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domingo, 15 de abril de 2018

El hombre oculto (1971)




Director: Alfonso Ungría
España, 1971, 94 minutos

El cartel es obra de Luis Eduardo Aute


Más de ocho minutos transcurren hasta que se pronuncia la primera palabra en El hombre oculto (1971), lo cual nos da una primera idea de la incomunicación en la que viven instalados sus personajes. Aislamiento fruto de la particular situación política surgida tras el cese de la Guerra Civil Española y que condenó a muchos de quienes la perdieron a un humillante exilio interior.

Martín (interpretado por el portugués Carlos Otero) es uno de ellos: habituado a un encierro que ya dura tres décadas, el hombre ha desarrollado una serie de extrañas conductas cuya única explicación posible es la falta de contacto con el mundo real. Así pues, por más que reciba la visita esporádica de algún amigo o a pesar de compartir mesa con su esposa e hija, Martín se ha convertido en un ser que guarda sus propias uñas en un tarro cuando se las corta o que canta por soleares apenas musitando la letra para no levantar sospechas entre el vecindario. También intenta aprender francés o se imagina que dirige la Valquiria de Wagner. De hecho, su único contacto con el exterior son la prensa escrita o la radio, así como nuevos medios de comunicación (un televisor, un tocadiscos) que le infunden más respeto que otra cosa.

Martín (Carlos Otero) flanqueado por su mujer e hija


Amalia, su mujer (Yelena Samarina), muestra una actitud fría y desengañada, tal vez por el hastío que le provoca llevar una existencia tan sumamente frustrante. Harta de fingir y callar ante los demás, mantiene una relación con Santos (Luis Ciges), uno de los amigos de Martín. Aunque éste hace lo propio con Clara (Julieta Serrano), una muchacha ciega a la que recibe en su refugio. Belén (Carmen Maura) demuestra algo más de afecto hacia el padre. Pero ella es una joven de su tiempo y las batallitas que le pueda contar un antiguo combatiente republicano le atraen menos que la promesa de emancipación que supone su novio (Mario Gas). El reparto se completa, por cierto, con la presencia de un comandante casi mudo (hay que suponer que a consecuencia de su participación en la contienda) al que da vida el también cineasta José María Nunes, en una de sus escasas apariciones como actor.

Nunes (izquierda) junto a la hija de Yelena Samarina


No era fácil tratar un tema como éste en plena dictadura franquista, pese a que, como indica un cartel explicativo al principio de la película, desde 1969 se había indultado a quienes estuvieron implicados en el bando perdedor durante la guerra. Aun así, Ungría se atreve a mostrar un retrato de Marx pendiendo de las paredes del salón familiar, quizá para contrarrestar el hecho de que Martín contribuya a la exigua economía doméstica fabricando rosarios con cuya minuciosa elaboración llena sus muchas horas de cautiverio.


sábado, 20 de febrero de 2016

Las palabras de Max (1978)




Director: Emilio Martínez Lázaro
España, 1978, 93 minutos

Las palabras de Max (1978)


Quién le había de decir a Emilio Martínez Lázaro que al cabo de los años terminaría dirigiendo las películas más taquilleras de la historia del cine español. Mucho antes de los apellidos vascos o catalanes, mucho antes incluso de los lados de la cama (el uno y el otro), un joven y progre Martínez Lázaro debutaba en el largometraje (en solitario, puesto que antes había participado junto a Bellmunt, Chávarri y Vallés en la dirección de Pastel de sangre) con Las palabras de Max, ganadora en Berlín junto a Las truchas de José Luis García Sánchez.

Se trata de una película típica del cine de la Transición, producida por Elías Querejeta y protagonizada por su hija Gracia, Héctor Alterio, Myriam de Maeztu y el sociólogo Ignacio Fernández de Castro (1919-2011). Este último es Máximo Gascón, Max, un personaje que oscila entre la lucidez y el egoísmo, pero que a fuerza de darle demasiadas vueltas a las cosas acabará quedándose solo. Ya en la escena inicial (nueve minutos de llamadas telefónicas a altas horas de la noche, algunas de ellas a personas a las que hace años que no ha visto) revelan el carácter obsesivo de Max. En su aspecto un tanto desaliñado, en sus barbas y casi melena, se averigua la expresión de un medio loco. En realidad, quien pasó en el manicomio una temporada fue su amigo Julián (Héctor Alterio), con el que se reencuentra casualmente paseando por las calles de Madrid.



Separado de su mujer desde hace tiempo, Max suele dar largas caminatas junto a Sara, su hija adolescente (Gracia Querejeta). Aunque quien en teoría es un hombre progresista terminará por mostrar su lado más posesivo y controlador, lo mismo con Sara que con Luisa (Myriam de Maeztu), la joven cantante con la que ha entablado una relación sentimental.

Las palabras de Max, rodada a lo largo de cuatro etapas distintas comprendidas entre 1976 y 1977, no cuenta unos hechos en concreto sino que muestra la vida cotidiana de unos personajes hablando en sitios (de ahí el título). Lo malo es que las palabras del protagonista, un perfecto maniático obsesionado por su pasado y capaz de herir con sus comentarios a quienes le rodean, le conducirán irremisiblemente a la soledad.