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miércoles, 19 de febrero de 2020

Ginger y Fred (1986)




Título original: Ginger e Fred
Director: Federico Fellini
Italia/Francia/Alemania, 1986, 125 minutos

Ginger y Fred (1986) de Federico Fellini

Igual que via Veneto, el plató de televisión es el lugar que condensa, representa, contiene, que permite el intento de plantear ritmos, personajes, horrores, vanidad de las vanidades de la que formamos parte, del tiovivo italiano. Siempre tuve ganas de recrear ese tipo de espectáculo televisivo que inmoviliza a todo el país, o tal vez a todo el mundo, esas competiciones atroces que exhiben ante las cámaras ("en directo", repiten los presentadores, orgullosos e intrépidos como si dijeran "en las trincheras") al patológico, al infeliz, al que sufre, con la hipocresía sentimental del deber de la información.

Federico Fellini
La dulce visión
Traducción de Regina López Muñoz

Dos viejas glorias del claqué se van a reencontrar durante unas horas para compartir escenario por última vez. Su nombre artístico, inspirado en la célebre pareja de baile formada por Ginger Rogers y Fred Astaire, remite inequívocamente al Hollywood clásico, si bien Amelia (Giulietta Masina) y Pippo (Marcello Mastroianni) son, en realidad, un par de venerables ancianitos italianos. Asimismo, la época dorada que los vio triunfar feneció hace ya tiempo ante el avance imparable del progreso, de modo que su particular canto de cisne va a tener lugar en un plató de televisión…

Y aunque donde hubo fuego quedan rescoldos y la pasión que un día les unió renacerá al calor de unos aplausos tan falsos como el resto del engranaje que los rodea, lo cierto es que, en realidad, sus movimientos torpes ponen de manifiesto la decadencia personal, sí, pero también la de la disciplina artística que encarnan.



Ya en la recta final de su carrera, Ginger e Fred será el último gran homenaje de Fellini a la esposa y compañera de tantos años: enésima declaración de amor, como ya lo fuera Giulietta degli spiriti (1965), cuyos personajes centrales no son sino el trasunto del cineasta y de su mujer en lo que supone, al mismo tiempo, una visión agridulce de la senectud, así como del ocaso del cine frente al todopoderoso y empobrecedor circo mediático.

Otra película "sobre la marcha", acumulación de personajes estrambóticos (por ejemplo, los dobles de Proust o Clark Gable) y episodios extravagantes que fluyen hasta el momento álgido de la actuación televisiva del dúo, renacer momentáneo de la magia que fue y preludio de su separación definitiva.


viernes, 31 de enero de 2020

Fellinikon (1969)




Director: Gideon Bachmann
EE.UU./Italia, 1969, 43 minutos

Fellinikon (1969) de Gideon Bachmann


Las teclas de una máquina de escribir percuten sobre una hoja en blanco hasta dejar escrito en su superficie el siguiente juego de palabras: "Fellini sigue nuestro trabajo a diario, con gran curiosidad. Receloso, ronroneando como un gato, dirige sus ojos más hacia nosotros que nosotros hacia él. Fellin ... ikon: ¡los ojos del gato!"

El documentalista alemán Gideon Bachmann (1927-2016) visitó el set de rodaje en el que Federico Fellini estaba filmando su personal versión de la novela de Petronio. Captadas en blanco y negro, las imágenes muestran al cineasta dirigiendo a los actores, pero también en la intimidad del hogar junto a su mujer, la actriz Giulietta Masina.



Aunque los inmensos decorados y la base literaria remitan a la antigua Roma, el director insiste en que el suyo no es un filme histórico: se trataría, más bien, de una libre aproximación, a partir de su propio universo, a determinados ambientes de hace dos mil años y en la que, en lugar de haber contado con la presencia de estrellas del momento como Terence Stamp o Pierre Clémenti, los personajes principales han sido interpretados por caras desconocidas.

Un año más tarde, Bachmann volvería de nuevo sobre el mismo tema, ahora con un documental de metraje más largo y en color titulado Ciao, Federico! (1970).


Block-notes di un regista (1969)




Título original: Fellini: A Director's Notebook
Director: Federico Fellini
EE.UU./Italia, 1969, 52 minutos

Block-notes di un regista (1969) de Federico Fellini


De la mano del propio Fellini nos adentramos en una ciudad fantasmagórica: las ruinas de los decorados de lo que iba a ser su nueva película, Il viaggio di G. Mastorna, proyecto que el realizador se vería obligado a abandonar tras sufrir una embolia que a punto estuvo de costarle la vida. Y, con su inglés macarrónico, será el propio cineasta italiano quien vaya presentando a las criaturas que pululan entre los escombros de semejante entorno.

Algunas de ellas, como Mastroianni, son los supervivientes del filme que no pudo ser. Otras, sometidas a un casting bastante sui géneris y luego caracterizadas con atuendos romanos, anuncian el que será su próximo largometraje: una ambiciosa adaptación de la obra cumbre de Petronio. Restaurado por la Cineteca de Bolonia en el marco del festival Il Cinema ritrovato, Block-notes di un regista (1969) fue originariamente concebido como un capítulo para la serie televisiva NBC Experiment in Television.



domingo, 26 de enero de 2020

Giulietta de los espíritus (1965)




Título original: Giulietta degli spiriti
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1965, 137 minutos

Giulietta de los espíritus (1965) de Federico Fellini

El proceso de liberación de Giulietta no es sólo un proceso contra la figura del marido sino, sobre todo, un proceso de rehabilitación personal, una escapada de las viejas mitologías que la han encerrado en una prisión psíquica.

Àngel Quintana

Barroca, onírica y hasta psicodélica: adjetivos con los que, de un modo u otro, se podría definir una película que no es sino una declaración de amor incondicional a la musa y esposa, Giulietta Masina (1921-1994), la mujer que inspiró decisivamente a Fellini y con la que trabajaría en tantísimas ocasiones a lo largo de su prolífica carrera como cineasta.

Por su espléndido colorido, Giulietta degli spiriti es ya, en sí misma, una absoluta obra maestra cuya fotografía corrió a cargo del malogrado Gianni Di Venanzo, quien fallecería en febrero del 66, a los cuarenta y cinco años de edad, víctima de una hepatitis. Exuberante desfile de tipos y situaciones, a cuál más estrambótico, que nos irán introduciendo gradualmente en la psique de la protagonista hasta desembocar en una presunta resolución de sus traumas. 



En dicho sentido, el filme vendría a ser una suerte de terapia psicoanalítica de más de dos horas de duración mediante la que Fellini intenta exorcizar los fantasmas (y de ahí esos "espíritus" a los que alude el título) que llevan atenazando a su compañera desde la más tierna infancia: la severa figura materna, el lastre represor de la educación religiosa… Pero también la sensualidad a flor de piel, el erotismo incluso, encarnados en personajes como la voluptuosa Susy (Sandra Milo) o un seductor Jose Luis de Vilallonga.

De hecho, y en relación con lo arriba expuesto, podría afirmarse sin ambages que Giulietta… forma un interesante díptico junto con Otto e mezzo (1963), en este caso una introspección freudiana en el mundo interior del marido. Figura, por cierto, de sombra tan alargada que hasta aquí llega su influjo, habida cuenta de toda la parafernalia, con detective eclesiástico incluido, a la que se ve sometida la pobre señora con tal de conocer las infidelidades de las que es víctima.


viernes, 17 de enero de 2020

La strada (1954)




Título en español: El camino
Director: Federico Fellini
Italia, 1954, 108 minutos

La strada (1954) de Federico Fellini

La strada es la historia de un viaje hacia el mar. El itinerario atraviesa el vacío y desemboca en la revelación. El decorado está formado por los restos de la miseria social de la posguerra, pero lo poético, convertido en norma estilística de la película, transfigura la desolación de lo visible. De manera bastante más clara que en sus filmes precedentes, Fellini lleva a cabo el proceso de reconversión de los personajes en seres caricaturales.

Àngel Quintana

Película de películas (¿y qué título de la amplia filmografía de Fellini no lo es?), La strada contiene los elementos inherentes a toda obra maestra: amor y brutalidad; humor y tristeza; candor y sabiduría; sencillez y trascendencia… Insertos, con suma delicadeza, en una fábula soberbia de ambiente circense tan realista como imaginativa (valga el oxímoron), cuya moraleja va mucho más allá de la simple atracción fatal entre la bella y la bestia.

Vendida por su propia madre a cambio de un puñado de liras, Gelsomina (Masina) es un ser puro esbozado con el trazo firme de la Commedia dell'Arte y una pincelada de Charlot. La suya es la bondad de los justos, de quienes, enfrentados a la indiferencia del mundo, acaban sucumbiendo, incapaces de sustraerse al juego de intereses que los rodea.



Obtuso y violento, Zampanò (Quinn) suena, por contra, a zampabollos (no hay más que ver cómo devora, de un solo mordisco, un cucurucho), siendo, como es, la encarnación de la fuerza bruta: una estulticia sin límites que, desde que el mundo es mundo, impone la ley del más fuerte condenando a la poesía a una muerte lenta y agónica.

Tal y como sucederá un poco más tarde en Almas sin conciencia (1958), el plano final aporta, sin embargo, un motivo para la esperanza, puesto que el llanto desesperado del bruto, en plena noche, sobre la arena de una playa desierta, parece indicar que al fin se da cuenta del daño que ha hecho, llámese Gelsomina o "Il Matto" (Basehart). Y, aunque ya no pueda devolverles la vida que tan injustamente les arrebató, el espíritu de la tierna muchacha le acompañará, en lo sucesivo, en forma de dulce melodía redentora.


miércoles, 15 de enero de 2020

Las noches de Cabiria (1957)




Título original: Le notti di Cabiria
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1957, 110 minutos

Las noches de Cabiria (1957) de Federico Fellini


Si Lo sceicco bianco (1952) coincide, en buena medida, con el universo caduco y pretendidamente ridículo de nuestro Jardiel Poncela, Le notti di Cabiria y Fortunella (1958) son, en cambio, de filiación claramente galdosiana. En ambas, la protagonista es una mujer (interpretada por Giulietta Masina, musa y esposa de Fellini), que, como en las novelas de Galdós, choca con el mundo que la rodea por un exceso de fantasía y/o ingenuidad. Así, Fortunella se cree hija de un aristócrata igual que Isidora Rufete en La desheredada (1881), mientras que Cabiria, que ya aparecía fugazmente en El jeque blanco, podría ser comparada por su bondad con la Benina de Misericordia (1897).

Por descontado que establecer tales similitudes resulta un tanto ocioso, puesto que éstas no obedecen a una decisión intencionada del director italiano, sino que, por el contrario, corroboran la evolución en paralelo de dos tradiciones nacidas en el seno de sociedades esencialmente equivalentes. Por cierto que Jardiel falleció en 1952, año de estreno de Lo sceicco bianco, y don Benito en enero de 1920, apenas quince días antes de que naciera Fellini. Curiosas y extrañas coincidencias que vienen a reforzar, aún más si cabe, los vínculos arriba expuestos.



Viendo los ambientes populares romanos en los que transcurre esta película, la sórdida fauna nocturna que habita sus arrabales, se percibe de inmediato la mano de Pasolini en el guion. En cambio, son típicamente fellinianas las fantasías de una mujer que sueña con conocer a un apuesto actor de cine, que se deja hipnotizar por un mago de feria o que es abducida por el fervor religioso de una procesión en honor a la Virgen María. Delirios de grandeza que, sin embargo, no se traducen más que en penurias y decepciones.

Ser primario y eminentemente bondadoso, la prostituta Cabiria vendría a ser la antítesis de la femme fatale y demás vampiresas fílmicas, dado que son los hombres quienes se acaban aprovechando de su buena fe, simulando un amor eterno cuyo único objetivo es, en puridad, arrebatarle sus ahorros aunque sea mediante el uso de la fuerza. A este respecto, la escena en que es lanzada al río, así como el posterior desengaño que le ocasiona Oscar (François Périer) ponen de manifiesto la vulnerabilidad de un personaje que, a pesar de los muchos sinsabores que le toca sufrir, acaba por sobreponerse a la adversidad y a las lágrimas esbozando una sonrisa que la reconcilie con el mundo.


martes, 14 de enero de 2020

Almas sin conciencia (1955)




Título original: Il bidone
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1955, 112 minutos

Almas sin conciencia (1955) de Federico Fellini


La picaresca es propia de sociedades fatalmente abocadas a una necesidad atávica de supervivencia. Tanto, que, en el ámbito mediterráneo, terminó por convertirse en arte y quienes lo detentan en audaces. Véase, si no, cómo en el caso de Ulises, héroe por antonomasia en cuyo molde se forjaron todos los que han venido después, la astucia es precisamente su principal virtud.

Por muchos motivos, era inevitable que Fellini abordase, tarde o temprano, la figura del estafador. Propenso como lo fue siempre a captar galerías de tipos peculiares para sus filmes, en Il bidone el cineasta italiano centra el foco de atención sobre un grupo organizado cuyo modus operandi consiste en hacerse pasar por delegación vaticana al acecho de un tesoro enterrado o, en otras ocasiones, por altos funcionarios ministeriales responsables de asignar viviendas sociales. Y, tanto de un modo como en el otro, sus víctimas van a ser siempre los más humildes. Algo que ya prefiguraba, en cierta manera, la escena de I vitelloni (1953) en la que el personaje de Alberto Sordi, desde lo alto de un coche, hacía un corte de mangas a un grupo de operarios que está trabajando al borde de la carretera.



Sin embargo, algunos de estos individuos resulta que tienen mujer e hijos e incluso, como en el caso de Raul, alias “Picasso” (Richard Basehart), hasta inquietudes artísticas. Es el lado tierno, fieramente humano, de quien, antes que timador, es, por encima de todo, persona. Motivo por el cual han adquirido la habilidad de desdoblarse en dos existencias antagónicas, no tanto por hipocresía, sino de un modo completamente natural. Es evidente que semejante paradoja (la de engañar y robar a los pobres e ignorantes para, acto seguido, reunirse con la amantísima esposa o la idolatrada hija) tendrá que explotar en algún momento u otro por lo insostenible que resulta hacerle a los demás lo que jamás desearías para los tuyos, amén de que estos últimos —caso de Iris (Giulietta Masina) o de Patrizia (Lorella De Luca)— difícilmente aceptarán el origen fraudulento del dinero con el que se sustenta su tren de vida.

Pero Fellini cree en los “milagros”, al menos en los que propicia el celuloide, a consecuencia, esta vez, de un guion, coescrito junto a Flaiano y Pinelli, que rezuma sarcasmo, si bien con el punto justo de ternura. Acabar tus días sobre la arena de un páramo abrasado por el sol, según el modelo fijado por von Stroheim en Greed (1924), parece ser el destino de todo avaricioso. Y el Augusto al que da vida Broderick Crawford en Il bidone no podía ser menos, aunque con su negativa a entregar al clan el dinero robado esté dando a entender un arrepentimiento que, ironías del destino, llega demasiado tarde. Es apenas un destello, cierto, pero que le vale la redención al personaje ante los ojos del espectador.


domingo, 12 de enero de 2020

Federico Fellini: Soy un gran mentiroso (2002)




Título original: Fellini: Je suis un grand menteur / Sono un gran bugiardo
Director: Damian Pettigrew
Francia/Italia/Reino Unido, 2002, 105 minutos

Federico Fellini: Soy un gran mentiroso (2002)
de Damian Pettigrew


Llamarse mentiroso a uno mismo, especialmente si el que lo dice es cineasta y aun de los mejores del mundo, demuestra un conocimiento preciso y profundo de la profesión. Porque, en esencia, fingir es básicamente lo que hace un señor que, sistemáticamente, no sólo dobla la voz de sus actores, sino que los trata como marionetas para luego añadir, cortar y manipular a su antojo en la sala de montaje.

El documental Je suis un grand menteur, del canadiense Damian Pettigrew, contiene reflexiones en primera persona del propio Federico Fellini, fruto de una larga entrevista concedida apenas un año antes de su fallecimiento. Un testimonio impagable en el que el director italiano comienza por admitir que, cuando rueda una película, se adueña de su mente otro yo que no es él, sino un desconocido que vierte en la pantalla las obsesiones de su más profundo inconsciente.

Donald Sutherland (Casanova) durante una sesión de maquillaje


Sorprende escuchar en boca del "homenajeado" que él jamás ha tenido problemas con los actores que han trabajado a sus órdenes para, acto seguido, oír a Donald Sutherland, quien actuó en Il Casanova (1976), describiéndolo poco menos que como un peligroso psicópata. O los peculiares recuerdos de Terence Stamp a propósito del rodaje del segmento "Toby Dammit" de Historias extraordinarias (1968), según el cual, Fellini era un personaje estrafalario y anárquico, incapaz de darle indicaciones precisas sobre cómo interpretar su personaje.

De hecho, viéndolo moverse por el plató durante la filmación de algunos de sus títulos más célebres (Amarcord, Satyricon...) salta enseguida a la vista la personalidad desbordante de un hombre tan minucioso como acuciado por abundantes complejos. A fin de cuentas, ¿no lo fueron también Hitchcock, Welles o Kubrick? El siempre histriónico Roberto Benigni lo define a la perfección cuando pone el ejemplo de que podía gustarle cómo cae una gota de agua, pero no el sonido de ésta al chocar contra el suelo. Miserias y grandezas de un genio. Alguien capaz de comparar el rodaje con una especie de ceremonia (y en eso coincide con nuestro José María Nunes, para quien el cine era una misa) y, acto seguido, afirmar que si sus películas se han acabado realizando es sólo por haber firmado un contrato y recibido a cambio un anticipo que no quiere devolver. Embustero, ¡quién sabe! Pero contradictorio desde luego que lo fue. Y mucho.


sábado, 11 de enero de 2020

Fortunela (1958)




Título original: Fortunella
Director: Eduardo De Filippo
Italia/Francia, 1958, 101 minutos

Fortunela (1958)
de Eduardo De Filippo


A todo cinéfilo que se precie debería sonarle el título de esta película aunque sólo fuese porque el compositor Nino Rota recuperaría, años después, la melodía de su banda sonora para convertirla, con un tempo mucho más pausado, en tema central (y ahora mítico) de El Padrino (1972). Curiosidades al margen, lo cierto es que la mano de Fellini, coguionista del filme junto con Ennio Flaiano y Tullio Pinelli, se aprecia con nitidez en el poso de tristeza que transmite su protagonista: una histriónica Giulietta Masina cuyo personaje se pretende hija de un príncipe pese a vivir en la miseria en compañía de otros marginales no menos caricaturescos, caso del adán Peppino (Alberto Sordi).

Como es también muy felliniano ese contraste entre la triste realidad y la fantasía liberadora que se aprecia cuando la tal Nanda Diotallevi (apodada "Fortunella") vea "realizado" su sueño sobre las tablas de una compañía teatral ambulante que dirige, en un alarde de genialidad, el propio Eduardo De Filippo. De hecho, la relación que entablan Fortunella y el tronado profesor Golfiero Paganica (Paul Douglas) sigue los parámetros de lo ya expuesto en La strada (1954) a propósito de la cándida Gelsomina y el tosco Zampanò.



Son varias las escenas memorables que merece la pena destacar: el profesor bañándose de noche en una fuente pública; Peppino, Fortunella y la oronda Amelia (Franca Marzi) compartiendo lecho para luego acabar como el rosario de la aurora; el combate de lucha libre en el que, de nuevo Paganica, se atreve a retar sobre el cuadrilátero a todo un campeón; la accidentada función en la que un pozo "escupe" los elementos arrojados en su interior... 

Habrá quien se desternille de risa ante semejante panorama, pero al buen espectador (como al buen entendedor) pocas palabras le bastarán para darse cuenta de que estos personajes, con sus excesos y su alboroto, tienen, no obstante, más de dramático que no de cómico. Todo ello resuelto, ça va de soi, con el habitual punto de esperanza con el que Fellini gustaba recompensar a sus personajes.


jueves, 9 de enero de 2020

El jeque blanco (1952)




Título original: Lo sceicco bianco
Director: Federico Fellini
Italia, 1952, 86 minutos

El jeque blanco (1952) de Federico Fellini


El jeque blanco supone el inicio de la colaboración con Tullio Pinelli en el guion, quien será, junto con Ennio Flaiano a partir de Los inútiles, el responsable de la dramaturgia de todas las películas del cineasta hasta Giulietta de los espíritus. También supone el encuentro con el compositor Nino Rota, que encontrará en el universo felliniano un punto perfecto de ajuste a su singular poética sonora.

Àngel Quintana

Él es el típico meapilas, de los que se lo toman todo muy a pecho; ella, en cambio, responde al perfil de muchachita mojigata y algo soñadora. Ambos provincianos, recién casados, de luna de miel en Roma. Con su vasto legado monumental de belleza decadente, la Ciudad Eterna recibe en su seno a la pareja, que se dispone a descubrir, según el meticuloso programa que ha diseñado el bueno de Ivan (Leopoldo Trieste), los encantos del foro, el Coliseo o el Altar de la Patria.

Pero la joven esposa, una ingenua romántica llamada Wanda (Brunella Bovo), alberga su propia fantasía, que forjó, a lo largo de tantísimas horas de lectura solitaria, en su cándida mente de voraz consumidora de fotonovelas. Y, ni corta ni perezosa, decide plantarse en el estudio que las produce, con la vaga intención  de conocer a su héroe predilecto...



Quienes hayan leído las comedias de Jardiel Poncela a buen seguro que reconocerán en Lo sceicco bianco determinados detalles que les resulten familiares. Como esos personajes ridículamente aristocráticos cuyo drama íntimo no puede por menos que hacernos sonreír. A este respecto, Wanda vendría a ser una especie de Madame Bovary moderna con un punto que roza lo quijotesco: un alma cándida que no sabe distinguir entre ilusión y realidad debido a su necesidad acuciante de refugiarse en un mundo de ensueño que le haga olvidar la grisura del aburrido medio social del que procede.

Entelequia que, en la escena final, entroncará con otro delirio no menos pueril (aunque socialmente mejor considerado): la audiencia papal, con toda su parafernalia vaticana, que es, a diferencia del cartón piedra inspirado en el universo de Las mil y una noches de los sueños de Wanda, la respetable "pantomima" del circunspecto clan Cavalli y de todo ciudadano comme il faut.


miércoles, 8 de enero de 2020

Luces de varieté (1950)




Título original: Luci del varietà
Directores: Alberto Lattuada y Federico Fellini
Italia, 1950, 97 minutos

Luces de varieté (1950) de Lattuada y Fellini


El trayecto de Liliana describe el itinerario que conduce de la vida provinciana hacia el cosmopolitismo urbano, pero es también el trayecto que traslada a un personaje desde las viejas formas caducas del espectáculo hacia las nuevas formas. Parece como si Fellini quisiera desprenderse del pasado para alcanzar el futuro con la conciencia de que para llevar a cabo este proceso debe despedirse, previamente, de una forma de vida y de una época que forman parte de su educación sentimental.

Àngel Quintana

Sólo Italia o España podían alumbrar la cochambre que rezuman filmes como Luci dei varietà o Cómicos (1954) de Juan Antonio Bardem, ambientados ambos en torno a las ilusiones y las miserias (sobre todo lo segundo) de una modesta compañía de revista. Películas corales habitadas por viejos actores que prefieren engañarse a sí mismos, víctimas de su propio delirio de grandeza, antes que admitir la decadencia que los rodea.

Pero Italia venció al fascismo, mientras que la sociedad española se resignó a padecerlo. De modo que la candidez felliniana brilla por su ausencia en la cruda realidad mesetaria descrita por Bardem. Como tampoco aquí abundaron esos freaks en los que el cineasta de Rímini era tan propenso a regodearse, secundarios elegidos con esmero entre lo más granado del inframundo y que conforman una galería de seres prodigiosamente esperpénticos.



No obstante, Fellini es un humanista de raíz cristiana y no puede evitar sentirse cercano a sus criaturas. De ahí la ternura que despierta el pobre señor Checco (Peppino de Filippo) o la versátil Melina Amour (Giulietta Masina), capaz de metamorfosearse sobre el escenario en los más variopintos personajes históricos, desde Verdi hasta Garibaldi.

Un lirismo, descendiente en línea directa del Chaplin más inspirado, en el que lo grotesco y lo poético se dan la mano para elaborar una fábula tan sencilla como profunda, protagonizada por perdedores que se ganarán enseguida nuestras simpatías, no así la ambiciosa Liliana (Carla Del Poggio), quien abandona las filas de la compañía itinerante provinciana con la intención de triunfar en las salas de music hall de Roma.