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jueves, 13 de agosto de 2026

Barbarian (2022)




Título en español: Bárbaro
Director: Zach Cregger
EE.UU./Bulgaria, 2022, 102 minutos

Barbarian (2022) de Zach Cregger


Antes de arrasar con Weapons (2025), el director Zach Cregger ya había hecho sus pinitos en el cine de terror gracias a Barbarian (2022), cinta que plantea no pocos paralelismos con la susodicha y cuya acción se sitúa en Brightmoor, un antiguo barrio residencial de Detroit al que la recesión económica (más algún que otro inconveniente que el espectador irá descubriendo conforme avanza la trama) condenaron a la decadencia y gradual abandono por parte de sus vecinos. El caso es que Tess (Georgina Campbell) llega de noche y descubre que la casa ya está ocupada por Keith (Bill Skarsgård), por lo que a partir de ese momento, y durante los primeros cuarenta minutos, cada gesto del joven, a pesar de sus esfuerzos por resultar amable, activa las alertas de la protagonista (y de paso las nuestras), condicionados por los códigos habituales del género.

Aun así, lo que verdaderamente llama la atención de Barbarian es su osada estructura narrativa fragmentada. Y es que justo en el punto álgido del conflicto en el sótano, la película corta bruscamente hacia la presentación de AJ (Justin Long), un actor de Hollywood envuelto en acusaciones de agresión sexual, por parte de una compañera de reparto, que viaja a Detroit para tasar sus propiedades. Dicha interrupción rompe de forma deliberada el ritmo convencional, a la vez que introduce un contrapunto cómico y hasta corrosivo. De hecho, el personaje de AJ aporta incluso un matiz de sátira social sobre la hipocresía masculina, creando un enorme contraste con la claustrofobia que sufre Tess.



En otro orden de cosas, el hecho de que una parte muy concreta de la historia, pero decisiva, se desarrolle durante los años ochenta lleva implícita una crítica velada contra las políticas neoliberales implementadas a partir de aquella década por la Administración Reagan. No de otra forma hay que entender el estado ruinoso en el que se encuentra el vecindario, independientemente de que alguien se dedique a cometer atrocidades en el sótano de una de las viviendas. 

Asimismo, tampoco es casualidad que la casa en cuestión, situada en el número 476 de la calle Barbary (doble alusión al título original, tomando como referencia el año de la caída del Imperio Romano de Occidente a manos de los bárbaros), se haya puesto en alquiler a través de Airbnb. En ese sentido, la imagen que se ofrece de la mencionada plataforma no puede ser peor, ya que además de provocar que hasta tres usuarios distintos (el trío protagonista) coincidan en el mismo alojamiento, el contraste entre el barrio devastado y la casa impecablemente remodelada sugiere el abandono urbano y la gentrificación propias de las comunidades olvidadas por las instituciones.



miércoles, 15 de julio de 2026

La muerte de Robin Hood (2026)




Título original:  The Death of Robin Hood
Director: Michael Sarnoski
EE.UU., 2026, 122 minutos

La muerte de Robin Hood (2026) de Michael Sarnoski


Enésima recreación cinematográfica de un personaje cuya presencia fílmica, lejos de agotarse, se ha mantenido presente a lo largo del tiempo, abarcando todas las épocas de la historia del cine. Sin embargo, The Death of Robin Hood (2026) ofrece una nueva dimensión del arquero de Sherwood, presentándolo como un villano moribundo que tal vez se benefició del éxito de una leyenda esencialmente falsa. En ese sentido, la película de Michael Sarnoski nos habla de la muerte de los ideales en un momento histórico en el que, faltos de héroes en quienes confiar, parece que lo que cunde es el desánimo.

En ese mismo orden de cosas, Hugh Jackman se mete en la piel de un individuo hosco, ya entrado en años, tan oscuro como la fotografía tenebrosa de Pat Scola, con el objetivo de desmitificar la figura de quien realmente no fue sino un hombre controvertido, con no pocos crímenes a sus espaldas. A tal efecto, el guion del propio Sarnoski toma como punto de partida una balada original del siglo XVII para llevar a cabo una de las visiones más ásperas y poéticas jamás filmadas sobre Robin Hood. El resultado es un drama existencial que constituye, al mismo tiempo, la deconstrucción descarnada sobre cómo la historia deforma la verdad para crear leyendas con las que podamos sobrevivir.



La acción se sitúa en la Inglaterra de 1247, cuando el protagonista ya no es un joven ágil, sino un anciano demacrado, con barba y melena gris descuidada, que vive en un exilio autoimpuesto en las montañas, carcomido por el remordimiento. Asimismo, la violencia de las reyertas en que se ve involucrado resulta rápida, visceral, y está desprovista de cualquier tipo de romanticismo. El caso es que, tras ser gravemente herido y reencontrarse brevemente con un Little John (Bill Skarsgård) cansado y transformado por los años, Robin busca refugio en un convento. Y allí es donde entra en escena la hermana Brigid (Jodie Comer), en una dinámica interpretativa que se acaba convirtiendo en el auténtico corazón de la historia.

Visualmente, la película destaca por su ya mencionada apariencia sombría. Fotografiada en gloriosos 35mm, la cinta renuncia a los habituales focos de los blockbusters y abraza la luz natural. Así el espectador se siente transportado a una Cumbria medieval, filmada en los impresionantes parajes de Irlanda del Norte, donde el barro, la nieve y la penumbra dominan la pantalla. No se trata, pues, de una cinta de aventuras veraniega, sino más bien de un drama psicológico otoñal de la factoría A24. De ahí que Sarnoski prefiera el vacío existencial a un espectáculo de flechas y capas verdes que hoy se vería ya por completo desfasado.



viernes, 17 de abril de 2026

Prime Crime: A True Story (2025)




Título original: Dead Man's Wire
Director: Gus Van Sant
EE.UU., 2025, 104 minutos

Prime Crime: A True Story (2025) de Gus Van Sant


Lo que en principio estaba previsto que fuese una película dirigida por Werner Herzog y protagonizada por Nicolas Cage ha terminado convirtiéndose en el último trabajo de Gus Van Sant, uno de esos cineastas un tanto olvidados que vuelve ahora a la palestra con Dead Man's Wire (2025). Basada en hechos reales (como recalca el insólito título que le han puesto en España), la cinta recrea el secuestro, a punta de escopeta y a manos de un colérico cliente despechado, del presidente de una compañía de crédito hipotecario.

Abandonando la introspección poética que lo hiciera célebre gracias a títulos como Elephant (2003), Last Days (2005) o Paranoid Park (2007), Van Sant dirige un vibrante y ácido thriller de época que reconstruye el increíble caso real de Tony Kiritsis (interpretado por el sueco Bill Skarsgård), un hombre que, en 1977 y tras sentirse estafado por su banco, decide retener al ejecutivo Richard Hall (Dacre Montgomery) de una forma aterradora: atándole una escopeta recortada al cuello con un cable conectado al gatillo.



La impecable estética setentera, a cargo de James Wise y Stefan Dechant, unida a la fotografía de Arnaud Potier, recrean en pantalla unos acontecimientos que en su día supusieron un auténtico evento mediático nacional. Asimismo, la banda sonora de Danny Elfman subraya perfectamente ese tono de comedia negra y tragedia inminente, a medio camino entre el drama social y la sátira criminal, que se respira de principio a fin de la trama. Como también aporta una nota interesante el personaje al que da vida Colman Domingo, un locutor de radio llamado Fred Temple que tendrá un papel determinante en la historia.

Aunque es, sin duda, la presencia en el reparto del mítico Al Pacino, en el papel de potentado hombre de negocios, padre del rehén, la perla de un filme incómodo y oportuno, de los más energéticos y entretenidos que haya rodado en décadas su director. Y es que en un momento de descontento social a nivel global, Van Sant mira hacia atrás para recordarnos que la mecha de la rabia contra las instituciones siempre ha estado ahí, sólo que ahora disponemos de mejores cámaras para grabarla.



sábado, 28 de diciembre de 2024

Nosferatu (2024)




Director: Robert Eggers
EE.UU./Reino Unido/Hungría, 2024, 132 minutos

Nosferatu (2024) de Robert Eggers


Los seres llamados vampiros existen; algunos de nosotros tenemos pruebas irrefutables. Pero aun cuando no contásemos con una dolorosa experiencia, las enseñanzas y testimonios escritos del pasado aportan pruebas suficientes para toda persona sensata. […] El nosferatu no muere como la abeja, cuando pica. Al contrario, se vuelve más fuerte; y al ser más fuerte, tiene más poder para hacer el mal. El vampiro que hay entre nosotros tiene la fuerza de veinte hombres y es más astuto que cualquier mortal, pues su sagacidad ha ido aumentando con los siglos. […] Así que, ¿cómo entablaremos la lucha para destruirle? ¿Cómo descubriremos dónde está, y una vez descubierto, cómo le destruiremos?

Bram Stoker
Drácula (1897)
Traducción de Francisco Torres Oliver

Viviendo como vivimos en la sociedad del empacho, cabía esperar que el remake de Nosferatu (2024) pecase de excesivo. Independientemente de que su teórico modelo, una de las joyas del expresionismo alemán, fuese más bien un ejemplo de austeridad en lo que a efectismo se refiere. Pero hace cien años el cine estaba como quien dice en pañales, mientras que a los espectadores de hoy en día, hijos del mundo desmesurado al que pertenecen, o se les da un poco de carnaza o difícilmente reaccionarán ante la avalancha de estrenos y demás productos audiovisuales que tienen a su disposición.

Dicho lo cual, y a pesar de esas mismas reservas, hay que señalar que Robert Eggers salva con nota el reto de actualizar el clásico de Murnau. Por lo menos en cuanto a fotografía y ambientación se refiere. A este respecto, se percibe enseguida en el trabajo de Jarin Blaschke el influjo de pintores románticos como Caspar David Friedrich en esas atmósferas nebulosas, incluso gélidas, en las que el conde Orlok (que no Drácula) siembra su maligno rastro de podredumbre. En ese sentido, el sueco Bill Skarsgård compone un vampiro fuera de lo común cuyo rostro permanece en el anonimato hasta bien avanzado el metraje. Es de hecho su voz, gutural y profunda, lo que impone verdadero terror. Willem Dafoe, en cambio, es un profesor Albin Eberhart von Franz con cierto toque cómico, mientras que Lily-Rose Depp y Nicholas Hoult, como matrimonio Hutter, y Aaron Taylor-Johnson y Emma Corrin, en el papel de los Harding, están más que correctos.



Por otra parte, el joven cineasta norteamericano, del cuál ya comentamos La bruja (2015) y El faro (2019), no tiene bastante con adaptar el clásico de hace un siglo, sino que también se perciben en este su último largometraje ecos de la versión muda que el propio Murnau hiciera de Fausto (1926), por ejemplo cuando la sombra del maligno sobrevuela la ciudad. Homenaje que pudiera hacerse extensible, asimismo, a su predecesor Werner Herzog, razón por la que sitúa los exteriores en las mismas localizaciones de la República Checa en las que se filmó Nosferatu, vampiro de la noche (1979). Y ya puestos a decir, hasta el mostacho que luce la fiera, y que nunca llevaron ni Max Schreck ni Klaus Kinski, remitiría más bien a la novela de Bram Stoker, donde sí se especifica que el protagonista es un anciano de prominente bigote blanco. 

En resumen, con su monumental aportación (siempre más espectacular, si cabe, si se tiene ocasión de disfrutarla, como ha sido nuestro caso, en la magnífica pantalla del Phenomena), Eggers demuestra una vez más que está llamado a ser uno de los grandes directores del cine de terror, si bien lo hasta ahora expuesto a propósito de Nosferatu da fe de la compleja red de fuentes de la que bebe un mito atemporal del que nunca se llega a escribir la última página.