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martes, 16 de diciembre de 2025

La torre de hielo (2025)




Título original: La tour de glace
Directora: Lucile Hadzihalilovic
Francia/Alemania/Italia, 2025, 117 minutos

La torre de hielo (2025) de Lucile Hadzihalilovic


Transcurridos más de veinte años desde su primera colaboración, en el filme Innocence (2004), los destinos de la actriz Marion Cotillard y de la directora Lucile Hadzihalilovic vuelven a unirse en La tour de glace (2025), ensoñación fantasmagórica en la que una adolescente (Clara Pacini) que huye de un orfanato de alta montaña encuentra refugio en un estudio de cine en el que se está rodando una adaptación del cuento infantil que más la fascina: La Reina de las Nieves.

La relación de admiración mutua y creciente obsesión que se establece entre la joven y Cristina (Marion Cotillard), la enigmática y atormentada estrella que interpreta a la Reina, provoca que se difumine la línea entre el plató, el personaje y la vida real, llevando a Jeanne a un peligroso juego laberíntico de consecuencias imprevisibles. Asimismo, la intrigante banda sonora (a base de fragmentos del compositor Olivier Messiaen) favorece la aureola de cuento macabro que flota en el ambiente de principio a fin de la historia.



La fuerza de la película reside indiscutiblemente en su puesta en escena, ya que Hadzihalilovic teje una atmósfera de belleza glacial y extrañeza hipnótica. Visualmente deslumbrante, la fotografía de Jonathan Ricquebourg es meticulosa, con planos largos y contemplativos que capturan la frialdad de los escenarios nevados y los interiores del estudio. Así pues, la puesta en escena es pulcra, gélida y deliberadamente "esteticista", convirtiendo cada fotograma en un espectáculo visual. De hecho, la peluca rubia con la que aparece ataviada la Reina remite al personaje que interpretaba Delphine Seyrig en la no menos fantasiosa Piel de asno (1970) de Jacques Demy.

La cineasta franco-bosnia aborda el relato de Andersen redirigiéndolo hacia un lado más perturbador, onírico y deconstructivo. En ese sentido, la película no se interesa por las resoluciones o los conflictos clásicos, sino por la tensión sutil que se desarrolla entre la fascinación y el peligro. Y es que el vínculo entre Jeanne y Cristina se mueve a medio camino entre la fascinación, el deseo y la manipulación, explorando la transición a la edad adulta y lo que conlleva la idealización de los ídolos femeninos.



viernes, 12 de diciembre de 2025

La boca de Jean-Pierre (1996)




Título original: La bouche de Jean-Pierre
Directora: Lucile Hadzihalilovic
Francia, 1996, 52 minutos

La boca de Jean-Pierre (1996) de L. Hadzihalilovic


Los inicios de la carrera de Lucile Hadzihalilovic (Lyon, 1961) ponían ya de manifiesto cuáles iban a ser las constantes que definen su particular mirada cinematográfica. Así pues, el mediometraje La bouche de Jean-Pierre (1996) reúne elementos como el retrato incómodo de la infancia o la predilección por los espacios aislados y misteriosos, todo ello a medio camino entre la poesía y una estética muy visual y a menudo hasta inquietante.

Aunque ambientada en un bloque de viviendas de la masificada banlieue de cualquier gran ciudad francesa de la década de los 70 (con colores saturados y un aire lúgubre), la dirección de Hadzihalilovic y la fotografía (a cargo, en parte, de su pareja sentimental, el también cineasta Gaspar Noé) transforman este entorno familiar en un espacio opresivo y hostil.



Debut notable y visceral, la cinta constituye una pequeña joya oscura que combina dosis de realismo social de lo que vendría a ser una especie de drama doméstico un tanto sui géneris con, al mismo tiempo, una atmósfera mórbida y una tensión psicológica magistralmente construidas. A este respecto, la presencia de Jean-Pierre (Michel Trillot), un individuo que se muestra extraña y excesivamente afectuoso con la niña protagonista, revela de inmediato el carácter depravado de sus intenciones. La película narra, por lo tanto, la perturbadora experiencia de la víctima bajo el mismo techo que este depredador.

En consecuencia, el apartamento de la tía Solange (Denise Aron-Schropfer) se convierte en un microcosmos hermético del que la candorosa Mimi (Sandra Sammartin) no puede escapar, anticipando de ese modo los escenarios cerrados y ritualizados de futuros largometrajes de la misma directora.



lunes, 15 de octubre de 2018

Clímax (2018)




Director: Gaspar Noé
Francia, 2018, 95 minutos

Clímax (2018) de Gaspar Noé


La ganadora del último Festival de Sitges no es, ni de lejos, una película excesiva. Por el contrario, su director y guionista, Gaspar Noé, ha actuado con total coherencia titulándola Clímax, puesto que lleva a cabo el seguimiento de una celebración orgiástica de consecuencias imprevisibles hasta desembocar en el momento culminante. Si no, la habría titulado Bambi...

Como si de una Divina comedia en sentido inverso se tratase, tres partes bien diferenciadas se aprecian en su desarrollo: el paraíso de los jóvenes que bailan desaforadamente al ritmo de la música disco; el purgatorio que se deriva del hecho de que alguno de los asistentes echa LSD en la sangría y, finalmente, el infierno del delirio, hasta el punto de quedarnos la duda de si lo que estamos viendo es la realidad o la percepción alucinada de quienes han ingerido dicha sustancia.



Con lo explícito de su contenido, que va desde una de las protagonistas orinando en plena pista de baile hasta automutilaciones y demás alborotos propios de la enajenación desatada por las drogas de diseño, Clímax entronca con un determinado tipo de cine destroyer que se está llevando a cabo en Europa, preferiblemente en Francia, y del que cintas como Crudo (2016) de Julia Ducournau o los filmes del inclasificable Bruno Dumont serían los ejemplos más destacados, junto con experimentos más o menos demoledores como The Neon Demon (2016) del danés Nicolas Winding Refn.

En cualquier caso, lo que comienza como la versión futurista de un musical a lo Busby Berkeley, con planos cenitales de las coreografías, termina siendo una pesadilla terrorífica en la línea de la saga [Rec] (2007) de Jaume Balagueró y Paco Plaza. Sólo que aquí no hay elementos paranormales: por desgracia, los participantes de esta rave invierten la escala evolutiva hasta quedar reducidos a simples alimañas que yacen, entre espasmos, por los suelos de una antigua escuela abandonada.