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lunes, 24 de mayo de 2021

La joven (1960)




Título original: The Young One
Director: Luis Buñuel
Méjico/EE.UU., 1960, 96 minutos

La joven (1960) de Luis Buñuel


Estrenada en Nueva York en la Navidad de 1960, la película fue atacada desde todas partes. A decir verdad, no gustó a nadie. Un periódico de Harlem escribió, incluso, que habría que colgarme cabeza abajo de un farol de la Quinta Avenida. Reacciones violentas que me han perseguido toda la vida. Sin embargo, yo hice esta película con amor. Pero no tuvo suerte. El sistema moral no podía aceptarla. Tampoco tuvo éxito en Europa, y hoy no se proyecta casi nunca.

Luis Buñuel
Mi último suspiro
Traducción de Ana Mª de la Fuente

Una isla en algún remoto rincón del sureste americano. Su interior alberga un coto privado de caza. El rudo guarda y una muchacha medio asilvestrada son sus únicos habitantes (el abuelo de la joven ha fallecido repentinamente, aunque ninguno de los dos parece sentir su muerte). Evvie (Key Meersman) ya es casi una mujer. Miller (Zachary Scott) comienza a mirarla con otros ojos... Un fugitivo irrumpe de improviso buscando dónde guarecerse: su piel es oscura...

¿A qué se debió el fracaso comercial de La joven? En sus memorias, Buñuel lo achaca al hecho de no haber sido lo suficientemente maniqueo a la hora de esbozar la historia, un drama racial cuyos personajes no son ni buenos ni malos, sino que tienen un poco de ambas cosas. Dicha ambigüedad, unida a la atracción que Miller siente hacia una menor, debió de provocar reacciones airadas entre los mismos sectores que, dos años más tarde, acabarían de escandalizarse con la versión que hizo Kubrick de Lolita (1962).



Fiel a su estilo, el cineasta aragonés plantea una puesta en escena repleta de elementos típicamente buñuelianos: el fetichismo focalizado en las piernas de la protagonista y unos zapatos de tacón con los que a duras penas sabe caminar, la manzana que muerde Miller cuando repara por vez primera en el atractivo de Evvie... También hay rifles y hasta una granada de mano, haciendo honor al gusto de don Luis por las armas de fuego. Como no podía faltar el detalle anticlerical, teñido de racismo esta vez, cuando el reverendo Fleetwood (Claudio Brook) le da la vuelta al colchón que está a punto de utilizar porque la noche anterior había dormido en él Traver (Bernie Hamilton).

La caza al hombre a la que se ve sometido este joven afroamericano, al que acusan de una violación que en realidad no cometió, contrasta vivamente con el candor de Evvie, siempre dispuesta a acogerlo y a disfrutar de la música de su clarinete. Ella es un ser puro que ha crecido lejos del mundanal ruido. Tal vez por ello, cuando en la última secuencia la vemos alejarse en la lancha que la conduce a la ciudad, perfectamente ataviada con el vestido que le regaló Miller, se tiene la certeza de que la joven está dejando atrás su inocencia para lanzarse en brazos de una civilización que acabará definitivamente de corromperla.



martes, 13 de abril de 2021

Simón del desierto (1965)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1965, 44 minutos

Simón del desierto (1965) de Luis Buñuel


Hirsuta la pelambrera, profética barba, Simón (Claudio Brook) resiste las inclemencias del páramo desde lo alto de una columna en la que lleva varios años encaramado. Poco importa que se le aparezca el Diablo para tentarlo bajo la apariencia de una bella moza (Silvia Pinal): la fuerza de voluntad del estilita aleja las asechanzas del maligno con la determinación de un casi santo. Sin embargo, una pirueta final trasladará la acción hasta el ambiente atronador de una sala de fiestas donde un conjunto yeyé hace vibrar a la concurrencia hasta retorcerse en extrañas contorsiones...

Los escasos tres cuartos de hora de Simón del desierto (1965) evidencian, una vez más, la particular relación de Buñuel con los dogmas de la doctrina cristiana. Así pues, cuando el anacoreta obra el milagro de devolverle sus manos a un manco, éste reacciona como si tal cosa, sin la menor gratitud y soltándole un sopapo a su hija: prueba fehaciente de esa mala leche tan característica del director aragonés a la hora de mostrar cómo la santurronería contrasta con la depravación humana.



Las dificultades financieras del productor Gustavo Alatriste dejaron inconcluso uno de los filmes más iconoclastas de cuantos dirigiera el genio de Calanda (cuyos tambores, por cierto, se dejan oír de fondo, junto con el lánguido "Himno de los peregrinos" compuesto especialmente para la ocasión por Raúl Lavista). La fuerza de sus imágenes recupera algún elemento de clara filiación surrealista. Como ese ataúd que se desplaza sobre las arenas del erial y en cuyo interior acecha el demonio con cuerpo de mujer.

Hasta cinco premios obtuvo en el Festival de Venecia esta parábola sobre el triunfo de la vulgaridad en la civilización moderna: una alegoría de cómo los antiguos profetas han sucumbido ante el empuje imparable de la sociedad de consumo. Por eso Simón, impertérrito mientras la multitud de jóvenes que lo circunda baila al ritmo de "Carne radiactiva", tiene toda la pinta de un existencialista que mira el mundo con hastío, como si la cosa no fuera con él.



martes, 17 de marzo de 2020

El ángel exterminador (1962)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1962, 95 minutos

El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel


El ángel exterminador es una de las raras películas mías que he vuelto a ver. Y [...] lo que veo en ella es un grupo de personas que no pueden hacer lo que quieren hacer: salir de una habitación. Imposibilidad inexplicable de satisfacer un sencillo deseo. Eso ocurre a menudo en mis películas. En La edad de oro, una pareja quiere unirse, sin conseguirlo. En Ese oscuro objeto del deseo, se trata del deseo sexual de un hombre en trance de envejecimiento, que nunca se satisface. Los personajes del Discreto encanto quieren a toda costa cenar juntos y no lo consiguen. Quizá pudieran encontrarse otros ejemplos...

Luis Buñuel
Mi último suspiro
Traducción de Ana María de la Fuente

¿Con la que está cayendo, qué película podría haber más oportuna que El ángel exterminador? Oportuna y oportunista, lo admito, pero ¿cómo no sucumbir, hallándose la práctica totalidad del país en un apuro remotamente parecido al de sus protagonistas, a la tentación de revisar, por enésima vez, uno de los clásicos incontestables de la historia del cine? Y debo confesar que, dadas las circunstancias, hoy me ha parecido menos surrealista que nunca.

De hecho, Luis Buñuel negó siempre que hubiese ningún tipo de simbolismo oculto ni en el oso (que algunos identificaron con la Unión Soviética) ni en el rebaño de ovejas, que podría pasar perfectamente por una metáfora del cristianismo. Como baldío resulta todo intento por esclarecer qué fuerza suprema es la que impide a "los náufragos de la calle Providencia" abandonar la mansión en la que se hallan recluidos.



Se intuye, eso sí, una inquina considerable contra el orden establecido, fundamentalmente hacia los burgueses, a quienes el genio de Calanda, a fuerza de despojarlos de su refinamiento, degrada hasta la animalidad, y una jerarquía eclesiástica que tiene toda la pinta de ser la próxima víctima propiciatoria a juzgar por ese final, con los borregos entrando en el templo, tan turbador como abiertamente blasfemo (¿o es que lo que va a ocurrir allí adentro distará gran cosa de lo acontecido en la casa?).

Y, sin embargo, parece que el cineasta no quedó muy satisfecho con el resultado final, habida cuenta de la escasez material en la que se desarrolló el rodaje (es proverbial la anécdota, que recogen la mayor parte de fuentes, según la cual sólo dispusieron, para la escena del banquete, de una servilleta de encaje, que hubo de ser filmada en primer plano cada vez que el encuadre cambiaba de comensal). Buñuel consideraba que ésta era una historia para haberla filmado en Francia o en Inglaterra, en un lugar en el que la gente supiera cómo se lleva un frac. Y aunque el productor Gustavo Alatriste le dio libertad creativa total, años más tarde declararía que tal vez tendría que haber hecho que los invitados acabasen cometiendo canibalismo. Desde luego, el hombre no se andaba con chiquitas...


miércoles, 1 de agosto de 2018

¡Viva María! (1965)




Título original: Viva Maria!
Director: Louis Malle
Francia/Italia, 1965, 120 minutos

¡Viva María! (1965) de Louis Malle


Acostumbrados a relacionar el nombre de Louis Malle con títulos de tan hondo calado como Los amantes (1958), El fuego fatuo (1963), Lacombe Lucien (1974) o Adiós, muchachos (1987), con demasiada frecuencia se tiende a obviar el hecho de que el director francés también posee alguna que otra comedia en su vasta filmografía.

Es muy probable que Viva Maria! no pasase de ser un mero trabajo alimenticio en la carrera de un cineasta cuyas preocupaciones iban mucho más allá de este producto para lucimiento de un par de sex symbol, por más que las estrellas en cuestión fuesen dos actrices de tanto talento como Brigitte Bardot y Jeanne Moreau.



De todas formas, la revisión minuciosa de los títulos de crédito demuestra que detrás de semejante disparate se hallaban personalidades tan notables como Jean-Claude Carrière, Juan Luis Buñuel o Volker Schlöndorff, por no mencionar, en el apartado técnico, la fotografía en color de Henri Decaë o la banda sonora a cargo de Georges Delerue. Motivos más que suficientes para sospechar que la cinta escondía un mensaje mucho más subversivo de lo que, en un principio, su humor aparentemente blanco haría pensar.

Hoy puede parecernos una película del todo inocente, pero lo cierto es que hace más de medio siglo el estreno de Viva Maria! levantó ampollas, especialmente en Estados Unidos, donde el filme tuvo algunos problemas con la censura. Y es que eso de que dos revolucionarias francesas de misión en Centroamérica combinasen las bombas con el estriptis no podía dejar a nadie indiferente...


miércoles, 25 de mayo de 2016

El castillo de la pureza (1973)












Director: Arturo Ripstein
Méjico, 1973, 110 minutos

El castillo de la pureza (1973) de A. Ripstein

Buñuel, Ripstein, Haneke. O lo que vendría a ser lo mismo: El ángel exterminador (1962), El castillo de la pureza (1973) y El séptimo continente (1989). Tres filmes que comparten un mismo denominador común: el del grupo de personas con tendencias autodestructivas encerrado en un edificio. Una constante que, sin embargo, parece obedecer en cada caso a influjos distintos. Si en el primero de ellos a los confinados (unidos por su pertenencia a una misma clase social) los frena un impulso de raíz surrealista, las familias de las otras dos películas, en cambio, se diría que están más cerca de Kafka.

Pero las similitudes no se detienen ahí: El castillo, una de las novelas más conocidas del escritor checo, fue objeto de una adaptación televisiva que Michael Haneke dirigió en 1997, si bien los créditos finales de El castillo de la pureza nos recuerdan que Ripstein tomó el título de un ensayo de Octavio Paz. Por otra parte, los filmes de Buñuel y Ripstein no sólo comparten nacionalidad y ambientación mejicana sino que los actores Rita Macedo (1925–1993) y Claudio Brook (1927–1995) actúan en ambos.

Sea como fuere, el padre de familia  de El castillo de la pureza acaba siendo un déspota que, a la manera de la Bernarda Alba de García Lorca, condena a los suyos a vivir enclaustrados porque cree que preservarlos de los supuestos males que acechan en el exterior es lo mejor para ellos. Es, al mismo tiempo, un ser de doble moral, puesto que él sí que sale de la casa, en ocasiones para frecuentar la compañía de prostitutas. Asimismo, este Gabriel Lima se comporta con su mujer e hijos como una especie de severo maestro que los reúne para leerles sentencias filosóficas o recortes de prensa que abundan en la necesidad de no pisar jamás la calle y que los condena al cuarto oscuro cuando él considera que han osado rebelarse contra sus dictados. Dictador, profesor, gurú, al fin y al cabo, de una peligrosa "secta" de la que parece difícil escapar.

A nivel alegórico, son muchos los símbolos presentes en el guion de José Emilio Pacheco y Arturo Ripstein. Algunos muy evidentes, como los nombres de los hijos (Porvenir, Utopía, Voluntad), otros más subrepticios, como la incesante lluvia que vemos caer en el patio interior de la casa y que tiene su correspondiente paralelismo en la escena en que las hijas se duchan o en aquella otra en la que riegan a las ratas en sus jaulas. 

Claro que, en definitiva, estos últimos animales quizá nos aporten la clave de muchas otras cosas. ¿No hay acaso peor jaula que la propia morada cuando uno se ve forzado a permanecer continuamente en ella? Así pues, el clandestino taller dedicado a la fabricación del "raticida veloz Vulcano 214", en el que toda la familia anda empleada, no sería sino el reflejo de las relaciones tóxicas que la represión instaurada por la figura paterna ha ido fraguando entre ellos a lo largo de tantos años de reclusión.


domingo, 15 de mayo de 2016

El Santo Oficio (1974)




Director: Arturo Ripstein
Méjico, 1974, 130 minutos

El Santo Oficio (1974) de Arturo Ripstein

Los créditos finales no dejan lugar a dudas: «Esta película es una ficción inspirada en hechos reales y documentos verdaderos. La realidad a la que aspira no es la certidumbre de la historia sino la verosimilitud de la fábula». Estamos en el Méjico de 1593. O lo que viene a ser lo mismo: en el Virreinato de la Nueva España. El Santo Tribunal de la Inquisición, así en la Península como en América, había puesto la mira en perseguir a todo aquel que disintiese de la doctrina oficial. Sobre todo tratándose de los adeptos a la "fe muerta de Moisés", expulsados y perseguidos desde un siglo antes.

En semejante marco histórico asistimos al proceso instituido contra la familia Carvajal, españoles naturales de la villa zamorana de Benavente y emigrados a Méjico, donde pretendían mantener vivo el rito judaico de puertas adentro. La delación, llevada a cabo por Gaspar, el hijo menor y fraile dominico, desencadenará una cruenta causa judicial en la que intervienen los verdugos con métodos de lo más expeditivo.

Quinto largometraje del mejicano Arturo Ripstein, rodado en 1973 en los Estudios Churubusco, El Santo Oficio impresiona por la aspereza de determinadas escenas en las que no se escatiman detalles, por más inhumanos que resulten, de lo que debió ser una práctica tan habitual como inútil: a fin de cuentas, nos viene a decir el último plano, han torturado y ejecutado a unos cuantos, pero las ideas siguen vivas. La Inquisición (y los regímenes totalitarios en cualquier lugar y época, entiéndase bien la intención última de los guionistas, el propio Ripstein y el poeta José Emilio Pacheco) podrá valerse tanto como desee de la represión y la violencia para condenar a la hoguera a heresiarcas, apóstatas y heterodoxos porque eso, ni más ni menos, es igual de infructuoso que ponerle puertas al campo.

*                              *                              *

P.D.: En el apartado anecdótico, vale la pena destacar la presencia en el reparto de El Santo Oficio del actor Claudio Brook (1927-1995) encarnando al severo fray Alonso de Peralta. Los aficionados al cine de Buñuel sin duda lo recordarán por su memorable interpretación del estilita de Simón del desierto.