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viernes, 3 de abril de 2020

Notre-Dame de París (1956)




Título original: Notre-Dame de Paris
Director: Jean Delannoy
Francia/Italia, 1956, 115 minutos

Notre-Dame de París (1956) de Jean Delannoy


Il y a quelques années qu’en visitant, ou, pour mieux dire, en furetant Notre-Dame, l’auteur de ce livre trouva, dans un recoin obscur de l’une des tours, ce mot gravé à la main sur le mur : ΆΝΆΓΚΗ. Ces majuscules grecques, noires de vétusté et assez profondément entaillées dans la pierre, je ne sais quels signes propres à la calligraphie gothique empreints dans leurs formes et dans leurs attitudes, comme pour révéler que c’était une main du moyen-âge qui les avait écrites là, surtout le sens lugubre et fatal qu’elles renferment, frappèrent vivement l’auteur. [...] C’est sur ce mot qu’on a fait ce livre.

Victor Hugo
Notre-Dame de Paris

A diferencia de sus predecesoras, filmadas en sobrio blanco y negro, la versión francesa de Notre-Dame de París se rodó en Cinemascope y Eastmancolor, lo cual la convierte en una agradable estampa primorosamente fotografiada por Michel Kelber y con excelentes decorados que recrean cómo era el centro histórico de dicha ciudad a finales del siglo XV. Amén de ser la más fiel al texto de Victor Hugo. Así, por ejemplo, es la única que nos muestra al taimado Frollo (Alain Cuny) practicando la alquimia en el retiro de su celda.

También es la película en la que menos se deforma el rostro de Quasimodo (aunque, a este respecto, no faltará algún guasón que sostenga que, siendo su intérprete Anthony Quinn, tampoco hacía demasiada falta...) Bromas al margen, lo cierto es que el mejicano lleva a cabo un trabajo que nada tiene que envidiar al de sus predecesores. Y además ni siquiera fue necesario doblarle la voz.



Su partenaire era la italiana Gina Lollobrigida, una Esmeralda voluptuosa que, con su sensual vestido rojo, encarna la pasión desenfrenada que despierta a su alrededor. De hecho, se puede afirmar que la cíngara (aquí tampoco interviene su madre biológica, como ya sucediera en la versión de William Dieterle) simboliza la manzana de la discordia por cuyo amor todos rivalizan. Un tentador fruto prohibido por el que lo mismo beben los vientos Frollo o el jorobado que el poetastro Gringoire y el apolíneo Phoebus.

Revisando la nómina de celebridades que participaron en la producción del filme destacan nombres de la relevancia de Jacques Prévert en el guion o el polifacético Boris Vian en un pequeño papel de cardenal. Grandes personalidades cuya labor no pudo impedir, sin embargo, que el filme adolezca de una ligera desventaja respecto a sus hermanas hollywoodenses. Y es la "escasez" de extras que se percibe en las escenas de masas, sobre todo comparado con los centenares de figurantes que hostigaban al campanero cuando éste era interpretado por Lon Chaney o Charles Laughton. Acostumbrados a la monumentalidad de aquellas grandes superproducciones, la explanada frente a la catedral se ve un tanto vacía. Aunque, por otra parte, se trata de una cinta que rezuma la veneración de los franceses hacia uno de sus clásicos imperecederos.


jueves, 23 de noviembre de 2017

El asesino vive en el 21 (1942)




Título original: L'assassin habite... au 21
Director: Henri-Georges Clouzot
Francia, 1942, 84 minutos

El asesino vive en el 21 (1942) de Henri-Georges Clouzot

Apenas una réplica bastaría para dejar constancia de la brillantez que contienen los diálogos de L'assassin habite... au 21. Pierre Fresnay, haciéndose pasar por el pastor protestante Robert Lester y cansado de ver interrumpida la lectura de su libro, pregunta al hombre de la pensión Les mimosas que imita perfecta e incansablemente el canto de cualquier tipo de ave: "¿Le molesta si leo mientras usted silba...?" Fina ironía, similar a la de Hitchcock, sólo al alcance de los más grandes. Como lo era este Clouzot que prácticamente debutaba en la dirección (antes de la guerra, había codirigido un par de largometrajes).

Adaptación de la novela homónima del belga Stanislas-André Steeman (1908–1970), nos encontramos ante un filme policíaco notable en el que se perciben los mismos ambientes tenebrosos y claustrofóbicos del expresionismo alemán. Tal vez porque fue producido por la Continental, la productora controlada por los nazis durante los años de la ocupación y a cuyo estudio, por cierto, ha dedicado últimamente tanto interés el también cineasta Bertrand Tavernier.



Otro rasgo que llama poderosamente la atención de El asesino vive en el 21 son esos tipos tan peculiares que pueblan sus escenas, desde Mila Malou (Suzy Delair), la amante/cantante de ópera que ayudará al inspector Wens a desvelar quién se esconde realmente tras el misterioso Monsieur Durand, hasta el faquir Lalah-Poor (Jean Tissier). Galería de freaks, en cierto modo, y que, pese a su aparente vis cómica, contribuyen a subrayar la visión pesimista del mundo que caracteriza el cine de Clouzot.

Por último, es igualmente remarcable la elegancia de la puesta en escena. Sobre todo en lo que concierne a cómo se va desgranando el misterio hasta finalmente desvelar la identidad del asesino en serie. Como el detalle de dejar su tarjeta de visita en el lugar de los hechos: verdadero gesto de distinción que llevará a Wens a definir al homicida como un "esteta del crimen".