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martes, 12 de febrero de 2019

La clase de piano (2018)




Título original: Au bout des doigts
Director: Ludovic Bernard
Francia/Bélgica, 2018, 105 minutos

La clase de piano (2018) de Ludovic Bernard


Las películas sobre pianos y pianistas constituyen, en sí mismas, un subgénero especialmente prolífico en el ámbito del cine contemporáneo. Así, y aparte del célebre filme homónimo que la neozelandesa Jane Campion dirigiera en 1993, nos vienen a la memoria títulos tan aclamados como la oscarizada cinta de Polanski (2003) o la reciente Green Book (2018) de Peter Farrelly.

Tendencia que, en el caso del cine francés, parece agudizarse aún más si cabe, dando lugar a dramas turbadoramente inquietantes como La pianista (2001) de Haneke, La última nota (La tourneuse de pages, 2006) de Denis Dercourt o De latir mi corazón se ha parado (De battre mon coeur s'est arrêté, 2005) de Jacques Audiard. Nada que ver con un producto de las características de Au bout des doigts (literalmente, "En la punta de los dedos"), que se acaba de estrenar en nuestra cartelera con el poco original título de La clase de piano.



Y es que la previsible historia del joven Mathieu Malinski (Jules Benchetrit), ladronzuelo de los suburbios parisinos capaz, a su vez, de interpretar magistralmente la Rapsodia húngara nº 2 de Liszt, adolece de una total falta de credibilidad. Porque bajo su aparente discurso anclado en la cultura del esfuerzo, el guion esconde, en realidad, una insípida fábula concebida para satisfacer al mismo perfil de espectador que habitualmente se dejaría seducir por los talent show del formato televisivo.

Todo resulta sorprendentemente fácil, por lo tanto, en aras de conseguir dicho objetivo: desde que un profesor del conservatorio (Lambert Wilson) se fije en un muchacho que toca el piano en el metro hasta ganar un reputado concurso interpretando el Concierto nº 2 de Rajmáninov. Elementos que, por desgracia, tienen mucho que ver con la imperante obsesión por el éxito y poco (o nada) con el buen cine.


martes, 11 de abril de 2017

La comunidad de los corazones rotos (2015)




Título original: Asphalte
Director: Samuel Benchetrit
Francia, 2015, 100 minutos

La comunidad de los corazones rotos (2015)


Sin duda, la mejor película del día. Y ya hacía tiempo, además, que no veíamos a la Huppert tan mesurada, actuando como sólo ella sabe (cuando quiere).

Es Asphalte (no vamos a utilizar aquí su largo e innecesario título español) un filme poético en el sentido estricto del término, ya que al atreverse a unir lo en apariencia inconexo plantea un feliz hallazgo: el de las parejas que, en su diferencia, se compenetran pese a todo lo que en teoría debiera separarlas. Así pues, el ama de casa argelina (Tassadit Mandi) y el astronauta de la NASA (Michael Pitt), el adolescente irrebatible (Jules Benchetrit) y la antigua estrella del cine venida a menos (Isabelle Huppert), el retraído vecino en silla de ruedas (Gustave Kervern) y la enfermera solitaria (Valeria Bruni Tedeschi) sabrán reconocer en el otro su sabio complemento.



Por sus localizaciones en un destartalado bloque de pisos de cualquier faubourg de banlieu parisino, Asphalte se halla en las antípodas de Demain tout commence, ese engendro pseudoptimista y anticinematográfico al servicio de Omar Sy. Pero precisamente ahí radica su principal mérito: en lograr descubrir la belleza donde nadie la busca. O lo que vendría a ser lo mismo: en darle la vuelta a la cotidianidad más gris para convertirla en pura imaginación.

En ese sentido, Samuel Benchetrit y su guionista Gábor Rassov consiguen algo que sólo está al alcance de grandes maestros del realismo mágico como Cortázar o García Márquez y es ese mostrar lo irreal o extraño como algo habitual y común. De modo que llega un punto en el que asistimos con total naturalidad a las conversaciones entre Madame Hamida y John McKenzie, quienes, a pesar de hablar distintos idiomas y representar culturas antagónicas, se acaban entendiendo a la perfección, en lo que supone una clara referencia al absurdo del enfrentamiento entre naciones o religiones, al tiempo que convierte en realidad la utopía de un mundo en el que la concordia entre todos no sólo es posible, sino incluso sencilla.