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domingo, 6 de diciembre de 2020

Acción mutante (1993)




Director: Álex de la Iglesia
España/Francia, 1993, 90 minutos

Acción mutante (1993) de Álex de la Iglesia


Con estupor y cierto recelo recibían los espectadores del 93 este particular engendro llamado Acción mutante. ¿Qué hacían los hermanos Almodóvar produciendo una película en apariencia tan alejada del sello que les había valido el reconocimiento internacional? Muchos no lo entendieron. Como tampoco la caracterización de Antonio Resines, transformado en el execrable Ramón Yarritu, se ajustaba a la imagen que el público se había forjado del actor, célebre hasta entonces por sus papeles secundarios en tantísimas comedias madrileñas. Y así, hubo que esperar un par de años para que, tras el éxito arrollador de El día de la bestia (1995), quedase meridianamente claro que Álex de la Iglesia no sólo había venido para quedarse, sino que estaba llamado a ser uno de los autores más singulares de su generación.

Inaudita y excesiva, la parodia distópica que aquí se plantea gira en torno a las andanzas de un grupúsculo terrorista integrado por adefesios cuyo objetivo es atentar contra un industrial millonario (Fernando Guillén) al que le secuestran la hija en pleno bodorrio. Aunque, aquejada por el síndrome de Estocolmo, la bella Patricia (Frédérique Feder) sentirá mayor atracción hacia sus raptores que no por regresar a los brazos del novio ultrajado (Quique San Francisco) o a la opulencia de la familia Orujo.



Tras una accidentada odisea espacial a bordo del Virgen del Carmen, una ruinosa nave pesquera que bien pudiera recordar remotamente a la de Alien (1979), la banda se refugia en el inhóspito planeta Axturiax, habitado por mineros locos y donde, aparte de la propia Patricia Orujo, la presencia de mujeres es nula. De modo que puede imaginarse el revuelo que se armará cuando sus míseros residentes vean aparecer por aquellos andurriales a la rica heredera de la mano de Ramón.

Buena parte de las constantes habituales en el imaginario de Álex de la Iglesia estaban ya presentes en ésta su ópera prima. En ese sentido, Acción mutante bebe del estilo visual del cómic, pasado por el tamiz de algo profundamente autóctono que se deja notar, por ejemplo, en la llaneza de los diálogos o en ese toque vasco que le da Karra Elejalde a su personaje cuando, pertrechado con una chapela, intenta convencer al aduanero sideral de que se dirigen a Ganímedes con un cargamento de veinticuatro mil toneladas de pescado congelado: "Delicias de merluza, croquetas de bacalao y tronquitos de cangrejo y así..."



miércoles, 3 de enero de 2018

La familia y... uno más (1965)














Director: Fernando Palacios
España, 1965, 96 minutos



El advenimiento, a partir de la década de los sesenta, de los tecnócratas del Opus Dei a los sucesivos gobiernos franquistas se tradujo, cinematográficamente hablando, en la producción de comedias que, como La gran familia (1962), hacían apología de los nuevos valores que al régimen le interesaba promover, entre ellos el del consumismo desarrollista unido al incremento de la natalidad.

Dado el éxito de la fórmula, en 1965 llegaba la secuela (no sería ni la última ni la peor...) bajo el nada original título de La familia y... uno más. A diferencia de la primera entrega, en ésta el personaje de Alberto Closas se cubría de un aura un tanto agridulce al ejercer de sufrido viudo que ve cómo su clan de dieciséis criaturas empieza a desmembrarse: se le casa la hija mayor, el hijo arquitecto se marchará a trabajar a Brasilia, al jugador de baloncesto lo seleccionan para ir a Italia, los gemelos se marchan becados a Gijón...

El Padrino, en cambio, seguirá eternamente haciendo el indio

Pero como don Carlos Alonso es un hombre íntegro que se debe a los suyos aceptará las cosas como vengan, sin rechistar y sin resignación. Por eso hará caso omiso de los cantos de sirena, en forma de atractivas candidatas, una formal y morena (Julia Gutiérrez Caba) y otra exótica y rubia (Rossana Yani), que se le insinúen para ocupar el lugar dejado por su difunta esposa.

Título representativo donde los haya del cine comercial de una época, hoy en día, sin embargo, sería inviable que este tipo de formato viese la luz en forma de largometraje estrenado en salas comerciales, toda vez que se ha convertido (y ahí están los Alcántara para confirmarlo) en un producto exclusivamente televisivo, mucho más rentable si se presenta como serie dividida en capítulos indefinidos que se vayan emitiendo por temporadas.


sábado, 3 de junio de 2017

Jeromín (1953)




Director: Luis Lucia
España, 1953, 91 minutos

Jeromín (1953) de Luis Lucia


1554: España domina el orbe. Sus invencibles banderas se despliegan agitadas por un viento de victoria. Son las banderas del emperador Carlos I. Con el fuego de nuestras bombardas y culebrinas y el filo resplandeciente de las picas de nuestros tercios, la historia de España llevó a sus páginas una interminable letanía de nombres gloriosos: Flandes, Nápoles, Túnez, Sajonia, Provenza, Argel. Las victorias se sucedían al son de los clarines y al redoble de los tambores. Y sus ecos atravesaban el mundo, estremecido bajo aquel trueno de gloria. Todo cedía ante el arrojo de los infantes, la bravura de sus capitanes y el ímpetu de la caballería española. Carlos I fue el brazo armado de la cristiandad. Sus hazañas convirtieron en imperio la unidad lograda por los Reyes Católicos. Y bien pudo decirse de él que podía cruzar Europa de confín a confín pisando tierras de su soberanía. Y para dominar aquel imperio, el más grande que conocieron los siglos, las mocedades de España habían salido a la gran aventura del mundo. Los hombres hacían la guerra. Los niños jugaban a la guerra.

¡Madre del amor hermoso! Dime de qué presumes y te diré de qué careces... Sólo en un país tan abismalmente depauperado y hundido en las penurias de la dictadura militar más ignominiosa se podía practicar semejante ejercicio de retórica enfática y huera. Las glorias que nunca fueron al servicio del espíritu nazi-anal...

Pero lo que más miedo da es pensar que dicho discurso iba especialmente dirigido al público juvenil, encarnado en la película por ese niño que responde al nombre de Jeromín y que habla como un adulto, destila el ardor guerrero de sus mayores y que representa el prototipo de paladín fervoroso fanáticamente identificado con la causa que tanto le interesaba difundir al régimen.



Del contenido del filme poco más se puede añadir: apenas una sucesión de estampas, a cuál más pintoresca, machaconamente punteadas por el sonsonete ampuloso y solemne de la mayor parte de personajes. Sí que convendría, quizá, llamar la atención sobre el hecho de que en al menos un par de ocasiones se deja escuchar un cierto eco quijotesco. Ya en la primera escena, la chiquillería comandada por el futuro Juan de Austria (Jaime Blanch) hace el amago de conquistar una ciudadela imaginaria (en realidad, un grupo de molinos manchegos). Más tarde, el protagonista, habiéndose encomendado ya a la buena fortuna de los caminos, irá a topar con el Retablo de la Farsa de Maese Rodrigo, compañía de cómicos de la legua que lo ordenarán caballero para, acto seguido, mantearlo como a un pelele. De modo que Goya, Sancho y el hidalgo de la triste figura acaban confluyendo en un Jeromín que, en ese momento preciso de la trama, tiene también algo de Lazarillo. Aunque para Quijote, nadie mejor que Diego Ruiz (Antonio Riquelme), escuálido soldado fanfarrón y mentor del hijo bastardo de Carlos V.



Y, sí: los decorados de Luis Pérez Espinosa y Gil Parrondo, así como la ambientación histórica de Manuel Comba y Eduardo Torre de la Fuente (en especial el vestuario, diseñado por Peris Hermanos) son dignos de mención.

martes, 5 de enero de 2016

La gran familia (1962)




Directores: Fernando Palacios/Rafael J. Salvia
España, 1962, 104 minutos

La gran familia (1962)


El éxito de audiencia que temporada tras temporada ha obtenido la serie televisiva Cuéntame cómo pasó ha hecho perder de vista cuál era en realidad el referente que sirvió de inspiración para crear a los Alcántara. Y éste no fue otro sino La gran familia, película declarada en su momento "de interés nacional" y que surgió de la factoría del productor Pedro Masó.

Todo en La gran familia parece encaminado a fomentar el crecimiento de la natalidad, pues pese a que el matrimonio protagonista (Alberto Closas y Amparo Soler Leal) ya cuenta con la friolera de quince hijos, nada les hace perder el buen humor (ni siquiera la noticia, a última hora, de que el decimosexto ya está en camino). Aunque se las vean y se las deseen para llegar a final de mes y pagar todas las letras... Y es que el aparato propagandístico franquista necesitaba proclamar a los cuatro vientos las bondades del desarrollismo, aun a riesgo de incurrir en exageraciones contraproducentes.

De todas formas, no se le puede negar a la película el mérito de contar con un reparto excepcional (Pepe Isbert, José Luis López Vázquez y tantos otros secundarios memorables), unos diálogos en ocasiones brillantes, la siempre impecable banda sonora del argentino Adolfo Waitzman y el saber sacar el mejor partido posible de tanto niño junto.

El padrino es un primo

En última instancia la fórmula ensayada en La gran familia parece remontarse a ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra. De hecho no sólo comparte con el filme americano la familia numerosa y el optimismo mojigato sino el hacer que la acción gire de forma repentina en su tramo final hacia una posible tragedia (la pérdida de Chencho) que felizmente se acaba resolviendo en tiempo navideño (la noche de Reyes, en el caso de la producción española).

De menor interés son las secuelas que suscitó: La familia y... uno más (1965, último título dirigido por Fernando Palacios, fallecido prematuramente a los 49 años), La familia, bien, gracias (1979) y La familia... 30 años después (1999, esta última producida para la televisión).