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viernes, 17 de abril de 2026

Mi querida señorita (2026)




Director: Fernando González Molina
España, 2026, 113 minutos

Mi querida señorita (2026)


Quien espere encontrar en Mi querida señorita (2026) un simple remake, basado en la película homónima de Jaime de Armiñán, estrenada en 1972, se llevará la grata sorpresa de descubrir que los Javis, productores de la cinta bajo los auspicios de Netflix, han ido mucho más allá de lo que sería la reiteración mimética de la trama. Muy al contrario, esta nueva versión parte de aquella cinta para adentrarse en el caso de una joven intersexual (nacida con caracteres sexuales de ambos sexos) cuya familia le ha ocultado desde siempre su verdadera naturaleza para imponerle una condición femenina con la que Adela (Elisabeth Martínez) no termina de sentirse plenamente identificada.

La responsable de reescribir y actualizar la esencia de la historia que en su día propusieran el ya mencionado Jaime de Armiñan y el también cineasta José Luis Borau no es otra sino la escritora Alana S. Portero, novelista trans que cuenta en su haber con títulos como La mala costumbre (Seix Barral, 2023) y que gracias a este trabajo hace su primera incursión en el mundo cinematográfico. Así pues, la acción se sitúa ahora entre 1999 y el año 2000, teniendo en cuenta que la protagonista nace en Pamplona en el 73 y que, una vez asumida su identidad, en la edad adulta, se trasladará a Madrid, adonde cambia su nombre por el de Ade.



Son muchos los guiños hacia el filme original que aparecen diseminados en diferentes momentos, como la fotografía en blanco y negro de José Luis López Vázquez que se encuentra mezclada junto con otras del álbum familiar o la cinta de VHS que se vislumbra fugazmente en una visita de los personajes a un videoclub. Homenaje velado que contrasta con la enorme diferencia, tanto estética como ideológica, que separa a ambos trabajos, por lo que la cinta dirigida por Fernando González Molina debe considerarse más una herramienta de visibilidad que no un reemplazo del clásico de los setenta.

También al final, ya durante los títulos de crédito, se incluye la aparición estelar de Julieta Serrano, completando así el círculo de referencias inevitables (tal vez demasiadas) de una producción abiertamente concebida para su consumo en plataformas y en la que la narrativa se sostiene gracias a las sólidas actuaciones de Anna Castillo (Isabel), Paco León (padre José María) y Eneko Sagardoy.



martes, 18 de octubre de 2022

Girasoles silvestres (2022)




Director: Jaime Rosales
España/Francia, 2022, 107 minutos

Girasoles silvestres (2022) de Jaime Rosales


La siempre incisiva mirada de Jaime Rosales ha centrado su última película, Girasoles silvestres (2022), en las vicisitudes de una joven madre que vive en el extrarradio de Barcelona. Y que, como tantas otras mujeres de su generación, se ve abocada a luchar cada día en muy diversos frentes, que van desde la precariedad laboral hasta la violencia machista. Sin embargo, lo que define como personaje a Julia (Anna Castillo) no es tanto su contexto social, sino los altibajos de una vida afectiva por la que irán desfilando tres hombres absolutamente distintos.

Por una parte está Óscar (Oriol Pla), el típico garrulo arrogante, a la par que posesivo. Un individuo que, pese a sus iniciales muestras de afecto con Julia y sus dos hijos (a quienes obliga a llamarle "papá"), terminará levantándoles la mano. En cambio, Marcos (Quim Àvila) responde a un perfil mucho más tranquilo: militar destinado en Melilla, es el padre biológico de los niños y, aunque inicialmente acoge a su antigua familia, las constantes desavenencias entre Julia y él harán inviable que la reconciliación perdure en el tiempo.



El tercer y último es Álex (Lluís Marquès), amigo de infancia de la protagonista y tal vez, dada su condición de persona de orden, el más equilibrado de todos. Pero eso no significa, ni mucho menos, que su relación con Julia vaya a ser un camino de rosas y los reproches, como con sus anteriores parejas, terminarán siendo algo tristemente habitual.

La puesta en escena ideada por Rosales denota un sabio uso de la elipsis, prescindiendo de cuantos acontecimientos se consideran secundarios para el avance de la acción. Así pues, el espectador se encuentra más de una vez (desaparición de la niña, embarazo de Julia...) ante la sorpresa de que determinadas situaciones se resuelven fuera de campo, sin que se haya estimado oportuno explicitar cómo ni por qué. En todo caso, la impresión de conjunto es que el director se mantiene fiel a su estilo, si bien optando por un lenguaje algo más convencional que en trabajos anteriores.



jueves, 17 de diciembre de 2020

Viaje al cuarto de una madre (2018)




Directora: Celia Rico Clavellino
España/Francia, 2018, 90 minutos

Viaje al cuarto de una madre (2018)


Es una película de complicidades femeninas, de una madre y una hija que comparten manta frente al televisor hasta que, siguiendo el ejemplo de una amiga suya, Leonor (Anna Castillo) decide que ha llegado el momento de irse a probar fortuna a Londres. Noticia que Estrella (Lola Dueñas), sin duda temerosa de quedarse sola, no acoge al principio con muy buenos ánimos. Y es que hay algo que, ya desde la primera escena, planea en el ambiente de aquel hogar: la ausencia del padre. 

En realidad, nunca llegaremos a conocer los detalles (cómo se llamaba, qué aspecto tenía, qué fue lo que le ocurrió exactamente), pero lo cierto es que, tal y como le espeta Leonor a uno de los insistentes teleoperadores que no paran de llamar por teléfono, el hombre ha muerto. De ahí alguna que otra lágrima en momentos de flaqueza.



Sin embargo, ambas mujeres tendrán que aprender a afrontar la vida por separado, una en el extranjero, la otra en el pueblo, hasta que, harta de soportar la aspereza de la familia para la que trabaja de au pair, Leonor opte por regresar a casa.

La sutilidad de la puesta en escena con la que Celia Rico afronta su primer largometraje revela una inusual pericia a la hora de transmitir las cosas sin que sea necesario verbalizarlas. Curiosa forma de narrar in absentia que queda patente cuando la madre vuelve a sonreír tras la irrupción en escena del afable Miguel (Pedro Casablanc) —sugiriendo la predisposición de Estrella a volver a enamorarse; quién sabe si un idilio incipiente— o en la catártica escena del acordeón.