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domingo, 25 de agosto de 2024

El artista y la modelo (2012)




Director: Fernando Trueba
España/Francia, 2012, 105 minutos

El artista y la modelo (2012) de Fernando Trueba


Una película de silencios, en la que el tiempo parece haberse detenido, filmada en elegante blanco y negro. Son varios los motivos que hacen de El artista y la modelo (2012) una pequeña obra maestra en su género, el de los filmes que muestran el proceso de creación desde la nada hasta concretarse en algo tangible. En ese sentido, el guion que firman conjuntamente Fernando Trueba y Jean-Claude Carrière bebe de fuentes tan reconocibles y sobresalientes como Le mystère Picasso (1956) de Clouzot, añadiéndole, además, una trama en la que el eco de la ocupación nazi revierte en un mayor dramatismo si cabe.

Reparto reducido, pero qué reparto, encabezado por nombres legendarios como los de Claudia Cardinale, Jean Rochefort (1930-2017) y hasta Chus Lampreave (1930-2016), estos dos últimos en el tramo final de sus respectivas carreras, lo cual le otorga al conjunto un cierto toque crepuscular. En cambio, y en abierto contraste, la belleza y juventud de Aida Folch, descubierta precisamente por Trueba, a cuyas órdenes debutara en El embrujo de Shanghái (2002), aporta la dosis necesaria de frescura en una historia a propósito de la relación entrañable que se establece entre un veterano creador y una aprendiz de musa.



En ese mismo orden de cosas, se produce también un curioso paralelismo entre Léa, el personaje interpretado por Claudia Cardinale, y Mercè (Folch), algo así como la antigua modelo, orgullosa de su experiencia, aunque ahora ya confortablemente instalada en un rol secundario, y la sustituta que, huyendo de la barbarie que dejó atrás en la España franquista, recoge el testigo de la venerable esposa para convertirse en la inspiradora de una última y genial figura escultórica.

Según parece, el proyecto de llevar a cabo esta historia venía ya de antiguo, en lo que tenía que haber sido una colaboración entre Fernando Trueba y su hermano mayor, Máximo (1953-1996), escultor y profesor, fallecido años atrás en un fatídico accidente de tráfico y a quien la película está dedicada. En todo caso, queda para la posteridad la magnífica actuación de Rochefort, cuyo personaje, hombre de aspecto un tanto quijotesco, sostiene que dos son las pruebas irrefutables de la existencia de Dios: el cuerpo de la mujer y el aceite de oliva.



martes, 4 de junio de 2024

Salir del armario (2001)




Título original: Le placard
Director: Francis Veber
Francia, 2001, 84 minutos

Salir del armario (2001) de Francis Veber


Comencemos por la banda sonora, un guiño cinéfilo a cargo de Wladimir Cosma que remite directamente al Chaplin de Tiempos modernos (1936). Y no sólo porque la partitura se inspira claramente en la de aquella película, sino sobre todo debido a la conexión con el mundo del trabajo de un filme cuyo protagonista principal, el gris François Pignon (Daniel Auteuil), tiene además, como Charlot, un innegable toque caricaturesco, entre lo patético y lo poético, de perdedor entrañable.

Se da la circunstancia de que a ese pobre diablo, al que dos años atrás abandonó su esposa y al que su hijo adolescente apenas hace caso, lo quieren ahora echar de una empresa donde nunca ha pintado gran cosa. Harto de tanta invisibilidad, el hombre está a punto de tomar una decisión drástica, pero un vecino más experimentado y más avispado que él (Michel Aumont) irrumpe de improviso en su camino para proponerle una argucia que dará un vuelco de 180 grados a la hasta entonces insulsa existencia del modesto contable.



Comedia ácida en la línea de lo ya ensayado por Francis Veber en la célebre Le dîner de cons (1998), la cinta disecciona con suma habilidad las incongruencias de lo políticamente correcto, la doble moral de una sociedad donde el respeto a los colectivos tradicionalmente minorizados, ya sea por motivos raciales o de orientación sexual, esconde muchas veces intereses en absoluto inocentes. Por no hablar de la visión corrosiva del machismo estructural representado en la película a través del rudo Santini (Gérard Depardieu), al que una broma de los compañeros, unida a su estrechez de miras, conducirán a un trastorno obsesivo compulsivo y el posterior colapso del interfecto.

Estrenada en un momento en el que el auge del movimiento LGTBI comenzaba a intuirse, el trasfondo de Le placard (2001) nos habla en realidad del anonimato del individuo que pasa desapercibido entre la multitud. De cómo, en ocasiones, la reputación de las personas depende más de la mirada de los otros que no de sus propias virtudes. En ese sentido, el verdadero drama de Pignon, como le ocurrirá también al personaje principal de Mon meilleur ami (2006), otra cinta protagonizada por Auteuil, estriba en su falta de habilidad a la hora de relacionarse con los demás, ya sea en el ámbito laboral o familiar.



domingo, 16 de mayo de 2021

El fantasma de la libertad (1974)




Título original: Le fantôme de la liberté
Director: Luis Buñuel
Francia/Italia, 1974, 104 minutos

El fantasma de la libertad (1974) de Luis Buñuel


La película, muy ambiciosa, difícil de escribir y de realizar, me pareció un poco frustrante. Inevitablemente, ciertos episodios predominan sobre otros. Pero, de todos modos, sigue siendo una de las películas mías que prefiero.

Luis Buñuel
Mi último suspiro
Traducción de Ana Mª de la Fuente

Toledo, 1808. Un grupo de condenados a muerte espera impasible ante el pelotón de fusilamiento. "¡Vivan las caenas!", grita uno de ellos justo antes de que la escuadra napoleónica abra fuego. En los rostros de esos cuatro desgraciados el espectador atento reconocerá al propio Luis Buñuel, el productor Serge Silberman, José Luis Barros y José Bergamín. La acción, tal y como se señala previamente en un rótulo en los créditos iniciales, está basada en una leyenda de Bécquer ("El beso", para ser exactos), si bien ello es sólo el punto de partida de una mezcolanza tan insólita como a veces divertida.

Le fantôme de la liberté (1974) supuso la enésima (y penúltima) recreación de algunos de los lugares comunes más gratos al cineasta aragonés. Con especial predilección hacia aquellos que ya estaban presentes en su anterior filme (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972). Por ejemplo, la breve aparición de Michel Piccoli, en un papel prácticamente calcado, o la escena del francotirador que encañona a sus víctimas desde lo alto de un rascacielos y que remite a una similar imagen con Fernando Rey como protagonista.



Por lo demás, el título de la película procede del inicio del Manifiesto comunista ("Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo..."), aunque el concepto de libertad, en este caso y desde una óptica buñueliana, aludiría no tanto a lo político, sino más bien a la libertad creadora del autor, siempre ávido de despojarse de todas aquellas cortapisas que limitan la expresión de su mundo interior.

No puede negarse que un aire inequívoco de comedia preside buena parte de lo que aquí se muestra, desde el hostal de carretera en el que se hospeda el personaje interpretado por Milena Vukotic hasta la loca academia de policía cuyos gendarmes sabotean la clase del pobre profesor que intenta enseñarles la relatividad de las costumbres y las leyes. Y lo mismo pudiera decirse de los padres que denuncian la desaparición de una niña que no ha desaparecido o de los burgueses que defecan en grupo y comen a solas. "El mundo está loco", parecen decirnos Buñuel y Carrière, de modo que la acción sólo podía acabar en un zoológico, bajo la atenta mirada de un emú y con el ruido de fondo de las mismas ráfagas que un lejano día de 1808 asolaron Toledo.



lunes, 27 de abril de 2020

¡¡¡Caverrrrnícola!!! (2004)




Título original: RRRrrrr!!!
Director: Alain Chabat
Francia, 2004, 94 minutos

¡¡¡Caverrrrnícola!!! (2004) de Alain Chabat


Son muchos los elementos de esta insólita comedia francesa que remiten, en clave paródica, a La guerre du feu (1981). Con ese sentido del humor, a menudo intraducible, del grupo Les Robins des Bois, troupe satírica, pasada a mejor vida, y de cuyas filas salieron notables intérpretes de la actual escena gala como Marina Foïs o Jean-Paul Rouve. Dirigió el cotarro Alain Chabat, otro de los nombres destacados del cine más taquillero de aquel país, que se reservó el papel de chamán de la tribu. Y como guinda, la presencia de dos ilustres actores que no necesitan presentación: Gérard Depardieu y Jean Rochefort.

El making off de la película revela una laboriosa fase de producción, sobre todo en lo concerniente a decorados, maquillaje, vestuario y localizaciones: soberbio esfuerzo artesanal que contrasta con las encarnizadas críticas que, tras su estreno, recibió la cinta por parte de algunos sectores de la crítica. Lo cual no impidió que, aun así, acumulara hasta tres millones de espectadores durante su explotación comercial.



Y es que las ocurrencias que aquí se gastan, entre absurdas y facilonas, no siempre son bien recibidas en un país acostumbrado a productos de mucha mayor qualité. Así, por ejemplo, eso de que todos los miembros del clan se llamen Pierre (que, además de Pedro, también significa "piedra") o el desfile de animalejos dotados de colmillos de mamut (entre ellos un vermut, otro juego de palabras, resultante de unir el término ver ("lombriz") con el paquidérmico sufijo -mut) suscitó las iras de publicaciones como Le Parisien, desde cuya portada se calificó al filme con un elocuente "Nul !"

Sin embargo, y a pesar de lo impronunciable de su título, quien esté dispuesto a pasar hora y media en compañía de estas dos facciones enfrentadas, la del "pelo limpio" y la del "pelo sucio", acabará forzosamente por reírse en algún momento u otro, aunque sólo sea por la facha tan disparatadamente estrambótica que lucen estos trogloditas de hace 35.000 años.


miércoles, 31 de julio de 2019

El largo invierno (1992)




Título original: El llarg hivern
Director: Jaime Camino
España/Francia, 1992, 135 minutos

El largo invierno (1992) de Jaime Camino


Tratándose de un director que tantas veces había abordado el tema de la guerra civil española a lo largo de su carrera, era casi obligado que Jaime Camino cerrase su filmografía (en lo que al cine de ficción se refiere) con una película rotundamente a favor de los valores republicanos. Porque ese "largo invierno" al que alude el título no es más que una metáfora en referencia a los cuarenta años de dictadura franquista que seguirían tras el fin de la contienda. Se trata, por tanto, de una especie de segunda entrega de Las largas vacaciones del 36 (1976), sólo que ahora el período retratado no es el alzamiento propiamente dicho, sino la debacle final con la entrada de las tropas nacionales en Barcelona a finales de enero de 1939.

Aparte de un reparto internacional, encabezado por Vittorio Gassman en el papel de fiel mayordomo y en el que figuran nombres de la talla de Jean Rochefort o Elizabeth Hurley, se da la circunstancia, como ya sucediera en anteriores superproducciones del cine catalán como La ciutat cremada (1976) de Antoni Ribas, de que diversas personalidades aparecen en fugaces cameos. Así, por ejemplo, el músico Quimi Portet (componente de El último de la fila), que es el "topito" hallado por los falangistas en el sótano mientras expurgan la biblioteca familiar (la escena se rodó en el Ateneo Barcelonés). O el guionista Romà Gubern, captado brevemente por la cámara como uno de los presos que esperan a que los lleven al Campo de la Bota para ser fusilados. Hasta el propio Jaime Camino se reservó un papelito, con texto y todo, de lo más ocurrente: es el Capitán General al que acude Casimiro Casals (Adolfo Marsillach) para implorar que indulten a su hermano Jordi. No deja de ser gracioso que quien dirige la película sea, asimismo, quien interprete a la máxima autoridad en la ficción...

Jean Rochefort en el Salón Sant Jordi del Palau de la Generalitat

También en el guion encontramos los nombres ilustres de Manuel Gutiérrez Aragón y el escritor Juan Marsé. Algo que, en el caso de este último, queda patente a través de pequeños detalles que previamente ya habían aparecido en algunas de sus novelas. Como ese fusil que alguien escondió bajo el cenador del jardín y que, al cabo de los años, descubrirán los operarios que se disponen a acondicionar la casa antes de entregársela a sus nuevos propietarios japoneses: objeto cargado de enorme valor simbólico con el que Marsé ya había jugado en Un día volveré (1982). O Flora, la niña en silla de ruedas, que podría recordar a la enfermiza protagonista de El embrujo de Shanghai (1993).

Dividida en dos partes —"La casa de las mimosas" y "Caralsol"—, El largo invierno indaga, como todos los filmes de Camino, en los resortes de "la vieja memoria", que fue, por cierto, el título del mítico documental por él dirigido en plena Transición. Claudio, su protagonista, es un hombre acostumbrado a obedecer dada su condición de criado. También es el responsable, sin él proponérselo, de que la tragedia se cierna sobre la rama republicana de los Casals. De ahí que, pese a ser el nexo de unión entre pasado y presente, viva apesadumbrado por el peso de la culpa. Y es que, nos viene a decir la película, en la vida hay que tomar partido si uno no quiere acabar, como ese pobre anciano, vencido por los años y el desconsuelo.


sábado, 13 de enero de 2018

Tandem (1987)




Director: Patrice Leconte
Francia, 1987, 86 minutos

Tandem (1987) de Patrice Leconte


La Filmoteca de Catalunya presentaba esta tarde un lleno absoluto en su sala grande para dar la bienvenida a Patrice Leconte (y eso que, en la sala de al lado, se proyectaba Paterson de Jarmusch con todas las entradas vendidas). Pero es que estamos hablando de un director que tiene en su haber una lista nada desdeñable de éxitos populares, desde aquellos míticos Les bronzés (1978) hasta la mítica Le mari de la coiffeuse (1990), que, sólo en Barcelona, alcanzó la friolera de diecisiete meses en cartel.

La película de hoy, sin embargo, nunca llegó a estrenarse en España (de hecho, ha sido complicado obtener una copia para proyectarla en la cinemateca catalana; y eso aun a condición de que la sesión fuese gratuita, dados los problemas de derechos de autor que arrastra la cinta). Lo cual no deja de ser una verdadera lástima, ya que Tandem (1987) plantea un duelo interpretativo notable entre Jean Rochefort y Gérard Jugnot, especie de don Quijote y Sancho, respectivamente, (como muy bien apuntaba Esteve Riambau durante el posterior coloquio) que recorren las carreteras francesas, alojándose en hoteles de tercera, para hacer llegar a los pueblos de las provincias un célebre concurso radiofónico en directo de preguntas y respuestas.



En realidad, un análisis somero de la filmografía de Leconte demuestra enseguida que dicho planteamiento es muy de su agrado, toda vez que resulta fácilmente reconocible en filmes como L'homme du train (2002) o Mon meilleur ami (2006). Preguntado sobre el parecido de esta última con Tandem, el cineasta no ha tenido más remedio que reconocer los puntos en común: dos tipos antagónicos que, por contra, se acaban complementando al tiempo que nace entre ellos una gran amistad.

Tiene Tandem, además, ese toque crepuscular y decadente del hombre venido a menos que intenta, sin éxito, ocultar sus miserias sólo para resultar aún más patético en el ocaso de su carrera: es el caso, por ejemplo, de Michel Mortez, su protagonista, quien, aparte de un apellido que hace pensar inevitablemente en alguien moribundo, interpreta una escena bastante reveladora en la que llama por teléfono a una supuesta amante. Son esos pequeños perdedores anónimos tan del gusto de un director que siente debilidad por quienes luchan denonadamente contra la indiferencia que los rodea. Como ocurriría, precisamente, en la gala de los premios César de aquel año. Nos lo contaba Patrice Leconte durante el coloquio: pese a estar nominada en seis categorías, Tandem apenas recibió un galardón muy secundario (al mejor cartel). De modo que, tras la ceremonia, el siempre expresivo Rochefort le espetó: « Quelle branlée !! » ("¡Menudo palizón!"), algo que no sentó muy bien al director. Situación que volvería a repetirse tres años después con El marido de la peluquera (siete candidaturas y ningún César...). Sólo que, en esta ocasión, el actor únicamente se giraba cada vez que el premio iba a parar a otro, moviendo los labios aunque sin llegar jamás a emitir la frasecita de marras. Anécdotas que Leconte recuerda con una mezcla de cariño y de aflicción ahora que Rochefort ya no está: "Mientras vivía, nos llamábamos cada vez que uno de los dos tenía una historia interesante que contar: desde que falleció, en cambio, ya no sé a quién llamar..."


jueves, 7 de julio de 2016

El relojero de Saint Paul (1974)




Título original: L'horloger de Saint-Paul

Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1974, 105 minutos

El relojero de Saint Paul (1974) de Bertrand Tavernier


Para su primer largometraje, Tavernier eligió como escenario la ciudad de Lyon (en la que vino al mundo el 25 de abril del 41). Allí se desarrolla la acción de L'horloger de Saint-Paul, libremente adaptado por Jean Aurenche, Pierre Bost y el propio director a partir de una novela de Georges Simenon: L'horloger d'Everton.

Narra la incertidumbre de un padre, relojero de profesión, al que la policía da la noticia de que su único hijo ha matado a un hombre. A partir de ese momento, Michel Descombes (Philippe Noiret) seguirá de cerca la investigación para ir descubriendo las implicaciones políticas del crimen, así como las muchas cosas que ignoraba de Bernard (Sylvain Rougerie).



En ese proceso, dos hombres jugarán un importante papel: por una parte el comisario Guilboud (Jean Rochefort), con quien Descombes compartirá no pocas conversaciones; por otra, Antoine (Jacques Denis, actor habitual en la filmografía de otro gran cineasta: el suizo Alain Tanner), amigo y confidente del relojero.

Lo curioso del caso es que la violencia queda fuera de pantalla, así como el desarrollo del juicio al que son sometidos el hijo del protagonista y su novia. Parece como si así se quisiera evitar a toda costa cualquier tipo de sensacionalismo, para, de esta manera, dar mayor importancia a la evolución personal de Descombes, hombre anónimo al que, de la noche a la mañana, se le rompen todos los esquemas.

Padre e hijo en vísperas del juicio

sábado, 18 de junio de 2016

Que empiece la fiesta (1975)




Título original: Que la fête commence...
Director: Bertrand Tavernier
Francia, 1975, 114 minutos

Que empiece la fiesta (1975) de Bertrand Tavernier


Al margen de su reflexión acerca del poder (tema tan caro a Tavernier desde los inicios de su carrera hasta su último largometraje de ficción, Crónicas diplomáticas, en 2013), si por algo destaca Que la fête commence... es por una extraordinaria recreación del libertinaje dieciochesco. Pero sin moralinas ni tampoco morbosidad alguna: la voluptuosidad que practican los miembros de la corte del regente Felipe II de Orleans es mostrada como algo natural y cotidiano, con la espontaneidad y alegría de vivir que muy probablemente se dieron durante la época histórica que se recrea. En ese sentido, el guion de Jean Aurenche y Bertrand Tavernier renuncia a los efectismos al uso en películas posteriores como Las amistades peligrosas (1988) de Stephen Frears (director nacido, al igual que Tavernier, en 1941). En lugar de ello, prefieren adoptar un tono más en la línea de los filmes históricos de Éric Rohmer o incluso del último Rossellini.

El reparto de Que empiece la fiesta va encabezado por Philippe Noiret, capaz de componer a un humanísimo regente encargado de velar por los destinos de Francia durante la minoría de edad del futuro Luis XV y alejado de los estereotipos al uso; Jean Rochefort es el Abate Dubois, tan ateo como obsesionado por llegar a ser arzobispo y partícipe del mismo desenfreno que su señor; Jean-Pierre Marielle interpreta al excéntrico marqués de Pontcallec, quien será perseguido por pretender convertir la Bretaña en una república independiente. Por último, Nicole Garcia (de la que, casualmente, este fin de semana se estrena su última película: Grandes familias) es La Fillon, joven prostituta que frecuentará la compañía del regente.

El regente (Philippe Noiret) y su mano derecha el Abate Dubois (Jean Rochefort)

Recreación histórica de tintes cómicos, el tono festivo de Que la fête commence... lo aportan escenas como la inicial procesión bretona en la que el sacerdote amenaza con excomulgar a los ratones de una plaga o en los casamientos forzosos de los condenados a ir desterrados a Luisiana.

La banda sonora, por último, la conforman diferentes pasajes de piezas orquestales compuestas por el propio Felipe II de Orleans y que fueron ensambladas para la ocasión por Antoine Duhamel.

La corte en pleno banquete

domingo, 13 de marzo de 2016

El gran rubio con un zapato negro (1972)




Título original: Le grand blond avec une chaussure noire
Director: Yves Robert
Francia, 1972, 90 minutos

« Merde, on tourne en rond... ! »

El gran rubio con un zapato negro (1972)

Ya desde los créditos iniciales con los que da comienzo El gran rubio con un zapato negro salta a la vista que la comedia de Yves Robert se rodó en estado de gracia: los nombres del reparto y del resto del equipo se van mostrando mediante los juegos de cartas que llevan a cabo las hábiles manos de Gérard Majax, sin duda una forma originalísima de captar la atención del espectador desde el minuto uno. Pero si a ello añadimos que la banda sonora original compuesta por el rumano Vladimir Cosma es interpretada por su compatriota Gheorghe Zamfir, el rey de la flauta de pan, la cosa gana enteros. Y eso sin olvidar que estamos ante un filme coescrito por Francis Veber, el mismo que en 1998 dirigiría La cena de los idiotas.

La idea de partida es de lo más simple y recuerda remotamente a la de Con la muerte en los talones de Hitchcock (North by Northwest, 1959): un ciudadano anónimo es tomado por un peligroso espía, con lo que su vida diaria se convierte de la noche a la mañana en una vertiginosa persecución. Claro que lo que en un registro de suspense da para crear una película de ritmo trepidante en el caso del torpe violinista François Perrin (Pierre Richard) se convierte en una caricatura cuya comicidad se basa en lo despistados que llegan a ser los involucrados.

El azar (y su torpe aliño indumentario) se alían contra François

Porque aparte de enfrentarse dos facciones opuestas de los servicios secretos en torno al susodicho Perrin, hay una segunda línea argumental centrada en el affaire que mantienen François y Paulette: intérprete de arpa en la misma orquesta que él y esposa de su mejor amigo. De hecho, el triángulo protagoniza una divertida y accidentada escena, en pleno concierto, al ejecutar el primer movimiento de la Sinfonía número 40 de Mozart. Lo curioso del caso es que al atónito director que lleva (como puede) la batuta lo interpreta el propio Yves Robert...

François y Christine (Pierre Richard / Mireille Darc)

En la parte más sensual no podía faltar una rubia seductora que, como Eva Marie Saint hacía con Cary Grant, intenta primero encandilar al protagonista para caer después rendida a sus pies: su nombre es Christine y le dio vida la actriz Mireille Darc. Del lado más bufo, en cambio, destaca la siempre efectiva presencia de un Jean Rochefort de pelo negro que ya hacía de las suyas por aquel entonces. Es un papel que ha representado hasta la saciedad: el de directivo de aspecto ridículamente serio (en este caso el coronel Louis Toulouse) que con su cara de chiste pone en marcha todo el operativo para dejar en evidencia a Bernard Milan (Bernard Blier, actor del que este año se celebra, por cierto, el centenario de su nacimiento).

Coronel Louis Marie Alphonse Toulouse (Jean Rochefort)

En fin: qué más se puede añadir de una comedia de culto del cine galo si no es que, debido a su clamoroso éxito, fue objeto de una secuela dos años más tarde [Le retour du grand blond (1974)] e incluso de un remake made in Hollywood en la década siguiente: El hombre con un zapato rojo (The Man with One Red Shoe, 1985), dirigida por Stan Dragoti para lucimiento de Tom Hanks. A decir verdad y a juzgar por cómo, una y otra vez, la industria reutiliza fórmulas de éxito, casi podríamos exclamar hasta el infinito, como el pobre Milan: "On tourne en rond, merde, on tourne en rond, merde... !"

martes, 7 de julio de 2015

El hombre del tren (2002)




Título original: L'homme du train
Director: Patrice Leconte
Francia/Reino Unido/Alemania/Japón, 2002, 90 minutos

El hombre del tren (2002) de Patrice Leconte


De nuevo Patrice Leconte. Si ayer por una comedia, hoy por un thriller. Pero siempre demostrando el mismo gusto por los personajes entrañables o por las parejas de carácter opuesto. En esta ocasión se trata del señor Manesquier (Jean Rochefort) y de Milan (el cantante Johnny Hallyday): al primero, profesor de francés jubilado, siempre le habría gustado ser un tipo duro; el segundo desearía llevar una vida hogareña y tener la cultura del primero.

La casualidad les une en una pequeña localidad de provincias y a lo largo del film se irán influyendo mutuamente a pesar de sus muchas diferencias. Los opuestos que se atraen: es el mismo planteamiento del Quijote, de otras películas de Patrice Leconte (como Mi mejor amigo) o dirigidas por otros directores franceses (como Jean Becker en Conversaciones con mi jardinero [2007] o Mis tardes con Margueritte [2010]). Y siempre funciona.

Manesquier (Jean Rochefort) y Milan (Johnny Hallyday)


El previsor Manesquier aprenderá de Milan cómo disparar un revólver y el aventurero gánster a llevar zapatillas de estar por casa, fumar en pipa o apreciar la poesía de Louis Aragon:

Sur le Pont Neuf j'ai rencontré 
L'ancienne image de moi-même 
Qui n'avait d'yeux que pour pleurer 
De bouche que pour le blasphème.

Sur le Pont Neuf j'ai rencontré 
Cette pitoyable apparence 
Ce mendiant accaparé 
Du seul souci de sa souffrance.

Sur le Pont Neuf j'ai rencontré 
Fumée aujourd'hui comme alors 
Celui que je fus à l'orée 
Celui que je fus à l'aurore.

Sur le Pont Neuf j'ai rencontré 
Assis à l'usure des pierres 
Le refrain que j'ai murmuré 
Le rêve qui fut ma lumière.

Pero Milan debe atracar el banco del pueblo (justo el que siempre soñó con atracar Manesquier), mientras que el mismo día y a la misma hora su anfitrión será sometido a una delicadísima operación de corazón. Dos acciones paralelas en las que las vidas del uno y del otro se confundirán finalmente en un sueño eterno de lo que a cada uno le habría gustado ser.

¿Sueño o realidad?


En el aspecto técnico, la fotografía de Jean-Marie Dreujou confiere a las imágenes una pátina grisácea que refuerza la sensación de languidez, especialmente en la vetusta casa de Manesquier y el rancio abolengo que transmite su decoración decimonónica. También la música elegida (uno de los Impromptus de Schubert) contribuye a crear dicho ambiente, junto a la banda sonora original compuesta por Pascal Estève.

En 2011, por cierto, se estrenó un remake de El hombre del tren: una coproducción entre Canadá e Irlanda interpretada por Donald Sutherland y Larry Mullen Jr. (el batería de U2).

Johnny Hallyday recibiendo instrucciones de Patrice Leconte