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martes, 31 de marzo de 2026

Balandrau, vent salvatge (2026)




Título en español: Balandrau, viento salvaje
Director: Fernando Trullols
España, 2026, 119 minutos

Balandrau (2026) de Fernando Trullols


El excelente momento que vive el cine catalán, tras el éxito reciente de títulos como Casa en flames (2024), se ve de nuevo refrendado con Balandrau, vent salvatge (2026), correcta cinta ambientada en unos hechos acaecidos hace un cuarto de siglo. Como suele ser habitual en este tipo de películas a propósito de desastres naturales, los protagonistas se las prometen muy felices al inicio de lo que debería ser una sencilla excursión familiar. Sin embargo, los elementos se conjuran contra los montañeros y el temible torb (viento de ventisca característico del Pirineo) los envuelve en una nube huracanada de fatales consecuencias.

Tras la tragedia, y como mandan los cánones de este peculiar subgénero, la acción se desdobla en dos tramas paralelas: una que sigue a los supervivientes (y sus esfuerzos ímprobos por no sucumbir entre la nieve y el hielo) y otra dedicada a cubrir las tareas de rescate por parte de un equipo de socorristas altamente implicado en el rastreo de los rincones de más difícil acceso.



Aparte de lo típico, la puesta en escena de Fernando Trullols se caracteriza por la presencia de elementos simbólicos de enorme belleza, como esos rebecos que aparecen en momentos clave de la historia, en lo alto de un risco o abriéndose paso a través de la nieve, testigos solitarios del drama que se desarrolla en la cima de la montaña. Asimismo, los diálogos contienen réplicas que se repiten en boca de distintos personajes ("¿Cómo lo haces?"), estableciendo un hermoso paralelismo entre víctimas y socorristas.

Aunque uno de los puntos fuertes de Balandrau reside, sin duda, en su reparto, que incluye actuaciones memorables de todos los intérpretes, con especial mención para Marc Martínez, impecable en su papel de jefe del equipo de rescate. Y lo mismo pudiera decirse de Álvaro Cervantes en su lucha denodada contra las inclemencias meteorológicas o de la difícil tesitura a la que debe hacer frente el personaje de  Francesc Garrido a la hora de gestionar la situación ante los familiares de los fallecidos. Puntos fuertes, en definitiva, de una obra que trasciende la catástrofe para convertirse en un estudio sobre la fragilidad humana.



lunes, 28 de julio de 2025

Les irresponsables (2025)




Título en español: Las irresponsables
Directora: Laura Mañá
España, 2025, 91 minutos

Les irresponsables (2025) de Laura Mañá


La directora y actriz Laura Mañá da muestras de un enorme talento para la comedia en Les irresponsables (2025), especie de vodevil moderno en torno a un grupo de mujeres cuyas respectivas existencias, siempre al servicio de los demás, parecen haber llegado a un callejón sin salida. Tres perfiles muy distintos que, sin embargo, llegarán a encajar y complementarse durante un disparatado fin de semana en el que puede pasar (y de hecho ocurre) de todo.

Aparte de los recursos propios del género, con réplicas geniales en unos diálogos que no tienen desperdicio, tanto la música incidental como determinados efectos de sonido contribuyen a generar una atmósfera muy cercana a la de los cartoons de dibujos animados. Lo cual le viene muy bien a una película que, en el fondo, plantea cuestiones mucho más serias de lo que a priori cabría pensar.



Andrea (Àgata Roca) se enfrenta a la cruel situación de ser relegada como entrenadora después de haberlo conseguido todo al frente de su equipo de fútbol. En especial porque el presidente del club, el típico garrulo con pasta, pretende convertirla en la ayudante del nuevo técnico; su hermana Lila (Laia Marull), veterinaria de profesión, atraviesa una fase depresiva porque cree que Gus (Jordi Sánchez) la ha dejado para irse con su mejor amiga; por último, Núria (Betsy Túrnez) se refugia en una fantasía romántica con un apuesto italiano para huir de su triste realidad de logopeda harta de niños maleducados.

Las tres protagonistas tienen en común que han llegado a un punto de no retorno, cada cual por diferentes vías, del que de pronto deciden salir haciendo el máximo ruido posible. Aunque para ello tengan que arrasar la preciosa casa inteligente, repleta de cotizadas obras de arte y demás objetos de valor, que les han prestado. Todo un embrollo, adaptación de la pieza teatral homónima del argentino Javier Daulte, con el que en realidad se pretende abordar la relación entre amigas y hermanas que, en lugar de ceder a los envites del edadismo y la menopausia, optan por plantarle cara sin complejos.



miércoles, 17 de octubre de 2018

Las horas del día (2003)




Director: Jaime Rosales
España, 2003, 103 minutos

Las horas del día (2003) de Jaime Rosales


El debut en la dirección de Jaime Rosales ponía ya de manifiesto algunas de las constantes que después se han mantenido en su cine hasta la reciente Petra (2018) que ayer comentábamos. Un estilo  frío y distante, caracterizado por tomas largas, en el que la violencia queda a menudo en off y que, en su momento, convirtieron al director barcelonés en émulo aventajado de Haneke.

Mostrar el día a día de un asesino en serie es un planteamiento tan perturbador como filmar la vida cotidiana de un terrorista, tal y como haría cinco años después en Tiro en la cabeza (2008). Y después está la crueldad, ese sadismo gratuito a base de comentarios lacerantes del que hace gala Jaume en Petra y que en Las horas del día se manifiesta cuando, en pleno banquete de boda, Abel (Alex Brendemühl) le confiesa a su mejor amigo (Vicente Romero) que la novia se le insinuó en cierta ocasión.



La acción transcurre en un paisaje urbano absolutamente anodino, sin música incidental ni subrayados de ningún tipo. Es un ambiente cutre como la vida misma, de trenes de cercanías, lavabos públicos y boutiques de barrio de ropa unisex en las que nunca entra nadie a comprar.

Decía ayer Rosales, quien se declaraba católico durante el coloquio posterior al preestreno de Petra en la Filmoteca de Catalunya, que Dios se alegra cuando actuamos bien y se entristece cuando actuamos mal, pero que nunca interviene. Curiosa, a la par que angustiante reflexión, toda vez que nos deja a nuestro libre albedrío, exentos de cualquier asomo de amparo frente a la crudeza del mundo. Es ese vacío, precisamente, el que se percibe en la mirada de Abel, en la frialdad de su conducta, y que contrasta con el ensañamiento con el que se ceba sobre unas víctimas que, según parece, elige aleatoriamente.


domingo, 12 de febrero de 2017

Truman (2015)




Director: Cesc Gay
España/Argentina, 2015, 108 minutos

Truman (2015) de Cesc Gay


Que una película comience con una melodía de Toti Soler es el mejor de los presagios. Que se irán gradualmente confirmando a medida que avanza el metraje de Truman, vencedora en la edición de los premios Goya del año pasado con cinco galardones y un elenco de actores que tira de espaldas: Ricardo Darín, Javier Cámara, Eduard Fernández, Àlex Brendemühl, José Luis Gómez, Pedro Casablanc, Javier Gutiérrez, Àgata Roca, Francesc Orella, Silvia Abascal...

Decir a estas alturas lo bien que actúan Darín y Cámara puede sonar a broma, pero es que realmente es así: qué fácil hacen que parezca y qué complejo, a la vez, meterse en la piel de unos personajes con semejante carga emocional. Y si, por otra parte, ya de por sí resulta complicado definir la verdadera amistad, sobre todo cuando se mezcla con la enfermedad irreversible de uno de los protagonistas, Cesc Gay acierta, sin embargo, a plasmarla en imágenes como si tal cosa.



La mayoría de críticas, elogiosas (por otra parte), que recibió Truman coincidían en señalar la habilidad del realizador catalán a la hora de eludir el drama lacrimógeno en que podría haberse convertido un planteamiento de tales características. Pero a partir del instante en el que se sitúa al perro en el centro de la trama, como testigo mudo del vendaval de emociones suscitado a raíz del diagnóstico de su amo, la cosa se suaviza. Porque ya no se trata tanto de la aflicción motivada por los problemas de salud de Julián (Darín) en su entorno más inmediato, con las consiguientes muestras de afecto (las que se exteriorizan y, más significativas aún, las palabras que no se pronunciarán jamás), sino de la comicidad a que dan pie las situaciones que se viven al intentar buscarle un nuevo hogar al dogo.

Con todo, que nuestra atención se desvíe momentáneamente del amo al perro no es óbice para que la verdad incómoda siga ahí. En ese sentido, quizá sería interesante analizar la actitud de la pareja protagonista desde la perspectiva de la inteligencia emocional: en el caso de Tomás (Javier Cámara), porque considera más sensato desplazarse desde Canadá para apoyar a su mejor amigo; y en el de Julián, porque no le importa ir hasta Ámsterdam para celebrar el cumpleaños de su hijo. Es decir: ambos son capaces, en un momento crítico, de saber priorizar qué cosas valen realmente la pena. Y de ahí el éxito cosechado por la película, ya que el común de los mortales (como tal vez le ocurre a Paula, el personaje encarnado por la argentina Dolores Fonzi) no sabríamos encajar con esa mezcla de humor y filosofía una disyuntiva de dicho calibre.