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viernes, 13 de septiembre de 2019

Piratas (1986)




Título original: Pirates
Director: Roman Polanski
Francia/Túnez, 1986, 121 minutos

Piratas (1986) de Roman Polanski


Fiel a su obsesión por los espacios claustrofóbicos, Polanski sitúa la mayor parte de la trama de Pirates (1986) sobre la cubierta de un navío en alta mar, algo que ya había hecho en su primer largometraje, El cuchillo en el agua (Nóz w wodzie, 1962), y cuya insistencia pone de manifiesto algún oscuro resorte de la psique más profunda de un cineasta al que el infortunio ha perseguido en no pocas ocasiones a lo largo de su longeva trayectoria.

Es ésta una película de género y de aventuras, dotada de una estructura circular y con un diseño de producción mastodóntico que la acerca, en cierto modo, al universo visual de Terry Gilliam, quizá porque para el polaco, como ya hiciera en Dance of the Vampires (1967) y, muchos años después, con su versión de Oliver Twist (2005), las recreaciones históricas tienen algo de divertimento, de homenaje a los filmes que le hicieron descubrir el cine en su niñez.



A este respecto, Walter Matthau compone un capitán Red malhumorado y con pata de palo que deliberadamente recuerda a otro célebre oficial, éste procedente del mundo del cómic: el Capitán Haddock de las historietas de Tintín. Papel que, cuando el guion comenzó a gestarse a mediados de la década de los setenta, tenía que haber interpretado Jack Nicholson, acompañado por Isabelle Adjani haciendo de María Dolores, pero que, debido a las desmesuradas pretensiones económicas del histriónico actor, iría finalmente a parar a un veterano (y bastante más convincente) Matthau.

Sin embargo, los cuarenta millones de dólares que costó Pirates, buena parte de ellos dedicados a la construcción a escala del Neptuno (réplica exacta de un galeón español del siglo XVII), no se recuperarían jamás, en lo que supone uno de los fracasos de taquilla más estrepitosos en la carrera de Polanski, amén de certificar que este tipo de cintas, repletas de tópicos (con asado de rata y trono azteca de oro macizo incluidos), ya no contaban para entonces con el favor del público.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

El baile de los vampiros (1967)




Título original: Dance of the VampiresThe Fearless Vampire Killers or Pardon Me, but your teeth are in my neck
Director: Roman Polanski
Reino Unido/EE.UU., 1967, 108 minutos

El baile de los vampiros (1967) de Roman Polanski


Entre otras muchas cosas, Dance of the Vampires (rebautizada en Estados Unidos con el más prolijo título de "Los intrépidos asesinos de vampiros o disculpe, pero sus dientes están en mi cuello") fue la película gracias a la cual Polanski conoció a Sharon Tate. También supuso la incursión del cineasta polaco en un género, el de la parodia de los filmes de terror, que un año más tarde (y ya con mayor seriedad) abordaría sin tintes de comedia en La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968).

Desde un buen comienzo, con el legendario león de la Metro transfigurándose en el dibujo animado de un draculín de tez verdosa, se da a entender que la lógica interna del relato que está a punto de empezar consiste, precisamente, en la subversión de los tópicos tradicionalmente asociados a las cintas cuya acción transcurre en Transilvania: gélidos paisajes nevados, castillos rebosantes de telarañas, ristras de ajos por doquier, lugareños suspicaces, ataúdes que sirven de lecho (o de trineo, según se tercie) y estacas afiladas con el objetivo de atravesar el corazón de algún endriago.



A este respecto, poco importa que la pareja protagonista sea tan patosa que a duras penas pueda afrontar con garantías de éxito la misión científica que los conducirá hasta el interior de la morada del Conde von Krolock (Ferdy Mayne): ni el estrambótico profesor Abronsius (Jack MacGowran) ni su joven ayudante Alfred (Roman Polanski) han sido concebidos, como personajes, con otro objetivo distinto al de producir la carcajada del espectador.

He ahí donde radica el mérito de una puesta en escena que acierta a identificar cuáles son los elementos definitorios del género, pero sin llegar a ridiculizarlos plenamente. En ese sentido, resultan, quizá, mucho más extravagantes algunas producciones surgidas de la factoría Corman por aquellas mismas fechas y rodadas, como Dance of the Vampires, en estudio, si bien exentas del tono moderadamente elegante y de la inteligencia que el tándem Polanski-Brach supo conferir a este clásico del cine de finales de los sesenta.