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martes, 13 de febrero de 2024

Mientras seas tú (2023)




Título original: Mentre siguis tu
Directora: Claudia Pinto
España, 2023, 74 minutos

Mientras seas tú (2023) de Claudia Pinto


Una actriz intenta decir su papel en pleno rodaje de una escena, pero se acaba dando cuenta de que ha olvidado el texto. Podría tratarse de un magnífico punto de arranque para una película si no fuese porque la intérprete, Carme Elías (Barcelona, 1951), no está fingiendo... Y es que, más que un documental al uso, Mientras seas tú (2023) se propone dejar constancia del proceso vivido por su protagonista a partir del momento en el que es diagnosticada de alzhéimer.

Sin embargo, podría decirse que la cinta, flamante ganadora del Goya y el Gaudí al mejor filme de no ficción, lejos de recrearse en los efectos devastadores de la enfermedad, es, por encima de todo, un hermoso canto a la vida. Como también a la amistad, por supuesto, teniendo en cuenta el vínculo afectivo que une a la directora venezolana y a la actriz, más allá de lo estrictamente profesional, en esta su tercera colaboración juntas después de La distancia más larga (2013) y Las consecuencias (2021).



Asimismo, el montaje de La gaviota de Chéjov que Elías y Juan Carlos Corazza ensayan minuciosamente muestra los entresijos de cómo la actriz hace suyo, una vez más (tal vez la última), un personaje con cuya esencia se identifica por completo. Algo que atestiguan los innumerables insertos (teatrales, televisivos, cinematográficos) de las muchas personalidades que la actriz ha encarnado a lo largo de su carrera. Como todas esas cajas polvorientas, repletas de recuerdos, que destapa y de las que finalmente se desprende, lastre del que prefiere liberarse, en clara alusión al título de la cinta, cuando aún es consciente de sus actos.

Filme emotivo donde los haya, en la línea de ilustres predecesores en torno a la misma temática como Bicicleta, cullera, poma (Carles Bosch, 2010) o Bucarest, la memòria perduda (Albert Solé, 2008), a propósito de los políticos Pasqual Maragall y Jordi Solé Tura, respectivamente, la valiosísima lección de coraje que aquí se ofrece nos habla de alguien que, lejos de resignarse ante el avance inexorable de la desmemoria, prefiere defender su derecho a morir dignamente planteando sin rodeos la eutanasia como último recurso.



lunes, 6 de diciembre de 2021

Pesadilla para un rico (1996)




Director: Fernando Fernán-Gómez
España, 1996, 97 minutos

Pesadilla para un rico (1996) de Fernán-Gómez


A juzgar por los hechos que detalla Fernán-Gómez en sus memorias, no debió de ser muy placentero el rodaje de Pesadilla para un rico (1996). Comenzando por la elección del propio papel protagonista, que en un principio tenía que haber recaído en Alfredo Landa y que finalmente iría a parar al no menos célebre Carlos Larrañaga. Y es que levantar una película nunca ha sido tarea fácil, en especial cuando los recursos son escasos y se trabaja a contrarreloj para cumplir los plazos previstos.

Como ya sucediera en Siete mil días juntos (1994), anterior incursión de don Fernando tras las cámaras, se partía de un guion de Luis Alcoriza igualmente teñido de ese particular humor negro marca de la casa. Que aquí se concreta en las tribulaciones a que se verá sometido el financiero Álvaro de la Garza (Larrañaga) cuando, tras haber pasado la noche en compañía de la bella Mané (Beatriz Rico), se encuentre con un cadáver entre manos que podría comprometer muy seriamente su futuro al frente de la prestigiosa entidad bancaria para la que trabaja.



Quizá sea su estructura, rompecabezas en el que los acontecimientos no necesariamente se suceden en orden cronológico, lo más llamativo de un filme a medio camino entre la comedia y el delirio alucinante de un hombre desesperado. De hecho, la pesadilla que vive el banquero obedece más bien a un trastorno paranoico, teniendo en cuenta que una serie de funestas coincidencias le llevan a creerse víctima de la fatalidad.

En realidad, se acaba dando la circunstancia de que tanto el entorno familiar como el círculo de confianza de de la Garza saben mejor que él mismo cuál es el verdadero contenido del maletero de su Jaguar. Lo cual dará pie a situaciones cada vez más disparatadas (por ejemplo, la esposa y la hija intentando convencerle de que "una mujer desnuda no tiene importancia") respecto a alguien que no deja de ser una parodia en clave hispánica, con el telón de fondo de la corrupción en las altas esferas, del "falso culpable" hitchcockiano.



domingo, 21 de noviembre de 2021

El rey pasmado (1991)




Director: Imanol Uribe
España/Francia/Portugal, 1991, 106 minutos

El rey pasmado (1991) de Imanol Uribe


La madrugada de aquel domingo, tantos de octubre, fue de milagros, maravillas y sorpresas, si bien hubiera, como siempre, desacuerdo entre testigos y testimonios. Más exacto sería, seguramente, decir que todo el mundo habló de ellos, aunque nadie los viera; pero como la exactitud es imposible, más vale dejar las cosas como las cuentan y contaron...

Gonzalo Torrente Ballester
Crónica del rey pasmado

Que el monarca frecuente la compañía de una sofisticada meretriz o el simple hecho de que desee ver desnuda a su esposa se acaban convirtiendo en trascendentales razones de Estado en torno a las que gira la trama de El rey pasmado (1991), adaptación cinematográfica de una célebre novela de Torrente Ballester y portento en lo que a puesta en escena se refiere. No en vano, el cineasta vasco Imanol Uribe supo rodearse de los mejores especialistas de aquel entonces. Un equipo técnico en el que, por encima de todo, destacan las aportaciones de Félix Murcia en la dirección artística, Javier Artiñano en el vestuario y la magnífica fotografía, al más puro estilo velazqueño, de Hans Burmann.

También se trata de una película especialmente recordada por el enorme parecido físico de algunos de los actores del elenco con los personajes históricos que los inspiraron. Tal sería el caso, por ejemplo, de Gabino Diego, cuya magistral caracterización como Felipe IV resulta no menos convincente que la de Gurruchaga en el papel de Conde-duque de Olivares.



Igualmente, unas magníficas localizaciones palaciegas y conventuales, por gentileza de Patrimonio Nacional, aportan la dosis necesaria de realismo para que los hechos relatados luzcan en todo su esplendor, si bien el carácter de coproducción con Francia y Portugal motivó que algunos exteriores se rodasen en Guimaraes. Todo lo cual contribuye a que el espectador tenga la impresión de viajar en el tiempo hasta los días de aquel sobrio Siglo de Oro castellano.

Porque, aparte de espléndida recreación histórica, El rey pasmado tiene mucho de reflexión a propósito de la lucha entre el oscurantismo encarnado por el fanático padre Villaescusa (Juan Diego) y la sensualidad a flor de piel de quienes, como el propio soberano, comienzan a cuestionarse si el placer ha de constituir forzosamente ocasión para el pecado. Toda una controversia cuyo momento álgido se produce durante el enardecido debate que, moderado por el Gran Inquisidor (Fernando Fernán-Gómez), mantienen el jesuita Almeida (Joaquim de Almeida) y el ya mencionado Villaescusa. Dimes y diretes que la presencia del mefistofélico Conde de la Peña Andrade (Eusebio Poncela) no hace sino teñir de un cierto aire diabólico.



sábado, 3 de abril de 2021

La flor de mi secreto (1995)




Director: Pedro Almodóvar
España/Francia, 1995, 103 minutos

La flor de mi secreto (1995) de Almodóvar


La flor de mi secreto es una película de "buenos sentimientos", sin que esto signifique la menor concesión al sentimentalismo. O sea, se trata de un drama duro. Aunque adoro el melodrama, esta vez me he decidido por la aridez y la síntesis. Hiel en vez de miel. Lágrimas que no sirven de desahogo, sino que ahogan. Dolor del bueno.

Pedro Almodóvar
"Génesis"
Guion de La flor de mi secreto

Una escritora de literatura rosa a la que las novelas le salen negras... Valiéndose de tan singular planteamiento, el director manchego ofrecía una de sus películas más intimistas. Y es que la crisis creativa y personal que atraviesa en la ficción Leo Macías (Marisa Paredes) le sirve a Almodóvar como pretexto para abordar algunas de sus obsesiones más recurrentes, entre ellas la figura materna (magistralmente interpretada por Chus Lampreave) o las adicciones (en este caso al alcohol). Tal vez por ello resulta relativamente fácil rastrear en La flor de mi secreto elementos que el director desarrollará con posterioridad en otros títulos de su ya extensa filmografía.

Visto así, el embrión de Todo sobre mi madre (1999), por ejemplo, ya se intuye en esta película. Y, en esa misma línea, ¿cómo no ver en la pareja de doctores encarnada por Jordi Mollà y Nancho Novo o en la coreografía de Joaquín Cortés y Manuela Vargas, al son de la "Soleá" de Miles Davis, un presagio de lo que varios años después será Hable con ella (2002)? ¿No está contenido el germen de Volver (2006) en el argumento de alguno de los relatos de la superventas Amanda Gris? Incluso "Dolor y vida" parece anunciar el título de su más reciente Dolor y gloria (2019).



Todo un universo, en definitiva, que en esta ocasión tocaba tangencialmente el conflicto de la antigua Yugoslavia a través del personaje de Paco (Imanol Arias): alto mando destinado en Bosnia y que regresará fugazmente de permiso para certificar la agonía de su propio matrimonio. También el mundillo editorial recibe alguna que otra pulla, con esos agentes de Ediciones Fascinación que atosigan a Leo noche y día diciéndole qué es lo que puede y lo que no puede escribir.

Aunque si hay un rasgo definitorio del Almodóvar más auténtico ése es su condición de cinéfilo redomado. Frases, alusiones, ambientes: todo respira un innegable aire de película. Desde la redacción del diario El País, que Leo compara con las oficinas de El apartamento (1960), hasta el brindis frente a la chimenea en plan Ricas y famosas (1981). Referencias explícitas que están presentes, asimismo, en uno de los momentos álgidos de la cinta: la soberbia escena nocturna, en una Plaza Mayor desierta, cuando el orondo Ángel (Juan Echanove), emulando a Bogart, elige una frase de Casablanca (1942) para declararle su amor a Leocadia: "Nunca olvidaré ese día: los alemanes vestían de gris y tú, de azul..."



martes, 29 de diciembre de 2020

Camino (2008)




Director: Javier Fesser
España, 2008, 138 minutos

Camino (2008) de Javier Fesser


Multipremiada en los Goya de 2009 con seis galardones (incluidos Mejor Película, Mejor Guion y Mejor Director), Camino fue objeto, sin embargo, de una cierta controversia por la forma más bien adusta en que aparecen retratados los integrantes del Opus Dei. De hecho, los familiares de Alexia González-Barros (1971-1985), la niña en cuya historia se inspira la cinta, se desmarcaron públicamente de lo que consideraron una mera obra de ficción.

Tal vez ahí radica la principal objeción que podría hacérsele a Javier Fesser, director, montador y guionista del filme: el evidente maniqueísmo que en todo momento transmiten unos personajes a los que se divide entre buenos y malos. En dicho sentido, el espectador se ve privado de poder extraer sus propias conclusiones, toda vez que el único punto de vista que prevalece es el del cineasta. El cual, dicho sea de paso, deja entrever de manera ostensible su antipatía hacia todo lo relacionado con la prelatura que fundase Escrivá de Balaguer.



Aún así, y es entonces cuando Camino gana muchísimos enteros, su imaginativa puesta en escena, marcada por elipsis y el uso continuo del montaje paralelo, nos adentra en el mundo interior de la protagonista (una debutante Nerea Camacho que también se llevó el Goya a la Mejor Actriz Revelación) para asistir a los sueños y pesadillas de una adolescente abocada al duro trance de una enfermedad terminal.

Habrá quien considere (quizá con razón) que Camino es una película que da "mal rollo". O que sus niñas de colegio de monjas resultan de lo más repipi. Incluso que algunos elementos quedan un tanto forzados (como el sacerdote que en la escena culminante arranca a aplaudir). Pero lo que no puede negar nadie es que está bien contada, valiéndose de una creatividad inusual en el cine español (y más tratándose del tema de fondo que aborda: la presunta santidad de una muchacha de once años). Razones más que suficientes que justifican su visionado.



sábado, 22 de diciembre de 2018

Agujetas en el alma (1998)




Director: Fernando Merinero
España/Francia/Italia, 1998, 93 minutos

Agujetas en el alma (1998) de Fernando Merinero


Tal vez porque Fernando Merinero es un espíritu inquieto y un tanto anárquico, lo cierto es que Agujetas en el alma —el que fuera su segundo largometraje tras Los hijos del viento (1995)— se contagia desde el minuto uno de ese carácter aparentemente improvisado que define el estilo cinematográfico de su director. Verdadero ejercicio de work in progress en el que se mezclan ficción y realidad, la película nace ante nuestros propios ojos conforme Aitor (Martxelo Rubio) realiza el casting para su próximo proyecto. En ese sentido, son muchos los personajes cuyo nombre coincide con el del actor o actriz que los interpreta: Bruno (Buzzi), Nathalie (Seseña), Mapi (Galán), Carmen (Elías), Myriam (Mézières)...

Precisamente, es cuando aparece la actriz francesa, en el tramo final, que el filme, hasta ese instante un mero divertimento, gana muchos enteros en intensidad dramática. Profundidad que nace de sus confesiones con un cineasta que ha apostado por ella aun a riesgo de enemistarse con su productor (Joan Potau) y que es el verdadero punto fuerte de Agujetas en el alma.



Lo que peor ha resistido el paso del tiempo, en cambio, es toda esa galería de freaks que desfila ante la cámara de Aitor con el vago propósito de participar en su película: aspirantes a intérprete cuyo afán por alcanzar algún día el estrellato les lleva a prestarse a los más insólitos ejercicios de improvisación, cuando no a suplicar directamente un papel cueste lo que cueste.

Por todo ello, se comprenderá la adhesión que semejante engendro despertó entre ciertos sectores de la crítica ya en el mismo momento de su estreno. Mirito Torreiro, por ejemplo, se expresaba, desde las páginas de El País, el jueves 20 de agosto de 1998, en los términos siguientes: "Cuando uno se pone frente a una película tan deslavazada pero al tiempo tan ferozmente personal como es Agujetas, hecha como se hacían aquellas películas cinéfilas de otrora, sin el menor cálculo comercial, con las tripas, el primer sentimiento que se despierta es la simpatía: Fernando Merinero parece ser un sobreviviente de esa extraña raza de los cinéfilos de antaño, que hacían películas sobre lo que vivían, es decir, el cine y sus circunstancias, y lo hacían, uno sospechaba, porque de lo contrario sólo les quedaba el suicidio."

Fernando Merinero

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Quién te cantará (2018)




Director: Carlos Vermut
España/Francia, 2018, 125 minutos

¿Quién te cantará? (2018) de Carlos Vermut


Comencemos por el final, que es también el principio: las olas del mar rompiendo con furia contra una playa cualquiera. Unos zapatos de tacón reposan sobre la arena... Quién te cantará toma su título de una canción de Mocedades originalmente incluida en el álbum Mocedades 10 de 1978. Su letra, que escribiera el mítico Juan Carlos Calderón, viene a decir, en un momento determinado, algo así como: "Qué fácil es decir adiós, qué fácil olvidar / Qué difícil será para los dos..." Apuntes levemente esbozados de lo que van a ser los temas principales de la película.

En el que es ya su tercer largometraje, Carlos Vermut (nacido Carlos López del Rey en Madrid, en 1980) apuesta por la misma fórmula que le dio el éxito con su anterior trabajo (Magical Girl, 2014): una desazón que nace del interior de los personajes femeninos, en claro contraste con el aparente sosiego que los rodea en el marco de su aislamiento. Y de nuevo un toque retro a través de temas como "Procuro olvidarte", de Manuel Alejandro.



El guion de Quién te cantará se articula en torno a tres mujeres con nombre de flor/color: Violeta (Eva Llorach), Lila (Najwa Nimri) y Blanca (Carme Elías), a las que se opone Marta (Natalia de Molina) de forma antitética, como lo demuestra la estridente música discotequera que ésta suele escuchar. Vermut juega, pues, con la dicotomía que se establece, alternativamente, entre madre e hija (Violeta-Marta, pero también Lila y el recuerdo de la suya, que fue cantante como ella) o ídolo y fan (Lila Cassen-Violeta), en este último caso con el añadido de que la una parece fagocitar a la otra, lo cual nos llevaría, por último, al mito de Pigmalión, latente en el vínculo que se establece entre Blanca, Lila y Violeta.

Son muchos, por lo tanto, los ecos y las aristas que parecen intuirse (más que reconocerse) en el trasfondo de esta historia, filmada —como es habitual en el estilo de su director— poniendo sumo énfasis en el tratamiento estético de las imágenes. Hay quien ha hablado del Almodóvar de Tacones lejanos (1991) o del Bergman de Persona (1966), por citar tan sólo dos realizadores expertos en abordar el universo femenino. Pero, en todo caso, Vermut es Vermut y su particular modo de narrar, rebosante de tragedia y tensiones dramáticas, logra que una trama inspirada en elementos a priori tan poco poéticos como el karaoke o una diva de la música pop en horas bajas se conviertan en el motor de un filme cuya belleza, delicada y rotunda a la vez, quedará como referente para futuros cineastas.


viernes, 23 de febrero de 2018

Pont de Varsòvia (1989)




Título en español: Puente de Varsovia
Director: Pere Portabella
España, 1989, 85 minutos

Pont de Varsòvia (1989) de Pere Portabella


Intentar traducir en palabras las películas de Pere Portabella puede ser tan sencillo o tan complejo (como todas las cosas, esto es según se mire) como definir qué es la lluvia o el mar o la brisa agitando las ramas de los árboles. Porque el cineasta catalán filma como quien respira, con una naturalidad sólo al alcance de los más grandes.

La Barcelona que aquí vemos es la ciudad inmediatamente anterior a los Juegos Olímpicos del 92, es decir, la impulsada por el alcalde Maragall y su campaña Posa't guapa ('Ponte guapa'). Un espacio urbano presidido por la elegancia del Pabellón Mies van der Rohe y en cuya majestuosa magnificencia se recrea la cámara de Portabella con el mismo detenimiento que dedica a la fachada de edificios quizá no tan emblemáticos, pero no menos interesantes (caso de la actual sede de la Fundación Tàpies).



Comentaba el director en la presentación previa de esta tarde en la Filmoteca que su cine no obedece a un planteamiento aristotélico de causa y efecto (en realidad, no es la primera vez que le oímos decir esto). De hecho, Pont de Varsòvia carece de un argumento definido y, aunque en esta ocasión se sirvió de actores profesionales (algo no muy frecuente en su filmografía), las escenas inconexas que la forman son apenas una parodia de situaciones que van desde la concesión de un premio literario a un novelista de éxito (Jordi Dauder) hasta la noticia de un submarinista que fue absorbido por un hidroavión y posteriormente arrojado sobre un bosque en llamas. También hay lugar para la música de su habitual colaborador Carles Santos, al que vemos dirigiendo una composición propia encaramado en un andamio frente al escaparate de la chocolatería Fargas en el carrer del Pi.

Amante de las imágenes insólitas, Portabella no duda en mostrar el interior de la lonja de pescado al son de las notas del Tristán e Isolda wagneriano. O a La Fura dels Baus destrozando un vagón del metro de Berlín. Se atreve, incluso, con un cuadro viviente al estilo de la puesta en escena que Godard llevara a cabo en Passion (1982): concretamente, se trata del célebre Baño turco de Ingres. Todo suma, en definitiva, en un proyecto cuya subvención pública superó, según confesión del propio cineasta, el presupuesto inicialmente previsto, si bien la carrera comercial del filme gozó de una cierta repercusión internacional, llegando a ser presentado en el MoMA con el beneplácito de Scorsese.


jueves, 5 de enero de 2017

Stico (1985)




Director: Jaime de Armiñán
España, 1985, 106 minutos



¿Sabes por qué me dices todo eso? Te gustan las gallinas, los perros, los pájaros, pero no te contestan si les hablas. Te gustan los hombres y las mujeres, pero a veces te contradicen. Yo tengo de perro y de hombre. Siempre estaré de acuerdo contigo. Y apoyaré tus decisiones. Dime que me mate y me mataré. Dime que queme esta granja y la quemo. Dime que me acueste contigo y haré lo posible por no defraudarte. Dime que conserve un secreto y lo conservaré.

El punto de partida de Stico es tan sugestivo como perturbador: acuciado por necesidades económicas, don Leopoldo Contreras de Tejada (Fernando Fernán Gómez), insigne catedrático y hombre ya entrado en años, se ofrece como esclavo a un antiguo alumno suyo (Agustín González). Tras algunos titubeos, los Bárcena acabarán aceptando, pero ello sólo será el principio de sus problemas. En el entorno familiar habrá reacciones de todo tipo: desde el rechazo y los celos de una parte del servicio (Amparo Baró, Manuel Zarzo) hasta las bromas pesadas de los niños o la compasión de la pequeña Atocha (Bárbara Escamilla).



Más allá de la mera anécdota, Stico debe ser entendida como una parábola acerca de las fuerzas que constriñen la libertad del individuo en el seno de las sociedades modernas. De ahí que, ante la dificultad, lo más cómodo sea optar por delegar nuestro albedrío en la voluntad de otro. Quizá por ello don Leopoldo afirme que "en Roma algunos esclavos vivían mejor que sus amos. Y sin ninguna responsabilidad". El propio Aristóteles, sin ir más lejos, los definía como "instrumentos vivos", con lo que daba a entender que su propiedad era necesaria para la subsistencia.

Lo curioso del caso es que, conforme avance la acción, se irá haciendo evidente que en muchas ocasiones parece que sea la familia Bárcena la que sea esclava de don Leopardo o Stico, como le llaman despectivamente. En ese sentido, el guion coescrito por Jaime de Armiñán y Fernando Fernán Gómez recuerda, en cierta manera, a la gradual inversión de papeles que se describía en El sirviente (The Servant, 1963) de Joseph Losey.