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sábado, 11 de abril de 2026

El ojo en la oscuridad (1975)




Título original: Gatti rossi in un labirinto di vetro
Director: Umberto Lenzi
Italia/España, 1975, 97 minutos

El ojo en la oscuridad (1975) de Umberto Lenzi


Original muestra de giallo, no tanto por su temática (arrebatadoramente sangrienta, como mandan los cánones del subgénero), sino por haberse rodado íntegramente entre Barcelona y Sitges, lejos de las habituales localizaciones italianas que cabría esperar en una cinta de tales características. Así pues, un grupo de turistas norteamericanos llega a la Ciudad Condal dispuesto a conocer sus rincones más pintorescos de la mano de Martínez (Raf Baldassarre), el bromista guía que les acompaña a bordo de un autocar desde el que se divisan las Ramblas, el monumento a Colón, el Tibidabo...

Aunque la calma se verá de súbito interrumpida cuando los cadáveres de una serie de mujeres, invariablemente jóvenes y atractivas, vayan apareciendo en diferentes enclaves con señales de haber sido brutalmente asesinadas. Todas ellas, además, con el denominador común de haberles sido arrancado un ojo, el izquierdo. Dos agentes de la policía local, el veterano inspector Tudela (Andrés Mejuto) y su ayudante Lara (José María Blanco) se harán cargo de la investigación.



Ni que decir tiene que cada miembro del grupo de turistas posee algún secreto oscuro o una perversión oculta, lo cual convierte a todos los personajes en sospechosos potenciales de cara al espectador. Más directo, visceral y acelerado que su compatriota Dario Argento, Lenzi prioriza el impacto visual sobre la lógica interna del guion, como lo demuestra el hecho de que su uso de los escenarios naturales de Cataluña aporta una frescura luminosa que contrasta violentamente con los actos macabros del asesino.

Para los estándares de 1975, Gatti rossi in un labirinto di vetro resulta notablemente explícita. En ese sentido, los efectos especiales de maquillaje se centran sobre todo en la obsesión ocular, mostrando primeros planos de las cuencas vacías que, aunque hoy pueden parecer artesanales, mantienen una efectividad inquietante por su crudeza. Elementos que la banda sonora de Bruno Nicolai tiende a suavizar con un ligero toque de sofisticación pop europea.



sábado, 26 de diciembre de 2020

El mejor alcalde, el rey (1974)




Director: Rafael Gil
España/Italia, 1974, 95 minutos

El mejor alcalde, el rey (1974) de Rafael Gil


SANCHO      Señor, mirad que no os toca
                  tanto mi bajeza honrar.
                  Enviad, que es justa ley,
                  para que haga justicia,
                  algún alcalde a Galicia.
REY           ¡El mejor alcalde, el rey!

Lope de Vega situó la acción de El mejor alcalde, el rey en la Galicia del siglo XII. Se trata, por tanto, de una de sus comedias de temática histórica, basada en un hecho real que recoge la cuarta parte de la Crónica de España de Florián de Ocampo. Sin embargo, los responsables de esta coproducción hispanoitaliana, dirigida por un ya veterano Rafael Gil, creyeron más oportuno que las localizaciones del filme se rodasen en enclaves medievales de Palencia, León, Guadalajara y Segovia. Sabia decisión, considerando que el atractivo de una cinta de tales características, aparte del reclamo de su fuente literaria, pasaba por entretener al espectador con algunas reliquias de nuestro patrimonio arquitectónico.

Colegiata de San Salvador de Cantamuda (Palencia)


Para suplir el esquematismo del texto original se le encargó la adaptación y los diálogos al guionista (y director ocasional en la década de los cuarenta) José López Rubio, quien introdujo algunos cambios respecto a lo expuesto por Lope. Así pues, el personaje de Felicia (Analía Gade), hermana de don Tello y apenas una presencia benévola en la obra en verso, ganaba ahora en perfidia al intentar seducir, sin éxito, al joven Sancho (Ray Lovelock). En cambio, el hallazgo visual de convertir al lobo en encarnación de la tiranía parece haber sido una idea del director.

Felicia (Analía Gadé) y su hermano el conde (Fernando Sancho)


El resto de la trama respeta, esencialmente, lo escrito por el Fénix de los Ingenios hacia 1620 o 1623, si bien el señor feudal pasa a ser aquí un conde (Fernando Sancho), mientras el donaire Pelayo (Pedro Valentín) resulta mucho menos gracioso (sobre todo en el trágico desenlace concebido por López Rubio) comparado con el ocurrente porquero de la pieza teatral. El rey Alfonso (Andrés Mejuto) continúa desempeñando su providencial papel de deus ex machina, de modo que el buen Sancho y la bella Elvira (Simonetta Stefanelli) verán cumplido su sueño de ser marido y mujer.

Sancho (Ray Lovelock) y Elvira (Simonetta Stefanelli)


Cierto que se percibe un tímido intento de poner al día la fórmula Cifesa mediante un erotismo muy incipiente (palpable, por ejemplo, en la escena inicial en el río) o que el hecho de recuperar para el cine la figura de un monarca redentor tal vez obedeciese, relacionado con la situación política que atravesaba el país, a un más que probable oportunismo ante la inminencia de la sucesión al frente de la Jefatura del Estado. Aunque, por lo demás, la película carece de mayor interés, teniendo en cuenta que responde a unos parámetros que, para aquel entonces, habían quedado por completo obsoletos hacía ya mucho tiempo.

El rey Alfonso VII de León (Andrés Mejuto)


miércoles, 15 de julio de 2020

La máscara de Scaramouche (1963)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España/Francia/Italia, 1963, 98 minutos

La máscara de Scaramouche (1963)
de Antonio Isasi-Isasmendi


Hijo ilegítimo de un duque, Robert Lafleur, alias Scaramouche (Gérard Barray) tiene fascinado a todo París gracias a sus dotes histriónicas sobre las tablas y a una fama de seductor irresistible que le precede allá adonde fuere. Sin embargo, la llegada del viejo marqués de Souchil, tras quince años como gobernador de Luisina, dará pie al inicio de las pesquisas para averiguar el origen del cómico. Sobre todo porque éste posee una misteriosa cicatriz en el pecho que, además de aclarar quién fue su padre, podría comprometer la reputación de algún ilustre aristócrata...

Lejos de igualar a su modelo, La máscara de Scaramouche nos habla, sin embargo, de un tiempo en el que Europa intentaba competir con Hollywood a base de coproducciones entre diferentes países que aunaban esfuerzos con la finalidad (casi la esperanza) de ofrecer un producto remotamente parecido a las filigranas surgidas de la meca del cine. De ahí que Isasi y su equipo de guionistas mantuviesen, además del personaje que da título a la película, la estructura básica de enredos amorosos, intrigas cortesanas y duelos de esgrima que ya estaba presente en el filme de George Sidney.



Arrancaba la versión francesa con las notas de "Les comédiens", el clásico de Aznavour, interpretado por Jacqueline François. Aunque en la versión en lengua castellana es una voz masculina sin identificar la que canta aquello de "¡Pasen, señores, grandes y chicos! ¡Entren para admirar a los comediantes...!" Y es que, tal vez porque los medios eran escasos, el rigor histórico pasaba aquí a un segundo plano. Por eso el infame marqués de la Tour (Alberto de Mendoza) habla con un acento argentino que no logra disimular del todo o se hace pasar la catedral de Burgos por la parisina Notre-Dame.

El habitual batiburrillo de nacionalidades en este tipo de proyectos internacionales hace que convivan en el reparto nombres tan dispares como los de la italiana Gianna Maria Canale (la posadera Suzanne) o la francesa Michèle Girardon (Diana, ahijada de Souchil) junto a viejas glorias del cine español como Rafael Durán (Señor de Dubalon) o eternos secundarios como Xan das Bolas (Gino) o Jorge Rigaud (duque de Lacoste). El papel de Pierrot, en cambio, colorido cómplice del protagonista, corrió a cargo de Gonzalo Cañas, una joven promesa cuya carrera empezaba a despuntar por aquel entonces.


miércoles, 7 de agosto de 2019

Dulcinea (1962)




Director: Vicente Escrivá
España/Italia/Alemania, 1962, 92 minutos

Dulcinea (1962) de Vicente Escrivá


A diferencia de las muchas adaptaciones que se han llevado a cabo de la obra de Cervantes, Dulcinea parte de un planteamiento cuando menos insólito: que sea la labriega Aldonza Lorenzo (Millie Perkins) quien, tras tener noticia de la existencia de don Quijote, a través de la misiva que Sancho le entrega en mano, decida transformarse, por voluntad propia, en emperatriz del Toboso. Lo cual supone un cambio trascendental respecto al argumento de la novela, puesto que la sin par, que hasta entonces apenas había sido una quimera forjada en la imaginación del hidalgo, de repente se convierte en un personaje de carne y hueso.

Con esto no sólo varía el punto de vista, sino que, con muy buen criterio, don Quijote pasa a ser un ente in absentia, del que escuchamos la voz y hasta veremos su cuerpo yacente, pero jamás su rostro. Y es que así se evita que el Caballero de la Triste Figura pudiese robarle protagonismo a quien realmente lo merece en esta singular versión de la obra teatral del francés Gaston Baty (1885–1952), que ya había sido llevada a la pantalla por Luis Arroyo en 1947 con Ana Mariscal como protagonista.

"¡No existe Dulcinea!"


Lo singular de la puesta en escena ideada por Vicente Escrivá es que toma como referencia dos filmes, a cuál más prestigioso, a priori bastante alejados de lo que venía siendo la estética predominante en el cine español de los sesenta: El séptimo sello (1957) de Bergman y La pasión de Juana de Arco (1928) de Dreyer (también serviría, en este último caso, la Santa Juana (1957) de Otto Preminger). 

De la primera toma el grupo de cómicos de la legua con los que se cruza Aldonza/Dulcinea al dejar atrás su pueblo o el aspecto austero del cura que administra la extremaunción a Alonso Quijano y que recuerda, en todo, a la Muerte tal y como la imaginara el cineasta sueco en la ya mencionada película. De Juana de Arco, una vez condenada al suplicio, procede el detalle de que le rapen la cabellera, así como el juicio sumarísimo al que la someten los inquisidores. Motivos, todos ellos, que acaban confiriendo al conjunto, pese a sus muchos méritos, un sorprendente enfoque de exaltación cristiana ajeno al espíritu cervantino y más propio del nacionalcatolicismo franquista.

La picaresca también hace acto de presencia:
Antonio Ferrandis (centro) caracterizado como mendigo

domingo, 9 de abril de 2017

Sierra de Teruel (1945)




Título original: L'espoir
Directores: André Malraux y Boris Peskine
España/Francia, 1938-1945, 72 minutos



« Les hommes ne meurent que pour ce qui n'existe pas... »

L'espoir
André Malraux

A pesar de sus imperfecciones y pese a estar inacabada, es Sierra de Teruel una película digna de ser tenida en consideración por diversos motivos. De entrada porque fue concebida por dos intelectuales de altos vuelos: el francés André Malraux y el español (aunque moriría siendo mejicano) Max Aub. Al primero se deben la dirección y la novela L'espoir; el segundo, notable escritor e insigne exiliado, se encargó de traducir los diálogos al castellano.

Visualmente, Sierra de Teruel posee una factura cercana al cine soviético, si bien prefigura lo que pocos años después será el neorrealismo italiano al captar, en algunas de sus secuencias, la miseria producto de la contienda bélica.



Rodada entre 1938 y 1939, la cinta debió sufrir diversas vicisitudes hasta su estreno en Francia en 1945. De entre sus muchos momentos memorables destaca especialmente, por la fuerza de su puesta en escena, la larga procesión final que, acompañada por los emotivos acordes de la marcha fúnebre compuesta por Darius Milhaud, muestra a los combatientes y simpatizantes republicanos en improvisado cortejo de unos difuntos aviadores a lo largo de la estrecha vereda en la falda de una montaña.



Ni que decir tiene que, en España, como tantas otras películas afectadas por la censura del régimen franquista, no llegaría a exhibirse hasta 1977.


jueves, 24 de marzo de 2016

Proceso a Jesús (1974)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1974, 101 minutos

Proceso a Jesús (1974) de Sáenz de Heredia


El guionista y dramaturgo italiano Diego Fabbri (1911–1980) fue el autor de la pieza teatral Proceso a Jesús, adaptada para la gran pantalla en 1974 por José Luis Sáenz de Heredia y con guion de José María Sánchez Silva (el de Marcelino pan y vino) y Julián Cortés Cabanillas.

Si la obra de teatro plantea una situación sugerente (un grupo de actores judíos interpreta cada noche un juicio en el que se intenta dilucidar si Jesús de Nazaret fue realmente culpable o si, por contra, hubiera merecido ser absuelto), interactuando incluso con el público, a la versión cinematográfica le falta frescura desde el minuto uno. Cierto que convierte a los personajes en sefardíes, trasladando la acción a Toledo, concretamente a la sinagoga del Tránsito, y que cuenta con un reparto donde destacan grandes actores de la talla de José María Rodero (David), Alfredo Mayo (Profesor Bellido), Mónica Randall (Sara), José María Caffarel (Poncio Pilatos), Julia Gutiérrez Caba (una espectadora) o Andrés Mejuto (Doreni), pero ello, lejos de aportarle originalidad, le resta frescura y, sobre todo, credibilidad.

Pasa un poco lo mismo con los aparentes y oportunistas aires de modernidad que, ya en los títulos de crédito iniciales, pretenden enlazar la película con una estética pop a lo Jesucristo superstar (estrenada apenas un año antes). Igualmente innecesaria parece la presencia del comisario Funes entre el público, insinuando que "alguno o algunos actores andan metidos en un mal asunto" sin que luego acabe de concretarse exactamente en qué.

Tal vez se deba a que ha envejecido mal o quizá se trate de un problema de base (motivado por el hecho de que Sáenz de Heredia, en la recta final de su carrera, pertenecía a otra época, con otro lenguaje muy distinto), pero en todo caso Proceso a Jesús padece un acartonamiento evidente que, a día de hoy, hace difícil que pueda mantener su vigencia (si es que alguna vez la tuvo).