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sábado, 18 de julio de 2020

Piel de asno (1970)




Título original: Peau d'âne
Director: Jacques Demy
Francia, 1970, 91 minutos

Piel de asno (1970) de Jacques Demy


Il était une fois un roi si grand, si aimé de ses peuples, si respecté de tous ses voisins et de ses alliés, qu'on pouvait dire qu'il était le plus heureux de tous les monarques. Son bonheur était encore confirmé par le choix qu'il avait fait d'une princesse aussi belle que vertueuse; et ces heureux époux vivaient dans une union parfaite. De leur chaste hymen était née une fille, douée de tant de grâces et de charmes, qu'ils ne regrettaient pas de n'avoir pas une plus ample lignée...

Charles Perrault
Peau d'âne

Tres son las fuentes principales de las que bebe este hermoso cuento de hadas, basado en el universo literario de Charles Perrault (1628–1703). Por una parte, Peau d'âne es un homenaje en toda regla al Cocteau de La belle et la bête (1946), obra maestra de cuyo riquísimo repertorio de elementos simbólicos y conceptuales toma prestada (amén de la presencia de Jean Marais) la ambientación, el carácter artesanal de la puesta en escena y hasta recursos tan simples, pero a la vez tan imaginativos, como el uso de la cámara lenta. 

Por otra parte, aunque en menor medida, sería posible también rastrear la influencia de The Wizard of Oz (1939) no sólo en los rasgos fantásticos de la cinta o en su pertenencia al género musical, sino, sobre todo, en el tratamiento del color (por ejemplo, en el caso de los caballos del Rey Rojo). Por último, pese a que no se trate estrictamente de una "fuente", sino más bien de lo que podríamos denominar unidad de estilo, el protagonismo de Catherine Deneuve, así como la banda sonora de Michel Legrand, marcan una continuidad con el exitoso díptico que forman Les parapluies de Cherbourg (1964) y Les demoiselles de Rochefort (1967), filmes con los que éste comparte un mismo candor, que a veces roza la parodia y hasta lo humorístico.



Una fábula que coquetea con el tema del incesto (el padre, tras enviudar, pretende casarse con su propia hija y ésta, aconsejada por su hada madrina, le da largas), pero que destaca por un diseño de vestuario, a cargo del italiano Gitt Magrini, y una dirección artística, supervisada por Jacques Dugied, primorosamente exquisitos. Y que, en el marco espectacular de los castillos de Plessis-Bourré o de Chambord, adonde se rodaron los exteriores, resplandecen todavía más, si cabe.

Brujas que escupen sapos, burros que excretan rubíes y diamantes, lacayos con la cara azul, princesas de aspecto ceniciento que lucen radiantes cuando se las viste con luz de luna o rayos de sol: visualmente, Peau d'âne sigue siendo hoy el mismo portento que hace medio siglo concitó a más de dos millones de espectadores hacia las salas francesas, en lo que constituyó el mayor éxito comercial de la carrera de Jacques Demy.


viernes, 17 de julio de 2020

Las señoritas de Rochefort (1967)




Título original: Les demoiselles de Rochefort
Director: Jacques Demy
Francia, 1967, 121 minutos

Las señoritas de Rochefort (1967) de Jacques Demy


Tras el éxito cosechado por Les parapluies de Cherbourg (1964), filme íntegramente cantado y encantado, Demy contraatacaba con la otra cara de la moneda: una explosión de júbilo y tonos pastel cuya banda sonora corría de nuevo a cargo del sublime Michel Legrand, quien optaría al Óscar de aquel año gracias a una partitura sencillamente extraordinaria. A este respecto, Les demoiselles de Rochefort fue y será siempre una cinta que trasmite alegría de vivir merced a una puesta en escena, entre cómica e incluso paródica, con un punto naíf, que va más allá de los parámetros de lo que es estrictamente el género musical.

Sus personajes son seres puros, despreocupados, que habitan un espacio en el que jamás han regido las aburridas normas del mundo convencional. Por eso la señora Garnier (Danielle Darrieux) tuvo sus gemelas y, muchos años después, al pequeño Boubou a raíz de sendos deslices. Y de ahí, precisamente, que el seráfico Maxence (Jacques Perrin), con su inmaculado vestidito de marinero y su inverosímil cabello teñido de rubio, pueda saltar cada noche el muro de la caserna para ir en busca de su ideal.



Consciente de su condición de autor, Demy invoca los referentes de su generación y aun de su propio universo, con alusiones a la ciudad de Nantes (lugar de nacimiento del director y del ya mencionado recluta-pintor Maxence), Lola (1961) o Les parapluies... Juego de citas en el que también tienen cabida mitos tan dispares como Jules et Jim (1962), de su compañero de filas François Truffaut, o los musicales de Stanley Donen (homenaje, este último, subrayado por la presencia estelar en el reparto del mismísimo Gene Kelly: reclamo tan atractivo, para los espectadores de finales de los sesenta, como el que supuso contar con George Chakiris, célebre tras su participación en West Side Story).

Amores que vienen y van, con esa sencillez que únicamente es capaz de auspiciar el celuloide, durante un fin de semana en el que unos feriantes forasteros instalan su caravana en la soleada plaza del pueblo. Delphine (Catherine Deneuve) y Solange (Françoise Dorléac), hermanas a ambos lados de la pantalla, aprovecharán la ocasión para unirse al convoy rumbo a París: tierra prometida donde les aguarda el éxito en compañía de los hombres apuestos ante cuyos encantos, una y otra, acaban de sucumbir.


domingo, 20 de octubre de 2019

La fiesta de Henriette (1952)




Título original: La fête à Henriette
Director: Julien Duvivier
Francia, 1952, 118 minutos

La fiesta de Henriette (1952) de Julien Duvivier


Verdadero ejercicio de estilo, a la par que original muestra de work in progress, La fête à Henriette supone un cierto paréntesis de comicidad en la carrera del cineasta francés Julien Duvivier, quien inmediatamente antes y después de esta película dirigirá las dos partes del díptico protagonizado por Fernandel en el  el rol del cura don Camilo.

Un par de guionistas, presumiblemente trasunto del propio Duvivier y de su habitual colaborador Henri Jeanson, proyectan llevar a cabo un filme que iremos viendo conforme ellos lo imaginan, no sin antes experimentar algunas que otras desavenencias propias de sus caracteres opuestos. Y es que uno, todo fatalismo, fantasea con un recital de planos inclinados, mientras que el otro, más festivo, tira de ángulos en picado e inserta las evoluciones de la pareja protagonista junto con imágenes de archivo de concurridos festejos del 14 de julio.



De hecho, ambos escritores vendrían a ser una especie de encarnación del Destino que juega con sus criaturas como si de marionetas se tratase. Así pues, Henriette (Dany Robin), la cándida muchacha que se dispone a celebrar el día de su onomástica, coincidente con la fiesta nacional, oscilará, sucesivamente, entre el fotógrafo Robert (Michel Roux) —que es también su prometido— y el más acanallado Maurice (Michel Auclair), de la misma manera que una fascinante artista de circo extranjera (Hildegard Knef) parece cruzarse en el camino del primero de dichos hombres.

Y es que la tentación, en este caso, "no vive arriba", sino que se manifiesta, cosa insólita para aquella época, en forma de mujeres en ropa interior que, a buen seguro, algo tuvieron que ver con la pronta retirada de la cinta de los circuitos de exhibición comercial. De todos modos, la originalidad de semejante planteamiento perduró en la memoria colectiva de los ejecutivos hollywoodenses que, algunos años después, rescatarían la trama, ahora con William Holden y Audrey Hepburn en los papeles principales, dirigidos por Richard Quine, bajo el título de Encuentro en París (Paris - When It Sizzles, 1964).

En Argentina, el filme se tituló La inocente Enriqueta