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miércoles, 22 de julio de 2026

Hoy no pasamos lista (1948)




Director: Raúl Alfonso
España, 1948, 82 minutos

Hoy no pasamos lista (1948) de Raúl Alfonso


Mucho antes de protagonizar La lengua de las mariposas (1999), Fernando Fernán-Gómez ya había interpretado a un maestro rural en la prácticamente olvidada Hoy no pasamos lista (1948), amable recreación de la vida cotidiana en una remota aldea de montaña que, en su tramo final, deriva hacia tintes más dramáticos. La acción, situada en 1910, arranca con un texto sobreimpreso en pantalla que aclara lo siguiente: "A todos los maestros rurales que, devotos de su profesión y sin regatear sacrificios, llevan la luz de la cultura hasta los pueblos más apartados de España".

Sorprende que en un país cuya población estaba padeciendo los rigores de la posguerra se abordase semejante argumento, entre otras cosas porque los métodos empleados en las escuelas franquistas distaban enormemente de las innovaciones pedagógicas del afable don Manuel. En ese sentido, la figura del adusto alcalde de Peñascales, don Rafael (Fernando Fernández de Córdoba), representa la intransigencia caciquil de quien no ve con buenos ojos la llegada al pueblo de un joven profesor que viene cargado de ideas renovadoras. De ahí que lo reciba de malas maneras y haciendo todo lo posible por impedir la construcción de un nuevo centro educativo en el lugar.



En todo caso, y a pesar de las dificultades, don Manuel conecta enseguida con los chicos gracias a su particular forma de entender la enseñanza, a base de incentivos (premiando con unos céntimos a quienes se aprenden el temario) y, sobre todo, dándole un enfoque vivencial. Así pues, una salida al campo a cazar lagartos puede ser la ocasión idónea para impartir sobre el terreno una lección de biología. O la previa de un partido de fútbol, dibujando en la pizarra las rectas que conforman el terreno de juego, el mejor momento para hablarles de geometría. Hasta el esférico se presta para improvisar con él nociones básicas de geografía.

Circunstancias que discurren en paralelo con el gradual enamoramiento entre el maestro y la pastora María (Nani Fernández), criatura agreste en un principio, pero que irá paulatinamente puliéndose gracias al contacto con el recién llegado. Ella y su hermano Panchón el de la cantera (José María Lado) serán sus aliados en la tarea de sacar adelante la nueva escuela pese a las reticencias de unas fuerzas vivas que ven en ello una amenaza que pudiera poner fin a sus privilegios de clase. Sin embargo, el supuesto mensaje subversivo de la trama se ve atenuado por detalles como el ascendente positivo que el cura del pueblo (Rafael Calvo) ejerce sobre los protagonistas. Los mismos que, llegados al desenlace, a punto están de pagar un alto precio por haberse mantenido firmes en la defensa de sus ideales.



viernes, 21 de abril de 2023

Las aguas bajan negras (1948)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1948, 110 minutos

Las aguas bajan negras (1948)


¡Sí, yo también nací y viví en Arcadia! También supe lo que era caminar en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme en los arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde. Por la mañana, el rocío dejaba brillantes gotas sobre mis cabellos; al mediodía, el sol tostaba mi rostro; por la tarde, cuando el crepúsculo descendía de lo alto del cielo, tornaba al hogar por el sendero de la montaña, y el disco azulado de la luna alumbraba mis pasos. Sonaban las esquilas del ganado; mugían los terneros; detrás del rebaño marchábamos rapaces y rapazas cantando a coro un antiguo romance. Todo en la tierra era reposo; en el aire, todo amor. Al llegar a la aldea, mi padre me recibía con un beso. El fuego chisporroteaba alegremente; la cena humeaba; una vieja servidora narraba después la historia de alguna doncella encantada, y yo quedaba dulcemente dormido sobre el regazo de mi madre.

Armando Palacio Valdés
La aldea perdida (1903)

El asturiano Armando Palacio Valdés (1853-1938) subtituló La aldea perdida con un elocuente "Novela-poema de costumbres campesinas" que dejaba entrever la visión idealizada del mundo bucólico en el que había transcurrido la infancia del escritor. No en vano, los envites del progreso, ávido del carbón oculto bajo el manto verde de los valles astures, darían al traste con aquel y otros paraísos, cuyos cauces, en lo sucesivo, iban a teñirse del mismo color oscuro que brotaba de las entrañas de la tierra.

Más que una adaptación propiamente dicha, Las aguas bajan negras (1948) se inscribe en un tipo de cine, muy característico, por otra parte, de la España de los cuarenta, que buscaba su inspiración en fuentes literarias ilustres, aunque sin necesidad de ceñirse a rajatabla ni al argumento ni al espíritu de la letra impresa. En ese aspecto, la voz en off con la que se abre la película, correspondiente a don Armando (Manuel Kayser), trasunto del autor y, como se verá, uno de los personajes secundarios de la trama, hace hincapié en que la aldea de Rubiercos sucumbió "porque Dios lo había dispuesto así. Porque todo termina y porque la felicidad y el bienestar no están en las cosas mudables, sino dentro del alma de cada uno."

Nolo (Adriano Rimoldi)


Queda claro, por lo tanto, que el enfoque del guion de Carlos Blanco difiere esencialmente del planteamiento original (y aun lo tergiversa) al traer a colación la voluntad divina o la prosperidad económica para justificar la profanación del medio ambiente en aras del desarrollo material. De lo que cabe inferir que los postulados autárquicos y nacionalcatólicos del franquismo se estaban colando en un discurso que, a priori, pretendía defender todo lo contrario. De ahí la relevancia que adquiere la figura del padre Prisco (Luis Pérez de León) como encargado de dorar la píldora a los lugareños para que acepten sumisamente los beneficios que pudieran derivarse de la explotación minera de sus terrenos.

Por lo demás, José Luis Sáenz de Heredia dirige con solvencia una historia de marcado acento local, rodada parcialmente en un enclave idílico del concejo de Langreo y que contó con la participación de los Coros y Vaqueros de Alzada de Luarca, lo cual confiere un cierto toque folclórico a algunas de las escenas. Aparte del regusto campestre y decimonónico de la producción, con ecos continuos de las guerras carlistas, llama poderosamente la atención que, si bien algunos personajes se sitúan en bandos irreconciliables, con Goro (José María Lado) abominando del progreso y don César (Fernando Fernández de Córdoba) defendiendo la presencia de los mineros en el lugar, al final unos y otros harán las paces para llegar a la conclusión de que, con desarrollo o sin él, los pecados capitales ante los que sucumbe el ser humano, lo mismo hace cuarenta siglos que hoy día, siguen siendo siete.



martes, 17 de agosto de 2021

Nadie lo sabrá (1953)




Director: Ramón Torrado
España, 1953, 81 minutos

Nadie lo sabrá (1953) de Ramón Torrado


La omnipresente voz en off de José María Oviés (1903–1965), el mismo actor que tantas veces dobló a Groucho Marx, nos va a acompañar a lo largo de este rocambolesco periplo cuyo protagonista, humilde empleado de banca, se ve envuelto en un asunto que lo mismo podría resolverle la existencia que enviarlo directamente a prisión. ¿Quién es este Perico Gutiérrez, magistralmente interpretado por Fernando Fernán Gómez? Tras echar un vistazo a través de distintos ambientes madrileños, esa voz de la conciencia da finalmente con el interfecto en una concurrida parada de tranvía. Porque nuestro "Perico es un hombre como usted y como yo: un dignísimo representante de la clase media, un hombre del montón."

Son varios los alicientes que hacen de Nadie lo sabrá (1953) una película excepcionalmente entretenida. En primer lugar por el interesante dilema al que se ve expuesto su personaje central, quien, habiendo sorprendido a unos atracadores en pleno robo, sucumbe a la tentación de quedarse un fajo de billetes que aquéllos, con las prisas de la huida, se han dejado tirado por el suelo. Treinta mil dólares del ala que, sin duda, podrían ayudarle a dejar de ser un don nadie y que se van a convertir, a partir de ese preciso instante, en el principal quebradero de cabeza del contable.



Por otra parte, resulta asimismo esperpéntica la acentuada malicia de la que hace gala el entorno de este pobre individuo, desde sus compañeros de oficina hasta la interesada tía Dolores (Julia Caba Alba) pasando por la oronda casera (Julia Lajos), todos igual de chismosos y gorrones. Incluso el odioso subdirector (Fernando Fernández de Córdoba) se atreverá a acusar a Pedro, soltero y sin hijos, de estar ocupando un puesto que, en puridad, le pertenecería a un padre de familia numerosa.

Ocurrente y satírica a partes iguales, la cinta que nos ocupa expone el caso de un hombre sin atributos, el típico ciudadano anónimo que lleva una existencia gris hasta que las circunstancias le obligan a venirse arriba y dar muestras de una entereza que ni él mismo sabía que posee. Así, enfrentado a sus propios escrúpulos, este antihéroe acabará por aceptar el tópico de que el dinero no da la felicidad. A fin de cuentas, como dice de él el líder de los atracadores (José Nieto), el pobre Perico "es un chico tonto, pero decente".



sábado, 14 de agosto de 2021

La trinca del aire (1951)




Director: Ramón Torrado
España, 1951, 98 minutos

La trinca del aire (1951) de Ramón Torrado


El éxito de público alcanzado por Botón de ancla (1948) animó a sus productores a insistir en la misma fórmula sin prácticamente variar el elenco de actores ni el equipo de rodaje. Sólo que esta vez, en lugar de transcurrir en una academia naval, la acción se trasladaba a la escuela de paracaidistas. De ahí el título de una cinta, La trinca del aire (1951), cuyo doble objetivo era entretener y ganar adeptos para la causa. Ese dorar la píldora, que forma, de hecho, parte consustancial del subgénero, lo hallamos también en otros filmes por el estilo, desde Alas de juventud (1949) hasta Recluta con niño (1956) y su remake Cateto a babor (1970), procurando, por todos los medios, trasladar al público una imagen idílica de camaradería entre los cadetes.

"Alcántara de los Rosales", dice la voz en off de Fernando Rey en la secuencia inicial, "no estaba enclavado en la falda de ningún volcán ni había sufrido los efectos de una inundación, pero tenía una escuela de cazadores paracaidistas..." Representados, cabe añadir, por un trío protagonista en el que Alberto (Jorge Mistral) es el guaperas rompecorazones, mientras Jabato (Antonio Casal) y Zanahoria (Fernando Fernán Gómez) cumplen el rol de histriónicos graciosos. Circunstancia, esta última, que no parece suponer un inconveniente de cara a los mandos, siempre benévolos y comprensivos con sus trastadas pese a la gravedad que en un primer momento quieren aparentar.

"¡De eso nada, muñeco!"


Todo un ambiente de fraternal compañerismo que se va a ver enrarecido con la irrupción de una rubia extranjera (Helga Liné) de la que Alberto queda prendado para desgracia de la casta (y morena) Irene (interpretada por la mejicana Carmelita González). A este respecto, llama la atención la frivolidad de la forastera frente a la decencia de la mujer española, aspecto que Zanahoria y Jabato se encargarán de recordarle al descarriado camarada para que desoiga los cantos de sirena y vuelva a la senda de rectitud y heroísmo que se presupone en un soldado. A tal efecto, un oportuno rayo caerá sobre la base para provocar un incendio que permita al muchacho jugarse el pellejo, demostrando que su ardor guerrero sigue intacto.

Aunque no es tanto esta trama ligeramente melodramática la que predomina en el conjunto, sino más bien la comedia de enredo basada en un humor blanquísimo. Parte fundamental de ello son, además de la ya mencionada trinca, secundarios de innegable vis cómica como Pepiño (Xan das Bolas) o la insufrible Leovigilda (María Isbert), el uno muy gallego y la otra muy francesa (nótese, de nuevo, la ridiculización de lo no castellano, rasgo también aplicable al sueño arábigo de Zanahoria tras la lectura de Las mil y una noches habiendo ingerido varios coñacs). Aun así, la mejor interpretación del reparto corresponde, sin duda alguna, a la gallina Avelina, fiel compañera del pelirrojo y magnífica en su papel de mascota de la patrulla.



sábado, 28 de julio de 2018

Misterio en la marisma (1943)




Director: Claudio de la Torre
España, 1943, 69 minutos

Misterio en la marisma (1943) de Claudio de la Torre


Nulo o escaso interés es el que posee Misterio en la marisma (1943) más allá de situar una insulsa trama folletinesca, protagonizada por aristócratas ociosos vestidos de esmoquin, en los idílicos parajes del Coto de Doñana. Aderezada, aquí y allá, con números coreográficos y/o musicales que van desde Lola Flores y el Terremoto de Jerez, en los inicios de sus respectivas carreras, hasta las edulcoradas canciones del Quinteto de Rogelio Barba.

Producto típico de la posguerra, la cinta adolece de los habituales defectos de un cine única y exclusivamente concebido para evasión de las masas: decorados grandilocuentes que reproducen lujosas mansiones, elegantes vestidos de gala, opíparas cacerías de venados, bailes y recepciones con lo más granado de la alta sociedad... A lo que Claudio de la Torre, guionista y director del engendro, no duda en añadir apariciones fantasmagóricas o hasta elementos propios de las novelas policíacas, como ese valioso collar con tanta historia tras cuyos pasos andan no pocos personajes.

Arlette (Josefina de la Torre)


La presencia de Conchita Montes —que era de todo menos actriz— le aporta al conjunto, con su exótico e inverosímil papel de condesa polaca, el aire inequívoco de producción española de los años cuarenta, más enfocada a satisfacer las necesidades fantasiosas de un público ávido de romances de alto copete que le ayudasen a sobrellevar (cuando no olvidar) las penurias de la cruda realidad autárquica que no a profundizar en las causas y motivaciones que mueven a los protagonistas.

No hay más que ver, en ese sentido, la tendencia de la pareja que forman la ya mencionada señorita Montes y el no menos inefable Tony D'Algy a posar cheek to cheek de lo más acaramelados, una y otra vez, para darse cuenta de que Misterio en la marisma podría englobarse perfectamente en el tipo de películas en las que Juan Antonio Bardem debía de estar pensando cuando dijo aquello tan célebre de que "el cine español es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico".


sábado, 2 de diciembre de 2017

Aventuras de Juan Lucas (1949)




Director: Rafael Gil
España, 1949, 78 minutos

Aventuras de Juan Lucas (1949) de Rafael Gil


El pasado desde el presente: la acción transcurre en 1808, coincidiendo con la invasión napoleónica, pero los términos generalísimo y caudillo se dejan oír aquí y allá refiriéndose al militar interpretado por Fernando Fernández de Córdoba. Un poco como sucedía en 1984, la novela de George Orwell, el franquismo se valió bastante a menudo del cine histórico para reescribir determinados acontecimientos de la antigüedad según su propia conveniencia, en especial aquéllos que podían contribuir a legitimar al régimen como consecuencia de una supuesta continuidad a lo largo de la historia.

Aventuras de Juan Lucas (1949), adaptación de la obra homónima de Manuel Halcón, responde a dicha voluntad, aunque podría enmarcarse igualmente en el género del wéstern patrio, particular engendro al que ya nos hemos referido más de una vez y que consistió en aclimatar los estereotipos más habituales de las películas del Oeste a la imagen romántica del bandolero decimonónico. Como resultado, los Winchester son reemplazados por trabucos; el saloon, por una tasca y los indios, por franceses. El caso era que hubiese tiros y caballos que asegurasen el espectáculo, amén de un similar paisaje montaraz.

Juan Lucas (Fernando Rey) es atendido por Ana (Marie Déa)


Fernando Rey es el tal Juan Lucas, bandido en Sierra Morena, pero que logra redimirse como miembro destacado de la guerrilla que acabará enamorándose de la hija de un conde. Tiene guasa, por cierto, que, al entablar conversación con la susodicha, presuma de ardor patriótico diciéndole aquello de: "Piense que en mi trabuco llevaré la bala de la justicia. Y el francés que está en Madrid antes se las verá conmigo y mi banda..." Guasa porque la actriz que interpreta a la bella Ana Romero de los Viejos era precisamente de aquel país: Marie Déa, quien trabajaría al año siguiente a las órdenes de Cocteau en su versión del mito de Orfeo.

Comoquiera que sea, la película posee un innegable ritmo narrativo merced al talento del prolífico Rafael Gil, director todoterreno que siempre supo sacar el mejor partido de sus intérpretes, así como de los temas que le tocaron en suerte, ya fuesen intrascendentes comedias contemporáneas o recreaciones a medio camino entre lo folclórico y lo histórico en las que, como aquí, se mezclaba la Guerra de Independencia con el contrabando de mercancías en Gibraltar como telón de fondo.


domingo, 9 de julio de 2017

La nao Capitana (1947)




Director: Florián Rey
España, 1947, 87 minutos



Por la ruta de las Indias, 
sale al mar la Capitana. 
Se oyen cantos de Galicia 
y viejas canciones vascas, 
jotas bravas de Aragón, 
sentidas asturianadas, 
y con la gracia andaluza, 
la seriedad castellana. 
Por la ruta de las Indias, 
sale al mar la Capitana. 
Hincha el viento del nordeste 
las velas, encampanadas 
como senos de sirena, 
vientres de tritón, la jarcia 
tensa corta el aire y vibra 
como el cordaje de un arpa. 
Y en lo alto de la antena, 
palpita el pendón de España. 
Sobre blanco y carmesí, 
leones y castillos campan. 
Por la ruta de las Indias, 
corta el mar la Capitana.

Bajo un disfraz de jarcias y trinquetes, el nacionalcatolicismo acechaba dispuesto a colar su mensaje intolerante y fanático. Parece mentira que la emisión de un determinado tipo de cine bélico siga levantando ampollas entre los airados televidentes cuando, en realidad, son estas producciones supuestamente históricas las que de verdad contienen valores de un conservadurismo político a ultranza.



En lo que a La nao Capitana se refiere, el tema es fácilmente resumible: adaptación de la novela homónima de Ricardo Baroja, fue dirigida por Florián rey en 1947. Manuel Tamayo se encargó del guion. En su elenco, los rostros habituales de la filmografía nacional en aquel entonces: Manuel Luna, Fernando Fernández de Córdoba, José Nieto... Es el personaje que interpreta este último el que nos da la clave sobre la intención última de una película a priori destinada a recrear la singladura ultramarina de una embarcación en tiempos de nuestro Siglo de Oro:

FRAY JOSÉ: Pero cuando se está lejos de España, es cuando se siente a la patria con más fuerza. 
CAPITÁN DIEGO RUIZ: Y cuando mayor es el orgullo de llamarse español. Yo en mi nao Capitana me encuentro tan cerca de ella como en la tierra firme. Es para mí algo así como una madre, como mi pueblo. Un trozo desprendido de España que, empujado por las olas, los vientos, las corrientes, pasa el mar y llega a otras orillas. Verán sus mercedes en mi barco toda la variedad de los reinos españoles. Se han enrolado vascos, castellanos, gallegos, aragoneses, andaluces, levantinos... Salgo del puerto con la nave convertida en torre de Babel. Como el viaje es largo, todos van perdiendo un poco su habla nativa, y al llegar a las Indias, prevalece el romance castellano.
FRAY NICOLÁS: Verificándose con ello el milagro contrario al que Dios, nuestro Señor, hizo en las orillas del Éufrates. ¿No es eso? 
CAPITÁN DIEGO RUIZ: Así es. Se unen las lenguas y los sentimientos y no hay más que españoles. 
FRAY NICOLÁS: Con un mismo idioma y un mismo sentir, se harán grandes cosas en las Indias. 
CAPITÁN DIEGO RUIZ: Grandes cosas se harán y grandes pueblos, que han de ser, cuando corran los años, como viejos galeones anclados tierra adentro, cuyos habitantes y nietos de los tripulantes de hoy sentirán a España, hablarán en español y rezarán con el idioma de la madre patria.

¡Toma ya! ¿Para qué seguir, si en este diálogo se condensa la finalidad primordial con que fue rodada la película? A partir de aquí, todo lo demás no será sino dorar la píldora y entretener al personal. Un ejercicio de relleno, consistente en la historia del morisco fugitivo, números musicales de raigambre folclórica y los inevitables temporales y abordajes a cañonazo limpio de cualquier producción marítima de aventuras que se precie. Nada: chorradas. Lo esencial se resume en una desaforada apología de la unidad de España, de la conquista de América y de la religión católica. Y hasta de la pena de muerte, si se tiene en cuenta el triste final que aguarda al polizonte interpretado por Manuel Luna.

A juzgar por el trato que recibe, el fugitivo parece
más un republicano represaliado que no un morisco


La nao pretende ser, pues, metáfora de España, pero no de la real, sino de la que concibió el franquismo. Porque en el siglo XVI cada uno de los reinos de la corona mantenía sus leyes, sus instituciones y su habla y jamás nadie habría hecho un alegato como el del Capitán en favor del "romance castellano" y en detrimento de las demás lenguas peninsulares. He ahí donde radica lo verdaderamente perverso del discurso: en ese afán continuo por reescribir la historia según los intereses del bando vencedor.

sábado, 17 de junio de 2017

Mar abierto (1946)




Director: Ramón Torrado
España, 1946, 92 minutos

Mar abierto (1946) de Ramón Torrado


Empanadas, muñeiras y gaitas. Y Xan das Bolas haciendo de gallego (valga la redundancia). He ahí la fórmula puesta en práctica por el incombustible Ramón Torrado en Mar abierto, cinta de genuino sabor local producida por la Suevia Films de don Cesáreo González. Aunque, al mismo tiempo, era también una estampa idílica de pescadores en la imaginaria aldea de Costa Nova con el trasfondo de un milagro de la Virgen.

La pareja integrada por Maruchi Fresno (Carmiña) y Jorge Mistral (Antonio) encabezaba el reparto, completado por José María Lado como padre de la moza y el siempre solemne Fernando Fernández de Córdoba (cualquiera no lo es con ese nombre...) haciendo de Reboredo, el pretendiente sin escrúpulos.



Son cuantiosas las escenas de contenido folclórico, amenizadas por los Coros de Ruada de Orense y la música de Modesto Rebollo, así como los elementos de raigambre folletinesca: una madrastra malísima que se acabará fugando con un náufrago recogido una noche de tormenta, el hijo de un rico naviero haciéndose pasar por humilde mecánico... Y, frente a tanta adversidad, una historia de amor a punto de irse al traste debido al miedo del patriarca a ser engañado y abandonado por la hija como ya hiciera la madrastra.

Mar abierto era la adaptación de un relato escrito por Adolfo, hermano del realizador Ramón Torrado, que se estructura en forma de larguísimo flashback explicado por la ya anciana Carmiña, durante una soleada mañana, al pintor (el propio Torrado) que intenta retratar la talla de la virgen de la ermita. En su conjunto, puede que a la película le falte brío, pese a que muy probablemente esa y otras posibles carencias no haya que achacarlas tanto al paso del tiempo sino que ya estaban en origen.


sábado, 11 de marzo de 2017

Ángela es así (1945)




Director: Ramón Quadreny
España, 1945, 71 minutos

Ángela es así (1945) de Ramón Quadreny


Con un aire innegable de revista del Paralelo, Ángela es así fue una de aquellas comedias de los años cuarenta, rodadas en cadena en los estudios Trilla Orfea de Barcelona bajo la égida de Iquino o (como es el caso) del productor Aureliano Campa y el director Ramón Quadreny, e invariablemente protagonizadas por Josita Hernán y secundarios del estilo de Paco Martínez Soria (ausente del reparto en esta ocasión), Mary Santpere o el histriónico Fernando Freyre de Andrade.

Poco se puede decir de su típico argumento de enredo más que fue escrito conjuntamente por Joaquín Abati y Carlos Arniches, algo de lo que dan fe unos diálogos afilados y repletos de chistes (unos más afortunados que otros). También se incluye, como no podía ser menos, un par de canciones. Es especialmente llamativa, dadas sus alusiones cinematográficas, la que canta el personaje de Mary (interpretado por Gema del Río) y cuya letra, que no tiene desperdicio, dice así:

Si fuese Claudette Colbert 
o la Hedy Lamarr
tendría la voz ronca 
de tanto fumar.

Si fuese Greta Garbo 
o la Marlene Dietrich 
sería vampiresa 
de mucho postín...

Y todo para acabar apostillando: "Si algún día yo me caso, he de hacerlo con un hombre de mucho parné. No me importa que me llamen vampiresa de ocasión. Sólo anhelo que me compren una casa con ascensor."

Gema del Río (Mary) en plena actuación


Vemos, por consiguiente, de qué pie calzan las "amistades" de las que se rodea el soltero de oro Gonzalo Rivera (Fernando Fernández de Córdoba): mujeres frívolas que únicamente codician su fortuna o galancetes de medio pelo como Manolo (un jovencísimo Jorge Mistral en la que apenas era su segunda película). De modo que tendrá que venir desde el internado de Suiza la vivaracha Ángela para meter en vereda al díscolo de su tío. Un torbellino de muchacha aparentemente todo simpatía y extraversión, pero que no deja de ser la píldora moralizante que justificaba semejante planteamiento.

Al mismo tiempo, y en paralelo a la historia de sus señores, también acabarán enamorándose el mayordomo Baldomero y la fámula doña Cloefé. O sea: la Santpere y Freyre de Andrade haciendo de las suyas. La primera como criada vascuence que habla perfectamente el francés, pero no así el castellano (lengua que le plantea algún que otro problema); el segundo, en su típico papel de sirviente fiel aunque atolondrado.

Ni es la bruja de El Mago de Oz ni tampoco una amish: es Mary Santpere

domingo, 18 de diciembre de 2016

Bambú (1945)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1945, 94 minutos

"Pobre, limpia y decente"

Bambú (1945) de J.L. Sáenz de Heredia


Superproducción de Suevia Films al servicio de Imperio Argentina, Bambú contenía todos los elementos imprescindibles para lograr captar la atención del autárquico público de 1945: elevadas dosis de evasión a base de "auténticos" decorados cubanos realizados en los estudios CEA de Ciudad Lineal (Madrid), un repertorio de canciones de inspiración antillana compuestas (al igual que el guion) por Joaquín Goyanes de Osés y música incidental nada más y nada menos que a cargo de don Ernesto Halffter (1905–1989). A lo que había que sumar la ambientación del maestro Moisés Simons, más Regino Sainz de la Maza como guitarra solista, la asesoría musical de A. de las Heras, el cuerpo de baile del Teatro Lope de Rueda bajo la dirección de Roberto Carpio y la Orquesta Nacional dirigida por el maestro portugués Pedro de Freitas Branco. ¡Uf...!

Abrumador despliegue que se completaba con un elenco de actores en el que sobresalían Luis Peña como el compositor, reconvertido en soldado, Alejandro Arellano; Fernando Fernán Gómez (Antonio) en su típico rol de galán cómico y una pléyade de secundarios como Alberto Romea (el General don Jerónimo), la oronda Julia Lajos (doña Matilde, esposa del General), una jovencísima Sarita Montiel (Yoyita, hija del General), Nicolás Perchicot (padre del recluta por el que se cambia Alejandro) o Fernando Fernández de Córdoba (el pérfido don Arturo).

Bambú (Imperio Argentina) en pleno candombe


Situada en plena revuelta de los mambises de la manigua, Bambú posee unos diálogos brillantes, repletos de réplicas ingeniosas, como aquella en la que Alejandro, cansado de la cachaza del criado afroamericano del General, pierde los nervios:

MAYORDOMO: ¿Qué nombre me dijo? 
ALEJANDRO: ¡Alejandro Arellano, caramba! 
MAYORDOMO: Dispense: se me había olvidado el segundo apellido...

Antonio (Fernando Fernán Gómez) y Alejandro (Luis Peña)


Un aspecto menos cuidado, en cambio, es el acento con el que se expresan algunos de los personajes, como la muchacha de exótico nombre a la que encarna Imperio Argentina, que en su modo de hablar tiene más de andaluza que de cubana. O el gracioso Antonio, supuestamente malagueño y que no soportará mucho rato la estulticia del anciano erudito que lo requiere como informante, durante el transcurso de una fiesta en la residencia del General, para completar un estudio que prepara sobre "giros y voces" propios del mediodía español: pero resulta que en Málaga a los boquerones los llaman boquerones, al pato lo llaman pato y a don Cleto Suárez el mozalbete lo llama plomo (a lo que el "sabio" queda tan y tan agradecido).

Tiene, por último, Bambú un final apoteósico: Alejandro, en el delirio de la batalla y tras ser alcanzado por una bala, se vuelve a ver dirigiendo una orquesta, la misma que pone música a la escenificación de la vida de su amada. Pero ésta también resulta malherida, con lo que se estrechan las manos de los dos amantes, en un soberbio primer plano final que se anticipa en más de un año al desenlace de Duelo al sol de King Vidor.


miércoles, 12 de octubre de 2016

La dama del armiño (1947)




Director: Eusebio Fernández Ardavín
España, 1947, 93 minutos



Yo también como vos estuve en Italia aunque he nacido en Creta. Viví en Venecia y allí, además de conocer el esplendor casi pagano del Renacimiento, aprendí los secretos de mi arte en la paleta de Tintoretto, Veronese y Tiziano. De aquellos maestros, fieles a la bella verdad de la naturaleza, heredé la devoción por la realidad. Y como una gota de agua es semejante a otra, quise trasladar a los lienzos la forma y el color de los seres y de las cosas. Pero me atraía España y vine a Toledo, a esta tierra de panorama ardiente y alma desnuda. Entonces, viendo el negro terciopelo de los devotos y el sayal de estameña de los monjes desfilando en las procesiones, mi espíritu se llenó de inquietud y quise pintar algo más, quise pintar las almas. Y concebí la idea de alargar las figuras como tallos de lirios, crear miembros atormentados y retorcidos bajo la luz siniestra de los relámpagos y las lívidas tormentas sobre los páramos inmensos y el Jesús en tortura de las crucifixiones iluminado por la luz redentora en el áspero calvario. No sé cuál influencia sea la que esta luz y este paisaje han ejercido sobre mí, pero nunca sentí el arte tan deshumanizado y tan dramático.



Toledo, durante el reinado de Felipe II... Sin ser exactamente un biopic, La dama del armiño (1947) tomaba la figura del Greco como pretexto para narrar la historia de una conversión religiosa: la del judío Samuel Hebraim (Jorge Mistral), capaz de renunciar a su fe con tal de ganar el amor de Catalina (Lina Yegros), hija del pintor y eternamente acompañada de la dueña Gregoria (Julia Lajos).

Una furtiva lágrima: Samuel recibe la noticia de la detención de su padre


Basándose en la obra teatral de Luis Fernández Ardavín, su hermano Eusebio dirigía una de esas grandilocuentes producciones históricas tan habituales en el cine español de los cuarenta y primeros cincuenta, con decorados de Enrique Alarcón. Aunque, desde el punto de vista técnico, es ésta una película en la que se observa una clara tendencia a utilizar la profundidad de campo, quizá para emular visualmente el estilo pictórico del cretense.

El Greco (Fernando Fernández de Córdoba) pintando
el retrato de monseñor Fernando, el Inquisidor


En realidad, ni el Greco tuvo una hija que se llamase Catalina ni está claro si fue él quien pintó el cuadro que da título al filme. En todo caso, lo de menos es el rigor histórico: lo verdaderamente crucial era servirse de su fama como reclamo para ofrecer al público una historia de amor y, lo que es más importante, la apoteosis del cristianismo frente a los infieles hebreos y moriscos. Por cierto que estos últimos aparecen representados a través de la hermosa Jarifa (Alicia Palacios), cuyo nombre pone ya de manifiesto un conocimiento certero de la tradición literaria del Siglo de Oro.

Sea como fuere, en La dama del armiño participaron también otros dos profesionales que, andando el tiempo, llegarían a ser directores de renombre: por una parte Rafael Gil como guionista y, por otra, César Fernández Ardavín, sobrino de Eusebio y ayudante de dirección junto a Luis Berraquero.

Lina Yegros (Catalina) y Jorge Mistral (Samuel)