Mostrando entradas con la etiqueta Amparo Baró. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amparo Baró. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de noviembre de 2021

Mi general (1987)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1987, 106 minutos

Mi general (1987) de Jaime de Armiñán


Lo que algunos años antes habría sido del todo impensable (una comedia en la que se parodiara al Estado Mayor del Ejército español) fue realidad, ya en plena democracia y habiendo entrado a formar parte de la Comunidad Económica Europea, por obra y gracia del siempre ocurrente Jaime de Armiñán. Mi general (1987) presenta a un grupo de altos mandos en la reserva que, por aquello de ponerse al día, se reúnen en Gerona para asistir a un cursillo a propósito de las últimas innovaciones tecnológicas en materia armamentística.

No puede decirse que a semejante atajo de carcamales les haga excesiva gracia recibir lecciones por parte de unos jovencísimos capitanes, por muy bien preparados que éstos estén, de modo que el carácter díscolo e incluso pueril de muchos de los susodichos se irá manifestando conforme avancen las clases. Y es curioso porque, como si de niños se tratase, los generales terminan por adoptar los mismos roles que suelen darse en las aulas de cualquier colegio: del Pozo (Fernando Fernán-Gómez) es el bromista del grupo, Mendizábal (Héctor Alterio) el enamoradizo dispuesto a fugarse de noche para verse con su amada (Mónica Randall), Izquierdo (Rafael Alonso) el acusica, Torres (José Luis López Vázquez) el enclenque...



También está el típico que siempre llega tarde, el que copia en los exámenes y, cómo no, el encargado de rebautizar a los profesores con un mote de lo más hiriente. En este particular, los destinatarios de apodos y mofas reproducen, asimismo, los perfiles habituales de todo equipo docente: Pujol (Juanjo Puigcorbé) peca de indeciso, Sarabia (Joaquín Kremel) le toma a del Pozo la misma ojeriza de la que él fue objeto en la academia militar...

El retrato que la película lleva a cabo del estamento castrense, con los caprichos y arbitrariedades de quienes están acostumbrados a hacer siempre su santa voluntad, ofrece una imagen grotesca, por momentos esperpéntica, de unas altas instancias tan ancladas en el pasado franquista como inoperantes desde el punto de vista de la eficacia táctica. Sin embargo, y en abierta oposición a la eficiencia de esos jóvenes altamente cualificados que les dan clases, la vieja guardia hace gala de una camaradería que los humaniza, mostrándolos interesados por los consejos sexológicos de un consultorio radiofónico o dispuestos a montar jarana a pesar de lo que dicten las ordenanzas.



martes, 12 de octubre de 2021

127 millones libres de impuestos (1981)




Director: Pedro Masó
España, 1981, 104 minutos

127 millones libres de impuestos (1981)


La labor de Rafael Azcona como coguionista de 127 millones libres de impuestos (1981) se advierte enseguida por el tono coral de una puesta en escena que pudiera recordar a las del maestro Berlanga. No obstante, fue Pedro Masó el responsable de producir y dirigir esta sátira a propósito de un empresario de la construcción que, abrumado por las deudas, planea el falso secuestro de su abuela en connivencia con el resto de miembros de la familia.

Máximo accionista de la deficitaria Valgañón e Hijos, don Arturo (José Luis López Vázquez) carga con la responsabilidad de urdir un tinglado capaz de alejar a los acreedores y, al mismo tiempo, convencer a las autoridades policiales de la veracidad de los hechos. Contará para ello con la ayuda inestimable de su mujer (María Silva), su futuro cuñado (Agustín González), un hermano medio idiota (Julián Navarro), sus hermanas Celia (Amparo Soler Leal) y Pity (Amparo Baró) y hasta de su propio padre (Fernando Fernán-Gómez).



A decir verdad, la complicidad de todos ellos en semejante chapuza resulta por completo interesada, ya que quien más quien menos depende económicamente del dinero que les pasa Arturo. Razón de más para colaborar en una iniciativa que, si sale bien, les garantizaría seguir viviendo indefinidamente de gorra. Incluso la anciana doña Concha (Amelia de la Torre) se deja secuestrar con tal de percibir las dos mil pesetas que se juega a diario en el bingo.

Ni que decir tiene que hacerse pasar por los raptores y cobrar el cuantioso rescate dará pie a las situaciones más hilarantes, si bien el trasfondo particular que se trasluce tras tanto despropósito es el de una sociedad corrupta cuyos líderes empresariales, adeptos a la cultura del pelotazo, son los que peor ejemplo dan cuando se trata de hacer frente a sus obligaciones fiscales.



lunes, 11 de octubre de 2021

Apaga... y vámonos (1981)




Director: Antonio Hernández
España, 1981, 105 minutos

Apaga... y vámonos (1981) de Antonio Hernández


La irregular trayectoria del director Antonio Hernández depara sorpresas de todo tipo. Desde espléndidos dramas familiares como En la ciudad sin límites (2002), soporíferas recreaciones históricas al estilo de Los Borgia (2006), trepidantes road-movies en la línea de Lisboa (1999), olvidables productos televisivos tipo El gran marciano (2001) y hasta una magnífica ópera prima, titulada F.E.N. (1980), en la que se analizaban las consecuencias de haber padecido la educación nacionalcatólica del régimen franquista.

Currículum de lo más dispar, así pues, cuya segunda entrega había sido la estrambótica comedia Apaga... y vámonos (1981), coescrita junto a su hermano Avelino y protagonizada por él mismo. Gustavo, el personaje al que da vida, es un antihéroe en toda regla, inventor por más señas, al que unos agentes confunden con un terrorista, motivo por el que será conducido a dependencias policiales para que preste declaración. La cual se acaba convirtiendo en un larguísimo flashback que ocupa la mayor parte del metraje.

Aunque parezca Frank Zappa, éste es Antonio Hernández...


La acción se retrotrae entonces hasta 1961, momento en el que el niño Gustavo inicia su despertar en el seno de la típica familia tronada. De la madre (Amparo Baró), mujer con vocación militar y más sorda que una tapia, se nos dice que intentó por tres veces ingresar en el regimiento de zapadores, si bien fue rechazada en todas ellas a causa "de un pequeño defecto físico". El padre, en cambio, responde al mismo perfil de sabio despistado que heredará el protagonista. De hecho, el hombre falleció una noche aciaga a consecuencia del despegue fallido de la nave espacial, construida con sus propias manos, con la que pretendía viajar a un rincón indeterminado de la galaxia llamado Vesta...

Aparte del bigotazo que luce Antonio Hernández (y de sus escasas dotes para la interpretación...), lo más llamativo de la cinta es una heterogeneidad de registros que hacen de ella un producto inclasificable, a medio camino entre demasiadas cosas, casi ninguna convincente. Tiene su poco de parodia, con ribetes de ciencia ficción, y mucho de comedia romántica, sobre todo en lo tocante a la relación fallida de Gustavo con Betty (Virginia Mataix). Y también un breve papel de Fernando Fernán-Gómez, ya en el tramo final, encarnando a un viejo erudito amnésico.



sábado, 31 de octubre de 2020

El bosque animado (1987)




Director: José Luis Cuerda
España, 1987, 107 minutos

El bosque animado (1987) de J.L. Cuerda


La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto. ¡Señor, si no veis más que vida en torno! Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor; donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos, con la prisa de todas sus patitas entorpecidas por los obstáculos de aquella selva virgen que para ellos representan los musgos, las zarzas, los brezos, los helechos. El corazón de la tierra siente sobre sí este hervor y este abrigo, y se regocija.

Wenceslao Fernández Flórez
El bosque animado

Pocos libros hay tan deliciosos como esa joya cuasi panteísta que Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), amparándose en modelos ligeramente telúricos como El libro de las tierras vírgenes (1894) de Kipling, ambientó en las profundidades de su Galicia natal. Un cuadro abigarrado, rezumante de vida, por cuyas dieciséis estancias desfilan los más diversos seres que conforman ese microcosmos. A priori, y habida cuenta de que los pinos dialogan con el eucalipto, el ratón con el topo y que las moscas pronuncian encendidas arengas, podría parecer que se trata de una obra inadaptable. Pero la pericia de Rafael Azcona alumbró un guion que, además de ser un portento en lo tocante a conferirle cohesión al carácter episódico de la novela, permitiría el lucimiento de actores de la talla de Alfredo Landa, cuya recreación del bandido Fendetestas ("¡Me caso en Soria!") le valió un merecidísimo Goya a la mejor interpretación masculina.



Enmarcada en la fotografía un tanto tenebrista de Aguirresarobe, la lectura que de El bosque animado propone José Luis Cuerda bebe de ese surrealismo tan sui géneris (surruralismo lo llamaba él, con su habitual sorna albaceteña) que estará también presente en Amanece que no es poco (1989) y otros títulos emblemáticos de la filmografía del director manchego. Una particular visión del mundo en la que lo primordial, amén de un inclasificable sentido del humor, pasa por congraciarse con quienes no poseen más que la humilde ambición de ver realizados sus sueños a pesar de la miseria en la que viven inmersos.

Y es que, aparte del ya mencionado Malvís (alias Fendetestas), que se desvive por aparentar una fiereza que está lejos de poseer (por eso le devuelve a Pilara el duro que la niña había perdido y que él tuvo la suerte de encontrar), el resto de personajes va asimismo tras de un ideal prácticamente inalcanzable. Es el caso del alma en pena de Fiz Cotovelo (genial Miguel Rellán) o de Geraldo el cojo (Tito Valverde), a quien la pierna que perdió en un barco ballenero no le impide ser un consumado zahorí pero sí que la bella Hermelinda (Alejandra Grepi) repare en él.

Un reparto coral en el que intervienen muchos otros secundarios, como el mítico Fernando Rey en el papel del señor D'Abondo, Encarna Paso en el de la mísera Juanita Arruallo, María Isbert encarnando a la moribunda meiga Moucha o Luis Ciges en la piel del dadivoso loco de Vos. "Y vino la Muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres...", sentenciará Fernández Flórez en el ultílogo que cierra la obra. Sin embargo, Azcona y Cuerda se muestran un poco más benévolos con sus criaturas, de modo que el modesto pocero gozará en vida de los encantos de su idolatrada Hermelinda y no a través de la extraña fantasía en el umbral de la muerte con la que finaliza la novela.



viernes, 14 de agosto de 2020

Al otro lado del túnel (1994)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1994, 105 minutos

Al otro lado del túnel (1994) de Jaime de Armiñán


Dos guionistas se instalan en un vetusto monasterio oscense con la intención de escribir una historia romántica ambientada en la brumosa Escocia. Pero a medida que vayan transcurriendo los días, se darán cuenta de que la delgada línea que separa la realidad de la ficción puede deparar innumerables sorpresas. Para empezar, porque un monje metomentodo (Rafael Alonso) no para de inmiscuirse en sus asuntos. Aunque va a ser una joven panadera (Maribel Verdú) la que los lleve de  cabeza con sus argucias, hasta el extremo de que ambos queden prendados de los encantos de la moza.

El viejo Miguel Marcos (Fernando Rey), escritor consagrado y cascarrabias irredento, representa al olmo hendido por el rayo al que, sin embargo, la presencia inesperada de la joven Mariana sumirá en una especie de letargo melancólico de pasión reverdecida que no es sino la antesala de su particular canto de cisne: la última vez que se enamora, cautivo en las redes de una circe rural cuyas maquinaciones contribuyen a certificar la impotencia del hombre antes de que éste se adentre en las profundidades tenebrosas de un viaje definitivo que lo conduzca "al otro lado del túnel".



Amparándose en el vigor de su juventud, el mejicano Aurelio (Gonzalo Vega) constituye el tercer vértice de este particular triángulo. Hijo de exiliados republicanos, su indiscreción propicia que todo el pueblo ande al corriente del desarrollo argumental que proyecta junto a su colaborador en la soledad del convento-hotel. Y aunque carezca de la destreza que permite a su socio arrancar dulces melodías del órgano monástico, Aurelio se deja seducir por el hechizo de Mariana, dando así pie a que la personalidad de ésta, con la ayuda subrepticia de su madre (Amparo Baró), se inmiscuya en la trama hasta suplantar a la heroína original. 

Porque este divertimento de Jaime de Armiñán, personal homenaje en clave satírica, con ribetes de work in progress, a sus muchos años de labor cinematográfica, tiene algo de juego cervantino: la caricatura con la que el experimentado (y cabe suponer que también, y sobre todo, escarmentado) hombre de cine se dispone a hacer mutis por el foro con un sutil corte de mangas que bien pudiera ser la certificación, repleta de sarcasmo o de una profunda sabiduría senequista (vaya usted a saber) del célebre verso de Gil de Biedma: "Envejecer, morir, es el único argumento de la obra…"


sábado, 12 de agosto de 2017

¡Adiós, Mimí Pompón! (1961)




Director: Luis Marquina
España, 1961, 102 minutos

¡Adiós, Mimí Pompón! (1961) de Luis Marquina


Adaptación de la obra teatral homónima de Alfonso Paso, protagonizada por Fernando Fernán Gómez y la mejicana Silvia Pinal, quien venía a interpretar un papel parecido al que hasta entonces había desempeñado Analía Gadé junto al cómico español y que justo después de esta película trabajaría en Viridiana a las órdenes de Buñuel.

Con una prodigiosa fotografía en color de José F. Aguayo, ¡Adiós, Mimí Pompón! comenzaba como si se tratase de la típica biografía de alguna célebre cupletista fin de siècle (en la línea de los filmes que hicieran célebre a Sara Montiel). Pero no: poco a poco, la trama irá virando hacia la comedia negra, puesto que tanto el celoso y adinerado Heriberto Promenade (Fernán Gómez) como la Pompón de marras (Pinal) resultarán ser peligrosísimos criminales: uxoricida él y asesina de maridos ella. Aparte de que el resto de miembros de la familia Promenade tampoco están en su sano juicio: ni la venerable madre (Catalina Bárcena), que colecciona las calaveras de las difuntas nueras en el mueble de la biblioteca, ni tampoco las hermanas: Arcadia (Carmen Bernardos) cree que una oca es su marido y la benjamina Lorenza (Amparo Baró) asegura que espera un hijo de algún desalmado que jamás existió.



Completan el reparto el enamoradizo boticario Gastón (José Luis López Vázquez) y una pareja deliberadamente calcada de Sherlock Holmes y el doctor Watson: el inspector Renato Saint-Paul (Manuel Collado) y su ayudante Pierre (Antonio Ferrandis), encargados de destapar los crímenes presuntamente cometidos en la lujosa mansión de Limoges.

El modelo del que bebe la inspiración de Alfonso Paso es de una claridad meridiana: se trata de Arsénico por compasión, la película de Frank Capra en la que unas afables ancianitas compartían la misma delicada afición por asesinar al prójimo que los personajes de ésta. Y se conoce que el hombre debía de tenerle cogido el gustillo a eso de imitar a su modelo hollywoodense puesto que por las mismas fechas se estrenó Usted puede ser un asesino, artefacto similar a ¡Adiós, Mimí Pompón! aunque ambientado en el presente y dirigido ahora por Forqué, en el que también aparecían y desaparecían los cadáveres con suma facilidad.


lunes, 26 de junio de 2017

Cara de acelga (1987)




Director: José Sacristán
España, 1987, 102 minutos



¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos? 
¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? 
¿Por dónde están las angustias, que desde tus ojos saltaron por mí? 
¿A dónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril?

Silvio Rodríguez
"¿Adónde van?"

La principal baza de Cara de acelga son sus actores, ya que es gracias a un reparto excepcional que la película se sigue aguantando treinta años después de su estreno: Fernando Fernán Gómez (el pícaro Madariaga), Marisa Paredes (Olga, pintora y mujer casi fatal), Paco Algora (el cocinero que escuchaba a Brahms), Amparo Soler Leal (Acacia) y un largo etcétera de cómicos entrañables que defienden su papel (la mayoría de ellos bastante fugaces) magistralmente.

En términos generales, lo que se cuenta en ella parece sacado de una canción de Serrat o de Aute, con esos antihéroes cotidianos que sobrellevan, como pueden, sus frustraciones y demás reveses que da la vida. Y, sin embargo, "¿Adónde van?", el tema central de la misma, pertenece al cubano Silvio Rodríguez, quizá porque el hondo lirismo de la letra se ajusta mejor al tono general de añoranza que transmiten los personajes, en especial el protagonista. En ese sentido, el Antonio con cara de acelga al que da vida Pepe Sacristán es algo más que un simple autoestopista. La suya es la historia de un hombre que huye de su pasado, un gafe en opinión de Madariaga, un embustero según el pinche melómano, alguien que va de aquí para allá porque ya no es capaz de encajar en ninguna parte.

Madariaga le propondrá a Antonio robar un valioso cuadro

Ver Cara de acelga a día de hoy, con la perspectiva que dan los años, supone viajar en el tiempo a un país que conozco bien y que ya no existe. Aquella España del 86, de excelentísimos ayuntamientos y mayorías absolutas del PSOE, deseosa de entrar en Europa, con sus pueblos despertando de un largo letargo y un aire de fiesta mayor flotando en el ambiente. Hay mucho en los diálogos de ese espíritu involuntariamente inhibido o en la actitud de personajes como Paquito (Miguel Rellán), el torero que nunca toreó. Eso ahora. Porque para ellos, dentro de la lógica interna del relato, lo que les atenaza es el recuerdo de una época muy anterior: la del sencillo cine de pueblo en el que Rosario fue en tiempos la Acacia de La malquerida y Antonio, "Castañita"; cuando los artistas que imperaban eran Celia Gámez y Miguel de Molina. Y las coplas de León, Quintero y Quiroga que Antonio tiene siempre en la boca... ¡Qué curiosa es la nostalgia! ¡Y qué caprichosa la memoria! Lo que escribieron Carlos Pérez Merinero y José Sacristán para evocar los mitos de su educación sentimental en los años cuarenta a un servidor le ha hecho revivir ciertas sensaciones de su infancia durante los ochenta.

Como es extraño constatar, como si de un guiño del destino se tratase, que la escena clave entre Madariaga y Antonio (la del mechero de Elías) se desarrolla en el interior de una ruinosa granja de pollos calcada a la que aparecía recientemente en Quatretondeta, uno de los últimos trabajos de Sacristán. A ver si, a pesar de todo, no habremos cambiado tanto... ¿O es que, con tanta crisis, hemos retrocedido tres décadas?

Sacristán quiso dedicar su película al director de Vida en sombras

jueves, 5 de enero de 2017

Stico (1985)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1985, 106 minutos



¿Sabes por qué me dices todo eso? Te gustan las gallinas, los perros, los pájaros, pero no te contestan si les hablas. Te gustan los hombres y las mujeres, pero a veces te contradicen. Yo tengo de perro y de hombre. Siempre estaré de acuerdo contigo. Y apoyaré tus decisiones. Dime que me mate y me mataré. Dime que queme esta granja y la quemo. Dime que me acueste contigo y haré lo posible por no defraudarte. Dime que conserve un secreto y lo conservaré.

El punto de partida de Stico es tan sugestivo como perturbador: acuciado por necesidades económicas, don Leopoldo Contreras de Tejada (Fernando Fernán Gómez), insigne catedrático y hombre ya entrado en años, se ofrece como esclavo a un antiguo alumno suyo (Agustín González). Tras algunos titubeos, los Bárcena acabarán aceptando, pero ello sólo será el principio de sus problemas. En el entorno familiar habrá reacciones de todo tipo: desde el rechazo y los celos de una parte del servicio (Amparo Baró, Manuel Zarzo) hasta las bromas pesadas de los niños o la compasión de la pequeña Atocha (Bárbara Escamilla).



Más allá de la mera anécdota, Stico debe ser entendida como una parábola acerca de las fuerzas que constriñen la libertad del individuo en el seno de las sociedades modernas. De ahí que, ante la dificultad, lo más cómodo sea optar por delegar nuestro albedrío en la voluntad de otro. Quizá por ello don Leopoldo afirme que "en Roma algunos esclavos vivían mejor que sus amos. Y sin ninguna responsabilidad". El propio Aristóteles, sin ir más lejos, los definía como "instrumentos vivos", con lo que daba a entender que su propiedad era necesaria para la subsistencia.

Lo curioso del caso es que, conforme avance la acción, se irá haciendo evidente que en muchas ocasiones parece que sea la familia Bárcena la que sea esclava de don Leopardo o Stico, como le llaman despectivamente. En ese sentido, el guion coescrito por Jaime de Armiñán y Fernando Fernán Gómez recuerda, en cierta manera, a la gradual inversión de papeles que se describía en El sirviente (The Servant, 1963) de Joseph Losey.


martes, 19 de julio de 2016

Tierra de todos (1962)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1962, 80 minutos

Tierra de todos (1962) de Antonio Isasi


Ya desde la explicitud de su título, Tierra de todos pretendía traducir en imágenes el espíritu de "reconciliación nacional" que el PCE se había marcado como objetivo en junio de 1956. Objetivo que, obviamente, distaba mucho de ser un camino de rosas. De ahí que lo principal en la película, a diferencia de lo que sucedía en el cine bélico de la posguerra, no sea tanto ahondar en el bando al que pertenecen unos u otros ni en una cuestión de vencedores o vencidos sino más bien en subrayar la angustia que experimentan unos personajes forzados a avanzar a duras penas en una abrumadora procesión de balas y explosiones.

Tal vez favorecida por la uniformidad que confiere el blanco y negro, dicha indefinición contribuye a generar en el espectador la sensación de que los que se están matando unos a otros no son rojos o nacionales sino simplemente hombres. Serán más bien las actitudes las que acaben definiendo a los personajes: Juan (un debutante Manuel Gallardo, el mismo actor que años después se haría célebre interpretando al padre de Javi en la serie televisiva Verano azul) es el republicano y quizá por ello se le muestra como un tipo hosco y malcarado; Andrés, en cambio, (interpretado por Fernando Cebrián) es el nacional y está herido, de modo que se le retrata con un carácter más benévolo.

La transformación se obrará, por tanto, en Juan, quien no sólo se irá humanizando al convivir, aunque sea forzosamente, con Andrés y las mujeres del caserío del Pinar sino que acabará travestido con el uniforme del bando nacional para poder pasar desapercibido al ir a buscar al pueblo a un médico que atienda a la parturienta Teresa (Montserrat Julió).

Juan (Manuel Gallardo)

Hay, dicho sea de paso, en estos combatientes que merodean por el bosque bajo la lluvia, sobre todo en la primera parte del filme, algo que recuerda visualmente a los Soldados de Salamina que dirigió David Trueba en 2003, lo cual pone de manifiesto la vigencia y modernidad de lo que Isasi-Isasmendi ya había hecho a inicios de los sesenta.

Los últimos diez minutos de película merecen un análisis detenido, dada su alta carga simbólica: Andrés y Juan acarrean con la camilla en la que una convulsa Teresa es apenas atendida por el anciano doctor mientras las bombas caen por doquier. He ahí una precisa metáfora de lo que supuso la Guerra Civil: la madre que se desangra podría ser el país; los camilleros, las facciones fratricidas; el doctor, Teresa y el niño serían las víctimas colaterales... O tal vez cabe pensar que la criatura a punto de nacer es el futuro, la esperanza que sobrevivirá más allá del conflicto: el llanto del bebé desde el fondo del socavón producido por el obús que ha matado a todos los demás invita a suponerlo. Mientras tanto, dos siluetas femeninas (las de María y Manuela) avanzan corriendo desde el fondo, al tiempo que la sobreimpresión del título nos recuerda que la tierra donde todo eso ha sucedido es la de todos.