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viernes, 21 de abril de 2023

Las aguas bajan negras (1948)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1948, 110 minutos

Las aguas bajan negras (1948)


¡Sí, yo también nací y viví en Arcadia! También supe lo que era caminar en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme en los arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde. Por la mañana, el rocío dejaba brillantes gotas sobre mis cabellos; al mediodía, el sol tostaba mi rostro; por la tarde, cuando el crepúsculo descendía de lo alto del cielo, tornaba al hogar por el sendero de la montaña, y el disco azulado de la luna alumbraba mis pasos. Sonaban las esquilas del ganado; mugían los terneros; detrás del rebaño marchábamos rapaces y rapazas cantando a coro un antiguo romance. Todo en la tierra era reposo; en el aire, todo amor. Al llegar a la aldea, mi padre me recibía con un beso. El fuego chisporroteaba alegremente; la cena humeaba; una vieja servidora narraba después la historia de alguna doncella encantada, y yo quedaba dulcemente dormido sobre el regazo de mi madre.

Armando Palacio Valdés
La aldea perdida (1903)

El asturiano Armando Palacio Valdés (1853-1938) subtituló La aldea perdida con un elocuente "Novela-poema de costumbres campesinas" que dejaba entrever la visión idealizada del mundo bucólico en el que había transcurrido la infancia del escritor. No en vano, los envites del progreso, ávido del carbón oculto bajo el manto verde de los valles astures, darían al traste con aquel y otros paraísos, cuyos cauces, en lo sucesivo, iban a teñirse del mismo color oscuro que brotaba de las entrañas de la tierra.

Más que una adaptación propiamente dicha, Las aguas bajan negras (1948) se inscribe en un tipo de cine, muy característico, por otra parte, de la España de los cuarenta, que buscaba su inspiración en fuentes literarias ilustres, aunque sin necesidad de ceñirse a rajatabla ni al argumento ni al espíritu de la letra impresa. En ese aspecto, la voz en off con la que se abre la película, correspondiente a don Armando (Manuel Kayser), trasunto del autor y, como se verá, uno de los personajes secundarios de la trama, hace hincapié en que la aldea de Rubiercos sucumbió "porque Dios lo había dispuesto así. Porque todo termina y porque la felicidad y el bienestar no están en las cosas mudables, sino dentro del alma de cada uno."

Nolo (Adriano Rimoldi)


Queda claro, por lo tanto, que el enfoque del guion de Carlos Blanco difiere esencialmente del planteamiento original (y aun lo tergiversa) al traer a colación la voluntad divina o la prosperidad económica para justificar la profanación del medio ambiente en aras del desarrollo material. De lo que cabe inferir que los postulados autárquicos y nacionalcatólicos del franquismo se estaban colando en un discurso que, a priori, pretendía defender todo lo contrario. De ahí la relevancia que adquiere la figura del padre Prisco (Luis Pérez de León) como encargado de dorar la píldora a los lugareños para que acepten sumisamente los beneficios que pudieran derivarse de la explotación minera de sus terrenos.

Por lo demás, José Luis Sáenz de Heredia dirige con solvencia una historia de marcado acento local, rodada parcialmente en un enclave idílico del concejo de Langreo y que contó con la participación de los Coros y Vaqueros de Alzada de Luarca, lo cual confiere un cierto toque folclórico a algunas de las escenas. Aparte del regusto campestre y decimonónico de la producción, con ecos continuos de las guerras carlistas, llama poderosamente la atención que, si bien algunos personajes se sitúan en bandos irreconciliables, con Goro (José María Lado) abominando del progreso y don César (Fernando Fernández de Córdoba) defendiendo la presencia de los mineros en el lugar, al final unos y otros harán las paces para llegar a la conclusión de que, con desarrollo o sin él, los pecados capitales ante los que sucumbe el ser humano, lo mismo hace cuarenta siglos que hoy día, siguen siendo siete.



domingo, 23 de enero de 2022

Angustia (1947)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1947, 88 minutos

Angustia (1947) de J.A. Nieves Conde


Un científico encerrado en su laboratorio cuyos esfuerzos no se ven recompensados con el éxito; un violonchelista que no logra arrancar de su instrumento la ansiada melodía que le ronda por la cabeza desde hace varias semanas; una tía solterona cargada de dinero y de prejuicios; una casa de huéspedes como única fuente de ingresos para la pareja protagonista. Y, para colmo, un horrible suceso que, aparte de acarrear incertidumbre, amenaza con destruir los sueños de Elena (Amparo Rivelles) y Marcos (Adriano Rimoldi).

Segunda película dirigida por José Antonio Nieves Conde (aunque primera de las que se conservan), Angustia (1947) combina sabiamente una serie de elementos propios del thriller y el cine negro que, además, enlazan a la perfección con la magnífica partitura compuesta por el vasco Jesús Guridi. A este respecto, resulta de enorme interés la escena en la que las notas de un conjunto orquestal (la Sinfónica de Madrid) que está ofreciendo un concierto empalman, sin solución de continuidad, con la secuencia del crimen de la señora Jarque (María Francés): imágenes de cierto regusto expresionista, toda vez que las sombras de la acción nocturna adquieren una ambigua apariencia onírica.



El hecho de que Marcos haya soñado la noche anterior que era él mismo quien mataba a la anciana lo convierte en principal sospechoso de un asesinato en el que todos los indicios parecen acusarle. A partir de ese momento, un inspector amigo de la familia (Rafael Bardem) se encargará de reconstruir el extraño rompecabezas en torno a una muerte violenta que, por desgracia, no va a ser la única.

Al margen de la intriga policíaca y el afán por descubrir al culpable, los diálogos de Angustia contienen diversas alusiones al carácter soñador de algunos de los personajes. Caso, por ejemplo, de Marcos, a quien no sólo no se le perdona su condición de extranjero, sino que continuamente se le echa en cara que no haga nada de provecho. Apología del pragmatismo, no exenta de ironía, que los guionistas del filme quisieron atenuar situando la acción en un impreciso contexto que no se corresponde ni con la España de la época ni con ninguna otra sociedad mínimamente reconocible.



domingo, 19 de diciembre de 2021

Sendas marcadas (1957)




Director: Juan Bosch
España, 1957, 86 minutos

Sendas marcadas (1957) de Juan Bosch


Filme episódico en torno a la idea de hasta qué punto nuestras vidas están marcadas por el destino. Rodado en los Estudios IFI, si bien la producción corría por cuenta de Alexandre Martí Gelabert (1918-2015), el creador de Urania Films, Sendas marcadas (1957) contiene cinco historias diferentes narradas al calor de la lumbre durante una noche de tormenta. Previamente, el inspector Ortega (Adriano Rimoldi) había llegado, custodiando a un peligroso malhechor, al albergue de montaña en el que transcurren los hechos.

El primero de los relatos plantea una típica situación de suspense: la de dos individuos de asombroso parecido físico (un financiero y el gerente del hotel en el que se hospeda) y cómo este último decide suplantar la personalidad del acaudalado hombre de negocios. A continuación, la temática girará hacia el género fantástico mediante lo que le ocurrió a un esquiador un año atrás cuando, tras haber participado en una competición, se pierde entre la niebla de un bosque donde socorre a una misteriosa mujer malherida que lo invita a ir a su casa.



En esa misma línea fantasmagórica, aunque su protagonista sea el cómico Paco Martínez Soria, se sitúa el episodio siguiente, el único de ambientación urbana: el espíritu de la muchacha a la que atropelló hace un par de años se le aparece a un taxista para pedirle que la lleve en busca de su prometido. Acto seguido, la trama recupera las peripecias del ya mencionado inspector Ortega para aclarar quién es el delincuente al que ha dado caza en las inmediaciones del hostal. Por último, el anciano propietario del refugio cuenta la tierna historia de un chiquillo sin regalo de Reyes y la desaparición de una figura del niño Jesús.

Ópera prima del cineasta catalán Joan Bosch i Palau (1925–2015), su ambientación invernal, con escenas rodadas en las nieves del Pedraforca, la convierte en una película ideal para estas fechas prenavideñas.



lunes, 16 de noviembre de 2020

Azafatas con permiso (1959)




Director: Ernesto Arancibia
España, 1959, 93 minutos

Azafatas con permiso (1959)
de Ernesto Arancibia


Un autobús llega cargado de turistas al Museo del Prado y las atractivas y algo bohemias Celia (Silvia Morgan) y María (Diana Maggi) se confunden entre el gentío para robar carteras... Elegante y bobalicona, Azafatas con permiso se inscribe en el mismo registro de comedia ligera que Los tramposos (de hecho, se estrenó tres meses antes que la cinta de Pedro Lazaga), si bien no puede decirse que haya gozado del mismo predicamento.

La dirigió el argentino Ernesto Arancibia (1904–1963) cuatro años antes de su fallecimiento y contó con la participación estelar del italiano Adriano Rimoldi en un típico papel de galán maduro y mujeriego del que se enamoran las dos protagonistas. Un Antonio Garisa travestido y el bueno de Manuel Alexandre, quien encarna al disparatado Agente C-38, aportaban su habitual nota histriónica como secundarios de lujo.



Pero Celia y María, que son mangantes más por necesidad que por vocación, aspiran a ver mejorado sensiblemente su estatus social, por lo que se alían con Pepe "El viudo" (Garisa) para hacerse pasar por sofisticadas azafatas de vuelo que están de vacaciones (de ahí el título de la película) y se trasladan a Málaga para desplumar a algún incauto que se cruce en su camino.

El elegido será Alberto Suárez (Rimoldi), un viudo que, a pesar de estar a punto de contraer matrimonio en segundas nupcias con Gloria (Mary Lamar), se dedica a ir de flor en flor, causando los celos de su prometida, que pone tras sus pasos a C-38 para que tome buena nota de sus aventuras, y la pesadumbre de su hija Betty (Pilarín Casanova), decepcionada al constatar el carácter promiscuo de su padre. Huelga decir, sin embargo, que al final todos estos equívocos quedarán resueltos con la misma simplicidad que preside la trama de principio a fin.



domingo, 1 de noviembre de 2020

Los chicos (1959)




Director: Marco Ferreri
España, 1959, 80 minutos

Los chicos (1959) de Marco Ferreri


Es un Madrid gris, de churrerías mugrientas y cines en la Gran Vía que vetan la entrada a los jóvenes cuando la película no es apta para menores de dieciocho años; una capital de aspirantes a torero y mutilados de guerra cuya languidez, palpable en las calles y las caras de sus gentes, deja entrever la falta de expectativas de unos mayores vencidos y una juventud sin futuro.

La mirada del italiano Marco Ferreri, impregnada de neorrealismo y por fuerza más objetiva, tratándose de un extranjero, abordaba su segunda película en nuestro país con el ánimo un tanto escaldado tras el fracaso comercial de El pisito (1958), por lo que se propuso rodar un drama coral con actores no profesionales que dejasen constancia de la apatía reinante en el ambiente.



Retrato generacional protagonizado por Chispa (José Luis García), Carlos (Alberto Jiménez), El Negro (Joaquín Zaro) y Andrés (José Sierra): los cuatro chicos a los que alude el título de una cinta que, más de sesenta años después, sigue manteniendo intacta la fuerza de su testimonio. Una voluntad de denuncia que, sin embargo, se vislumbra en segundo plano, en pequeños detalles como los desconchados de las paredes del domicilio familiar de Carlos o en la mísera morada donde malviven Chispa y su padre.

Cada uno de esos muchachos carga con su personal cruz: Carlos, el único que estudia del grupo, enamorado platónicamente de su vecina vedette (Irene Daina); Andrés trabajando de botones en un hotel mientras cada fin de semana baraja la posibilidad de saltar al ruedo como espontáneo; El Negro atrapado en una relación conflictiva con su madre (María Luisa Ponte) mientras el padre, que no vive con ellos, le manda dinero al chaval de tarde en tarde. Y Chispa, que se pasa los días despachando en el quiosco que regenta su padre y adonde el grupo de amigos se da cita a diario a la espera de que ocurra algo.



sábado, 31 de agosto de 2019

Cuatro en la frontera (1958)




Director: Antonio Santillán
España/Francia, 1958, 90 minutos

Cuatro en la frontera (1958) de Antonio Santillán


La acción de Cuatro en la frontera arranca con una noticia de la crónica de sucesos proyectada en pantalla mientras desfilan los créditos iniciales y que, acto seguido, la Sûreté de París envía por cable a la Dirección General de Seguridad de Madrid: "El mes pasado fue asaltado y robado el oro que conducía un furgón del Tesoro Nacional Francés. Según confidencias, parece ser que parte de este oro es introducido clandestinamente en España. Rogamos a la Jefatura de Policía de Barcelona que ponga en juego todos los medios para descubrir el contrabando de oro francés realizado, posiblemente, a través de los Pirineos".

El encargado de infiltrarse será el agente Roca (Armando Moreno), quien, haciéndose pasar por un simple jornalero llamado José Sancho, se desplazará hasta Puigcerdà con el objetivo de que lo contraten en la hacienda sospechosa de servir de tapadera. Sólo que, una vez allí, descubrirá que un tipo encantador llamado Javier (Frank Latimore) le ha tomado la delantera...

Isabel (Claudine Dupuis) y Javier (Frank Latimore)


El madrileño Antonio Santillán, habitual asalariado de los Estudios IFI (propiedad del prolífico productor Iquino), volvía a la carga con otro de los muchos e interesantes policíacos que dirigió a lo largo de su carrera. Y que, por tratarse de una coproducción con Francia, incluía en el reparto a las actrices Claudine Dupuis (Isabel) y Danielle Godet (Aurora), si bien eran también extranjeros el ya mencionado Latimore, Adriano Rimoldi (don Rafael) y Gérard Tichy (Julio). De los secundarios españoles destacan Miguel Ligero, interpretando a un abuelo medio pícaro muy en su línea cómica; Juan de Landa (Félix), que ponía el punto y final a su carrera como actor con esta película, donde se mete en la piel de un capataz algo salvaje y Julio Riscal (Perico), que es el típico ganapán burlón, siempre dispuesto a entonar alguna coplilla chocarrera.

Puede que el contrabando de lingotes de oro no sea el mejor tema del mundo para darle brío a una cinta que aspiraba a conseguir una cierta dosis de espectacularidad, subrayada por el uso del sistema panorámico Ifiscope, o que la señorita Dupuis, en su afán de remarcar cuán pérfido es su personaje, mire excesivamente a cámara. Pero, aun así, las escenas de tiroteos (con el sacrificio de un par de caballos incluido, algo que hoy horrorizaría a las asociaciones protectoras de animales) están medianamente conseguidas. Se da la curiosa circunstancia, además, de que, hacia el minuto 49, Roca visita un cine y, entre los carteles que adornan la entrada, hay uno de una película de Iquino (El golfo que vio una estrella, 1955) y, en lo que supone un simpático guiño (a la par que descarado autohomenaje), otro de El ojo de cristal (1955), dirigida por Santillán y protagonizada por el propio Armando Moreno.

Obsérvense los dos carteles a derecha e izquierda

domingo, 13 de enero de 2019

Juventud a la intemperie (1961)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1961, 91 minutos

Juventud a la intemperie (1961) de Iquino


He aquí el escenario, la urdidumbre de cualquier gran ciudad del mundo. Entre sus tentáculos de cemento, entre el humo y el estrépito, la aglomeración y el desasosiego, acosada y tentada por las más bajas solicitudes de la corrupción espiritual, alientan extensos núcleos de una juventud sin ideales. Los esfuerzos realizados por los estadistas y las entidades seculares para arropar el desangelamiento moral de las nuevas generaciones sin amor al pasado ni fe en el futuro, que viven como en un estado de angustia nacido del caos que provocó la última contienda universal, no han bastado para evitar que, junto a una juventud que se prepara animosa para construir un mundo mejor, enardecida de nobles ambiciones, se agite y se consuma, en el nirvana de su desaliento y en los percances morbosos de cada día, otra juventud que vive a la intemperie.

No contento con la farragosa alocución que sigue a los títulos de crédito, el bueno de Iquino todavía consideró necesario añadir una cita atribuida al mismísimo fundador de la Falange Española: 

"A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar frente a la poesía que destruye la poesía que promete!" 
JOSÉ ANTONIO

Ante semejantes premisas, pocas dudas pueden quedar respecto al posicionamiento ideológico de un filme que se inscribe en la vertiente más tendenciosa del prolífico cineasta catalán: disfrazado de drama social, Juventud a la intemperie es un panfleto reaccionario ya desde su propio título, concebido con el objetivo de que fuese calando entre la población un discurso victimista y agorero en lo relativo a determinados sectores de las nuevas generaciones (sobre todo los yeyés). Justamente, los que no fueron a la guerra y que son vistos con recelo por la vieja guardia, temerosa de que tanto niñato ocioso y gamberro eche a perder el legado de la victoria franquista.



En dicho sentido, resulta enormemente revelador el hecho de que el comisario Torres (Adriano Rimoldi) se vea en la tesitura de tener que afrontar una investigación en la que el principal sospechoso es su propio hijo Alberto (Manuel Gil). No en vano, las paredes del club Bongos, local de moda en el que se produce el apuñalamiento de Susana (Marisol Ayuso), aparecen cubiertas de proclamas que no tienen desperdicio: "Tenemos un himno, el rock and roll... y un objetivo: la luna. ¿No es bastante?"; "¡Inventemos fórmulas nuevas!"; "El trabajo es anatema. ¡Queremos divertirnos! ¡Que trabajen las máquinas!"; "No queremos saber nada de lo ocurrido por culpa de nuestros padres..."

En oposición a la rebeldía juvenil, el paternalismo redentor del comisario se verá reforzado a partir del encuentro casual en plena calle con Carlos (Luis Induni), un antiguo camarada de la Legión. Juntos, los veteranos irán en pos del asesino mientras rememoran sus viejos tiempos de teniente y capitán repartiendo algún que otro guantazo con vistas a espabilar a los mozalbetes impertinentes que se interpongan en sus pesquisas.

Por último, la "cabaña" de Mauricio (Joan Capri) representa un antro de juego y de perdición al que van a parar las almas cándidas antes de condenarse definitivamente. Que Alberto irrumpa en ese espacio dispuesto a medir sus puños con el macarra Toni (Julián Mateos) no es más que la prueba final y definitiva que lo redima a ojos de su padre.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Pacto de silencio (1949)




Director: Antonio Román
España, 1949, 83 minutos

Pacto de silencio (1949) de Antonio Román


ISABEL: ¡Pero qué horrible es todo esto! 
JOHN: De nuestra firmeza en los momentos difíciles depende el fin de todo. Prométeme ser fuerte...

Vi por vez primera Pacto de silencio hará cosa de diez años y recuerdo que, ya entonces, me llamó poderosamente la atención a causa de diversos motivos. En primer lugar, por su impactante escena inicial: un vigoroso bombardeo, recreación bastante acertada de la batalla de Dunkerque (no en vano, el montaje corrió a cargo de Antonio Isasi-Isasmendi). También por el verismo, en la secuencia siguiente, de los escombros, admirable trabajo del decorador Juan Alberto Soler. Pero, sobre todo, debido a su aspecto general de thriller al modo británico, centrado en la particular historia de un miembro de la Resistencia francesa. ¿Cómo era esto último posible tratándose de una película rodada en pleno franquismo?

La respuesta hay que buscarla en la fecha de estreno: para 1949, tras la caída de los regímenes fascistas en toda Europa, comenzaba a ser urgente planificar el lavado de imagen por parte del franquismo que desembocaría, ya en la década siguiente, en su alianza estratégica con EE.UU. A nivel cinematográfico, dicha operación se haría visible en julio de 1950 con el reestreno de Raza (ahora rebautizada como Espíritu de una raza), nueva versión del filme bélico de Sáenz de Heredia, en la que desaparecían los saludos con el brazo en alto y otros símbolos por el estilo, para convertir lo que fuese apología del totalitarismo en una cinta de propaganda anticomunista. Por lo que no es de extrañar que, un año antes, Pacto de silencio preparara el terreno que propiciase el acercamiento ideológico con el amigo americano.

Isabel durante el juicio. Curiosamente, la actriz Ana Mariscal
había formado parte del reparto de Raza

De ahí la sorprendente situación de que su protagonista, el Mayor John Brand (interpretado por el italiano Adriano Rimoldi), fuese un miembro de la Armada Británica casado con una española que vive en La Plana de Vic. Más asombrosa, si cabe, por el hecho de que, tras intercambiar su identidad con la de un cadáver en Dunkerque, Brand es reclutado por los partidarios de de Gaulle en un Argel cuyo café recuerda irremediablemente al de Casablanca (1942) y que su antagonista sea un espía alemán (aunque ni su nacionalidad ni el término nazi se lleguen a pronunciar, como por otra parte es lógico, ni una sola vez).

Isabel (Ana Mariscal), junto a Carlos (Conrado San Martín)

En su momento, Pacto de silencio fue recibido como un filme influido por el neorrealismo italiano, opinión que, visto hoy, puede resultar del todo sorprendente, si bien es cierto que su director, Antonio Román, no sólo fue un cinéfilo atento a las novedades que de aquel país llegaban, sino que, además, prefirió que los actores de Pacto de silencio no usaran maquillaje. En cualquier caso, Román debió guardar un buen recuerdo de esta producción (rodada en los Estudios Trilla de Barcelona y, parcialmente, en Navarra, a partir de una idea del crítico Alfonso Sánchez), puesto que en 1963 llevaría a cabo un remake con el mismo título, ambientado ahora en la guerra de independencia argelina.

Isabel y John (Adriano Rimoldi) en el Hotel Miramar

domingo, 22 de octubre de 2017

Si te hubieses casado conmigo (1950)




Director: Viktor Tourjansky
España, 1950, 80 minutos

Si te hubieses casado conmigo (1950)


Comedia sofisticada al estilo de las de Hollywood, Si te hubieses casado conmigo fue escrita por Enrique Llovet y dirigida por el ucraniano Tourjansky. Entre sus particularidades, habiendo sido rodada en Barcelona, destaca el hecho de que una de las secuencias tiene lugar en el interior del Palau de la Música Catalana, adonde asiste la pareja protagonista (interpretada por Fernando Rey y Amparo Rivelles) para disfrutar del Concierto para piano de Grieg.

Pero lo más llamativo de la película no es eso, sino la peculiar estructura mediante la que se resuelve el triángulo amoroso entre Carlos (Adriano Rimoldi), Enrique y Victoria, incluyendo triquiñuelas tan refinadas como una ficción novelesca o romper la cuarta pared para interpelar al público a propósito del desenlace que desearían ver en pantalla.

Fernando Rey y Amparo Rivelles

Ni que decir tiene que no era la primera vez que ese tipo de recursos se ponían en práctica en el cine español. Sin ir más lejos, apenas un lustro antes Edgar Neville ya había experimentado en La vida en un hilo (1945) con la posibilidad de elucubrar sobre qué habría deparado el destino a sus personajes de haber tomado una u otra decisión.

Frente a la imagen tópica de una cinematografía cerrada en sí misma, Si te hubieses casado conmigo ofrecía un inusual toque cosmopolita a través de la presencia de un trotamundos como Tourjansky detrás de la cámara, un galán italiano (Rimoldi), un secundario portugués (Tony D'Algy) y futuras estrellas del panorama internacional como Amparo Rivelles (a punto de dar el salto a Méjico) y un Fernando Rey del que este año celebramos el centenario de su nacimiento.

Adriano Rimoldi