaciones que existía previamente entre el fallecido y sus familiares más directos.

Los acordes de la melancólica banda sonora, a cargo del guitarrista Eduardo Sáinz de la Maza, aportan la necesaria nota triste en una historia que, por otra parte, se beneficia de una leve imprecisión geográfica, ya presente, por cierto, en el texto de Casona (estrenado en Buenos Aires en 1945), con lo cual la siempre puntillosa censura franquista lo tuvo más difícil para objetar que semejante argumento, de claras connotaciones mefistofélicas, transcurriese en territorio español. Tal vez por ello se cambió el apellido Jordán por Morton, que suena aún más anglófono, si bien la hermana, el marido y el cuñado de Estela pasaron de llamarse Frida, Péter y Cristián, respectivamente, en el original, a Carmen (Lucía Prado), Pedro (Joaquín Navales) y Luis (Ángel Lombarte). Modificaciones que afectan también al mayordomo John (Rafael Calvo) y a Margaret (Mabel Karr), la amante de Morton, los cuales responden a nombres castellanos (Juan y Enriqueta) en la obra de teatro. Subterfugio tirando a tosco mediante el que se sugiere que quienes se dejan tentar por el maligno son extranjeros y protestantes...



miércoles, 5 de agosto de 2026

José María (1963)




Título italiano: Giorno di fuoco a Red River
Director: Josep Maria Forn
España, 1963, 82 minutos

José María (1963) de Josep Maria Forn


Tal y como se advierte al inicio de José María (1963), la película no pretende ser tanto un biopic fidedigno en torno a la figura de El Tempranillo como una libre adaptación a propósito del célebre bandolero del siglo XIX. En efecto, el guion de José Antonio de la Loma, producido por los Estudios IFI y dirigido por el entonces habitual de la casa Josep Maria Forn, muestra al protagonista como un individuo honesto, a pesar de su condición de forajido, incapaz, como él mismo afirma en un momento dado, de atacar a nadie por la espalda. Se le muestra, además, luciendo a todas horas una llamativa chupa de cuero, como si de un ídolo rock se tratase, lo cual, aparte de ofrecer una imagen moderna del personaje, conecta en cierto modo con la estética wéstern.

Y lo cierto es que así fue como se vendió en Italia, donde la cinta, con los nombres del elenco debidamente americanizados, circuló bajo el título de Giorno di fuoco a Red River, haciendo pasar las serranías andaluzas por los paisajes áridos de Nuevo Méjico. Curiosa segunda vida de una producción el reparto de la cual estaba casualmente encabezado por un actor de dicha nacionalidad, Raf Baldassarre, cuya interpretación de José María Hinojosa se enmarca en la leyenda romántica del bandido de buen corazón que, en el fondo, anhela llevar una vida como los demás. Por eso se enamora de la aristócrata Isabel (Ángela Bravo) y por esa misma razón terminará suscitando la clemencia del mismísimo Fernando VII (Manuel Gas).



Y así hasta cuatro tramas distintas se entretejen a lo largo de un fresco repleto de tópicos en el que no faltan caballos, patillas, trabucos y los habituales números flamencos, inevitable nota folclórica en la que se enmarca el destino trágico del hombre al que algunos apodaban "El Rey de Andalucía".

Espectaculares exteriores en las inmediaciones del municipio gaditano de Grazalema, escarpado escenario de multitud de filmes de similar temática, sirven de telón de fondo para una recreación histórica en la que, sin embargo, por arte de magia (cinematográfica) se cuelan también diversas secuencias rodadas en un enclave a priori tan barcelonés como el Castillo de Montjuïc.



martes, 4 de agosto de 2026

La ruta de los narcóticos (1962)




Director: Josep Maria Forn
España, 1962, 90 minutos

La ruta de los narcóticos (1962) de Josep Maria Forn


El plano con el que se abre La ruta de los narcóticos (1962) presenta lo que a continuación vamos a ver como "Un reportaje cinematográfico de la máxima actualidad". Afirmación, sobreimpresa en pantalla, que se confirma de inmediato con los siete largos minutos de prólogo en los que el comisario Mendoza (José María Ovies) detalla ante sus colegas los pormenores del cada vez más lucrativo tráfico internacional de estupefacientes, cuyo punto de entrada a la Península, procedente de Asia y rumbo a los Estados Unidos, su mercado por excelencia, es el puerto de Barcelona.

Evidentemente, toda esa prolija presentación, repleta de datos y hasta diapositivas de los rostros contritos de varios toxicómanos, persigue una doble finalidad, informativa y propagandística, para por una parte poner en antecedentes (y alertar de las secuelas que deja el consumo de drogas) a los crédulos espectadores de principios de los sesenta, tal vez ajenos a la materia, pero sobre todo con la intención de salvaguardar la eficacia de las autoridades franquistas en la lucha contra el narcotráfico. De ahí la insistencia con la que se confronta la elevada tasa de adictos a la heroína en la sociedad estadounidense, democrática pero depravada (se da a entender), frente a los "únicamente" 1300 casos registrados en España (detalle curioso: 800 mujeres y 500 hombres).



De modo que la acción se desarrolla en la Ciudad Condal, escenario en el que José Antonio de la Loma, autor del guion, sitúa a los capos de una peligrosa red italiana dispuesta a introducir el alijo de polvo blanco en el interior de inocentes muñecas que algún sujeto, todavía más inocente, llevará consigo hacia América entre su equipaje, ajeno al preciado contenido, como si de un simple paquete se tratase. Aunque no faltarán persecuciones, traiciones y muertes violentas en el seno de una compleja organización que utiliza como tapadera una casa de modas de alto standing, la misma en la que se infiltra Gisela (Sonia Bruno) para contrarrestar la capacidad operativa de los mafiosos.

La voz en off de Manolo Cano, especie de narrador omnisciente, nos va dando cumplida cuenta de los entresijos, a veces avanzándose incluso a los acontecimientos, en lo que supone una forma hasta cierto punto innovadora de narrar los hechos. Pero si hay un elemento verdaderamente llamativo en la película, más allá de la bisoñez del inspector Bellido (Víctor Valverde) o de la apostura de su homólogo italiano (Fernando León), es la sorna que gasta el susodicho comisario Mendoza, magníficamente interpretado por el asturiano José María Ovies (1903-1965), célebre en su momento por haber doblado a Groucho Marx en las versiones españolas, y que aquí encarna a un tipo perspicaz en la lucha contra el crimen organizado, que lo mismo toma baños turcos que sabe reconocer a simple vista una valiosa porcelana china de la cuarta Dinastía Ming.



lunes, 3 de agosto de 2026

¿Pena de muerte? (1961)




Director: Josep Maria Forn
España, 1961, 82 minutos

¿Pena de muerte? (1961) de Josep Maria Forn


Como en tantas producciones locales de los años cincuenta y sesenta, uno de los atractivos de la cinta de intriga criminal ¿Pena de muerte? (1961) consiste en identificar sus exteriores, filmados en enclaves tan reconocibles para el espectador como las Ramblas de Barcelona o el monasterio de Montserrat. Aunque la acción se traslada enseguida a la apacible localidad de Monistrol, donde se ha cometido el crimen que servirá de eje central de la trama.

A grandes rasgos, la puesta en escena ideada por Josep Maria Forn, a partir de una historia concebida por José Luis Dibildos y Noel Clarasó, se enmarca en los cauces de lo que suele conocerse en el argot como whodunit, subgénero cuya finalidad principal pasa por descubrir al culpable entre un grupo reducido de sospechosos, en un espacio cerrado o aislado y mediante las pesquisas de un detective (en este caso un abogado con vocación de novelista) que reúne y analiza una serie de indicios.



Los primeros minutos de la película se articulan en forma de reconstrucción de los hechos, mientras una voz en off reproduce lo que serían los pormenores de ese mismo crimen según cualquier crónica de sucesos. De modo que se visualiza cómo Carlos Castillo forcejea con Eduardo Arnáez antes de que éste muera asesinado, con lo cual se infringe aparentemente una de las reglas de oro del cine de suspense, que dice que lo que vemos en pantalla es "verdad", ya que el posterior devenir de la acción demostrará quién es el verdadero homicida...

El apuesto y fornido Pablo (interpretado por Fernando León) se encarga de indagar cuanto allí sucedió, no sin antes vencer las resistencias de unos y de otros, a veces a puñetazo limpio. Como también vivirá un conato de romance con la telefonista local (María del Sol Arce) y conocerá de primera mano las malas artes de la seductora, y antigua vedette de revista, Lina (Mireille Darc). Elementos, en definitiva, que configuran un interesante thriller de regusto catalán, típica producción modesta pero efectiva surgida de la factoría IFI (acrónimo del prolífico Ignacio Farrés Iquino).



domingo, 2 de agosto de 2026

Yo maté (1957)




Director: Josep Maria Forn
España, 1957, 70 minutos

Yo maté (1957) de Josep Maria Forn


"Lo que leen vuestros hijos es más importante que lo que comen". Curiosa forma de comenzar una película, con esa advertencia encabezando la historia de un crío que dedica la mayor parte de su tiempo a devorar tebeos y novelas de quiosco (de las que se valoran en función de la cantidad de muertes que haya en ellas). De ahí que Jorge (Pepito Moratalla) decida tomarse la justicia por su cuenta cuando el cascarrabias de don Matías (Emilio Fábregas) amenaza con desahuciarlos a él y a su madre si ésta no le paga el alquiler. Ultimátum que cobra aún más fuerza ante la posibilidad de que la pobre mujer vaya a la cárcel.

Independientemente del tono moralizante (tal vez impuesto por la censura) que impera ya desde el primer plano, Yo maté (1957) destaca por el protagonismo que se le otorga a la mirada infantil. Ingenuidad que, desde el punto de vista de los niños, impregna cada una de las acciones que protagonizan, dotando al relato de un aire de inocencia que constituye su principal atractivo en tanto que narración de aventuras en clave ligeramente policíaca.



Ópera prima del realizador catalán Josep Maria Forn (1928-2021), los escasos setenta minutos de su metraje contienen algunas de las constantes que iban a estar presentes a lo largo de una filmografía caracterizada por su particular forma de abordar los dilemas morales y la realidad inmediata. Buen ejemplo de ello son los escenarios ruinosos en los que transcurre parte de los hechos, como la fábrica abandonada que el sagaz Capitán Cinco Duros (Eugenio Testa) ha convertido en su residencia.

Con todo y con eso, el planteamiento de la película, a partir de un guion de Manuel Bengoa y el propio Forn, resulta de una ambigüedad enorme. Así pues, escenas de alto contenido poético, como la liberación de las palomas, alegoría del inconformismo de los chiquillos frente a las normas de los adultos, contrastan con un discurso subyacente según el cual "es mejor jugar a la pelota que leer esos papelotes que os sorben el seso". Palabras estas últimas del comisario (Manuel Gas) y que serán subrayadas por él mismo justo antes del desenlace: "Por comodidad, por desidia, por egoísmo abandonamos nuestros deberes permitiendo lecturas y espectáculos que son para los chicos peores que veneno".



domingo, 26 de julio de 2026

La vida privada de Fulano de Tal (1960)




Director: Josep Maria Forn
España, 1960, 90 minutos

La vida privada de Fulano de Tal (1960)


El propio título de la cinta que nos ocupa, cuarto largometraje que dirigía el barcelonés Josep Maria Forn (1928-2021), aporta ya bastantes pistas sobre el contenido de una historia que gira en torno a uno de tantos individuos de aquella España gris de letras impagadas y compras a plazos que, en plena vorágine desarrollista, luchaban por dejar atrás las antiguas estrecheces de la posguerra. Porque ese Fulano de Tal no es otro sino Miguel (Fernando Fernán-Gómez), fundador y director de la revista para amas de casa Eva y el hogar y ahogado en un mar de deudas que amenaza con condenarlo irremisiblemente a la bancarrota e incluso al fracaso de su matrimonio con la bella y un tanto caprichosa Eva (Susana Campos).

Aunque, para darle más comicidad al asunto, la suegra y la cuñada soltera del susodicho se plantan en el domicilio conyugal con el objetivo de pasar allí unos días, circunstancia que dará pie a no pocos equívocos y situaciones hilarantes a lo largo de una película repleta de momentos tan divertidos como la escena en la que la señora de marras (interpretada por la mítica Matilde Muñoz Sampedro) no para de parlotear mientras Miguel y sus invitados intentan en vano escuchar la emisión radiofónica con los consejos del consultorio sentimental de Violette Florelle.



También esto último se traduce en otro malentendido, toda vez que el personaje (una pura invención de Miguel que, sin embargo, posee enorme predicamento entre el público femenino, ajeno a la farsa) se llama igual que una sensual actriz francesa, la cual, como no podía ser de otra manera, se presentará en las oficinas de la revista para pedir explicaciones (y daños y perjuicios) por lo que ella considera una suplantación de identidad...

Por otra parte, la estructura del relato, basado en un guion en el que, entre otros, intervinieron el propio Forn y Francisco Rovira Beleta, arranca con el nacimiento del protagonista para, acto seguido, resumir brevemente los pormenores de su infancia y juventud, siempre mediante la voz en off de Fernán-Gómez, quien detalla en primera persona el poco o nulo éxito de su personaje con las mujeres, a las que describe como interesadas y superficiales. Trasfondo misógino, en resumidas cuentas, muy propio de aquellos tiempos, sobre el que se construyen la mayoría de situaciones satíricas de una cinta que no deja de ser el fiel reflejo de una época.



domingo, 4 de diciembre de 2022

Un tesoro en el cielo (1957)




Director: Miguel Iglesias
España, 1957, 98 minutos

Un tesoro en el cielo (1957) de Miguel Iglesias


A juzgar por la cantidad de manos que intervinieron en la escritura del guion de Un tesoro en el cielo (1957), donde, entre otros, destacan los nombres de Josep Maria Forn, Mariano Ozores y Alfonso Paso, merece la pena analizar con detenimiento una historia que, sin duda, tiene su miga. 

Ante la posibilidad de que fallezcan durante el parto su esposa y el hijo que esperan, un hombre desesperado (Alberto Closas) jura frente al altar de una iglesia que dará cuanto posee a cambio de que la madre y el niño se salven. Promesa que, cuando ambos estén ya fuera de peligro, caerá un tanto en el olvido. Aunque una serie de percances que se van a ir sucediendo a su alrededor pondrán en guardia al individuo en cuestión, quien, en lo sucesivo y pese a la oposición de su familia, se obsesiona con la idea de desprenderse de su patrimonio a base de donativos y obras de caridad.



Luego está el elemento misterioso que sobrevuela determinados momentos de la trama. Como la presencia de ese mendigo, dotado con el don de la ubicuidad, que se le aparece a Aguilar (Closas) en las situaciones más insospechadas y que casi se convierte en la voz de su conciencia. Lo cual no impide, sin embargo, que también la comedia se cuele en algunas escenas, en especial aquellas en las que interviene el suegro del protagonista, un señor entrometido y fatigoso al que da vida Luis Orduña.

El caso es que el asunto llegará incluso a los tribunales, dándose la paradoja de que el acusado, precisamente por haber querido salvar a su mujer y a su hijo, se arriesga a perderlos para siempre. De hecho, y así lo señala su defensa, el único delito de Ernesto Aguilar consiste en "haber sido fiel a su fe, entregarse por completo a su familia y creer realmente en la existencia de Dios hasta el punto de ligarse a él con una promesa".



domingo, 28 de junio de 2020

La rana verde (1960)




Director: Josep Maria Forn
España, 1957-1960, 90 minutos

La rana verde (1960) de Josep Maria Forn


Se ha dicho en alguna ocasión que es ésta una película un tanto berlanguiana. No en vano, empieza y acaba con la voz en off de Fernando Rey, tal y como sucedía en ¡Bienvenido, Míster Marshall! (1953), y la acción transcurre en una imaginaria ciudad de provincias, llamada Cimera de los Infantes, que en poco o nada difiere de Villar del Río. También se la ha comparado con Calle Mayor (1956) de Bardem. Y, sin embargo, la sombra que planea de un modo más evidente sobre el relato es la de la italiana I vitelloni (1953) de Federico Fellini.

Efectivamente, son sus protagonistas un grupo de señoritos ociosos, herederos con carrera, hijos de las fuerzas vivas del pueblo, asqueados de la eterna monotonía provinciana, y cuya única aspiración consiste en seducir a alguna de las señoritas de buena familia que pasan el verano internas en el castillo residencia Colegio del Carmen. Albergan la esperanza de que ello les permita prosperar y establecerse en la capital, pero la absoluta falta de voluntad de la que adolecen los relega a pasar las veladas jugando al dominó o a los dados en el bar La rana verde.

Castillo de Manzanares el Real (Comunidad de Madrid)

Aunque sus mayores no demuestran mucha más tenacidad a la hora de sacar adelante una población que estuvo treinta años bajo el amparo del difunto Clemente González, cacique local y rémora para el progreso de uno de esos lugares en los que "nunca pasa nada". Así pues, el nuevo alcalde, don Manuel (Félix Fernández), a pesar de llenarse continuamente la boca con la palabra concordia y pronunciar encendidos discursos en la plaza del pueblo, reanudará de inmediato entre los mandamases de Cimera la misma red de clientelismos que ya pusiera en práctica su difunto predecesor. Intrigas que dejan entrever, por cierto, el estigma que aún pesa sobre los viejos republicanos ("los eternos descontentos", según se dice en el prólogo), agrupados en torno a ese Círculo Cultural sobre el que siempre pende la amenaza de cierre por imperativo legal.

Segundo largometraje del catalán Josep Maria Forn (Barcelona, 1928), se aprecia en La rana verde un innegable espíritu crítico respecto a la hipocresía de los usos y costumbres del franquismo sociológico, motivo que tal vez explique que la cinta, rodada en el 57, tardase tres años en estrenarse. A este respecto, aparte de los ya mencionados tejemanejes de los mayores, la juventud de Cimera vive inmersa en un ambiente de miseria moral en el que los chicos se rifan a las veraneantes en función del poder adquisitivo de las familias de éstas, organizando, a tal efecto, bailes, serenatas y otras triquiñuelas (como hacerse pasar por extras, con la complicidad del alcalde, en el rodaje de un filme histórico que tiene lugar en el castillo). Aunque de poco les servirá, ya que, tal y como queda patente en la última escena, con las muchachas cantando "Adiós con el corazón" desde el autocar que las lleva de regreso a Madrid, mientras sus pretendientes se hacinan en el interior del calabozo municipal, para ellas todo ha sido una aventura inocente, apenas una fantasía romántica que probablemente olvidarán tan buen punto lleguen a su destino.


sábado, 26 de octubre de 2019

Muerte al amanecer (1959)




Director: Josep Maria Forn
España, 1959, 94 minutos

Muerte al amanecer (1959) de J. M. Forn


Muerte al amanecer es, sin duda, un título evocador. Por lo menos mucho más que el anodino El inocente de la novela de Mario Lacruz (publicada originariamente en 1953 por Luis de Caralt) en la que se basa la película. Lo cual no significa que el texto —una de aquellas obras hoy olvidadas que merecería, sin embargo, ser objeto de una revisión a fondo— desmerezca en absoluto de la versión cinematográfica producida y dirigida por Josep Maria Forn.

De hecho, Lacruz (1929-2000) estructuró el relato en cuatro movimientos de inspiración musical encabezados por las indicaciones Andante, Adagio, Scherzo y Allegro con fuoco, algo que casa la mar de bien con la condición de compositor del protagonista y que hizo que Delibes, desde las páginas de El Norte de Castilla, augurase para el autor "un lisonjero porvenir como novelista ‘de toda clase de novelas'".



Recién restaurada por la Filmoteca de Catalunya, Muerte al amanecer se nos aparece como un excelente ejercicio de cine negro, sobriamente interpretado por el portugués Antonio Vilar en el papel de Virgilio Delise: joven musicólogo de vida ociosa, pero al que atormenta la muerte en extrañas circunstancias de su padrastro, el adinerado Montevidei (Félix de Pomés). Sólo falta, para complicarlo todo, que Doria (José María Rodero), sagaz agente de seguros, se meta de por medio con la intención de demostrar un asesinato del que no tiene pruebas.

Fue éste, por otra parte, el debut como productor de Forn, quien, al frente de Teide P.C., ayudaría a vertebrar una solvente industria cinematográfica catalana de la que él mismo fue (y sigue siendo, a sus más de noventa años) piedra angular. De ahí el especial cariño que, según contaba esta tarde su hija durante la presentación, siente hacia un filme que trasciende los tópicos del género policíaco para adentrarse por los tortuosos vericuetos del sentimiento de culpa.


lunes, 10 de septiembre de 2018

Los culpables (1962)




Director: Josep Maria Forn
España, 1962, 86 minutos

Los culpables (1962) de Josep Maria Forn


La obra teatral de Jaime Salom en la que se basó Los culpables (1962) planteaba la posibilidad de que un hombre de negocios arruinado fingiese su propia muerte para cobrar un seguro de vida por valor de cinco millones de pesetas de las de entonces. La particularidad de semejante ardid radica, sin embargo, en el hecho de que Pablo Ibáñez (que así se llama el interfecto al que encarna el actor Tomás Blanco) requerirá para ello la connivencia de su esposa Arlette (Susana Campos) y del amante de ésta, un doctor que responde al nombre de Andrés Laplaza (Yves Massard).

La acción transcurre en una Gerona gris y lluviosa, prototipo de la ciudad de provincias que tanto explotó el cine español de principios y mediados de los sesenta. Espacio monótono y claustrofóbico donde vivir sería casi imposible para los protagonistas de no ser por subterfugios como una tienda de telas de la calle Herrería cuya dueña, una vieja ávida de aumentar su peculio, alquila habitaciones con fines moralmente reprobables según el estricto decoro imperante.



Para quienes habitan en un ambiente tan sumamente irrespirable, el adulterio supone una cruz difícil de cargar, algo tan horrible y vergonzoso que no sólo justifica el siempre complicado martirio de llevar una doble vida, sino hasta planear escabrosos crímenes pasionales provistos de una coartada casi perfecta. Casi, porque el veterano comisario Ruiz (Félix Fernández), sagaz como un lince y perseverante hasta el hartazgo, irrumpirá de improviso para, tras arduas pesquisas, acabar desbaratando las maquinaciones de los culpables.

Dotado de una innegable habilidad para la intriga policíaca, el catalán Josep Maria Forn derivaría posteriormente en su filmografía, previo paso por la crítica social de La piel quemada (1967) —contundente drama sobre el fenómeno de la inmigración andaluza en Cataluña que ya tuvimos ocasión de comentar aquí en su momento— hacia las recreaciones históricas un tanto pomposas en torno a la figura de los presidentes Companys y Macià.


jueves, 21 de diciembre de 2017

El vicari d'Olot (1981)




Título en español: El vicario de Olot
Director: Ventura Pons
España, 1981, 96 minutos

El vicari d'Olot (1981) de Ventura Pons


Es curioso hasta qué punto, en algunas ocasiones, el simple paso del tiempo es capaz de convertir lo que nació como iconoclasta gamberrada en inocente comedia de costumbres. Lo cual viene a demostrar que ni había para tanto, cuando algunos se escandalizaban poniendo el grito en el cielo, ni determinados preceptos, aparentemente verdades inamovibles, eran en realidad para toda la vida.

El vicari d'Olot, primer largometraje de ficción dirigido por Ventura Pons, responde a la perfección a dicha premisa. Quizá menos rompedora que el retrato intermitente que hiciese del célebre Ocaña tres años antes (Ocaña, retrat intermitent [1978]), sus personajes componen, sin embargo, un reparto coral bastante representativo de lo que podían ser por aquel entonces las fuerzas vivas en una capital de comarca de la Catalunya interior. Un microcosmos en el que aún tiene un peso notable el legado del antiguo régimen, pero al que van a llegar nuevos aires, primero en forma de atractivo párroco que solivianta las calenturientas fantasías de algunas feligresas (caso de las señoronas interpretadas por las cantantes Marina Rossell y Núria Feliu) e, inmediatamente después, por una marea de travestis, gais y mujeres de la vida procedentes de la barcelonesa calle de las Tapias que, convocada por la Ramoneta (Rosa Maria Sardà), acude al lugar en protesta contra el reaccionario Congreso de Sexología Católica.

Pere Tàpias frente a una curiosa pintada

Claro que no todos vienen de fuera: algunos, como el farmacéutico de la población (Fernando Guillén), llevan una doble vida a la espera de que la sociedad acepte su condición sexual. Cosa que no tardará en llegar, a la vista del comentario que deja ir la joven Berta (Cristina Álvarez) cuando sus mayores desprecian abiertamente a los manifestantes congregados en la Plaza Mayor:

-¡No son hombres ni mujeres ni nada! ¡No tienen dignidad ni decencia! 
-¡Son divertidos! Es como si el teatro saliera a la calle. ¡Son muy majos!

El teatro... o las Ramblas, casi nos atreveríamos a decir (las Ramblas de entonces, por supuesto). En cualquier caso, lo demás es enredo: un enredo amable, si se quiere, que ponía al descubierto mucha hipocresía y falsa moral. Y todo ello gracias a la ayuda desinteresada de muchos artistas del momento, desde Maria Aurèlia Capmany o Pere Tàpias hasta Quico Pi de la Serra o Guillermina Motta, pasando por Mary Santpere, Montserrat Carulla o la mismísima Anna Lizaran.

Rosa Maria Sardà (Ramoneta) y Rosa Novell

martes, 26 de abril de 2016

La piel quemada (1967)




Director: Josep Maria Forn
España, 1967, 110 minutos

La piel quemada (1967) de Josep Maria Forn


Unos se tuestan al sol en la playa de Lloret de Mar y otros lo hacen encaramados sobre el andamio de una de las cuantiosas edificaciones levantadas a lo largo y ancho de nuestro litoral mediterráneo durante los años del desarrollismo. Ése es básicamente el planteamiento de La piel quemada, la película con la que el cineasta catalán Josep Maria Forn analizaba (y conectaba) el éxodo de campesinos andaluces hacia Cataluña, así como la eclosión del turismo de masas, justo en el mismo momento en el que ambos fenómenos se hallaban en pleno proceso de expansión.

Para quienes somos hijos de la inmigración es éste un filme de lo más entrañable, dado lo fácil que resulta identificarse con alguna de las situaciones que plantea, ya que la historia de José (Antonio Iranzo) y Juana (Marta May) sigue un curso paralelo al de tantas familias que un día emprendieron el mismo camino desde su aldea para buscar en Barcelona una vida nueva (y no siempre mejor).



La estructura se caracteriza por un continuo ir y venir mediante flashbacks a lo largo de los principales hitos de la trayectoria del clan familiar: el noviazgo y primer embarazo, la vuelta de José del servicio militar, la vida en un pequeño pueblo de Granada donde el caciquismo está a la orden del día...

De todas formas, sería de justicia señalar que la visión que se ofrece en La piel quemada sobre dicho fenómeno peca un tanto de maniquea, dado que concentra en unos pocos personajes la mayoría de tópicos que circulaban sobre el asunto: el choque cultural entre el ámbito rural y la gran ciudad, el rechazo inicial de la población autóctona hacia los charnegos, los obreros rijosos que perdían la razón en pos de las turistas nórdicas...  En ese sentido, se podría achacar al guion del propio Forn una cierta tendencia a la generalización que, sin embargo, ni llega a ser excesiva ni tampoco perjudica desmesuradamente el acabado final de una producción más que digna.



jueves, 17 de diciembre de 2015

Rovira Beleta. Crònica pendent (2015)




Título alternativo: El meu avi va anar a Hollywood
Directora: Lara Mateo Rovira-Beleta
España, 2015, 50 minutos

El patriarca de la saga, Francisco Rovira Beleta


La exposición "Rovira Beleta: mès enllà de Los Tarantos" está previsto que continúe abierta al público hasta el próximo 31 de marzo. Dentro de los actos conmemorativos encaminados a recuperar el legado del cineasta barcelonés, la nieta del mismo ha sido ahora la encargada de dirigir el documental Rovira Beleta. Crònica pendent, que en la tarde de hoy se ha estrenado en la sala Chomón de la Filmoteca de Catalunya.

Producido por Focus, TV3 y TVE, el film repasa la trayectoria de un director que hasta en dos ocasiones fue nominado al Óscar a la mejor película extranjera, sin que ello suscitase, sin embargo, un excesivo interés por parte de las autoridades franquistas, que veían con recelo (en un momento en que a través de Fraga se intentaba promover la industria del turismo) la imagen que de la Barcelona gitana ofrecían Los Tarantos y El amor brujo. Aunque el principal problema con la censura se produciría a raíz de Crónica de sangre, el guion que le prohibieron rodar hasta en siete ocasiones.

He ahí uno de los atractivos del documental de su nieta, ya que en él se lleva a cabo la reconstrucción de dicha película, con la colaboración como narrador de Quico Rovira-Beleta, hijo del realizador homenajeado. Mediante fragmentos de su filmografía que visualmente coinciden bastante con determinadas escenas del guion, más alguna que otra localización actual, se llega a esbozar el asunto central del filme que no pudo ser.

Son diversas las autoridades en la materia cuyo testimonio se incluye en el documental para reivindicar el cine de RB: los críticos Esteve Riambau y Jaume Figueras; los también directores Carlos Benpar, Josep Maria Forn, Fernando Méndez-Leite y Rosa Vergés... Todos ellos perfilan, a grandes rasgos, los principales méritos de sus películas. Por ejemplo, el haber rodado en exteriores, muchas veces con cámara oculta, para así ganar en realismo, lo cual le otorga un toque documental avant la lettre. O su gusto por innovar, que le llevaría a ser pionero en probar nuevas técnicas como el 3D.

Y no pocos miembros de la familia desfilarán asimismo en pantalla, quienes, en el transcurso de una cena, irán desvelando ciertos aspectos de la personalidad del realizador, como su desmedida coquetería o su carácter pefeccionista. Fue Rovira, en palabras de su hijo Quico, un hombre enamorado de la vida, romántico y bohemio en espíritu, aunque a la vez con los pies fuertemente clavados en el suelo.

Lara Mateo Rovira-Beleta: nueva savia