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viernes, 22 de agosto de 2025

La leyenda del indomable (1967)




Título original: Cool Hand Luke
Director: Stuart Rosenberg
EE.UU., 1967, 127 minutos

La leyenda del indomable (1967)


El que pasa por ser uno de los dramas carcelarios por excelencia surgió del empeño de Jack Lemmon de llevar a la pantalla la novela autobiográfica de Donn Pearce. Aunque al actor no le quedó más remedio que conformarse con producir la adaptación cinematográfica, ante la evidencia de que Paul Newman era el candidato idóneo para meterse en la piel del indómito preso protagonista. En ese sentido, son muchos los momentos icónicos (la ingesta de cincuenta huevos; la emotiva balada con el banjo, sobre las literas, mientras afuera llueve) de una cinta que influiría notablemente en ulteriores muestras de dicho subgénero, hasta el extremo de que ya nada volvería a ser igual tras la soberbia interpretación de Newman.

Efectivamente, sin Cool Hand Luke (1967) no habrían existido ni Brubaker (1980), dirigida también por Stuart Rosenberg, ni tampoco Cadena perpetua (1994), lo que confirma el éxito de una fórmula cuya esencia oscila entre el drama y ligeros toques de comedia (por ejemplo la rubia explosiva que lava su coche ante la mirada atónita de los internos) dejando al descubierto, al mismo tiempo, un innegable trasfondo de crítica social.



Tal y como se desarrollan los hechos descritos, el sistema penitenciario que refleja la película arroja una imagen lamentable de lo que debiera ser un centro para la rehabilitación y posterior reinserción en la sociedad de los reclusos. Muy al contrario, los métodos infrahumanos utilizados por el alcaide (Strother Martin) y sus secuaces reducen a los internos prácticamente a la esclavitud, ya sea asfaltando carreteras o arrancando maleza en los arcenes.

Aun así, el espíritu de camaradería que se acaba fraguando entre los presidiarios demuestra confianza en la condición humana, capaz de sobreponerse a las adversidades e incluso, como en el caso de Luke, de rebelarse reiterada y obstinadamente contra los atropellos del poder. De hecho hay algo mesiánico en un personaje que se expone continuamente al martirio de los guardianes, encabezados por el inquietante "Hombre sin ojos" (Morgan Woodward), como si quisiera mostrarle al resto el camino de su redención. Según esta lectura, el paso por la "nevera" o los grilletes después de cada intento de fuga no serían más que actos de penitencia en la lucha por defender su dignidad.



viernes, 13 de julio de 2018

La noche deseada (1967)




Título original: Hurry Sundown
Director: Otto Preminger
EE.UU., 1967, 146 minutos

La noche deseada (1967) de Otto Preminger


No deja de ser significativo el hecho de que fuese un director austriaco, emigrado a los Estados Unidos cuando ya superaba la treintena, quien se encargase con mayor ahínco de romper el tabú racial imperante en Hollywood y, por ende, en amplios sectores de aquel país. Preminger lo había intentado ya con Carmen Jones (1954), versión contemporánea de la ópera de Bizet interpretada por un reparto íntegramente afroamericano, y lo volvería a hacer con el filme que ahora nos ocupa.

La acción de La noche deseada se sitúa en el estado de Georgia, territorio de fuerte pasado esclavista cuyas leyes aún refrendaban la segregación entre negros y blancos, durante los días inmediatamente posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial. El marco espaciotemporal elegido era, por tanto, el idóneo para abordar un tema de candente actualidad, considerando que, con fecha de dos de julio de 1964, el Congreso había promulgado la Ley de Derechos Civiles. Una legislación sin duda histórica, pero que tardaría en dar sus frutos. De hecho, apenas un año después del estreno de la película tendría lugar el asesinato de Martin Luther King, destacado activista y uno de los impulsores de la mencionada ley, lo cual da fe de lo mucho que todavía quedaba para zanjar las tensiones de las que nos habla este filme.

El matrimonio Warren: Michael Caine y Jane Fonda


Una poderosa compañía del Norte dedicada a la fabricación de conservas está negociando la compra de unos terrenos de los que los Warren, acaudalada familia de la región, son propietarios principales. Sin embargo, quedan un par de parcelas cuyos legítimos dueños se resisten a dar su brazo a torcer: los McDowell y los Scott. El planteamiento no puede ser más simbólico, considerando que los segundos son descendientes de esclavos que adquirieron en 1866 y en pública subasta el solar en el que viven y los primeros, una familia caucásica numerosa (y empobrecida) el padre de la cual es un excombatiente que acaba de regresar de la guerra. Dadas las circunstancias, unos y otros se van a ver obligados a unirse para defender una causa común, lo cual indudablemente representa uno de los temas esenciales de la cinta.

Movidos por la más loable de las intenciones, y a pesar de haber sido capaces de concebir momentos de gran intensidad dramática (como la escena del juicio), los guionistas de Hurry Sundown sucumben, sin embargo, a la tentación de presentar los hechos bajo un prisma decididamente maniqueo, según el cual los personajes se dividen en buenos y malos. De acuerdo que algunos de ellos (caso del sheriff interpretado por George Kennedy o la propia Jane Fonda en el papel de rica hacendada) están pensados para mostrar una posición intermedia, a veces hasta ambigua, pero con todo y con eso les falta credibilidad. De modo que la visión que se acaba finalmente imponiendo es la de que los personajes que defienden postulados supremacistas son tontos y zafios (el juez Purcell encarnado por Burgess Meredith, sin ir más lejos), mientras que los afroamericanos son presentados en su totalidad en clave positiva. Cierto que el momento histórico que estaba viviendo la sociedad norteamericana casi obligaba a ello y que el objetivo perseguido por una película como ésta era concienciar al espectador. Pero más cierto es todavía que, en arte, lo tendencioso acostumbra a estar reñido con lo verosímil.

Otto Preminger (derecha) dando indicaciones a sus actores

viernes, 13 de enero de 2017

Un botín de 500.000 dólares (1974)




Título original: Thunderbolt and Lightfoot
Director: Michael Cimino
EE.UU., 1974, 115 minutos

Un botín de 500.000 dólares (1974)


El debut de Michael Cimino en la dirección es una Road movie de las que ya no se hacen, con esa fuerza que venía directamente de las entrañas (hay que tener redaños para volar la caja fuerte de un banco a cañonazos). En ella, el azar une a Thunderbolt (Clint Eastwood) y Lightfoot (Jeff Bridges) para hacerse con el botín de 500.000 dólares del título español. El primero es perro viejo y ya ha pasado por ello antes. El segundo pagará cara su inexperiencia...

Por muy milimétricamente planeado que estuviese su objetivo, al final se demostrará que siempre hay imponderables que uno no puede controlar. Quizá porque la mayoría de personajes de esta película viven al límite, acuciados por un destino del que no podrán librarse así como así.



De la pareja protagonista se puede decir que parecen salidos de un western, aunque roben coches y vistan vistosas camisas de estampado psicodélico. Les mueven, sin embargo, los mismos intereses que a los cowboys y no dudarán en llegar hasta donde haga falta (incluso vestirse de mujer) para conseguir lo que se proponen.

Un golpe de suerte les devolverá la oportunidad de dar con la recompensa a sus arduos esfuerzos: trasladada de sitio (que no destruida), la escuela tras cuya pizarra se esconde el valioso tesoro aparecerá de improviso, colmando las ilusiones de un par de diablos que creerán, de este modo, haber puesto fin a tantos años de penurias. Pero la fortuna, cambiante como la luna, tiene siempre la última palabra y a uno de ellos empezarán a fallarle las fuerzas justo en ese momento.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Los valientes andan solos (1962)




Título original: Lonely Are the Brave
Director: David Miller
EE.UU., 1962, 107 minutos



Western crepuscular, como se suele decir en estos casos, Lonely Are the Brave se encuentra en la misma línea temática que The Misfits de Huston: la de aquellos viejos cowboys que se resisten a aceptar que el progreso ha acabado con el mundo tal y como ellos lo conocieron. Lo cual los convierte en héroes románticos, admirables por su fidelidad a los ideales que encarnan, pero a la vez patéticos por lo desigual de una guerra que tienen perdida de antemano.

El John W. "Jack" Burns que Dalton Trumbo escribió para Kirk Douglas es uno de esos personajes que marcan época: independiente, generoso, aguerrido... vive al margen de los convencionalismos sociales porque su horizonte vital no se detiene ante las leyes que constriñen al individuo. Para él no hay fronteras entre estados ni obligaciones más allá de cuidar de su yegua Whisky. Y hacerse arrestar con tal de sacar de prisión a su mejor amigo, encarcelado, a su vez, por ayudar a los inmigrantes ilegales mejicanos. Tan amigos son que hasta parecen compartir la mujer (Gena Rowlands).



Quizá para subrayar el carácter crepuscular de la historia se optó por añadirle a la misma elementos de tipo humorístico que ayudasen a rebajar la percepción de que Los valientes andan solos narra exclusivamente la huida de un forajido. Son los años sesenta y ya nadie parece tomarse en serio los westerns. Por eso tanto el sheriff que interpreta Walter Matthau como su ayudante tienen, en ese sentido, la función de entretener al espectador con su torpeza y meteduras de pata, contribuyendo a crear la ilusión de que Jack podrá zafarse de las autoridades por más que utilicen un helicóptero para perseguirlo a través de las montañas.

Pero cualquier atisbo de esperanza se acabará diluyendo bajo la lluvia torrencial del desenlace. Jack Burns, todo nobleza, no podía tener un final noble porque el Oeste hace tiempo que dejó de serlo: que él y Whisky sean arrollados por un tráiler que transporta retretes es la metáfora, burda, que simboliza hasta qué punto han cambiado las cosas: "los héroes clásicos han ido finalmente a pasearse en el Callejón del Gato" y allí se darán la mano la mala estrella del viejo cowboy y la tragicómica desesperanza del ciego Max Estrella. Como dice Valle-Inclán en Luces de Bohemia, los espejos cóncavos y convexos arrojan ahora una imagen deformada de lo que en tiempos hubiera sido un final de tragedia.

Los valientes andan solos (1962)