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jueves, 7 de mayo de 2026

Torrente 2: Misión en Marbella (2001)




Director: Santiago Segura
España, 2001, 99 minutos

Torrente 2: Misión en Marbella (2001)


El éxito en taquilla de la primera entrega de Torrente motivó esta secuela, ambientada en la Marbella ostentosa de Jesús Gil, quien por aquel entonces, a principios del siglo XXI, encarnaba el summum de la España hortera y corrupta. Y enseguida se percibe que los ingredientes de los que se sirve Santiago Segura obedecen a la misma fórmula que le ha valido el favor del público en sucesivas reediciones de las andanzas del "brazo tonto de la ley": chistes soeces, comentarios abiertamente misóginos y un cutrerío casposo y grasiento que, en definitiva, constituye la esencia de la franquicia. Sin la chispa contracultural, conviene matizar, que quizá tenía el personaje en sus orígenes.

Por otra parte, los títulos de crédito a lo James Bond (con tema musical, por cierto, interpretado por el mítico Raphael) ponen de manifiesto la apuesta decididamente espectacular de una producción con voluntad de rendir homenaje a los clásicos del cine popular, si bien pasados por el tamiz de la parodia de brocha gorda. Que, en todo caso, y al margen de consideraciones de orden artístico, se beneficia de un mayor presupuesto, respecto a la primera entrega, con explosiones, persecuciones y una estética inspirada en los tópicos habituales en torno a los devaneos de la jet set en la Costa del Sol.



Gabino Diego, como Cuco, representa el contrapunto perfecto gracias a su interpretación de drogadicto con buen corazón pero pocas luces, mientras que Torrente sigue siendo tan racista, misógino y fantasmón como siempre. En cambio, José Luis Moreno da vida a un malvado de opereta, dispuesto a destruir la ciudad lanzando misiles por doquier, que encaja perfectamente en el tono caricaturesco del filme.

Vista con los ojos de hoy en día, el humor de Torrente puede resultar, en ocasiones, una barrera difícilmente asumible. Sin embargo, para entender la película hay que aplicar la teoría del espejo deformante. Así pues, Torrente no representaría tanto un modelo a seguir, sino una caricatura de los peores vicios de una parte de la sociedad española, la del "pelotazo" y la brillantina, por lo que, al reírnos de él, nos reímos de lo que no queremos llegar a ser. A fin de cuentas, la trama de espionaje no es más que un pretexto para dar cabida a los chistes y a la infinidad de cameos marca de la casa.



jueves, 1 de agosto de 2019

Vidocq: El mito (2001)




Título original: Vidocq
Director: Pitof
Francia, 2001, 98 minutos

Vidocq: El mito (2001) de Pitof


Con una estética más cercana a la del cómic o incluso a la de los videojuegos, Vidocq fue la gran vencedora en la trigésimo cuarta edición del Festival de Sitges al serle adjudicados hasta cinco galardones, incluido el premio a la mejor película. Su director, Pitof, cuyo nombre real es Jean-Christophe Comar, se había labrado previamente una espléndida reputación como responsable de los efectos especiales de los filmes de su compatriota Jean-Pierre Jeunet y a buena fe que ése es también el punto fuerte en una cinta que supuso su debut como cineasta.

Deliberadamente fantasiosa y tenebrista, posee un ritmo trepidante en el que la acción se antepone en todo momento al rigor histórico, si bien es cierto que, merced a la informática, la ciudad de París aparece recreada tal y como era en 1830. Es en dicho contexto, maloliente y prerrevolucionario, en el que se mueve el investigador François-Eugène Vidocq (1775–1857), personaje real de agitada existencia al que el cine ha recurrido en no pocas ocasiones. De hecho, el punto de arranque en esta versión nos sitúa en el momento de su muerte, justo cuando toda la ciudad lamenta su desaparición y el bisoño Étienne Boisset (Guillaume Canet) pretende escribir su biografía.



Gérard Depardieu interpreta al criminalista —que fue cocinero antes que fraile y maleante antes que agente de la ley— en los últimos días de su carrera, cuando debe enfrentarse a la amenaza de un extraño e inquietante personaje, medio asesino en serie y medio alquimista, que esconde su rostro tras una máscara de cristal, dando lugar a una insólita mezcla en la que lo policíaco se combina con el terror y la ciencia ficción.

Por otra parte, son varias las citas cinéfilas que pueden rastrearse a lo largo de la trama, desde el modus operandi del homicida, que recuerda al empleado por John Doe en Seven (1995), hasta su apariencia a lo Darth Vader. Y lo mismo podría decirse de la banda sonora de Bruno Coulais, que, en determinados momentos, por ejemplo en la secuencia inicial, se asemeja bastante a la partitura que el polaco Wojciech Kilar compusiera para el Drácula (1992) de Coppola.